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La crisis de las élites infelices

De todas las manifestaciones de la actual crisis global, la crisis de las élites es seguramente la más significativa y la más peligrosa en el tiempo. ¿De dónde nace? ¿Cómo se cura?

El famoso antropólogo Desmond Morris dedicó hace una década un curioso ensayo a la felicidad: «La naturaleza de la felicidad». La definía como el súbito trance de placer que se siente cuando aprendemos o conseguimos que algo mejore. Para Morris se trata de un logro evolutivo humano, el premio genético que recibimos las criaturas de una especie que se hizo curiosa, básicamente pacífica, cooperativa y competitiva para poder adaptarse y superarse en un medio diverso y cambiante. Morris argumenta que si la felicidad es pasajera es porque está ligada al cambio, a la continua consecución de mejoras perdurables. La increíble aceleración del tiempo natural al tiempo histórico, protagonizada por los humanos; el estallido tecnológico y demográfico de nuestra especie, llevaba inscritos sus incentivos en algo que habitualmente nos resulta tan nebuloso como «la búsqueda de la felicidad».

Desde el arranque de la era industrial, y aún a pesar del desarrollo de la propiedad intelectual a partir de la revolución francesa, el principio de la mejora permanente como movilizador de las élites se ha impuesto sobre cualquier otra consideración. Hay consenso entre los historiadores en que fue la desmotadora de algodón de Whitney la que produjo el fin de la «época Oliver Twist», con la brusca reduccción de la gran mortalidad infantil, el nacimiento de los movimientos sindicales modernos y el arranque del bienestar social. Todo por reducir drásticamente los costes y permitir la sustitución de los tejidos animales por el algodón, más limpio y lavable. Pero si la desmotadora se universalizó rapidamente fue porque Whitney no luchó porque se respetara la patente de su invención, sino por racionalizar y mejorar los sistemas de producción industrial de desmotadoras para venderlas más baratas que su competencia. En el caso del cine, los «piratas» que formaron Hollywood fuera del monopolio de las patentes de Edison consiguieron salirse con la suya y convertirse en una industria legítima por la perseverancia de Theodore Roosevelt quien temía tanto a los efectos de los nuevos monopolios tecnológicos como apreciaba la innovación como camino para la prosperidad general.

Las historias de los investigadores y creadores de los fundamentos de nuestra época o -si no era así- de la élite gobernante en cada momento, siguen el mismo patrón. Fleming se negó a patentar la penicilina, los padres de los cimientos de la sociedad de la información, desde el protocolo TCP/IP a la criptografía asimétrica y la World Wide Web, ninguno de ellos rico «por familia», ignoraron sistematicamente las posibilidades de convertir sus descubrimientos en monopolios. La élite, o al menos una parte especialmente importante y significativa, hacía como que vivía en un mundo de disipación de rentas.

El resultado en el «espíritu de la época» parece confirmar completamente el link de Morris entre felicidad e innovación libre. Hoy se recuerda casi como si fuera un periodo de inocencia primitiva la confianza en el progreso de la era positivista, el optimismo de los años veinte (la «belle epoque») o la «era de la prosperidad» americana de la postguerra. Incluso ya se mitifican los años noventa en EEUU y el despegue de Internet como una época prodigiosa. Todos estos periodos tuvieron en común a unas élites que no dudaron en poner en cuestión las estructuras de poder con tal de impulsar la innnovación como camino a la prosperidad. En cambio la era Manchesteriana, la Europa post-Sedán, los años 30 y la cercana Era Bush (que todavía vivimos), se recordarán por la colusión de las élites en un proyecto a la defensiva de rentas inmediatas.

La cuna de las élites actuales

Historicamente los sistemas que intentan eternizar a las élites sobre sistemas legales de rentas «asegurados» han abierto épocas de pesimismo y crisis. Casi todos ellos concuerdan, como es coherente, con épocas de refuerzo de la propiedad intelectual, pero eso es sólo una manifestación más. Lo esencial y seguramente insuficientemente entendido por autores como Zizek, empeñados al modo marxista en equiparar grupos privilegiados y clases dominantes, es que todos ellos ampliaron los sectores beneficiarios de rentas mediante privilegios legales para ampliar el consenso social en torno a estructuras de poder que lógicamente se tornaban más estables.

El problema es que en sistemas así -frente a los meritocráticos donde las élites siguen generándose y renovándose en torno al competitivo principio de innovación- las élites ligan su situación a su capacidad para mantener el orden político, no para transformar mediante mejoras la capacidad de la sociedad. No es casualidad que la revolución tecnológica tuviera sus protagonistas en EEUU y no en Europa… ni que se frenara en seco a partir de las reformas pro-propiedad intelectual de un Clinton que decía admirar a Theodore Roosevelt sin seguir sus pasos. Las élites de lugares basados en equilibrios forzados legalmente piensan en cosas como la «plaza en propiedad», son cortoplacistas, conservadoras y sustentan un desarrollo subalterno basado siempre en seguir, dos pasos atrás, los cambios tecnológicos que se hacen «fuera», sólo cuando pueden establecer ciertas garantías de que no modificarán los equilibrios de poder.

Por eso hoy da pavor escuchar a la generación de jóvenes directivos y políticos del Sur de Europa. No es casualidad que España tenga, por primera vez, dos sesentones exministros de interior, a la cabeza de gobierno y oposición. No es casualidad que Italia haya pasado de estar liderada por un empresario rentista y fullero a estarlo por un burócrata de las instituciones europeas. No es casualidad que toda la política griega se centre en una cadena trófica de recortes donde -sin ir más lejos- se discute con pasión qué es prioritario, mantener el monopolio de los colegios profesionales como los farmacéuticos o reducir los subsidios agrícolas.

Esta es la crisis de las élites infelices, pequeños dioses lares aterrados en el ocaso de un mundo tranquilizador y ordenado. El futuro no guarda un lugar para ellos. No hay continuidad para sus seguridades en un tiempo que sólo les da a elegir entre dejar que sus propias rentas se «disipen» o mantenerse a toda a costa sin más perspectiva que una descomposición social galopante.

«La crisis de las élites infelices» recibió 0 desde que se publicó el lunes 6 de febrero de 2012 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por David de Ugarte.

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