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La Cucaña, las Indias, Jauja y El Dorado

Los mitos renacentistas de la abundancia expresaron las necesidades humanas básicas en la descomposición del viejo orden feudal europeo, pero también sirvieron para sentar las bases del primer mercado mundial capitalista sin el que la Revolución Industrial hubiera sido imposible.

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La Cucaña es una tierra mitológica, popular en la Edad Media, en la que no era necesario trabajar para vivir. El alimento no era un problema pues este lugar estaba repleto de ríos de vino y leche, calles empedradas con piñones, montañas de queso y árboles de los que pendían lechones ya asados con un cuchillo en el lomo listo para cortar la porción deseada.

Nada se comenta acerca de los consumos culturales, las medicinas, el transporte o la ropa. Pero hay que entender que en la lejana Edad Media el problema de la desnutrición no estaba del todo resuelto. Comida infinita, lo que sería hoy el Alcampo (pero gratis), era el sueño de la mayor parte de la Humanidad.

La Cucaña comenzó a aparecer durante el siglo XII, principalmente en poemas compuestos por goliardos. En francés se le llamaba Coquaigne o Cocagne, en inglés Cokainge y en alemán Schlaraffenland. Una de las primeras apariciones escritas conocidas es un relato satírico anónimo francés del siglo XIII, Le Fabliau de Coquaigne, el que el protagonista encuentra el País de la Cucaña al emprender un viaje impuesto como penitencia por el Papa.

En este relato, además de los ríos de vino, las ocas que se pasean ya asadas y la lluvia de morcillas, el dinero no tiene valor pues todo es gratis, en el calendario todos los días son festivos y hay libertad sexual, sin censura para satisfacer cualquier tipo de placer. En pintura, la representación más famosa del País de la Cucaña es la realizada por Pieter Brueghel el Viejo en 1567.

Recuperando el mito medieval, Baudelaire escribió en sus Pequeños poemas en prosa:

Dicen que hay un país magnifico, un país de Cucaña, anhelo visitarlo con una vieja amiga. Curioso país, anegado en las brumas de nuestra región norteña y que podría llamarse el oriente de occidente, la China de Europa, por lo mucho que allí llego a desarrollarse la cálida y caprichosa fantasía, por lo mucho que esas fantasías la adorno paciente y tozudamente con su sabia y delicada flora.

Un verdadero país de Cucaña en el que todo es hermoso, abundante, tranquilo, honrado; donde el lujo disfruta contemplándose en el orden, donde la vida resulta agradable y rica de respirar, donde el desorden, la turbulencia y lo imprevisto están excluidos, donde la felicidad ha maridado el silencio, donde la mismísima cocina resulta poética, pesada y excitante a la vez, donde todo se os parece, ángel mío querido.

Finalizada la Edad Media, los avances en ingeniería naval e instrumentos de navegación hacen posible el descubrimiento de América. Cuando Colón pisa el nuevo continente, afirma en uno de sus textos haber llegado al «paraíso terrenal». Más de 400 años después, Nino Bravo opinó lo mismo. La exuberancia de su vegetación, el tamaño (y el sabor) de sus frutas y flores, y la cantidad casi infinita de terreno virgen y vacío provocaron esta impresión. Un «Nuevo Mundo», donde había sitio para todos (humanos y vacas), donde todo está por hacer, donde los cultivos crecen como la espuma…

A la hora de la verdad era más fácil llegar a América si eras una vaca. La asociación entre las Indias y el paraíso -la tierra de la abundancia- es clara en el imaginario peninsular. Tan clara y extendida que no se permite a los «impuros de sangre» cruzar el Atlántico. La prohibición refuerza el mito. Para poder emigrar es necesario someterse a un caro proceso de análisis genealógico y demostrar que no se tienen antepasados musulmanes ni judíos. Es caro y lleva años. Algunos como Cervantes, pasarán la vida en el intento, haciendo méritos, visitando las prisiones de la Inquisición y finalmente, desistiendo. El recién descubierto «paraíso» estaba vedado a dos terceras partes de la población peninsular, por mucho que, las noticias que llegaban de los nuevos territorios de la corona -y que llevaron a la monarquía a promulgar las «Leyes de Indias»- dejaban cada vez más claro que los «cristianos viejos» no habían ayudado precisamente a mantener libre de pecado al Nuevo Mundo.

Lo cierto es que el mito de la Cucaña, como país de la abundancia, resurgió con el descubrimiento como algo mucho más tangible: las Indias. Estaba lejos de narices… pero salía en los mapas, existía y actualizaba las leyendas sobre el paraíso, el Preste Juan, San Borondón… haciéndolas en teoría accesibles para las primeras empresas de capital riesgo del entonces naciente capitalismo: las empresas de la conquista. Como las de ahora, generar, con o sin base, «hype» se hizo pronto parte de su modelo de negocio.

En 1534 Pizarro y sus hombres pasaron varios meses en un valle, en el que fundaron una ciudad, y en el que encontraron numerosos tambos donde los incas habían guardado grandes cantidades de alimentos, ropas y objetos de valor. La ciudad que fundaron se llamó Santa Fe de Hatun Xauxa (hoy Jauja) y las riquezas encontradas convirtieron este nombre en sinónimo de Cucaña. Así describe Jauja Lope de Rueda en uno de sus Pasos, La Tierra de Jauja, escrito en los años 60 del siglo XVI:

…un lugar en el que a la gente se le paga por dormir. Una tierra en donde azotan a los hombres que se empeñan en trabajar. Hay un río de miel y otro de leche y, entre medias una fuente de manteca y requesones, los árboles dan buñuelos, las calles están pavimentadas con yemas de huevo y pasteles con lonchas de tocino, los asadores al aire libre tienen trescientos pasos de largo y, en fín, las gallinas, los pavos y las perdices, así como los mazapanes, los merengues y las confituras, se dan con tal prodigalidad que ellos mismos tienen que pedir que alguien los coma.

Aunque durante mucho tiempo se afirmó que el nombre venía de la palabra quechua con la que los incas designaban ese lugar, parece que no fue así. Hatun sí era la forma inca de denominación. Xauxa seguramente procede del nombre de la población cordobesa de Jauja (hoy una pedanía de Lucena) que en castellano antiguo se escribía Xauxa y que viene del árabe que significa pasaje o portillo, pues era el punto utilizado para conectar Granada con las llanuras de Écija. Aunque hay discusión sobre de donde viene el mito, si de la Jauja andaluza o de la americana, está claro que el nombre ha de venir de la andaluza pero la referencia a la abundancia es el mito de La Cucaña actualizado a través del valle que sirvió a los Pizarro como reclamo del valor de su empresa. Es difícil creer que en la Jauja andaluza, también conquistada recientemente por la monarquía y que siglos después sería cuna de José María el Tempranillo, hubiera algo que recordara lejanamente a ríos de leche y miel.

De las primeras expediciones a América procede también el mito de El Dorado, una ciudad o bien construida de oro macizo o bien repleta de objetos hechos en oro, que los exploradores de los distintos reinos buscaron sin descanso durante 500 años. El origen de la leyenda parece radicar en una ceremonia de «coronación» de los indios chibchas o muiscas que consistía en cubrir al nuevo líder de polvo de oro, subirlo a una balsa con numerosos objetos labrados también en oro y arrojar estos objetos al lago como ofrenda a los dioses. Me imagino la cara que puso Jiménez de Quesada, el primer buscador de El Dorado, cuando se enteró de que aquellos simpáticos indios estaban tirando toneladas de oro a un lago.

Aunque la búsqueda de la mítica ciudad trajo la muerte a numerosos exploradores, gracias a ella se descubrieron, mapearon y civilizaron grandes territorios americanos en su mayoría desiertos que, por inaccesibles y peligrosos, nadie se hubiera decidido a explorar tan rápido de no existir el incentivo de tales riquezas. La paradoja es que los mitos renacentistas de abundancia, que ante todo expresaban la miseria y las carencias básicas de la mayor parte de la población en la descomposición del sistema feudal europeo, sirvieron para algo que realmente acercó el mundo hacia la abundancia más que ninguna otra cosa en el milenio anterior: la aparición, por primera vez, de rutas regulares entre Europa, Africa, América y Asia, las primeras formas del mercado mundial sin las que la acumulación de conocimiento, mercados y consumidores que harían posible la revolución industrial hubiera sido simplemente, imposible.

«La Cucaña, las Indias, Jauja y El Dorado» recibió 8 desde que se publicó el Lunes 13 de Febrero de 2017 dentro de la serie «» . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por María Rodríguez.

Comentarios recibidos en este post y unidos a la discusión global de todos a través de la Matriz, nuestro espacio conversacional.

  1. Es bonito encontrar en la Historia cómo los mitos de abundancia, aunque muchas veces de una manera contradictoria y dolorosa, sirven al final para acercarnos a la abundancia real.

  2. Me encantó el post Mary!
    Y me descubrió La Cucaña, mito que desconocía.
    Es tan lindo leer sobre mitos de abundancia en clave de motor de progreso y no como relatos de avaricia y ambición negativa.

  3. Imagen de perfil de Jordi López Jordi López dice:

    El menda trata de echarse un carpetovetónico y «holgazán» sueño… ¿todos los días de 14h a 14h 30 ? … salvo causas de «fuerza mayor».

    Por otro lado… Ahora entiendo mejor lo que había implicito en las palabras de mi padre cuando de dice aquello de… “es Jauja” !

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