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La desapercibida muerte del reloj de pulsera

Suele ponderarse poco la profundidad e importancia de la nacionalización del tiempo a manos de los estados en 1884. Para mi representa el triunfo definitivo del mundo del capital industrial, el telégrafo y las naciones sobre el Antiguo Régimen. A fin de cuentas, la Iglesia había prohibido durante siglos el préstamo con interés (llamado usura) porque el prestamista era, como señala Jacques Le Goff, un «ladrón de tiempo»… y el tiempo pertenece, como manifestación que es de la Gracia, en exclusiva a Dios.

Ignorar el Sol, obviar los ciclos de la Naturaleza para homogeneizar y confinar el tiempo en las fronteras del estado nacional y su arbitraria decisión sobre el huso horario a adoptar, iba mucho más allá de erosionar con casuística -incluso con soprendentes análisis económicos– la prohibición original sobre el préstamo. Era un robo a gran escala, un Deicidio incluso.

El mundo industrial había triunfado.

Los relojes del tiempo nacional

Los husos horarios, nacidos de las necesidades de usabilidad del sistema administrativo del Imperio británico en la expansión del telégrafo, darían mayor utilidad y azuzarían la precisión de los relojes de bolsillo.

Pero la I Guerra Mundial impulsó la extensión del uso del reloj más allá. Las grandes batallas de aquella guerra fueron pensadas con la mentalidad de la producción industrial a gran escala de la época: sucesiones de movimientos de distintas unidades en frentes interminables perfectamente planificados y sincronizados e involucrando centenares de miles de personas. La labor principal de los oficiales consistía precisamente en asegurarse de que las órdenes se cumplieran a la hora y el minuto indicados en los planes de batalla para que todo encajara en la gigantesca cadena de montaje de la estrategia de la guerra masiva.

El reloj era la herramienta fundamental. Y el reloj de bolsillo, aquel pequeño orbe que enseñoreaba el burgués industrial decimonónico, pero que resultaba incómodo a caballo o con un arma en la mano, dejó paso al reloj de pulsera, originalmente creado por Cartier para Santos Dumont en 1901. Al fin de la guerra sería el símbolo universal de aquellas clases medias cuya juventud había nutrido la oficialidad de los ejércitos desangrados en los campos europeos.

Poco menos de cien años después

Hoy los husos creados en 1884 se tornan tan incómodos para las prácticas de una economía globalizada como las diferencias horarias locales para el viajero que pretendía hacer el «gran tour» en ferrocarril en 1847 y tenía que comprar los complejos horarios continentales de Thomas Cook. El desarrollo tecnológico ha puesto en cuestión la necesidad de las escalas tanto en la industria como en la guerra… y en paralelo, el reloj de pulsera muere, abandonado por el ordenador, el móvil o la tableta. Se ha convertido en un objeto de nostalgia o bisutería. Un recuerdo de unos tiempos que aunque presentes todavía, amenazantes a veces, nos quedan ya atrás, como esos Cartier-Santos que hoy vuelven a fabricarse ya no para ser usados sino para ser vestidos.

«La desapercibida muerte del reloj de pulsera» recibió 1 desde que se publicó el Martes 10 de Abril de 2012 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por David de Ugarte.

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