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La doctrina Lawrence y los indianos

Concebir la actuación en el mercado sobre metáforas bélicas es una vulgaridad que llena hace años los estantes de las librerías con versiones para ejecutivos de Sum Tsu y hasta Toni Soprano. La idea de fondo, tan estúpida como temible, es la de crear cuerpo en las empresas sobre imaginarios enemigos comunes a los que, como asegura la literatura militar claśica, habría que destruir (a veces «aniquilar») como objetivo algo supuestamente motivador en si mismo. En ese lamentable juego épico CocaCola y Pepsi, Telefónica y Vodafone serían colosales gigantes de Archimboldo que se enfrentarían en un duelo mortal al modo en que Clausewitz describía la guerra al comienzo de su famosa obra:

La guerra no es más que duelo a gran escala. La multitud de duelos particulares de que se compone, considerada en su conjunto, puede representarse con la acción de dos luchadores

Claro que la teoría militar también tiene sus excepciones. T.E. Lawrence, el mítico «Lawrence de Arabia» formuló una doctrina completamente distinta, a la que llegamos hace años a través de una referencia de Sterling. La «doctrina Lawrence», no menos mítica que su autor, se convirtió en una referencia en la conversación para nosotros. Todavía hoy, ante una situación que parece irresoluble, incluso delante de clientes, los indianos planteamos una sencilla pregunta lawrenciana: «¿cómo ampliaremos el campo de batalla?». La frase resume en realidad buena parte del pensamiento estratégico de Lawrence, que sí que resulta una buena metáfora de la aproximación a nuestro comportamiento en el mercado e incluso sobre nuestras formas de relación en el trabajo.

La doctrina Lawrence

  1. El conflicto no se define por el adversario, este es una mera contingencia, un estorbo, no un objetivo a destruir:

    Los árabes perseguían un objetivo indudablemente geográfico, el de ocupar todas las tierras de lengua árabe en Asia. Al llevarlo a cabo era posible que tuvieran que morir turcos, pero “matar turcos” no sería nunca ni una meta ni una excusa. Si los turcos se retirasen sin más la guerra acabaría. Si no, habría que expulsarlos, pero al menor precio posible, ya que los árabes estaban luchando por la libertad, un placer que sólo disfruta el hombre cuando está vivo

  2. Cuando se lucha desde una comunidad real y diversa donde la libertad por tanto existe en la misma medida que la individualidad de carácter es valorada, la vida de un propio es sagrada y por tanto todo enfrentamiento directo, cualquier daño que pudieran sufrir los propios a manos del rival ha de ser minimizado si no evitado

    Los hombres, al ser irregulares, no eran unidades sino individuos, y una pérdida individual es como un guijarro que cae al agua: el golpe podrá ser breve, pero su ausencia la nombran anillos de pena. El ejército árabe no podía permitirse tener bajas.

    El combate no era físico sino moral y, por lo tanto, las batallas eran un error

  3. Por lo mismo, estirar ventajas, acorralar al rival, forzar al otro a la resistencia es igualmente absurdo, ningún triunfo permite asumir bajas que se hubieran podido evitar

    El ejército árabe no trató nunca de mantener o mejorar una ventaja, sino que retrocedía y volvía a golpear en algún otro lugar. Usaba la menor fuerza en el menor tiempo y en el lugar más alejado. Continuar la acción hasta que el enemigo cambiara sus disposiciones para resistir hubiera supuesto romper el espíritu de la regla fundamental de jamás ofrecerle blanco.

  4. El guerrillero lawrenciano no busca destruir personas -de hecho rehuye todo enfrentamiento- sino suministros y símbolos que hacen que el enemigo -ese estorbo- se atrinchere dejándole libre en el territorio, el dominio del tiempo, del «largo plazo», le permitirá entender que ha ganado entonces habiendo seguido la máxima última de la táctica lawrenciana: «atacar al enemigo donde no está»

    Los libros de texto definían el objetivo bélico como «la destrucción de las fuerzas organizadas del enemigo» por «el único método de la batalla». La victoria sólo podía comprarse con sangre. Esto era mucho decir, ya que los árabes carecían de fuerzas organizadas, de manera que un Foch turco no habría tenido un objetivo y, como quiera que las fuerzas árabes no sufrían bajas, un Clausewitz árabe no habría podido comprar su victoria. Estos hombres sabios debían de estar hablando con metáforas, puesto que los árabes estaban sin lugar a dudas ganando su guerra… y la reflexión posterior apunta en la dirección de que en verdad la ganaron. Habían ocupado el 99 por ciento del Hejaz. Bien podían los turcos quedarse con la fracción restante, hasta que la paz o el día del juicio les mostraran la futilidad de permanecer colgados del cristal de la ventana. Esta parte de la guerra había terminado, así que ¿para qué preocuparse por Medina? Los turcos se clavaban allí inmóviles, a la defensiva, abasteciéndose para alimentarse con los animales de transporte que los debían haber llevado a La Meca, pero para los que no había pastos entre sus ahora restringidas líneas. Allí eran inofensivos; en cambio, de haber sido hechos prisioneros habrían supuesto un coste en comida y guardias en Egipto, y de haber sido conducido al norte, a Siria, se habrían reintegrado en el ejército principal, bloqueando a los británicos en el Sinaí. Así que desde todos los puntos de vista estaban mejor donde estaban. Y además querían Medina y querían conservarla. ¡Dejadles pues!

  5. La vastedad del territorio es la variable fundamental que permite el triunfo lawrenciano: ocuparlo completamente significaría para el rival un coste suicida o inabordable.

    Traducido al árabe, el factor algebraico tomaría primeramente en consideración el área a conquistar. Un cálculo eventual indicaba quizás 140.000 millas cuadradas. ¿Cómo iban los turcos a defender todo eso? Sin duda con una línea de trincheras, siempre y cuando los árabes fueran un ejército que atacara con las banderas al viento. Pero supongamos que fueran una influencia, algo invulnerable, intangible, sin frente ni retaguardia, que se mueve como el gas. Los ejércitos son como plantas, inmóviles como un todo, enraizados, nutridos por largas ramas que llegan hasta la cabeza. Los árabes eran como un vapor llevado por el viento.

    Por su carácter, estas operaciones tenían algo de guerra naval, en su movilidad, en su ubicuidad, su independencia de las bases y en su ignorancia de características básicas, de áreas estratégicas, de direcciones fijas, de puntos fijos. “Aquél que domina en el mar disfruta de gran libertad, y puede tomar tanto o tan poco de la guerra como desee”: aquél que domina en el desierto es igualmente afortunado.

  6. Precisamente por basar su triunfo en el territorio el guerrillero lawrenciano no puede poseer territorio, de hecho no puede poseer individualmente más que utillaje que pueda portar con él, el nomadismo es su característica moral y productiva

    Nosotros no teníamos bienes materiales que perder ; por eso nuestra mejor línea de conducta era no defender nada y no disparar contra nadie. Nuestras bazas eran la rapidez y el tiempo, no la potencia de fuego.

    Nuestros reinos estaban vivos en la imaginación de cada uno, y como no nos hacía falta nada en concreto para vivir, podríamos no haber expuesto nada en concreto a las armas enemigas. Un soldado resulta inútil sin un blanco, pues posee sólo el suelo que pisa y subyuga únicamente lo que puede apuntar con su rifle.

  7. El territorio del conflicto es definido en mayor medida por nuestra velocidad y movilidad (nuestra capacidad y creatividad) que por la geografía (lo establecido), por lo que la ventaja táctica se fundamenta en la impredecibilidad y la aparición de continuos brotes de acción en puntos nuevos del territorio:

    El flanco turco actual se extendía desde su línea del frente hasta Medina, una distancia de unas 50 millas: pero si la fuerza árabe se moviera hacia el ferrocarril de Hejaz, detrás de del enemigo) potencialmente hasta Damasco, 800 millas más al norte. Semejante movimiento obligaría a los turcos a ponerse a la defensiva, y mientras, la fuerza árabe podría recuperar la iniciativa. En todo caso, ésta parecía ser la única posibilidad y así, en enero de 1917, los hombres de Feisal volvieron la espalda a La Meca, Rabegh y los turcos, y marcharon 200 millas al norte hasta Wejh.

    Este excéntrico movimiento actuó como un hechizo. Los árabes no hicieron nada en concreto, pero su marcha puso en guardia a los turcos (que se hallaban ya a las puertas de Rabegh), los cuales volvieron a movilizar sus fuerzas otra vez hasta Medina. Allí la mitad de la fuerza turca se atrincheró alrededor de la ciudad, una posición que mantendría hasta después del armisticio. La otra mitad fue distribuida a lo largo del ferrocarril con el fin de defenderlo de la amenaza árabe. Durante el resto de la guerra los turcos estuvieron a la defensiva, mientras que los grupos tribales árabes fueron ganando ventaja tras ventaja

  8. La impredecibilidad se fundamenta en la propia diversidad e «inspiración» del grupo insurgente: toda homogeneización forzada -al estilo de la disciplina militar- nos hace predecibles, lentos, sendentarios. El objetivo del mando es articular en una acción común distintas personalidades sin intentar constreñirlas al mismo molde:

    La máxima irregularidad y articulación eran las metas (…) Consecuentemente, el ejército árabe carecía de disciplina, en la medida en que ésta restringe y asfixia la individualidad para obtener el mínimo común denominador de los hombres. En tiempo de paz, en los ejércitos regulares la disciplina impone el límite de energía alcanzable por todos los presentes; es la búsqueda no de un promedio sino de un absoluto, de un ciento por ciento estándar en el que los 99 hombres más fuertes son rebajados al nivel del peor. El fin es hacer de la unidad una unidad y del hombre un tipo, para que así su esfuerzo sea calculable, e incluso en grano y a granel el rendimiento colectivo. Cuanto más profunda es la disciplina más baja es la eficiencia individual y más previsible la realización. Es un sacrificio deliberado de capacidad con el fin de reducir el elemento de incertidumbre, el factor bionómico, en la humanidad alistada. Su acompañamiento es, en estos casos, la guerra social, esa forma de conflicto en la que el combatiente ha de ser el producto de los múltiples esfuerzos de una larga jerarquía, del taller a la unidad de abastecimiento, que lo mantiene en el campo de batalla.

    La guerra árabe, al reaccionar contra todo esto, era simple e individual. Cada hombre que se enrolaba servía en la línea de batalla y se controlaba a sí mismo. No había líneas de comunicación o tropas de trabajadores. Parecía que en esta forma articulada de guerra la suma de los rendimientos de los hombres en solitario era por lo menos igual al de un sistema compuesto del mismo potencial, y era con toda seguridad más fácil adaptarse a la vida y costumbres tribales, dada la flexibilidad y el entendimiento por parte de los oficiales al mando. Por suerte para ellos casi cada joven inglés lleva en sí las raíces de la excentricidad.

  9. La clave final reside en la «seguridad»: Convicciones en cada uno y bases seguras en las que, ante la posibilidad de un enfrentamiento destructivo, los propios puedan ponerse a cubierto sin temor:

    La rebelión ha de tener una base intocable, protegida no meramente del ataque sino del miedo al ataque: una base como la que la revuelta árabe tenía en los puertos del Mar Rojo, en el desierto o en las mentes de los hombres convertidos a su credo.

  10. Pero la seguridad también se construye como una relación social, ganándonos la simpatía -pasiva pero simpatía- del entorno y por tanto comunicando para ellos

    Debe contar con una población amistosa, no activamente amistosa pero simpatizante hasta el punto de no desvelar los movimientos rebeldes al enemigo.

    La prensa escrita es el arma más grande en el arsenal del mando moderno, y los comandantes del ejército árabe, siendo amateurs en este oficio, comenzaron su guerra en la atmósfera del siglo XX, pensando en las armas sin prejuicios, sin distingos sociales entre ellas. El oficial regular tiene tras él la tradición de cuarenta generaciones sirviendo a soldados, y para él las armas antiguas son las más honorables. El mando árabe debía preocuparse pocas veces por lo que hicieran sus hombres, pero muchas por lo que pensaran, siendo la diatética para él más de la mitad del mando. En Europa esta cuestión se dejaba un poco de lado y se confiaba a hombres externos al cuerpo general, pero el ejército árabe era físicamente tan débil que no podía permitirse que el arma metafísica se oxidara en un rincón. Había ganado una provincia cuando los civiles en ella habían aprendido a morir por el ideal de la libertad: la presencia o ausencia del enemigo era un asunto secundario.

Así, como resume Lawrence su doctrina:

Si se garantiza la movilidad, la seguridad (en la forma de negar blancos al enemigo), el tiempo y la doctrina (la idea de convertir a cada individuo en simpatizante y amigo), la victoria estará del lado de los insurgentes, pues los factores algebraicos (territorio) son al final decisivos, y contra ellos las perfecciones de medios y de espíritu combaten del todo en vano.

Ahora os invito a releerlo y reinterpretarlo cambiando «territorio» por «mercado», «aprovisionamientos» por «privilegios y contratos estatales», etc…

«La doctrina Lawrence y los indianos» recibió 0 desde que se publicó el Domingo 6 de Febrero de 2011 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por David de Ugarte.

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