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La esperanzadora emergencia de la generación veinteañera

Hemos de mostrar a la nueva generación que emerge que en vez de esperar que nos den «un lugar a cada uno», debemos utilizar las herramientas de nuestros tiempos para generar riqueza desde la pequeña escala y que el camino del mercado y la ciudadanía no solo es más razonable que el del estatismo y la nacionalidad, sino que genera menos desigualdades y sobre todo mucha más libertad.

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Este año abrimos una discusión muy potente sobre los nuevos tipos generacionales y los movimientos globales a los que dan forma. No hay que olvidar que 2015 fue el año de la emergencia de la nueva izquierda europea y de la consolidación del EIIL y en eso supimos ver la llegada al poder de una generación nueva y sus valores. Desde la poesía a las reglas de comunicación jihadista pasando por las monedas alternativas descubrimos en los «treintañeros globales» un relato a veces hipócrita, a veces brutal y casi siempre tramposo en el que la invisibilización de la generación veinteañera, no era una parte menor ni de la forma ni del contenido del mensaje.

La confusión como estrategia

bien común contra bienes comunesY es que, a veces, en los grandes movimientos históricos y generacionales, la confusión es estratégica. Confundir por ejemplo bienes públicos (estatales) y bienes comunales no es menor: aunque formalmente la «soberanía» pueda recaer en los mismos, el reparto de responsabilidades y derechos entre individuos es muy diferente y el papel de la comunidad como tal también. Una confusión cada vez más común en el discurso de la nueva izquierda, que va pareja a la identificación entre el comunal donde existe «rivalidad» y es «exhaustible» (un prado, un bosque o una recua de ganado) y los comunales digitales como el software libre que no conocen ni rivalidad en el consumo ni exhaustividad. Y siguiendo con el ejemplo del comunal, es de destacar que incluso cuando se define con cierta claridad, aparecen sesgos nada inocentes, como describirlo insistiendo nada pudorosamente en su potencial para convertir a los «expertos» académicos en una clase tecnocrática reguladora.

Creo que no resultaría exagerado decir que en la producción ideológica de la generación que hoy está en la treintena en todo el mundo, la confusión es el mensaje. Desde el jihadismo a la nueva izquierda europea y desde el uso cada vez más ambiguo de P2P a la definición de la «Sharing Economy», más importante que lo que dice o no se dice es lo que se confunde. Se equiparan lo público y lo comunal, lo descentralizado y lo distribuido, la producción y el consumo… de una manera puramente instrumental donde es inevitable sospechar que la fogosidad y la violencia de las formas esconde el gatopardismo de los contenidos: que cambien todos los términos para que todo siga igual, lo suficientemente igual como para que quede claro que el viejo mundo reconoce a los nuevos portavoces, con la suficiente diferencia en los términos como para que las alternativas que implican compromiso real sean, de una vez, innombrables.

La grieta está en la veintena

Daniel RadcliffePero las grietas están ahí, más anchas y visibles cada vez que se baja a lo concreto. En Somero 2015 vimos como las ambigüedades de la Sharing Economy no podían contener la fuerza de un nuevo discurso de lo productivo. Los actuales estudiantes universitarios declaran una propensión significativamente menor a estudiar doctorados que sus hermanos mayores hace tan solo cinco años a pesar de que ya no se les deje prácticamente otra salida si quieren recibir algo más que adiestramiento técnico.

Y si nos acercamos lo suficiente, bajo esas grietas aparecen veinteañeros con un nuevo discurso: centralidad de lo productivo, responsabilidad y autonomía personal, valor del conocimiento, comunitarismo sin «turistificación»… Discursos que cruzan el espacio generacional desde las figuras públicas hasta las conversas de bar.

Comunidad imaginada es renta

ofinica de empleo eiilMientras, los monstruos como es ya habitual, son los primeros en percibir los cambios y «contraofertar»

El revival del Califato proporciona a cada musulmán una entidad concreta y tangible para satisfacer su natural deseo de pertenecer a algo mayor

La oferta ya no es «ser parte de algo que crece», ha mutado en ese «pertenecer a algo mayor» que seguramente sea la herencia más conflictiva de los anhelos y discursos treintañeros, porque ese «algo mayor» más que a significados colectivos apunta a rentas institucionales: a cada cual un lugar, una responsabilidad «concreta y tangible», una plaza funcionarial en una maquinaria estatal de nuevo cuño. Frente a las causas generales («una sociedad más libre», «una sociedad más próspera», «una estructura social más justa», etc.) o comunitarias, las fuerzas de avanzada de la descomposición plantean participar de la fundación de un estado (el califato, un nuevo estado independiente, etc.) con «un lugar para cada uno», una revival de trazo grueso de la vieja promesa del estado corporativo totalitario.

sense 8Aunque la renta vaya implícita, el mensaje funciona porque recoge la esencia de la relectura identitaria del contrato social que va asociada al discurso de los derechos identificados con rentas. En primer lugar una educación en la que el conocimiento y el aprendizaje se ha supeditado a «lo práctico», es decir al ahorro de costes de las empresas sobre-escaladas; Por otro lado, la constante regresión identitaria de los estados europeos y la supeditación del principio de ciudadanía al de nacionalidad; una constante en los discursos públicos a lo largo de todo el espectro partidario de Syriza a Cameron, que pueden ser más o menos humanitarios pero siembran la idea de la «preferencia» de los connacionales sobre el resto de ciudadanos a la hora de recibir las rentas sociales. Y por último pero no menos importante, la hegemonía cultural de una izquierda anglosajona que proyecta la «identity politics» del feminismo postmoderno en los productos de la cultura de masas audiovisual, transmitiendo una versión fractal de la misma idea: el estado como equilibrador -y por tanto garante de rentas- entre las comunidades imaginadas del sexo, la identidad sexual, la raza, la clase social o la etnia.

Conclusiones

taller maker 2Es normal que con un estado y un mercado en descomposición, la idea de «un lugar seguro para cada uno» sea atractiva. La cuestión es que si proyectamos esa idea aceptando que ese lugar ha de venir dado desde «arriba» el único medio posible será una versión postmoderna del estado corporativo. Un lugar donde los «impuestos al Sol», la monodosis de aceite obligatoria para los hosteleros, el fin de la neutralidad de la red, la extensión de la propiedad intelectual, las subvenciones a oligopolistas para competir contra las PYMEs y todas las formas en que las grandes corporaciones se han apoyado en el estado para salvarse de los efectos del mercado y evitar la disipación de rentas, se convertirán en «el» sistema de gobierno tanto por la derecha como por la izquierda.

Ante esa ola nacionalista-corporativa los nuevos patrones del cambio económico y la nueva generación que despunta pueden ser subsumidos por la promesa de las rentas o configurarse como una alternativa formidable. Dependerá, entre otras cosas, de nuestra capacidad para mostrar que en vez de esperar que nos den «un lugar a cada uno», debemos utilizar las herramientas de nuestros tiempos para generar riqueza desde la pequeña escala. Que el camino del mercado y la ciudadanía no solo es más razonable que el del estatismo y la nacionalidad, sino que genera menos desigualdades y sobre todo mucha, mucha más libertad.

«La esperanzadora emergencia de la generación veinteañera» recibió 14 desde que se publicó el jueves 29 de octubre de 2015 dentro de la serie «» . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por David de Ugarte.

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