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La ética hacker y la necesaria «no-universidad»

O cómo los filósofos ilustrados anglosajones nos enseñan cómo cambiar hoy el mundo generando relatos nuevos.

En «La invención del aire», Steven Johnson recupera la figura de John Priestley como modelo de una «edad dorada» de la Modernidad que se condensaría en la conversación de los cafés ingleses, angloamericanos y en menor medida continentales, de finales del siglo XVIII. De esta conversación nacerían la Ciencia y los ideales de la revolución Americana, y en ella Priestley, amigo y corresponsal de Franklin y Jefferson destacaría como descubridor del ciclo del oxígeno, padre de la Química científica, teólogo unitarista -un intento de construir una lectura racionalista del Cristianismo- y demócrata radical, siendo una de las mayores influencias de nuestro amado Jefferson y origen de la famosa discusión epistolar entre éste y Adams al final de la vida de ambos, un momento que resume elegantemente el pulso entre libertarismo y proto-nacionalismo en el proyecto americano revolucionario.

Johnson remarca una y otra vez desde las primeras páginas que lo esencial del impulso de los «padres fundadores» en general y de Priestley en particular residió en su pluriespecialismo, en el metarelato transversal que se construye a partir de metodologías históricas y científicas racionalistas cruzando desde el relato del progreso científico (la historia de las investigaciones sobre la electricidad) hasta la crítica unitarista del cristianismo trinitario (que es su inverso y que se materializará en la famosa Biblia espurgada de Jefferson). Así, Johnson descubre con sorpresa que el «experimento» revolucionario americano es, en la cabeza de los «founding fathers», literalmente éso: «un experimento igual a los que Priestley conducía en su laboratorio», el contraste de unas hipótesis políticas y morales con una práctica social «fabricada» empiricamente mediante la revolución.

Johnson descubre así un hilo conductor -la metodología racionalista movida por la curiosidad experimental- que genera a partir de Priestley un nuevo relato -el del progreso del conocimiento con los «filósofos», que son «naturales» y «políticos» al tiempo- y que por tanto transmuta fácilmente en un nuevo mito, el del carácter acumulativo, colaborativo y universal de cualquier clase de conocimiento. Y por tanto en la idea de que la apertura de una época, el nacimiento de la Ciencia, alienta y fundamenta una nueva era en la que la Teología y el modelo social han de ser revisadas y reconstruidos sobre los mismos principios. En una significativa anécdota de la correpondencia entre Adams y Jefferson, cuando Adams descubre, al publicarse postumamente la correspondencia de Priestley que Jefferson ataca las tendencias autoritarias y monárquicas desarrolladas bajo la presidencia del primero y que además denuncia su rechazo al desarrollo de la investigación científica, lo que más ofende al sucesor de Washington es la segunda acusación, que pasa a rebatir inmediatamente. El amor por el conocimiento se entendía como base de la libertad.

De la universidad ilustrada a la no-universidad hacker

Johnson añora esta «unidad original» del conocimiento ilustrado, añora la curiosidad como motor-con su resultado de pluriespecialismo y no profesionalización- y no olvida destacar los argumentos contra patentes y propiedad intelectual de los padres fundadores y en especial de Priestley y Jefferson en su asunción de que no hay libertad sin conocimiento libre. Y destaca el papel del desarrollo de las comunicaciones -con la racionalización de las postas- en el nacimiento de esa conversación universal. Pero no ve que ante nuestros ojos la lógica interna de los orígenes revolucionarios de la ciencia y la democracia han tenido un nuevo desarrollo a un nuevo nivel con la emergencia de las redes distribuidas: aquello que resumimos como la ética hacker.

Pero ¿Dónde se concentraría, en qué metodología se reproduciría la capacidad de relato de esta nueva ilustración postmoderna? Si la clave de la universidad postilustrada americana -producto directo de los esfuerzos de aquellos libertarios «filósofos naturales»- es la organización y transmisión del conocimiento sobre el relato prestleiniano del progreso científico, ¿dónde está «la nuestra»? ¿Qué metodología generadora sustentaría una no-universidad, una post-universidad organizada de nuevo sobre el conocimiento libre y la curiosidad pluriespecialista? Si la Filosofía Natural y su método empirista tuvieron la capacidad de crear un paradigma -el racionalismo- y un ethos -la Modernidad- desde el relato de la acumulación colectiva del saber científico, ¿dónde está el núcleo generador de una cultura hacker?

Seguramente en el análisis de información, en la capacidad para «unir los puntos» de los datos, de las noticias, de las teorías, de los fenómenos aparentemente desconexos de un mundo en red, para cartografiar sus conexiones. La cartografía de la información y su necesario pluriespecialismo es el atractor de orden en un mundo que sólo se puede reconocer en diversidad. .

La primera piedra de una no-universidad para pluriespecialistas

La verdad es que hasta hoy, el mundo hacker no ha ido más allá del estado equivalente al de los cafés dieciochescos que Johnson descata con un capítulo en su libro: comunidades conversacionales generadoras de conocimiento. En algún minuto y dimensión también economías comunitarias basadas en el conocimiento. La Academia por su parte se ha desarrollado en un marco que por un lado reconoce la necesidad de la «transdiciplinariedad» sin encontrar ni un motor equivalente al de la idea de progreso ni una forma institucional compatible con las bases napoleónicas de la universidad realmente existente.

El sueño de Priestley o Franklin era disponer de una casa con un espacio anexo de laboratorio y biblioteca -y a ser posible una posta cercana que alimentara los lazos entre pares entre los encuentros presenciales y las tertulias científicas de café. Jefferson, que escoró hacia la Botánica, incluía jardín. La proyección en escala de estas casas pensadas para generar conocimiento dió forma al esqueleto de la vida universitaria contemporánea sobre la base de las viejas universidades del Antiguo Régimen, herederas de la Escolástica y pensadas para otra funcionalidad: campus -que unían las «casas» de cada saber con sus respectivos laboratorios- y correspondencia organizada sobre revistas académicas que mantenían la posibilidad de construcción común entre congresos científicos presenciales.

Hoy tendríamos una casa hiperconectada, creada bajo el objetivo de enseñar a buscar fuentes, separar elementos y unir los puntos resultantes en relatos. Tendríamos una escuela de analistas de información que buscaría la presencialidad de expertos y académicos «residentes» en un nuevo «café» naturalmente mestizo y hacker, base conversacional para construir después intercontextualidad.

Sería sólo una primera pieza. Un experimento. Pero si algo nos enseñaron aquellos filósofos naturales empeñados en crear una nueva arquitectura social, fue que hay experimentos capaces de generar saberes que cambian -verdaderamente- el mundo.

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