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La flor de Lucina

¿Cuál fue realmente la flor de Lucina? Un viaje por la historia de Europa y la evolución de sus símbolos.

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En la mitología romana Lucina es la única descendencia femenina de Juno y la tercera de sus hijos, junto a Marte y Vulcano. Su función en el pateón es cuidar de partos, algo nada fácil en una época en la que «dar a luz» (origen del nombre de la diosa) acababa frecuentemente en la muerte de la madre.

Como todos los dioses romanos de la República es una deidad alegórica en la que se creía al modo en que alguien puede creer en una representación o un relato literario cuyos símbolos honra en público pero con los que siempre guarda en la intimidad un puntito supersticioso. La religio romana generaba una relación con los dioses que era más similar a la de un hincha de fútbol con sus «colores» que a la de un judío o un cristiano con su dios: en público se honran colores y símbolos y en privado, cuando llega el día del «derby», se ponen la bufanda que estrenaron en la última final de Copa de Europa que ganó el equipo y llevan consigo el cromo de Di Stéfano que les dió su padre.

Es importante entender esta relación con los dioses porque sin ella es inconcebible la flexibilidad del relato. Mientras los cristianos se persiguieron y asesinaron en masa por matices en la divinidad de Cristo, la religio jugaba una y otra vez con los cuentos que sostenían y explicaban a cada divinidad para dar cabida, por contradictorias que fueran, a nuevas interpretaciones. En nuestro caso Lucina es en algunos momentos y lugares -como el famoso bosque del Aquilino- una diosa autónoma y en muchos otros, la mayoría, una advocación de Juno (Juno Lucina) e incluso de Diana (Diana Lucina) en la medida en que esta también podía cuidar de los partos de sus seguidoras. Es más, la misma idea de «dar a luz» se hace alegoría del momento en el que todo tipo de cosas y proyectos pasan a tener «vida propia» y Lucina o Juno Lucina pueden ser invocadas para cuidar de la puesta en marcha de un negocio o la comprobación de una idea.

Esta ambigüedad se traslada a los atributos también. Spes, la esperanza, está asociada al regalo de flores, pero también lo está Juno Lucina por motivos obvios, por lo que su culto se celebra con guirnaldas, arreglos y coronas. Y con ello la confusión está servida: ¿es la misma flor la flor de Lucina y la flor de la Esperanza? ¿Es meramente una flor simbólica o es una flor real, concreta, que se regalaba a las parturientas?

Podemos encontrar algunas interpretaciones que afirman que la flor en cuestión es la del loto. Es cierto que el loto corona el cetro de Juno como símbolo de soberanía -asociado también al pavo real- pero esa es una advocación distinta de la de Juno Lucina y en general el loto corona la cabeza, no se ofrece en la mano. Más plausible es, como encontraremos en la mayoría de las referencias, que se trate de la flor de la albahaca, en recuerdo del propio embarazo virginal y milagroso de Juno, del que nacería Marte, dios principal del pueblo romano. Recordemos: Juno huye del lado de Jupiter envidiosa por el nacimiento de Minerva (belicosa diosa del conocimiento, también celebrada por su fertilidad pues su festival tenía lugar entre el 19 y el 23 de marzo) y se refugia en un templo de Flora, diosa de las flores, los jardines y la primavera, quien coloca sobre su regazo una flor de albahaca, la más hermosa de las flores que es en realidad, según algunas versiones, Júpiter en forma de flor. La flor germinará en la diosa dando lugar a Marte, el dios viril que es, en una hermosa paradoja típicamente romana, el único dios producto exclusivamente de elementos femeninos.

Esta tensión, que hará las delicias de los psicólogos, entre el origen puramente femenino de los romanos y los valores viriles de la república, se traslada también a Juno, cuya fiesta, la Matronalia, el 1 de marzo, sería según algunos, la celebración del fin de la guerra contra los sabinos, cuyas mujeres se convertirían, según la leyenda, en las matronas romanas. Dejando de lado la fantasía edípica -la madre raptada por el padre; los hijos, Marte y con él todo el pueblo romano, producto exclusivo de la madre- y volviendo a la flor, parece que la flor que buscamos no es otra que la de la albahaca: la pequeña y delicada flor de tres pétalos y dos pistilos que se convertiría en el dios más querido del panteón romano.

¿Es la flor de lis una flor de albahaca o de lirio pestilente?

Cuando pensamos en flores heráldicas y simbólicas, lo primero que nos viene a la cabeza es la «flor de lis» y con ella los orígenes merovingios de la monarquía francesa por un lado y por otro la ciudad de Florencia. Habitualmente se asume que la flor de lis es una flor de lirio, porque es un ramillete de lirios el que acompaña a la Sagrada Ampola en el bautizo de Clodoveo a finales del siglo V. Ahí aparecería por primera vez la «flor de lis» como símbolo real, pero la verdad es que el símbolo solo es incorporado a la heráldica real franca a partir del siglo XII.

Cabe con todo una duda, «lis» no era una palabra para designar al lirio, de hecho es una palabra que hasta hoy solo existe en la expresión «flor de lis». Se asume que sea una deformación de «iris», la variedad pestilente del lirio y es cierto que desde el primer momento se asoció en la leyenda merovingia al lirio, pero ¿puede haber sido una «confusión simbólica» de las muchas (como la invención del «leopardo») a la que se acostrumbran en la Edad Media? Hay quien piensa que sí, que en realidad la flor de lis no sería otra que la «flor de Cloris» (nombre griego de Flora) y por tanto, en realidad, nuestra pequeña albahaca de nuevo, mutada en lirio, una flor mucho más útil en ornamentaciones y representaciones públicas por su volumen. A favor de esta teoría estaría el hecho de que no hay casi diferencia entre la representación de la flor de albahaca romana y la flor de lis medieval.

La idea de una confusión simbólica resulta bastante plausible: la mitología cristiano-merovingia se construye adhoc a partir de los elementos que tiene a mano, las historias se arman con elementos bárbaros, como las flores pestilentes, que se hacen aceptables a un poso cultural romano ya muy descompuesto, a base de añadir elementos evocadores del pasado cuya coherencia simbólica raras veces se respeta. La simbólica bárbara en el origen de las monarquías europeas es básicamente oportunista, busca la asociación con símbolos conocidos de grandeza romana y, muchas veces también, refleja la resistencia cultural de aquellos que tenían por tarea representarla. Definitivamente, la flor de lis pudo haber sido un bárbaro lirio belga involucrado en una operación mitológica cristiana, representado bajo la forma de un símbolo romano cuyo origen último fuera la flor de albahaca.

Otra cosa es el símbolo de Florencia que se convertiría durante la revolución comercial del siglo XII, con la extensión del florín como primera moneda transeuropea, en algo similar a lo que las columnas de Hércules del escudo de la monarquía ibérica y el «8» de las monedas de «a ocho» serían en el Barroco y es el signo del dolar («$» un derivado del anterior) para nosotros: el signo universal del dinero.

Florencia nació como colonia romana («Florecimiento») y no podía estar dedicada a otra deidad que la diosa Flora, cuya flor es el centro de toda esta historia. Sin embargo, parecen darse por buenos todavía hoy los relatos tardomedievales y renacentistas según las cuales lo que dio lugar al nombre y el símbolo de la ciudad fue la abundancia en el lugar de un tipo particular de lirio: el «Iris fétida». Resulta extraño cuando menos, que una ciudad y especialmente Florencia, se asociara a una flor no solo tóxica sino fétida al parecer solo apreciada por los bárbaros que habían ocupado lo que hoy es Bélgica.

Pero si buscamos las trazas de las disputas sobre la heráldica florentina el resultado es interesante: la bandera se convierte en símbolo de disputa entre Güelfos y Gibelinos en el siglo XIII, pero a pesar de la abundancia de simbología y literatura, no hay referencias al iris anteriores al siglo XII, momento en el que la monarquía francesa hace suya la «flor de lis» y que coincide con sus primeras injerencias en política italiana. Aquí es más que probable que estemos ante una flor «resignificada», en disputa entre su albahaca original y el «giglio» (iris o lirio pestilente) políticamente útil a partir de la revolución comercial del siglo XII, pues convenía a las nuevas redes comerciales florentinas tener algo en común con los mercados de la Champagne y la monarquía que los cobijaba.

La flor de Lucina

Al final de este viaje no puedo evitar señalar la ironía que la evolución y ruptura de una simple representación floral, nos transmite sobre la historia de Europa. De símbolo de los nacimientos y la esperanza, fantasía sobre los orígenes de Roma, la flor de albahaca se torna lirio pestilente con la invasión germánica y es adoptada por la primera divisa continental, el florín, para luego expandirse como símbolo de la expansión de la casa borbónica, la modernización absolutista y su patrocinio de las empresas científicas ilustradas, y acabar, con la revolución francesa, como icono de cuanto el Antiguo Régimen tenía de odioso.

Uno no puede dejar de pensar que tal vez sea hora de volver a la albahaca, símbolo de las cosas que han de ver la luz, y abandonar los lirios.

«La flor de Lucina» recibió 5 desde que se publicó el Domingo 12 de Febrero de 2017 dentro de la serie «» . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por David de Ugarte.

Comentarios recibidos en este post y unidos a la discusión global de todos a través de la Matriz, nuestro espacio conversacional.

    • Cada vez tengo más dudas de quién marca las líneas políticas de fondo ahí, si Trump no será solo una máscara pública -como en buena medida lo fueron Reagan y Bush jr.- de un equipo más amplio y menos visible con mucha más cabeza, una agenda estructurada y oído para las necesidades de Wall Street, que día a día revalida su confianza en una presidencia a la que nadie más parece ver nada bueno.

  1. Imagen de perfil de Juan Ruiz Juan Ruiz dice:

    He tardado en leerlo, pero ha merecido la pena. Vaya deriva! Y a mí que me encanta echarle albahaca a las patatas al horno. Ahora las comeré con más respeto si cabe. Fuera bromas, la verdad es que la historia es maravillosa. Gracias.

  2. Imagen de perfil de Juan Ruiz Juan Ruiz dice:

    Por cierto, tengo un pesto que compré en Roma y que si queréis os llevo para que se lo echéis a la pasta.

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