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La Guerra del Arte de Steven Pressfield

La conceptualización que Pressfield hace del proceso creativo como lucha interna es un complemento interesante a la ética hacker, porque nos aclara que dejar atrás la noción de trabajo como sacrificio implica en sí mismo un proceso que no esta exento de tormento, de miedos que enfrentar y esfuerzo personal de superación que puede llegar a sentirse como que estamos en guerra con nosotros mismos.

Si tuviese que recomendarle a alguien un solo libro sobre cómo desarrollar el hábito de escribir, y el hábito creativo en general, quizás le diría que con La Guerra del Arte de Steven Pressfiled, bastaría.

Pressfield cautiva con su estilo descarnadamente sincero y burlón de sí mismo, relatando su propia guerra a muerte con lo que él denomina «la Resistencia», una fuerza psicológica autodestructiva que hace todo lo posible para mantenernos conformes con el status quo de nuestras vidas, para que nos regocijemos infinitamente en la comodidad con la que eludimos el lanzarnos al agua y el nadar contra la corriente que implica la decisión de dedicar nuestro tiempo y energía al trabajo que genera significado en nuestras vidas. En otras palabras, el atrevernos a vivir una vida interesante:

La palabra Genio proviene del latín. Los romanos la usaban para denotar un espíritu interno, sagrado e inviolable que nos guía en el sendero que nos indica nuestro llamado. El escritor escribe con su genio; el artista pinta con el suyo; todo el que crea opera desde ese centro sacramental…

Todo sol proyecta una sombra, y la sombra del genio es la Resistencia. Por fuerte que pueda ser el llamado del alma hacia la realización, tanto lo son las fuerzas de la Resistencia alineadas en su contra. La Resistencia es más rápida que una bala que surca el viento, más poderosa que una locomotora, y es más difícil desprenderse de ella que del crack. Si te has sentido aplastado por la Resistencia, no estás solo. Millones de buenos hombres y mujeres han mordido el polvo antes que nosotros. Y lo más jodido de todo es que ni nos damos cuenta de qué fue lo que nos dio el tortazo. Yo nunca me enteré. Desde los venticuatro a los treinta y dos años la Resistencia me pateó el culo despiadadamente, me arrastró sin misericordia desde la costa este a la costa oeste una y otra vez, y yo ni siquiera me di cuenta de que existía. Busqué por todas partes al enemigo cuando en realidad lo tenía en frente de mis narices.

Pressfield ve a la Resistencia como un lastre psicológico del proceso evolutivo. Nuestras psiques están programadas por millones de años de evolución cazadora-recolectora, por lo que instintivamente tendemos a actuar de la manera que resultaba beneficiosa para sobrevivir en el contexto de la tribu y la manada. Pero lo que nos define como humanos es precisamente lo contrario: nuestra capacidad para sobreponernos al instinto y a las convenciones arraigadas, para atrevernos a saltar al vacío incierto de la búsqueda de significado, a llevar a cabo ese acto fundamental de disentir que nos impulsa a la individuación. Para Pressfield, la condición humana es la de la lucha desesperada por ejercer lo que él ve como la esencia del libre albedrío:

¿Qué es lo que define a [esta] desesperación? Que es la desesperación de la libertad. La dislocación y emasculación experimentada por el individuo que corta con las estructuras reconfortantes y familiares de la tribu y el clan, el pueblo y la familia.

Es el estado de la vida moderna.

La conceptualización que Pressfield hace del proceso creativo como lucha interna es un complemento interesante a la ética hacker, porque nos aclara que dejar atrás la noción de trabajo como sacrificio implica en sí mismo un proceso que no esta exento de tormento, de miedos que enfrentar y esfuerzo personal de superación que puede llegar a sentirse como que estamos en guerra con nosotros mismos.

Por eso no sorprende que Pressfield vea el antídoto a la Resistencia, precisamente, en entender claramente que más vale el dolor de enfrentarse todos los días a la página en blanco que una vida de trabajo carente de significado. Y para combatir ese dolor, la estrategia que él considera más efectiva, es también la más simple: concentrarse ceremonialmente en hacer el trabajo, olvidándonos de la calidad del resultado, porque la inspiración solo llega como subproducto de eso más prosaico y más mundano que es el acto de sentar nuestro trasero en la silla y comenzar a teclear:

Me levanto, me ducho, desayuno. Leo el periódico, me cepillo los dientes. Si tengo que hacer llamadas, las hago. Ya está lista mi taza de café. Me pongo mis botas de trabajo, enlazadas con las trenzas de la suerte que me regaló mi sobrina Meredith. Me meto en la oficina, enciendo el ordenador. Mi sudadera con capucha de la suerte está colgada en la silla, con el amuleto de la suerte que le compré a un gitano en Santa María del Mar por sólo ocho dólares en francos, y la placa que dice LARGO, un nombre con el que soñé una vez. Me la pongo… Digo mi oración, que es la Invocación de la Musa, de La Odisea de Homero, traducción de T.E. Lawrence, Lawrence de Arabia, que me regaló mi querido amigo Paul Rink y que tengo sobre mi repisa con los gemelos que pertenecían a mi padre y mi bellota de la suerte del campo de batalla de Thermopylae. Son casi las diez y media. Me siento y me lanzo a teclear. Cuando empiezo a cometer errores ortográficos, sé que me estoy cansando. Eso significa que ya llevo cuatro horas, más o menos. Llego al punto de rendimientos decrecientes. Lo dejo hasta ahí por hoy. Respaldo todo lo que hice en un disco duro y lo meto en la guantera de mi camión en caso de que haya un incendio y tenga que salir corriendo. Apago el ordenador. Son las tres, tres y media. Cierro la oficina. ¿Cuántas páginas produje? No me importa. ¿Son mínimamente buenas? No pierdo el tiempo en pensar en eso.

Lo que cuenta es que por este día, por esta sesión, logré sobreponerme a la Resistencia.

Pero mi anécdota favorita del libro tiene que ver mucho con lo que David comentaba hace unos días acerca de la capacidad que tiene el trabajo generador de significado para alimentar la soberanía personal, al punto de que nos permite encontrar una fuente de serenidad tan potente que deja de importarnos demasiado que el mundo exterior siga allí, o se caiga a pedazos:

Hacia el final de mis 20 años me alquilé una casita en California del Norte; me fui hasta allí para terminar una novela o suicidarme en el intento. Para ese entonces había tirado por la borda mi matrimonio con la chica que amaba con todo mi corazón, había desperdiciado dos carreras, bla bla, etc., todo porque (aunque en ese momento no lo entendía) no supe cómo hacerle frente a la Resistencia. Tuve una novela 90 por ciento lista, y otra noventa y nueve por ciento lista justo antes de tirarlas a la basura. No podía terminarlas. No tenía los cojones…

Un tipo llamado Paul Rink vivía en frente mío. Búscalo, aparece en Big Sur y las Naranjas del Bosco de Henry Miller. Paul era escritor. Vivía en su caravana, “Moby Dick”. Mi día siempre empezaba tomando un café con Paul. Me introdujo a toda clase de autores de los que nunca había oído, me sermoneó sobre la auto-disciplina y la dedicación, sobre las perversiones del mercado editorial… pero lo mejor de todo fue que compartió conmigo su oración, la Invocación de la Musa, traducción de T.E. Lawrence…

En mi casita no había televisor. Nunca leí un periódico ni fui al cine. Sólo trabajaba… Estaba determinado a seguir trabajando. Había fallado tantas veces, y en proceso le había causado tanto dolor a la gente que amaba, y a mi mismo, que sentía que si me volvía a acobardar iba a colgarme del cuello. En ese entonces no sabía lo que era la Resistencia… pero la sentía como una compulsión autodestructiva. No podía terminar lo que emepezaba…

Trabajé durante ventiséis meses seguidos…

Una tarde estaba tecleando como loco en mi habitacioncita cuando escuché la radio de mi vecino que clamaba “…para pereservar, proteger y defender la Constitución de los Estados Unidos”. Salí. ¿Qué sucede? “¿No sabías? Sacaron a Nixon; tienen a un tipo nuevo”.

Me había perdido Watergate completamente.

«La Guerra del Arte de Steven Pressfield» recibió 4 desde que se publicó el Jueves 21 de Noviembre de 2013 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por Alan Furth.

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