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La importancia de producir juntos

Cuando en una comunidad se comparten propiedad y responsabilidades de manera igualitaria, producir juntos abre nuevos mundos que de otra forma tendrían cortas las alas. Es entonces cuando compartir el consumo o ahorrar en común dejan de ser un experimento social para convertirse en un modo de vida.

mujeres marchando al trabajo en el kibbutz
Hoy en día en la mayoría de las llamadas «comunidades intencionales» no se ganan la vida juntos. Algunas comparten los ingresos que sus miembros obtienen trabajando para terceros o produciendo y vendiendo por su cuenta. Otras tan solo mantienen en común las propiedades sobre las que se asientan o los servicios que las mantienen.

falansterioSin embargo, la idea de que la viabilidad de una comunidad es la consecuencia directa de su capacidad para producir colectivamente lo suficiente como para satisfacer las necesidades de sus miembros es tan antigua como el comunitarismo mismo.

En el siglo IV aEC, Epicuro compró una parcela no muy lejos de Atenas y construyó un lugar para que él y sus compañeros filósofos pudieran vivir juntos de forma estable. La comunidad, formada por hombres y mujeres en pié de igualdad, dejó de trabajar para terceros. Unos cuidaban la granja, otros cocinaban y algunos pusieron en marcha una ebanistería. No solo compartían la propiedad del huerto (el famoso «jardín epicúreo») y sus edificios, también la de los talleres. Fue la primera comunidad igualitaria nacida para que sus miembros pudieran vivir una vida de acuerdo a sus ideas.

hutteritas trabajandoCon la aparición de las teorías cooperativas modernas la idea de sustentar la comunidad en la producción común, que de alguna manera había seguido viva en la institución monacal cristiana y en algunos grupos disidentes de la Reforma protestante como los hutteritas, reapareció con fuerza. El comunitarismo igualitario del siglo XIX es, desde el primer «falansterio» fourierista (1832) al primer kibutz (1908) una afirmación constante de este principio. Las comunidades igualitarias son «microsociedades» sustentadas en una economía productiva común.

El siglo XX no cambiará esa definición, aunque la práctica del autogobierno de las comunidades erosionará la idea asamblearia, que ponía el centro en los procesos de decisión y por tanto en las votaciones y las mayorías. Poco a poco se irá dando más importancia a la práctica de la deliberación y al consenso, y de esa manera, no sin cierta ironía, recuperando el espíritu del ideal epicúreo original.

Los cinco pilares del comunitarismo

El modelo comunitarista quedó definido entonces sobre cinco pilares:

  1. propiedad común de todos los medios económicos, desde los terrenos, edificios y máquinas necesarias para la producción a las herramientas de trabajo, el menaje y el mobiliario de las casas
  2. producción conjunta, normalmente organizada a través de una o varias cooperativas de trabajo,
  3. de forma que los ingresos son compartidos desde su origen,
  4. comunitarizándose los consumos comunes, dejando una parte para la expresión de las necesidades individuales y
  5. dedicando el resto a un fondo de ahorro en común, normalmente gestionado a través de la misma cooperativa en la que la comunidad se organiza.

En la práctica

Indianos en GetxoEn su forma más sencilla, una comunidad igualitaria es un grupo de amigos organizados como cooperativa de trabajo, que en vez de perseguir repartirse el excedente a través de salarios cada vez más altos, decide que su cooperativa funcione como propietario colectivo de cuanto poseen y les provea directamente de todo lo necesario para su bienestar: gastos sanitarios y educativos, vivienda, alimentación, vestido, consumos culturales, viajes y en general todas las necesidades de una vida confortable.

Los miembros de la comunidad deciden colectivamente los grandes límites de los gastos realizarán a través del presupuesto de la cooperativa. Las partidas básicas son las propias reservas de la cooperativa: los gastos de consumo y vivienda, los fondos de salud y educación y «bolsas» para subvencionar actividades sociales o medioambientales en el entorno. Es bastante común que a partir de cierto estado de desarrollo se organicen fondos para cubrir emergencias sufridas por familiares de miembros de la comunidad o para invertir en proyectos externos.

Afrontados los gastos comunes, tanto los necesarios para mantener y desarrollar la producción como los gastos vitales normales -viviendas, comida, etc.- la comunidad distribuye de acuerdo a las necesidades de consumo individuales. Todo lo demás se guardará como «ahorro en común», pues una de las pocas libertades a las que se renuncia por tomar parte en una comunidad igualitaria es el ahorro individual. La idea de que la totalidad del ahorro es puesto en común es uno de los pilares sociales y económicos de la vida comunitaria. Solo si la comunidad es también una «comunidad de ahorro» que agrega y capitaliza todo el excedente creado entre todos, puede convertirse en la base de esa «mutualidad general» que la estructura económica de la comunidad quiere ser.

Pero el objetivo de maximizar el ahorro en común no quiere decir que se restrinja el consumo individual o que no existan diferencias entre las pautas de consumo de los distintos miembros de una comunidad.

La diversidad en el consumo

Burdeos ostras nat tereLos individuos tienen márgenes flexibles para definir los gastos que responden a sus necesidades. En general, la relación de los miembros con el presupuesto no es muy diferente a la de los miembros de una pareja con el suyo. En la pareja los ingresos se ponen en común y ambos «saben» cuales son los límites de libre disposición de cada uno sin necesidad de establecer complejos sistemas contables ni dividir el dinero para gastos en partidas separadas. En una comunidad productiva la única diferencia es que los ingresos se producen en la cooperativa que sirve, entre otras cosas, de cuenta corriente común. Cuando uno cree que se está acercando a los límites de disposición individual que la sensatez marca en cada momento, comenta y consulta con los demás.

Además, todas las comunidades distribuyen, regularmente o a pedido, una cierta cantidad de dinero entre sus miembros para gastos personales. Estas cantidades no deben entenderse como una forma salario sino como una forma de garantizar que existen espacios intimidad exclusivamente individuales cuya expresión económica no tiene por qué compartirse. Por ejemplo, los tickets de compras dicen sin pudor lo que costaron tus regalos de Navidad y las facturas de los hoteles de una escapada de fin de semana pueden hablar de una nueva pareja. Así que el respeto por la intimidad de cada uno de los comuneros aconseja que además de los gastos que se hacen a cuenta de los fondos comunes se produzcan transferencias de la cuenta común a las cuentas individuales.

Este dinero de disposición individual, opaco a los ojos de los demás, solo tiene una condición: ha de destinarse a consumo, no puede convertirse en ahorro. Por supuesto se trata de un compromiso moral individual: nadie tiene derecho a mirar a las cuentas corrientes de otros para comprobar si acumulan en secreto un pequeño capital.

maria burdeos vinoEsto puede parecer ingenuo, pero la verdad es que en nuestra experiencia nunca ha producido un conflicto. Las comunidades igualitarias se forman dentro de ámbitos culturales definidos, con patrones relativamente homogéneos de consumo. Unos comuneros consumirán más, otros consumirán menos, pero en general impera el gusto minimalista. Nadie tiene ni pasión por la austeridad ni deseo de ostentación, todos persiguen tener «consumo significativo», que les satisfaga realmente, y no consumir mucho o poco.

El resultado, cuando se hacen las cuentas, es que el gasto individual medio de un comunero en «abundancia», consumiendo sin restricciones, suele estar por debajo de los salarios medios del lugar donde se asienta. Las diferencias individuales en el gasto, cuando se sostienen en el tiempo se explican facilmente por cosas como tener hijos, tener familia en otros países o tener ciertos hábitos que elevan la media de gasto personal -todas esas cosas que van desde fumar o ir al gimnasio a tener un hobby o salir a cenar con los amigos todos los fines de semana. Pero ¿para qué querría nadie ahorrar si la comunidad es efectiva proveyendo a cada uno de sus necesidades y las de su entorno familiar?

Producir con iguales abre mundos

reunion trabajo pensar neal jacinto cris pensar indianosLos humanos necesitamos sentir que cada movimiento de nuestra vida conduce a algún lado. Necesitamos vislumbrar destellos de autenticidad en el resultado de cada esfuerzo porque no hay día en que la experiencia humana no pretenda vencer la ansiedad y la incertidumbre del siguiente. Y sabemos que, en realidad, solo tenemos oportunidad de hacer nuestra la jornada si empleamos todo cuanto somos y tenemos en convertir nuestros esfuerzos en resultados con valor vaya más allá de lo inmediato.

Por eso el trabajo es tan importante en la vida de cada uno. Si a ese trabajo podemos darle Norte, si además de servirnos por lo que nos produce, podemos decidir y empujar para que produzca cosas que sirvan a cuánto creemos y queremos, entonces, le encontraremos verdadero sentido. Y si en vez de conformarnos con un «es mío», podemos decir «es nuestro», si el sentido de cada tarea, de cada día de trabajo, es compartido con aquellos que buscan lo mismo que nosotros, entonces, cada día de batalla, cada momento de aprendizaje, nos hará sentir más capaces de dar forma al siguiente día.

Por eso, cuando en una comunidad se comparten propiedad y responsabilidades de manera igualitaria, producir juntos abre nuevos mundos que de otra forma tendrían cortas las alas. Es entonces cuando compartir el consumo o ahorrar en común dejan de ser un experimento social para convertirse en un modo de vida.

«La importancia de producir juntos» recibió 9 desde que se publicó el domingo 1 de marzo de 2015 dentro de la serie «» . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por David de Ugarte.

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