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La lengua que no podía mentir

La búsqueda de una lengua en la que no quepan la mentira o el error lógico tiene una larga historia… que se cruza una y otra vez con el juego del Go.

hesseEn Europa «Siddhartha» y «El lobo estepario» de Hermann Hesse son tan inevitables en la adolescencia como «El guardián entre el centeno» en el mundo anglosajón. Mucho menos conocida es «El juego de los abalorios» (1943) que sin embargo, parece haber sido decisiva en la concesión del premio Nobel a Hesse en 1946. El libro culmina la particular «resistencia interior» de Hesse al ascenso del nazismo, presentándonos su crítica a la banalización de la sociedad de masas (la «era folletinesca») a través de la biografía imaginada de Josef Knecht, un «magister ludi», maestro de juegos o como se llamaba a los creadores de juegos en Barroco, un «pedagogo», del futuro siglo XXV.

Hay un largo debate académico sobre si el juego al que se refiere Hesse es el Go o está inspirado por él. «El juego de los abalorios», o «de las cuentas de cristal», es otro de los nombres del Go. La idea de juego y sobre todo de lo que el juego significa y cómo se representa, tiene mucho de su contacto con el Go en la Alemania prebélica. Hasta el modo de establecer mediante el juego jerarquías intelectuales que se refleja en la novela se parece extraordinariamente al sistema de clasificación de jugadores que fue establecido en época de Hesse, y por supuesto, la muerte por ahogamiento del protagonista nos traslada inmediatamente a la regla más sencilla del Go: la vida y la muerte.

Pero aunque las referencias son claras, la idea que Hesse tiene de la futura evolución del juego es mucho más compleja. En su «Viaje a Oriente» (1936) aparece ya la idea del juego como un medio donde la realidad se representa. Cuando el protagonista es iniciado recibe un anillo cuya inscripción comienza:

En la tierra y en el aire
en el agua y en el juego
le están sometidos los espíritus

Das GlasperlenspielY efectivamente, el «juego de abalorios» no se nos presenta como un juego realmente existente, sino como un metalenguaje capaz de unificar y articular ciencias, artes y religión:

En cada movimiento del espíritu hacia la meta ideal de una Universitas Litterarum, en cada academia platónica, en cada asociación de una selección espiritual, en cada tentativa de reconciliación entre las ciencias exactas y las artes o entre ciencia y religión, existió como idea básica esta misma idea eterna que para nosotros ha tomado forma y figura con el juego de abalorios. Espíritus como Abelardo, Leibniz y Hegel conocieron, sin duda, el sueño de apresar el universo espiritual en sistemas concéntricos y de fundir la belleza viviente de lo espiritual y del arte en la hechicera fuerza formuladora de las disciplinas exactas. En los tiempos en que la música y las matemáticas experimentaron casi contemporáneamente su momento clásico fueron corrientes las relaciones y las fecundaciones entre ambas.

Leibniz en Hesse y el Go en Leibniz

leibniz-gameNo es casualidad que nombre a Leibniz, como no lo son tampoco las constantes referencias a la música entendida -en palabras de Leibniz- como un «ejercicio matemático del alma». Hesse está volviendo una y otra vez a una vieja idea leibniziana, que ya en un texto temprano, la «Dissertatio de Arte Combinatoria» (1666) propugna la posibilidad de desarrollar un «alfabeto de los pensamientos humanos» (Alphabeto cogitationum humanarum). En «Historia y elogio de la característica universal» apunta:

Vine a parar forzosamente a esa admirable idea porque pude descubrir cierto alfabeto de los pensamientos humanos y que mediante la combinación de las letras de ese alfabeto y el análisis de las palabras formadas de esas letras, podían descubrirse y juzgarse, respectivamente, todas las cosas

Konig-SpielEs decir, este alfabeto ideal sería la base de una lengua filosófica cuya propia estructura revelaría cuando una idea o una proposición es ilógica o está mal fundada, y cuyas palabras mismas nos conectarían con la realidad de las cosas. Se trata en realidad del sueño de una lengua que solo sirva para «decir verdad» y que permitiría unir ciencia y religión eliminando todo conflicto porque

Si somos capaces de simbolizar los principios o el «alfabeto» de los pensamientos humanos, y derivar todo el conocimiento de combinaciones u operaciones entre ellos, acabaremos con toda ambigüedad conceptual, y por tanto, con toda disputa. Pues no tendrán sino que asignar números característicos respecto al asunto en cuestión, y realizar un cálculo sobre ellos, o bien sentar el problema como una combinación de conceptos, de manera que el asunto se aclare. De ese modo toda disputa se disuelve, o mejor, se resuelve acudiendo a un cálculo.

Y aunque al pensar en Leibniz el cálculo que nos viene inmediatamente a la cabeza es el cálculo diferencial, en este caso el modelo en el que estaba pensando era el de la aritmética binaria, que él también creó.

ilustracion-leibnizY de aquí nace su interés por el Go. Leibniz había leído las primeras descripciones que del Go hace Mateo Ricci (1615) y criticará como un error del también jesuita Trigault, que recopiló y publicó los apuntes del misionero, el número de posiciones de tablero que describe. También había leído «Das Schach-oder König-Spiel» (1616) de Selenius que incluía la primera descripción en alemán del juego.

En 1710, publica «De quibus ludus», un opúsculo en el que comenta lo que le llama la atención de este juego en el que solo hay piedras blancas y negras y en el que intuye, aun sin conocer todas las reglas, que a la lógica binaria y a la combinatoria, se une un cierto fundamento ético:

La multitud de cuentas y el tamaño del tablero hacen, como se intuye fácilmente, que este juego tenga la mayor inteligencia y dificultad, aunque no podamos conocer todas sus reglas. De hecho su singular sistema de recuento, que según se dice, no termina con la masacre del enemigo sino reduciendo sus espacios libres (lo que está ausente de nuestros juegos), amerita recordarse. Y resulta creíble que el inventor fuera algún brahman que, abominando de la matanza, deseara una victoria sin sangre.

Si unimos los puntos, nos daremos cuenta de que las dos posiciones opuestas en el debate sobre la naturaleza del «juego de los abalorios» -lengua filosófica o juego de Go metamorfoseado- en realidad no están tan distantes: El «juego de las cuentas» que imagina Hesse no es más que la lengua filosófica de Leibniz, desarrollada a partir de la ética y la lógica binaria que el propio Leibniz había intuido en el Go.

El juego que no podía mentir

zhidungLo que Leibniz no sabía y probablemente Hesse tampoco, es que muchos siglos antes, Zhi Dun 支遁 (314-366) un monje y pensador budista chino, había propuesto el «qing tan», la «conversación pura» -equivalente a la parresia, el «hablar franco» de los griegos y Foucault. Evidentemente el qing tan no es una lengua que hace imposible la falsedad, es una manera de hablar en la que optamos por hablar en verdad con toda la profundidad y modestia que la expresión implica.

Zhi Dun fue una de las figuras clave de la extensión del budismo. Con otros contemporáneos de las primeras generaciones de monjes budistas nacidos en China, hizo posible el sincretismo entre la tradición taoísta y la nueva filosofía. De esta corriente sincretista se desarrollará el Budismo Zen, que tan importante sera en la puesta en valor del juego del Go en Japón siglos más tarde.

kajiwara takeoDe forma aun más interesante, a Zhi Dun debemos la expresión «shou tan», de la que deriva la japonesa «shudan», uno de los nombres metafóricos más comunes del Go. Significa «hablar con gestos», o «hablar con las manos», pues Zhi Dun consideraba que el Go era en sí un «hablar puro», un «hablar en verdad», y se dedicó a promover el juego entre la aristocracia de la época.

Y es que algo hay en el Go que inspira en muchos una apasionada búsqueda de la verdad. Seguramente tenga que ver con que en el Go no hay una manera, un estilo correcto de jugar. Por eso, más allá de las reglas, de la técnica y del cálculo, la única forma coherente de comportarse frente al tablero sea jugar como uno es, porque como escribió Takeo Kajiwara (1923-2009), un gran jugador profesional que centró el objetivo de su carrera precisamente en encontrar la verdad entre las piedras:

Cada vez que colocas una piedra sobre el tablero estás mostrando algo de ti mismo. No es solo una pieza de pizarra, concha o plástico. Has confiado a esa piedra tus sentimientos, tu individualidad, tu potencia, y una vez que la has jugado no hay marcha atrás. Cada piedra carga una gran responsabilidad en tu nombre.

«La lengua que no podía mentir» recibió 17 desde que se publicó el martes 4 de febrero de 2014 dentro de la serie «» . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por David de Ugarte.

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