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La maldición

Cuando una crisis económica ataca, es interesante ver los efectos que produce en el ánimo general, los discursos que se crean y que calan. Es como hacer una especie de psicoanálisis colectivo. Y no, no voy a hablar de los movimientos de campistas, pues me parece que son una manifestación artística, pero no política ni transformadora. Una performance sostenida en el tiempo, que estaría muy bien si no fuera porque pretenden vestirla de algo que no es.

Tanto en la prensa como en el cine (que es el sistema a través del cual, sobre todo los Estados Unidos, transmiten sus discursos) aparece una y otra vez la culpa. Hemos vivido por encima de nuestras posibilidades. El sistema era insostenible y no lo quisimos ver. Gastamos demasiado y no ahorramos lo suficiente

Lo malo es que en algunas ocasiones, estas afirmaciones son ciertas. Pero la culpa es inútil y actúa como elemento paralizador. No se corrige, sino que se sigue cavando.

Hoy en El País, criticaban el llamado «pensamiento positivo» norteamericano, materializado en los omnipresentes libros de autoayuda y los cursos para parados, en los que enseñan a reforzar la autoestima y el optimismo radical frente a las dificultades, planteando los problemas como retos, siempre con una gran sonrisa.

Es cierto que estas prácticas han sido llevadas a un extremo en ese país, que raya el ridículo, pero me parece una manera mucho más positiva (valga la redundancia) y constructiva de abordar las dificultades que el regodearse en la desgracia y en la inacción.

No seré yo la que defienda los libros de autoayuda. Pero me parece muy significativo que en El País hagan una crítica tan dura del «pensamiento positivo», comparándola con fenómenos pseudoreligiosos como el originado por el libro El Secreto o con la negación de la realidad del gobierno español.

Eso sí, para no variar, ni siquiera son originales en sus críticas, sino que vienen originadas desde los mismos Estados Unidos:

Esta seudoideología casi infantil es suscrita al alimón por economistas, políticos, psicólogos, médicos y estrellas de la televisión. Según la misma, las víctimas de la crisis no solo tienen que sufrir en silencio su desgracia sino que casi se ven obligadas a estar contentas, como ha denunciado la escritora estadounidense Barbara Ehrenreich en su libro Sonríe o muere (Editorial Turner, 2011), que ha resultado todo un alarido contra “la trampa del pensamiento positivo”.

Ahí queda eso. «Casi se ven obligadas a estar contentas». Bueno, uno puede estar contento o no estarlo. Otra cosa es que uno «simule» estar contento, lo que por cierto realmente ayuda muchas veces, y no impide dejar de estar triste, que es lo que parece que interesa según el artículo.

Todo esto se me ha ocurrido viendo una de esas películas yankis en las que lloran por lo mal que los están pasando con la crisis económica. Y es que debe ser que en Hollywood no hay pensamiento positivo porque en esto son quejicas como cualquiera.

La película cuenta la historia de una anciana en un pueblo de Carolina (creo que del Norte), que vive en una casa tipo Tara y un día descubre que el fondo del que se mantiene está vacío.

Decide vender su casa, con todo el dolor que eso le produce, hasta que aparece un empresario de Texas que quiere alquilarle un antiguo almacén de tabaco (también propiedad de la señora) pagándole en cash 6 meses por adelantado.

La anciana salda sus deudas y hasta se arregla los dientes antes de descubrir que el empresario de Texas guarda residuos peligrosos en el almacén, con todos los permisos y requerimientos de seguridad al día, no crean. Pero claro, eso de los residuos es algo malísimo, aunque permita a la ancianita seguir viviendo en su casa, por lo que su sobrina intenta convencerla de que anule el contrato.

Pero el texano no es solo el salvador de esta señora, sino de todo el pueblo. Un pueblo casi abandonado, sin tiendas y sin gente joven en el que se discute si hacer desfile o no por Acción de Gracias teniendo en cuenta que ya nadie va al centro… ni para un desfile. El empresario quiere crear una planta de gestión de residuos en el pueblo, lo que crearía empleo y rehabilitaría económicamente toda la zona. ¿Les recuerda a algo?

El guionista debe ser conservacionista y seguramente contrario al «pensamiento positivo» porque la película termina con los camiones que transportan los residuos accidentados en una noche de lluvia torrencial y los residuos desparramados al borde del río.

La anciana, cuando le explica a su sobrina que no tiene dinero, rememora como su padre se hizo rico con la compraventa de tabaco (de ahí el almacén) y como cuando el negocio entró en crisis, lo perdieron (casi) todo

cuando el imperio del tabaco se dividió y había quiebras por todas partes, papá decía que era una maldición por nuestros pecados. ¿Por qué pecado?, le pregunté. ¿El pecado de comprar y vender tabaco? No, dijo él. El pecado de orgullo. El pecado de pensar que somos invulnerables. Que nuestra buena fortuna duraría para siempre. Porque merecíamos nuestra fortuna y nunca nunca acabaría. Y se acabó. Y cada noche, el año que murió, oí a mi padre en su habitación pidiendo perdón a Dios por pecar de orgullo.

Como ven, hasta en la cuna del «pensamiento positivo» puede estar bien visto estar maldito, pero nunca ganar dinero con la basura.

«La maldición» recibió 0 desde que se publicó el Domingo 17 de Julio de 2011 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por María Rodríguez.

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