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La muerte del futuro y el colapso del universalismo

El futuro de la Humanidad está de cuerpo presente. Como los viejos dictadores, como el traje del Emperador, dejó de existir cuando el andamiaje social que le daba apariencia de realidad dejó de creer en él.

El futuro es hoy un enfermo crónico en fase terminal. Nacido en el siglo XVIII, tuvo su crisis adolescente con el Romanticismo, su madurez con el progresismo decimonónico y su primera crisis grave con los genocidios cometidos por el estado alemán durante la Segunda Guerra Mundial. En 1989 se hizo obvio que no se recuperaría jamás. Paradojicamente hubo entonces quien sacó como conclusión que entraba en un coma eterno, que se abría una era de presente continuo. Pero era sólo la fugaz recuperación que precede a la crisis final.

Como ocurre con los viejos dictadores, su existencia se ha convertido en una convención inoperante que a duras penas puede ser considerada relevante por nadie. Hace ya mucho que el proyecto ilustrado que le mantenía en pié no le insufla vida alguna. La idea misma de postmodernidad podría entenderse como la consciencia del fin del proyecto ilustrado, como su último y trágico momento de lucidez.

Por supuesto no falta quien intenta acudir al lecho del enfermo con ánimos y promesas de nueva juventud. Pero no, no es lo mismo. No es lo mismo la Wikipedia de Wales que la Enciclopedia de Diderot, del mismo modo que las guerras de los neocons no pueden comparse al terremoto social y político de las guerras napoleónicas.

El mundo del proyecto ilustrado, el mundo que tenía futuro porque se pensaba en términos universales se parece cada vez más al Ubik de Philip K Dick: todo se descompone en él. Cuando Wales levantaba la última y modesta utopía ilustrada, la participación en el conocimiento universal, la realidad trajo adhesión, cuando los neocons levantaron la bandera de las guerras quirúrgicas e instantáneas llegaron las guerras de final autoproclamado.

Asumámoslo, el futuro ya no está entre nosotros, ya no es real simplemente porque como recordaba en su novela PK Dick, realidad es aquello que, cuando dejamos de creer en ella, no desaparece y el hecho es que el futuro ya no nos vale ni como hack para modificar el presente… dejamos de creer en él y desapareció. Por eso murió el ciberpunk, por eso se secó su literatura: hasta para ser pesimista o crítico con el futuro hay que creer en él, y tras Días verdes en Brunei el futuro es un personaje tan inverosimil en nuestro tiempo como Amadis de Gaula.

El diagnóstico es simple: No hay futuro universal sin categorías sociales universales. Categorías que nos son ya cotidianamente ajenas, que intuimos necesariamente totalitarias.

Desde las periferias ideológicas del viejo sistema el vértigo se apodera del discurso. Antiglobis y tea party, comparten aires decrecionistas y argumentos conspirativos. Unos y otros son conscientes de que las bases materiales de los futuros pasados no pueden generar otros nuevos. La palabra comunidad no se les cae de la boca. Aunque cuando la usen no quieran decir comunidad, sino cantón, condado, ciudad o parroquia, al modo de John Robb o las Transition communities. El único futuro que pueden fantasear es el de un colapso económico, energético o ecológico. Expresan con ello que necesitan, para volver a poder tener futuro, un nuevo punto de partida que haga todo más pequeño. Cuesta creer en el estado nacional. En el mercado nunca creyeron. E incluso a los que alguna vez lo alabaron desde esas bandas ahora tampoco les sirve: no deja de tener gracia leer al padre de las reaganomics fantasear como serían los efectos terminales de la descomposición en EEUU para llegar a la moraleja de que nunca tendría que haber salido del pueblo.

La descomposición tiñe al universalismo terminal de pesimismo cataclísmico y ansias religiosas más o menos inconfesables. No es sólo que el proyecto ilustrado se haya tornado una utopía reaccionaria, es que también supura descomposición por cada poro.

Y frente a todo esto, la pequeña comunidad real, último atractor de orden, de cohesión social mínima. Definitivamente sin futuro pero con una nueva promesa: no un único futuro para todos sino miriadas de ellos. We few, we happy few, we band of brothers

«La muerte del futuro y el colapso del universalismo» recibió 0 desde que se publicó el Martes 7 de Septiembre de 2010 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por David de Ugarte.

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