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A mi juicio, lo más relevante a largo plazo de la legislatura que ahora comienza en España es la llegada a los lugares de poder de la generación 15M. Si así lo prefieren pueden llamarles «mileniales» como en EEUU. O, simplemente, la gente que llegó a la mayoría de edad alrededor del cambio de siglo. Que supone un cambio es claro, que seguramente no el tipo de cambio que pensábamos hace unos años, también. A estudiarlo le venimos dedicando esta serie.

Ayer fue la primera jornada del proceso de investidura del candidato a Presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. Y su discurso me pareció muy sensible a ese cambio. Fue más pedagógico que aquellos discursos de Suárez para una España formateada en el franquismo. Y esa fue su primera y seguramente más importante concesión:

La diferencia en democracia, debe ser objeto de debate, de diálogo, pero nunca de confrontación. Nunca de ruptura. En democracia, cuando se está de acuerdo se vota conjuntamente. Cuando hay desacuerdo se debate, se discute, se negocia y se acuerda. Y si finalmente el diálogo no llega a buen término, cada uno vota aquello en lo que cree y todos juntos entienden que el resultado de la votación es legítimo y justo. Esto no significa renunciar a nada. No significa traicionar a nadie. Significa que sabemos vivir en una sociedad democrática. Que sabemos entender el valor de las diferencias. Que consideramos que el contraste de pareceres es enriquecedor. Que aceptamos que vivir es convivir.

La política de la adhesión

asambleas15mMuchas veces hemos hablado del contexto familiar y de las diferencias en el sistema de valores de esta nueva cohorte que ha vivido la cultura de la adhesión como canal «natural» de su interés por la política. Ya en el 15M vimos los primeros síntomas de un rechazo del compromiso que llevaba a un muy peculiar asamblearismo en el que ni se votaba ni se consesuaba. Es decir, se renunciaba a decidir y en realidad a deliberar.

La pasada primavera, cuando realizamos una serie de focus groups por edades, encontramos algo parecido: muchos jóvenes nos decían que no discutían de política entre amigos porque era muy duro emocionalmente verse contrariados en sus ideas. Un cambio radical con generaciones anteriores. Otra versión de lo mismo asoló no pocas «candidaturas de Unidad Popular» durante las elecciones locales: cuando dos posiciones se enfrentaban, rara vez se llegaba a un acuerdo y cuando se votaba, los perdedores no paraban hasta poder hacer otra asamblea a la que esperaban llevar a más gente que los contrarios. Si lo conseguían, huelga decirlo, el procedimiento se repetía una y otra vez.

asamblea cupLa famosa asamblea de la CUP de diciembre fue otra versión de lo mismo que llegó a tener fuerte relevancia pública. La CUP no pasa de 1700 militantes, pero en la asamblea aparecieron más de 3000 porque al permitirse a las asambleas locales autentificar «simpatizantes», estas usaron la figura para llevar «votos de refuerzo» a su propia posición. Por eso, a pesar de estar tan cercanas en apoyos las dos posturas en liza, el número de votantes decrecía a cada ronda de votación. A los «simpatizantes» no les llegaba el compromiso para aguantar el día entero.

El resultado es lo que Sánchez Almeida ha llamado el paso del activismo a la propaganda, el paso de la cultura de la adhesión a la política de la adhesión al líder que ya soñaran Sarkozy y Obama. Hace tiempo que lo vemos emerger en otros lados. En Italia por ejemplo. Pero sobre todo en América del Sur, donde el juicio ex-ante y la descalificación parecen sustituir a las estrategias opositoras.

¿Y entonces?

En ese marco cultural, el Parlamento salido de las elecciones españolas exige un pacto a tres para poder formar gobierno. El problema es que en la nueva cultura política de la que twitter y los libros de caras han sido pioneros y agentes, cuando en una votación no sale lo que uno quiere, se convoca otra nueva en una especie de dilema del prisionero de iteraciones indefinidas.

Se crea así el campo de dos posibles liderazgos: el no cooperativo, que disfrutará del bloqueo en tanto le permita representarse como «cabeza de parte» y ejercer poder de veto en la espera de que el cansancio de los votantes acabe llevándolos a apostar por el más rígido; y el cooperativo, que intentará acuerdos estoicamente en la esperanza de que el cansancio de los votantes vaya parejo al temor al caudillismo que la estrategia no cooperativa alimenta.

Y mientras, previsiblemente, la confrontación de ideas se verá sustituida por un recitar de los propios eslóganes y por una lluvia de descalificaciones que convertirá en entrañable el tono habitual de los «trending topics» en twitter. Bienvenidos a la «nueva política». Si les gusta, denle las gracias a la Internet de los libros de caras.

«La política de la adhesión» recibió 7 desde que se publicó el Miércoles 2 de Marzo de 2016 dentro de la serie «» . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por David de Ugarte.

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