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La sonrisa de los dioses

El crecimiento de todo tipo de cultos que pretenden reconstruir la «religio» y las ceremonias anteriores a la imposición del cristianismo, son parte de un fenómeno social más amplio que va más allá del folklor infantil del Halloween o las pajarusadas de los «new-agers».

Ni ese genial y malévolo dios lar bilbaino que es Martínez Sarracina, podría igualar la potencia expresiva de algunos titulares de la prensa en papel. Observen este clásico de la «Opinión de Tenerife»: «El 5% de los canarios profesa una religión minoritaria». Precioso! Cuando uno lee la noticia se encuentra con que lo que de verdad nos querían contar era la buena nueva de la Iglesia del Pueblo Guanche, que tiene su coña y para eso está «Canarias bruta». Pero si nos ponemos a navegar, el fondo es mucho más enjundioso.

En 2004 masivas ceremonias públicas en el Partenón lo hicieron evidente: el politeismo está de vuelta. Si uno lo piensa bien es parte consustancial de la postmodernidad. La realidad no puede pensarse ya como expresión de un único juego de valores sociales, de un único principo rector moral. Esa es la lógica de toda verdadera religio, la asunción del otro y sus valores sin negar la posibilidad del conflicto. Y eso es lo que hay bajo la vuelta al Cultus Deorum de los que hoy profesan el Culto Hispano Romano, incluso de los ahora desaparecidos neopaganos vascos de Sorginkoba o muchos de los animistas polacos. En términos cristianos todos estos señores y señoras serían ateos, agnósticos o, como mucho y sólo algunos de ellos, panteistas. Obviamente, a la inversa y siguiendo la vieja distinción romana, los «verdaderos creyentes», los miembros de cualquier culto que creen en la existencia histórica y material de dioses, no serían sino practicantes de una superstitio. De cajón: una cosa es celebrar valores otra creer en rituales mágicos.

Pero, claro, no todo el monte es orégano. El panorama general del politeismo es un poquito más confuso y si no lo es tanto para eso está el estado reconociendo asociaciones religiosas y los new-agers pajaruseando. Y ahí, en ese «limbo» entre el postmodernismo y la ouija que resulta ser el registro de asociaciones religiosas tenemos desde neodruidas gallegos a odinistas. A veces uno no sabe si son culto familiar o un nuevo club de reconstrucción histórica.

Pero… ¿son algo más que frikis?

Podríamos hacer un largo catálogo de movimientos, cultos, grupos de discusión, prácticas familiares más o menos autoconscientes… Al final, lo relevante de los mil y un avatares de la presunta «vuelta del paganismo» va mucho más allá de los relatos concretos o su estatus legal. Olvídense del historicismo o el folklore. La Postmodernidad no es una vuelta a la Premodernidad desde la tecnología por lo mismo que el modo de producción P2P no es el modo de producción feudal con Internet y ordenadores por mucho que las escalas se reduzcan y reaparezca la centralidad del comunal o que la relación entre las personas y lo que producen recuerden al artesano en su culto del conocimiento práctico.

En ese sentido, los nuevos cultos tanto como las nuevas celebraciones familiares y sociales no mediadas por el imaginario estatal o el religioso, no son en realidad una vuelta, un retorno. Ni siquiera una reconstrucción. Piensen en cuan rapidamente Halloween se ha hecho indiscutible. Las calabazas, el triunfo de olentxeros y papanoeles sobre la vieja monarquía de Baltasar y compañía, o los demonios y akelarres en fiestas populares -parte del mismo fenómeno pretendidamente «neopagano»- no son una vuelta atrás, son el signo de unos tiempos esencialmente nuevos. Unos tiempos en que los valores -y con ellos las prácticas rituales y simbólicas que los transmiten y celebran- dejan de suponerse comunes, dejan de hecho de luchar por ser comunes y se acepta su pertenencia a un nuevo ámbito que no es ni el universal de la Premodernidad ni el «privado» proyectado políticamente que trajo la Secularización y defiende el laicismo estatalista, sino un insoslayable resurgir de lo comunitario.

El fin de la gran religio secular

Porque lo interesante es que se rompe la dicotomía ilustrada entre poder público de las religiones hegemónicas y secularización como consecuencia del colapso de los estados sobre-escalados y la degradación de lo que venía a ser su religio, el nacionalismo, y sus cultos simbólicos. Estos se deslizan cada día más del discurso a la arenga, de la imposición de una identidad común a la búsqueda de alteridades a las que culpar. Como resultado, cada vez resulta más difícil a más personas encontrar en las celebraciones del estado nación espacio y discurso para arropar sus propios valores… precisamente porque los valores más comunes de la cohesión social no se reflejan ya en el estado. Paralelamente el ámbito de la identidad se traslada paulatinamente desde la comunidad imaginada hacia la comunidad real.

Igual que en los años sesenta y setenta las Iglesias Católica y Ortodoxa, históricamente hegemónicas en las tres penínsulas mediterráneas, dejaron de ser percibidas como el espacio social primario de generación y celebración de valores comunes, el estado nacional empieza a dejar de ser percibido como la materialización de los valores cohesivos de la ciudadanía. El resultado es que a las fiestas patrias les está pasando lo que a la misa de doce le pasó en los setenta y ochenta: la parroquia envejece… y los dioses se van a otro lado.

En adelante habrá que buscarlos tal vez en el cuarto de estar, en la excursión de amigos, en las agendas comunes de los papás en la puerta de la guardería o en las nuevas fiestas que en realidad resultan ser sincréticas y tener raíces muy antiguas. La religio se está comunitarizando. En la mayor parte de los casos ni nos damos cuenta, pero hay quien se lo toma un poco más en serio, recupera pequeñas ceremonias, participa en algún un foro. Y logicamente, los viejos dioses sonríen.

«La sonrisa de los dioses» recibió 0 desde que se publicó el domingo 11 de noviembre de 2012 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por David de Ugarte.

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