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La turbulenta, intensa e interesante vida de Ibn Jaldún

El amor al conocimiento impulsaba a Jaldún a recluirse en los libros y la reflexión, pero al mismo tiempo sentía una atracción irresistible hacia la política y sus intrigas. Y debido a la extrema inestabilidad política de la mayoría de las dinastías regentes de aquella época, Jaldún nunca fue súbdito de ningún gobernante demasiado tiempo; se la pasaba viajando de una ciudad a otra, era un nómada empedernido.

ibnkhaldungoldenA pesar de lo enorme y profundamente influyente que es la obra de Ibn Jaldún -en opinión de Arnold Toynbee Jaldún «concibió y formuló una filosofía de la historia que es, sin duda, el trabajo más grande que jamás haya sido creado por una mente humana en momento o lugar alguno»- el historiador e historiógrafo árabe del siglo XIV sigue siendo relativamente desconocido en occidente. Su nombre definitivamente no figura en los libros de texto de varias de las disciplinas de las que se considera ser uno de los padres fundadores, como la economía y la sociología.

Las raíces ancestrales de Jaldún se remontan a Hadramut, actual sureste de Yemen. Desde allí, un Jaldún Ibn Uthman acompañó a las divisiones que ayudaron a los musulmanes a colonizar la península ibérica en el siglo VIII, y terminó estableciéndose en Sevilla, en donde varios miembros de la familia desarrollaron carreras prominentes en la academia y el gobierno.

La familia emigró al norte de África, y se asentó en Túnez alrededor de 1248. Y ahí nació Ibn Jaldún el 7 de mayo de 1332. Recibió una educación privilegiada. Estudió el Corán, matemáticas, lógica y filosofía. Llegó a acumular amplios conocimientos de jurisprudencia. Pero cuando tenía 17 años la peste negra llegó a su ciudad. Sus padres y varios de sus maestros murieron. Pero además, Túnez se encontraba por esa época ocupada por los mariníes —la dinastía berber que gobernó Marruecos—, lo que la había sumido en el caos político.

Así que los veinte años Jaldún se larga a Fez, la capital mariní y la corte más vibrante del Norte de África. Gracias al nivel de su educación, le ofrecen un puesto secretarial, pero al poco tiempo vuelve a irse. Aunque algunos historiadores juzgan su partida como desleal, otros lo ven como resultado de su hartazgo de la descomposición generalizada.

Y ese fue un patrón que se repitió a lo largo de su vida. El amor al conocimiento impulsaba a Jaldún a recluirse en los libros y la reflexión, pero al mismo tiempo sentía una atracción irresistible hacia la política y sus intrigas. Y debido a la extrema inestabilidad política de la mayoría de las dinastías regentes de aquella época, Jaldún nunca fue súbdito de ningún gobernante demasiado tiempo; se la pasaba viajando de una ciudad a otra. Era un nómada empedernido. Todas esas experiencias, al igual que la de la peste negra, jugarían un papel muy importante en la determinación de su carácter y su visión del mundo.

Después de mucho ir y venir entre una intriga política a otra, y de incluso pasar un par de años en prisión, termina en Granada alrededor de 1362. Era amigo de Ibn al-Jatib, visir de Muhammad ibn Yusuf ibn Nasr -mejor conocido como al-Ahmar («El Rojo»), o Alhamar en castellano, por el color rojizo de su barba- primer rey del Reino de Granada, y uno de los académicos más famosos de la época. Se habían conocido unos años antes en Fez, en donde al-Jatib estuvo un tiempo exiliado.

alcazaribnjaldun1Rápidamente consiguió la confianza de Alhamar, que le mandó a Sevilla en el año 1364 para que negociara un tratado de paz con el Rey Pedro el Cruel. Pedro le recibe con honores en el Alcázar, conocía las raíces sevillanas de Jaldún, y a pesar de su nombre, parece que fue un monarca tolerante y sabio, mecenas de las artes y las ciencias, lo que contribuyó aun más a que se hicieran amigos rápidamente. Tan fascinado quedó Pedro con aquel sabio árabe con raíces sevillanas que terminó haciéndole una oferta muy generosa para que se quedara en su corte: incluso ofreció devolverle las antiguas propiedades de su familia. Pero Jaldún rechazó la oferta, fiel al rey de Granada y a su querido amigo al-Jatib.

Ese contacto con un poder cristiano también lo marcó profundamente, haciéndole reflexionar no solo sobre el pasado de su propia familia, sino también sobre el cambiante destino de los reinos, y en particular sobre las implicaciones históricas y teológicas de la reafirmación del poder cristiano en la península ibérica después de más de 500 años de hegemonía musulmana.

alcazaribnjaldunMás adelante, las intrigas políticas interrumpieron también su amistad con al-Jatib, por lo que Ibn Jaldún volvió al norte de África. Pero a pesar de sus diferencias, mantuvo su amistad con al-Jatib, con quien se correspondía regularmente, hasta que éste fue acusado de herejía por contradecir a las autoridades religiosas, insistiendo que la plaga era una enfermedad contagiosa. Al-Jatib finalmente muere estrangulado en la cárcel de Fez: su historia terminó siendo parecida a la de Galileo casi tres siglos más tarde, pero con un final menos feliz.

Más allá del impacto personal que le causó la muerte de su amigo, la experiencia hizo que Ibn Jaldún reflexionara mucho sobre el rechazo generalizado al pensamiento racional que prevalecía por esa época.

Fue entonces cuando finalmente decide retirarse al Castillo de Ibn Salamah, no muy lejos de lo que hoy es Orán, en Argelia. Quería satisfacer su profundo deseo de dedicarse a estudiar y reflexionar, de sintetizar lo que había aprendido de los libros y de todas las experiencias, muchas de ellas amargas, que había acumulado a lo largo de su carrera en las esferas del poder del mundo violento y turbulento en el que vivía.

ik-msEl fruto de ese período fue la Muqqadimah, conocida en occidente como los «Prolegómenos», escrita en 1377 como prefacio a su primer libro de historia universal, al que Toynbee hace referencia en la cita al comienzo de este post. Aunque ambos libros son dos tomos de un mismo trabajo, se suelen considerar separadamente porque la Muqqadimah contiene las reflexiones más originales y controvertidas de Jaldún, mientras que Kitab al-Ibar, el libro de historia universal, es una narrativa histórica más convencional. Jaldún reescribió y revisó su monumental obra a la luz de nueva información durante el resto de su vida.

A los 47 años decide volver a Túnez con la firme intención de no seguir viajando y de asentarse como académico y maestro, esquivando todo tipo de actividad política. Pero por supuesto, el destino no se la iba a poner tan fácil. A los pocos años de su vuelta a Túnez, las autoridades religiosas empezaron a ver sus enseñanzas racionalistas como subversivas, y en 1382 emprende de nuevo la partida, esta vez a Egipto, en donde el sultán mameluco al-Din Barquq le recibe con entusiasmo y le da un alto cargo en la escuela de leyes islámicas en el Cairo.

Su vida en el Cairo no fue más tranquila de lo normal. Su empeño en luchar contra la corrupción y la ignorancia, y además de los celos que le tenían en su entorno por ocupar un cargo de tanta importancia siendo extranjero, implicó que entrase y saliese seis veces del cargo.

Jaldún había dejado a su esposa y sus hijos en Túnez, básicamente porque el régimen le había impedido salir con ellos en un intento de chantajearlo para que volviera: por más subversivos que pudieran resultar sus trabajos a los ojos de las autoridades religiosas, el prestigio de Jaldún para ese entonces era tan fuerte que el sultán tunecino quería que volviese a trabajar en su corte. Barquq finalmente intercede para que dejen que la familia de Jaldún se una con él en el Cairo, pero el barco en el que venía se hunde durante una tormenta cerca de Alejandría y no queda un solo superviviente.

La última gran misión diplomática de su vida la hizo seis años antes de su muerte, en 1400, a petición del sucesor de Barquq, el sultán Al-Nasir. Viaja a Damasco para negociar con el conquistador turco-mongol Tamerlán, para tratar de convencerlo de que no saqueara a Damasco. Pero las conversaciones no dan fruto y Tamerlán no solo se lleva a Damasco por delante, sino que de ahí llega a Bagdad, arrasando todo a su paso. El año siguiente derrota también a los otomanos en Ankara.

Hasta casi el último día de su vida, Ibn Jaldún fue testigo del auge y caída de grandes imperios. En el próximo post de esta serie, veremos como esas vivencias sirvieron de materia prima para las poderosas teorías elaboradas en su Muqqadimah.

«La turbulenta, intensa e interesante vida de Ibn Jaldún» recibió 4 desde que se publicó el domingo 20 de abril de 2014 dentro de la serie «» . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por Alan Furth.

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