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Las raíces del comunitarismo

Hay millones de personas en el mundo que eligen compartir propiedades e ingresos, con otros. Tienen distintos valores y creencias. ¿Qué es lo que les mueve? ¿Por qué lo hacen?

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Como nos cuenta Adler, los humanos somos seres comunitarios. La Antropología nos dice que estamos diseñados genéticamente para vivir en una comunidad real pequeña y en en continua interacción. Más allá de esa pequeña escala empieza la necesidad de reglas, jerarquías y en general de dispositivos sociales que hagan posible la cooperación, simplemente porque nuestras capacidades no dan para sostener redes de compromisos interpersonales mayores. Por eso el comunal es la forma básica y más antigua de propiedad, pero no la dominante durante la mayor parte del desarrollo humano. También por eso volvemos a ella cuando las nuevas formas de producción nos permiten ser productivos a escalas de comunidad real.

Boda de JuanPero entre experimentar la propiedad comunal -que vive en su forma contemporánea en cualquier cooperativa- y vivir en comunidad hay toda una gama de opciones. La más extendida la «comunidad de bienes», en la que los miembros comparten los ingresos y organizan en común el consumo y la inversión realizadas con ellos. Las parejas y los matrimonios son las comunidades de bienes más frecuentes y son también cada vez en mayor medida, más igualitarias. Pero si hacemos caso a las estadísticas, no solo son la forma más extendida sino también la más inestable de esta forma propiedad en común: si tomamos los datos españoles por ejemplo, el número anual de matrimonios en comunidad de bienes y el de divorcios están mucho más cerca de lo que muchos imaginábamos. La hipótesis que surge espontáneamente es que los valores sociales en una etapa histórica de descomposición son adversos incluso a las formas comunitarias más básicas, las que constituyen el fundamento de la familia.

Más allá de la comunidad-pareja

eva dreikursPero si bien la pareja es objetivamente la economía comunitaria más extendida, la experiencia de la pareja y la familia son en sí tareas centrales de la experiencia humana. Para Eva Dreikurs, seguramente la psicóloga adleriana más influyente, en la vida tenemos que afrontar tres tareas básicas y dos «existenciales» que intersectan a las anteriores. Las básicas serían el trabajo, es decir, contribuir al bienestar de otros, la amistad que abarca todas las relaciones sociales con compañeros y parientes; y el amor, que es la unión más íntima, la más fuerte y estrecha relación emocional que puede existir entre dos personas. Las dos existenciales -las herramientas que hemos de elaborar para desarrollar nuestras tres tareas básicas- serían la autoaceptación -saber estar solo y aprender a tratar con uno mismo- y la pertenencia: encontrar la comunidad a través de la cual podemos generar significado a nuestra propia vida.

Desde esta categorización entendemos por qué la forma mayoritaria de las relaciones de pareja es la comunidad de bienes. La pareja es, en nuestra cultura, la forma de encarar esa unión íntima que Dreikurs llama amor. Hacer de la economía de pareja una comunidad de bienes es convertir el resultado económico del trabajo de cada uno en una apuesta por la capacidad para generar significado de la relación. Pero por lo mismo, casi nadie entiende la pertenencia a la pareja como parte de su experiencia comunitaria total. Si lo pensamos desde las categorías adlerianas objetivamente lo es, pero si no es culturalmente consciente seguramente sea por un sesgo no exento de belleza: la mayoría de las personas desearía aportar tanto a su relación de pareja que siente que ninguna otra faceta de la vida puede tener mimbres comunes con su relación más íntima.

Y es que lo que entendemos generalmente como experiencia comunitaria ocurre, para la mayoría de las personas, alrededor de la amistad y solo en menor medida en torno al trabajo. El comunitarismo, en ese marco, es la experiencia de aquellas personas que deciden encarar amistad y trabajo construyendo una pertenencia común.

Comunidad como forma de vida vs comunidad como modelo político

henry nearEl historiador Henry Near, uno de los investigadores más relevantes del comunitarismo contemporáneo, se preguntaba en un conocido ensayo por qué había gente que se unía al kibutz y sobre todo si la experiencia que les hacía convertir esa forma de relación en su forma de vida, era universal o incluso universalizable.

La experiencia comunitaria a menudo aparece espontáneamente cuando hombres y mujeres de bien trabajan y piensan juntos. En este sentido es universal -o mejor dicho- eterna en el sentido en el que el fuego es eterno: no porque nunca muera sino porque siempre reaparecerá en lugares siempre nuevos y a menudo inesperados. Así que, cualquiera que sea el destino de cualquier comunidad individualmente tomada, o de un movimiento o doctrina, la experiencia comunitaria está aquí para quedarse

momento de descanso en el kibbutz 1948El matiz entre universal y universalizable es importante. Si la experiencia comunitaria fuera universalizable, podría entenderse como un primer paso o cuando menos como un «experimento» en el camino de un modelo social colectivista. Así lo entendieron los icarianos, dos de los tres grandes movimientos kibbutzim históricos («Kibbutz Me’Uhad» y «Kibbutz Artzi») y más recientemente, el comunitarismo igualitario americano y alemán. En ese modelo la comunidad debería crecer cuanto pudiera, llegando idealmente a organizar a toda la población de un territorio, porque se define como un germen, como una sociedad paralela que se postula como alternativa social completa por si misma.

Por el contrario, si la experiencia comunitaria, como pensamos los indianos, tuviera sentido por si misma porque responde a necesidades y experiencias universales -por humanas- pero particulares -porque pueden ser interpretadas, resueltas o desarrolladas de diferentes maneras no necesariamente comunales y todas ellas legítimas- el comunitarismo no sería más que una opción, un modo de vida de libre elección que al mismo tiempo sería único y diferente en cada comunidad, no exportable ni válido para ser impuesto como norma social.

El kibutz o la comunidad se fundamentan en esta corriente como una «sociedad de amigos» no como una economía o un estado alternativos. Por eso, porque no pretende ni cree poder ser una alternativa al conjunto social, sino solo una opción de vida dentro de él, le resulta ajena la fantasía autárquica a la que está abocado el modelo colectivista. De esa forma, la definición sobre el doble eje amistad-trabajo necesariamente acabará llevando a este tipo de comunitarismo a reivindicar su relación con el mercado y el mercado en si mismo. Históricamente esta lógica podemos encontrarla en el principal movimiento comunitario de la Antigüedad, los epicúreos, en el movimiento kibutziano original -nacido con Degania en 1910 y agrupado hasta mediados de los cincuenta en «Hever Ha Kvutzot»- y hoy en los propios indianos.

Los movimientos comunitarios de inspiración religiosa

monjesNo todos los movimientos comunitarios son comunitaristas. De hecho los comunitaristas serían en el total solo una pequeña minoría. Sumando kibutzniks y miembros de comunidades igualitarias de todo el mundo tendríamos unas 250.000 personas. En cambio, monjes y monjas de las grandes religiones que aceptan formas de vida cenobítica suman hoy alrededor de 2.500.000 personas. La relación es de 10 a 1, aunque sin embargo las tendencias demográficas son de signo contrario. El monacato católico romano, católico ortodoxo y el budista están sufriendo un retroceso acelerado en su número de miembros. Una erosión que aparentemente no afectaría al comunitarismo, pero si explicaría la aparición y el rápido crecimiento en la última década de nuevas formas comunitarias que no pasan por «compartirlo todo», especialmente el trabajo.

¿Pero por qué no deberíamos considerar la experiencia cenobítica o incluso las «comunidades espirituales» como parte del comunitarismo? Near hace una interesantísima aproximación a ese mundo. Comienza preguntándose cuánto hay de común entre la celebración de la fraternidad y «su pariente lejano» el misticismo. Tras estudiar la correspondencia, las actas de las asambleas y los diarios de cientos de jóvenes kibbutznik de los años 10 a los 40, encuentra en ellos lo que uno de los fundadores de Degania llamó «el sabor especial» del kibutz. El relato de una serie de sentimientos y sensaciones de fraternidad. Se relata muchas veces como una experiencia pequeña, cotidiana pero soprendente, reveladora, capaz de transmitir un significado profundo a todo lo que le rodea. Pero basada en la interacción entre los miembros, en el descubrimiento de uno mismo al descubrir a los otros concretos con los que vive y trabaja y aprender con ellos.

findhornEn este sentido, la experiencia comunitaria se parece solo superficialmente, en la capacidad de sentir y transmitir emoción, a la de los místicos. La experiencia del místico es individual y además, literalmente revelada. Es el producto de su relación personal con la divinidad, no de la interacción con pares. Más interesante aun resulta la comparativa con aquellas comunidades que hacen bandera de la «espiritualidad» y de «vuelta a la Naturaleza». Según Near, en realidad,

muchos comuneros actuales creen que sus experiencias a pequeña escala son indicios de una realidad cósmica, y las usan como prueba de alguna doctrina mística -a veces de varias. Si mis argumentos son válidos, están equivocados. Hacer «oom» es humano, no divino.

Las comunidades post-hippies y new agers, en realidad habrían generado una cultura que interpreta el resultado anímico de ciertas prácticas colectivas de meditación, ejercicio o conversación como revelaciones íntimas, místicas, de realidades ocultas de la Naturaleza o la especie. No serían ni verdaderos místicos, ni entenderían el núcleo de la propia experiencia comunitaria que propician. Lo que es coherente con la naturalidad con que se llegó, por ejemplo, a la privatización y conversión en ecoaldea de la más famosa de todas estas comunidades, Findhorn.

Pero lo que tiene contornos difuminados en los «new agers» tiene aun más claridad en el mundo monástico. Tras repasar toda la literatura antropológica sobre comunidades cenobíticas, llega, por otro lado, a la idea de que el monastismo es un forma radical de individualismo. Señala de forma muy interesante, que lo que define al monje no es la vida comunitaria sino su relación individual con la divinidad a través de una regla en la que

parece que el día monástico esté diseñado para prevenir la creación de comunidad.

Monjes de CardeñaIncluso apunta que «lo coral es visto explícitamente como una herramienta para la elevación [aislada] del individuo» por lo que la plegaria coral no sería comparable, por ejemplo, al papel como generador de un sentimiento de pertenencia que juegan las canciones en los movimientos scouts. Citando distintos estudios y textos doctrinales, insiste en que la búsqueda monástica es una búsqueda personal, no comunitaria, motivo por lo que la experiencia comunitaria es explícitamente evitada, cuando no vista como una penitencia más. En el mejor de los casos,

la comunidad es vista como una infraestructura para el desarrollo del individuo y la profundización de su experiencia religiosa

bruderhofEsta idea se encuentra también en la concepción de los hutteritas (42.000 comuneros) y del movimiento Bruderhof (2.700), las dos principales formas comunales del cristianismo protestante. En los hutteritas además señala un elemento más que les separaría definitivamente del comunitarismo: lo que se exalta grupalmente es la aceptación íntima e individual de un significado religioso predefinido e inmutable que comporta un determinado modo de ser comunitario. No estamos ante una comunidad en realidad sino ante lo que Martin Buber llamaba «el colectivo» y Near «grupo totalitario», formas colectivas que reprimen la expresión de la personalidad esterilizando la posibilidad de la experiencia comunitaria. Este tipo de fenómenos es característico también del monacato budista, donde la «eliminación del yo» es la base para la construcción de las estructuras sociales y las jerarquías propias de la vida monástica.

Conclusiones

yonahan simon kibutzLa experiencia comunitaria es central en la experiencia humana. Todos la vivimos en mayor o menor grado en las facetas fundamenntales de nuestra vida: la pareja, la amistad y el trabajo. El comunitarismo es solo una forma de perseguirla y desarrollarla. Y aunque parezca extraño ni siquiera es mayoritario dentro de los movimientos comunitarios. Porque el hecho es que la mayoría de los movimientos comunitarios no son comunitaristas. Los más numerosos, los movimientos comunales de inspiración protestante o espiritualista y los cenobíticos católicos y budistas, evitan el desarrollo de lo comunitario, reduciendo el espacio de interacción libre entre individuos a un marco para la interiorización de la creencia.

El comunitarismo en cambio, a través de un «compartirlo todo» que implica necesariamente mucha interacción y conversación en comunidades pequeñas, persigue la experiencia de la fraternidad. Una parte del comunitarismo piensa en incluir en la práctica de esta fraternidad al conjunto de la sociedad, pensándose como una cierta forma de movimiento político. Por el contrario, otra parte, con la que los indianos nos identificamos, ve a sus propias comunidades como «sociedades de amigos» que no conforman modelos universalizables. Esta diferencia impulsa a su vez distintos modelos económicos, los primeros orientados hacia la autarquía y los segundos hacia el mercado.

A la pregunta del porqué, un comunero religioso respondería que vive en comunidad porque es una forma de soledad en la que realizar ciertas tareas espirituales personales como forma de experimentar una comunión con la divinidad, la Naturaleza o lo que quiera que sus creencias le diga; un comunero colectivista respondería que es su forma de demostrar al mundo que puede organizarse de una manera alternativa y un comunero como nosotros respondería que es una forma de trabajar y vivir en fraternidad con amigos con los que aprende y que, simplemente, como forma de vida le hace feliz.

«Las raíces del comunitarismo» recibió 26 desde que se publicó el Domingo 31 de Enero de 2016 dentro de la serie «» . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por David de Ugarte.

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