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Los diezmil hijos de Napoleón Bonaparte

El bonapartismo es la forma política del capitalismo de amigotes, su matriz y su objetivo. Hoy, más que nunca, merece la pena iniciar su genealogía.

Napoleón Bonaparte vía Biografiasyvidas.comNo son difíciles de entender los sentimientos encontrados que produjo Bonaparte para sus contemporáneos. Para muchos de los descendientes del jacobinismo -pero también para los jeffersonianos en EEUU- había sido el «gran traidor», el arquitecto con Fouché del primer régimen policial europeo. Para otros, como Stendhal, incluso su conversión en monarca, en emperador, materializaba el gran cambio revolucionario europeo: era el plebeyo que venga en su triunfo las afrentas sufridas por todos los meritócratas.

En la propaganda británica de la época, Bonaparte encarnó la desmesura y la locura ridícula y temible del poder sin control. Un molde que la propaganda de guerra anterior a la difusión pública del Holocausto a partir de 1945, recogería para retratar a Hitler: el loco carismático, poderoso y arribista. Porque no lo olvidemos, cuando todavía hoy se retrata al loco «que se cree Napoleón», se está recogiendo un chiste dentro de un chiste nacido en la propaganda británica de las guerras napoleónicas. Napoleón para los monárquicos representaba al «loco» que pretende ser lo que no es (Emperador) resultando ridículo y peligroso al tiempo. Y es que hay que decir que Napoleón no sólo personificaba las aspiraciones de unas clases medias que estaban cuajando el discurso nacional, sino que tuvo buen cuidado de hacerlo simbolicamente explícito: cuando es coronado emperador no deja que el Papa sea quien le coloque la corona, lo hace el mismo porque «la soberanía de Francia no le pertenece a él sino al pueblo francés».

Pero más allá de la figura pública, fue el bonapartismo como forma política, la que inauguró un mundo. Marx, criticando el ascenso de su sobrino nieto Luís Napoleón en 1851, creará el término y lo caracterizará como el resultado de una suerte de «empate histórico» entre proyectos antagónicos de estado, cuya única salida es la emergencia de un dictador que mantenga ese equilibrio. La idea es brillante. La metáfora casi física. Necesitado de mantener ese empate para mantener el poder, el dictador bonapartista crea su propio espacio en el medio, desarrollando el estado a costa de la sociedad e impulsando al mismo tiempo redes clientelares y represión. El primer «estado de bienestar» será el primer estado policial.

Trotsky utilizará este modelo para retratar la consolidación del poder estalinista, la izquierda italiana el fascismo, los intelectuales franceses para entender el gaullismo y muchos otros para caracterizar movimientos como el peronismo de los cincuenta o el bolivarismo de hoy. Los hijos de Napoleón han sido realmente muchos.

Y es que después de la Segunda Guerra Mundial el bonapartismo se globaliza y viste de legitimidades nuevas, desde la línea política demócrata-intervencionista abierta con Roosevelt y el New Deal al nuevo consenso social-demócrata-cristiano que contruye la Unión Europea (con Atlee en Gran Bretaña y De Gaulle en Francia) al peronismo en Argentina y los populismos africanos al estilo de Senghor en Senegal.

Y es que es el bonapartismo y no el marxismo quién crea la asociación entre estatismo, clases populares y redes clientelares. Con un hito: Lassalle, un admirador de Napoleón que sería el verdadero creador de la socialdemocracia y los partidos de masas.

¿A cuento de qué hacer ahora una genealogía del bonapartismo? A que el bonapartismo en general es la forma política del capitalismo de amigotes, la matriz de que salen, ya con el gobierno de Napoleón, las nuevas élites privilegiadas entre el estado y las empresas particulares, las mismas que impulsan legislaciones pro-monopolio y un nuevo sistema de ascenso social entre el funcionariado, la política y la empresa «de interés nacional». Y merece la pena reflexionar sobre ello. Porque no sólo ha demostrado una increíble capacidad de adaptación en cada uno de sus vectores (vean si no el peronismo y el gaullismo y su propia proliferación de avatares y bailes entre la izquierda y la derecha nacionalistas) sino porque todos experimentan procesos de «autodinamitado» similares. Y merece la pena estudiarlos. Hoy más que nunca. Lo que viene, lo que está cuajando en la descomposición europea y de verdad hemos de temer, no será un avatar del fascismo, sino de su origen, el bonapartismo.

«Los diezmil hijos de Napoleón Bonaparte» recibió 2 desde que se publicó el Viernes 9 de Marzo de 2012 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por David de Ugarte.

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