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Los orígenes del hutterismo

La fraternidad hutterita es la forma de vida comunal viva hoy con más larga historia. Durante 500 años han hecho del pacifismo radical y la propiedad comunal la base de su resiliencia. Descubramos sus orígenes.

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Cada cierto tiempo, en todas las épocas, hay un patrón que acompaña a los movimientos de masas. Con independencia de su contenido y de sus causas se reproduce una experiencia vital «contagiosa», un entusiasmo embriagador, un sentimiento de fraternidad explosivo que es recordado durante toda la vida por sus protagonistas. Da igual que hablemos de un despertar religioso o de una revolución, de mayo del 68, Solidaridad, la revolución de terciopelo o el 15M; la experiencia subjetiva, el relato de los porqués íntimos de las miles de personas enganchadas emocionalmente a un momento por el resto de su vida será similar.

hutteritasDurante la Edad Media habían aparecido, como un producto más de la ciudad artesana y sus talleres, los primeros clérigos. A diferencia de los sacerdotes, apenas formados en Teología hasta bien avanzada la Contrarreforma, los clérigos discutían en público, tenían seguidores y discípulos, escribían libros, disputaban con Roma… y están en el origen de las primeras universidades europeas. Fueron los intelectuales de la Edad Media. Pero aunque su influencia en la ciudad es grande y en la cultura aun mayor, su capacidad para poner en cuestión el orden establecido se ve limitada por su naturaleza «especializada». Para empezar, hablan y discuten en latín eclesial, hacen gala de la importancia del matiz, de la capacidad de oratoria, de las horas de estudio. A fin de cuentas, su producto se orienta a un público que puede comprarlo y que puede ser numeroso en ciertas ciudades pero no deja de ser marginal a la sociedad medieval: los hijos de la joven burguesía que compran educación.

hutteritas-en-la-cosechaCon el Renacimiento esto cambia. Desde Salamanca, Bolonia y París, el centro del debate teológico pasará al mundo germánico: Praga, Winttenberg, Zurich. Lutero sabe que tiene que acercarse a los príncipes, Zwingli quiere reordenar la ciudad. El alemán se convierte en la lengua en la que la Teología sale a las calles. Desde ahí llegará a los campos dando programa y estructura a las aspiraciones campesinas y alimentando una guerra civil, la famosa «guerra campesina alemana» de 1525-27. Las escuelas en las que se fragmenta el primer protestantismo no serán menos represivas que la matriz católica. Lutero, Calvino y Zwingli no perseguían acabar con la ortodoxia sino imponer la suya, perseguirán «herejes» con tanta pasión y crueldad -si no más- que la Inquisición. Y si algo producían las ciudades burguesas de la época, desde Holanda al Tirol, eran herejes. Estaba naciendo el libre pensamiento.

El nacimiento del Anabaptismo

familia-hutteritaUno de estos «herejes» resultó ser un joven estudiante discípulo de Zwingli, Konrad Grebel. Grebel entró con su maestro en un debate enconado: ¿qué sentido tenía bautizar a los niños? Para Grebel, la pertenencia a la comunidad cristiana tenía que ser el producto de una voluntad, de un deseo real y sentido de vivir una vida virtuosa, todo lo demás solo podía ser representación sin significado.

En 1525 Grebel fue re-bautizado como símbolo de su compromiso adulto y voluntario de la fe. Le siguieron muchos. Fueron los primeros «bautizados de nuevo», los primeros «anabaptistas».

La disputa sobre el bautizo no era menor: si la pertenencia a la comunidad pasaba a ser voluntaria, no tenía sentido que una determinada fe fuera declarada obligatoria o se asociara al estado. Es más, si el deseo de ser cristiano y por tanto de bautizarse era una gracia que Dios ponía o no en el corazón de cada persona, ni siquiera tenía sentido el proselitismo. La Iglesia debía dejar de ser una macroestructura de poder ligada al estado para disolverse en grupos de voluntarios comprometidos con llevar una vida cristiana. De hecho, los anabaptistas acabarán negando la posibilidad de servir al estado en cargos públicos.

hutteritas-grabadoEl debate abierto por Grebel (que morirá quemado en la hoguera año y medio después de su bautizo) se convertirá en un movimiento de masas.

Los anabaptistas son los primeros en traducir la Biblia directamente del hebreo al alemán (1527). A diferencia de Lutero después, incorporarán otra importante innovación: la edición de bolsillo, fácil de esconder y transportar.

El patrón de los grandes cambios de masas se da de pleno: grandes reuniones de personas de pueblos cercanos que no se conocen más que de oídas se unen para escuchar a un recién llegado que trae noticias e ideas y promete leer la Biblia directamente, en una lengua que pueden entender. Por seguridad nadie puede decir su nombre, tampoco importa ya. Escuchan un mensaje sencillo y desnudo de rechazo a las injusticias del orden social. Les agita la voluntad súbitamente descubierta en uno mismo y en cada uno de los demás de vivir y hacer de una manera diferente. Flota un sentimiento de fraternidad explosivo y embriagador. La palabra anabaptista es recogida así por cientos de nuevas voces que toman los caminos y predican la buena nueva. Decenas de miles de bautizos se celebrarán en ríos y lagos por todo el mundo germanófono.

El anabaptismo, la tercera gran corriente de la Reforma, ha nacido.

Pacifismo radical y propiedad comunitaria

hutteritas-con-movilYa en 1527 acumula decenas de decapitados y ahorcados tanto por las autoridades católicas como por las luteranas y calvinistas. La guerra campesina en Alemania ha dejado sembrados de cadáveres los pueblos y los turcos amenazan Viena. Un primer gran debate cruza el joven movimiento: ¿hasta dónde ha de llevarse el amor al prójimo? Un grupo argumenta el derecho a la autodefensa, les llaman los «schwertier», los que llevan espadas. Otro, defiende que si la violencia va a hacer imposible una vida cristiana, o si el estado hace el reclutamiento obligatorio, lo único que puede hacerse sin contrariar el espíritu del Sermón de la Montaña es empaquetar y marcharse, les llaman los «Stäbler», los que cargan con sus cosas.

hutteritas-trabajandoEntre estos «empaquetadores» aparecerá a su vez una poderosa corriente comunitarista. No se trata ya solo de entender la vida cristiana como posible solo en una comunidad de fe o de práctica ética. Predicadores como Jakob Hutter, el líder de los anabaptistas del Tirol, defienden que «no se puede conocer a Cristo sin vivir como él». La comunidad debe compartirlo todo, pensarse como un único metabolismo en el que no hay necesidad o carencia que sean exclusivamente del individuo, todos han de cuidar de todos. Y la forma de hacerlo es comunalizar la propiedad y la producción.

La propiedad comunal será la clave de la resiliencia de la nueva corriente que, sometida a la persecución durante siglos y reluctante a la conscripción en el ejército después, recorrerá toda Europa desde el Tirol a Rusia y a partir de los años setenta del siglo XIX, cuando quedaban apenas ya dos millares de ellos, Estados Unidos y Canadá. Se llamaron a si mismos «Brethren», fraternidad, les conocemos como «hutteritas».

«Los orígenes del hutterismo» recibió 2 desde que se publicó el Sábado 12 de Noviembre de 2016 dentro de la serie «» . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por David de Ugarte.

Comentarios recibidos en este post y unidos a la discusión global de todos a través de la Matriz, nuestro espacio conversacional.

  1. Muy instructivo el post. Aún teniendo ubicados a los Hutteritas, no sabía de su organización económica, ni que habían optado por comunalizar la propiedad. Me perdí un buen rato por su web, descubrir que no hagan un rechazo a la tecnología y que hayan desarrollado una blogsfera fue una grata sorpresa!

    • Si, sobre todo porque nadie piensa en ellos como una forma deseable para el comunitarismo hoy, pero nos dan una idea de los límites del comunitarismo en el Barroco (lo que tiene un interés histórico) y sobre todo nos enseñan a través de una historia de persecución y represión salvaje dos cosas importantes: la primera los límites de la tolerancia social al igualitarismo organizado y autónomo; la segunda, que la propiedad y el trabajo en común -no solo en cada comunidad sino entre ellas- es la clave de la supervivencia, ineludible para todo comunitarismo.

      Es decir, en primer lugar, las sociedades pueden aceptar el comunitarismo hasta que este se opone a la guerra. Esto es importante porque aun lo veremos en esta generación. En segundo lugar, cualquier «relajación» de la propiedad comunal -como se ha visto en los kibutz reformados- acaba haciendo trizas la comunidad y dejando una generación o dos en la precariedad y la pobreza.

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