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Los primeros mercaderes: fraternidad, viaje y libertad

Unas citas de Pirenne sobre el origen de los mercaderes europeos que no pueden resultar más inspiradoras.

En las Indias estamos leyendo a Pirenne. Dificilmente podría resultar una lectura más emocionante. Rescato algunas citas de uno de los capítulos, el dedicado a las formas y naturaleza de los primeros comerciantes europeos:

Las «hermandades», las «caridades» y las «compañías» mercantiles de los países de lengua románica son exactamente análogas las gildes y hanses de las regiones germánicas. Existe incluso una organización parecida en Dalmacia. Lo que ha dominado a la organización económica no son de ninguna manera los «genios nacionales», son las necesidades sociales. Las instituciones primitivas del comercio fueron tan cosmopolitas como las feudales.

Pero no hay que imaginar al gran mercader veneciano de siglos posteriores. La fraternitas mercatorum es todavía poco más que una banda

Las fuentes nos permiten hacernos una idea exacta de las agrupaciones comerciales que, a partir del siglo X, son cada vez más numerosas en la Europa occidental. Hay que imaginarlas como bandas armadas cuyos miembros, provistos de armas y espadas, rodean a los caballos y a las carretas cargadas de sacos, fardos y toneles.

Aparecen ya el gonfaloniero y el comites mercatorum, pero sobre todo la fraternitas, los votos que unen a los mercaderes errantes entre si:

A la cabeza de la caravana marcha “su” portaestandarte. Un jefe, el Hansgraf o Deán, asume el mando de la compañía, la cual se compone de «hermanos» unidos entre sí por un juramento de fidelidad. Un espíritu de estrecha solidaridad anima a todo el grupo. Las mercancías son, según parece, compradas y vendidas en común y los beneficios repartidos en proporción a la aportación hecha por cada uno a la asociación.

La clave del crecimiento es el comercio a larga distancia, romper las fronteras no sólo políticas sino también económicas y culturales. Abrir mundos.

De la misma manera que la navegación de Venecia y de Amalfi y, más tarde, la de Pisa y Genova realiza desde un principio travesías de largo alcance, los mercaderes del continente se pasan la vida vagabundeando por vastas zonas. Era para ellos el único medio de conseguir beneficios considerables. Para obtener precios elevados era necesario ir a buscar lejos los productos que se encontraban allí en abundancia, a fin de poder revenderlos después con provecho en aquellos lugares en los que su escasez aumentaba el valor. Cuanto más alejado era el viaje del mercader
tanto más provecho sacaba. Y se explica sin dificultad que el afán de lucro fuera tan poderoso como para contrarrestar las fatigas, los riesgos y los peligros de una vida errante y expuesta a todos los azares.

Un modo de vida que no podía sino resultar al mismo tiempo ajeno y hostil, pero también necesario a los poderes y la moral de la época:

Salvo en invierno, el comerciante de la Edad Media está permanentemente en ruta. Los textos ingleses del siglo XII le llaman pintorescamente con el nombre de «pies polvorientos» (pedes pulverosi). Este ser errante, este vagabundo del comercio, debía sorprender, desde el principio, por lo insólito de su tipo de vida a la sociedad agrícola con cuyas costumbres chocaba y en donde no le estaba reservado ningún sitio. Suponía la movilidad en medio de unas gentes vinculadas a la tierra, descubría, ante un mundo fiel a la tradición y respetuoso de una jerarquía que determinaba el papel y el rango de cada clase, una mentalidad calculadora y racionalista para la que la fortuna, en vez de medirse por la Condición del hombre, sólo dependía de su inteligencia y de su energía. No podemos sorprendernos, pues, si produjo escándalo. La nobleza no tuvo más que desprecio para aquellos advenedizos, cuya procedencia era desconocida y cuya insolente fortuna resultaba insoportable. Se encolerizaba al verlos con mayores cantidades de dinero que ella misma; se sentía humillada por tener que recurrir, en momentos difíciles, a la ayuda de estos nuevos ricos.

En cuanto al clero, su actitud con respecto a los comerciantes fue aún más desfavorable. Para la Iglesia la vida comercial hacía peligrar la salvación del alma. El comerciante, dice un texto atribuido a San Jerónimo, difícilmente puede agradar a Dios.

Y es que el mercader es un libero que rompe la escala social, un advenedizo hijo de siervos que mejora sin mejorar su sangre:

La condición jurídica de los comerciantes terminó por proporcionarles, en esta sociedad en la que por tantos motivos resultaban originales, un lugar completamente peculiar. A causa de la vida errante que llevaban, en todas partes eran extranjeros. Nadie conocía el origen de estos eternos viajeros. La mayoría procedían de padres no libres a los que habían abandonado desde muy jóvenes para lanzarse a la aventura. Pero la servidumbre no se prejuzga: hay que demostrarla. El derecho instituye que necesariamente es hombre libre aquel que no se le puede asignar un amo.

Sucedió, pues, que hubo que considerar a los comerciantes, la mayoría de los cuales eran indudablemente hijos de siervos, como si hubiesen disfrutado siempre de libertad. De hecho, se liberaron al desarraigarse del suelo natal. En medio de una organización social en la que el pueblo estaba vinculado a la tierra y en la que cada miembro dependía de un señor, presentaban el insólito espectáculo de marchar por todas partes sin poder ser reclamados por nadie. No reivindican la libertad: les era otorgada desde el momento en que era imposible demostrarles qué no disfrutaban de ella. La adquirieron, por decirlo de alguna manera, por uso y por prescripción. En resumen, al igual que la civilización agraria había hecho del campesino un hombre cuyo estado habitual era la servidumbre, el comercio hizo del mercader un hombre cuyo estado habitual era la libertad.

«Los primeros mercaderes: fraternidad, viaje y libertad» recibió 1 desde que se publicó el Jueves 12 de Agosto de 2010 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por David de Ugarte.

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