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Los trabajos del presidente Chen

Desde su investidura como presidente de la República de China en Taiwan, Chen Shui-bian ha tenido que hacer frente a un sinfín de dificultades que amenazaban la supervivencia del país. Ahora, cuando las reformas políticas y económicas comienzan a dibujar un futuro más próspero, debe asumir un reto que puede costarle su reelección en los comicios de marzo de 2004 e incluso sentenciar el futuro de la isla: convencer al mundo de que Taiwan es un país soberano.

Pocas veces la concesión de un premio iba a ser tan conflictiva. Cuando el pasado viernes 31 de octubre el presidente Chen llegaba al hotel Waldorf-Astoria de Nueva York para recoger el premio que le había concedido la International Human Rights League, pudo ver cómo los taiwaneses que lo esperaban eran abucheados e increpados por un grupo de activistas chinos mucho más numeroso y mejor organizado. El griterío, en el que se mezclaban las expresiones de ánimo y los insultos de uno y otro bando, se prolongó durante unas cuantas horas y acabó con una discutible victoria china.

Las implicaciones del premio

El hecho de que se conceda un premio de estas características al presidente de Taiwan, justo en un momento en que las relaciones con China pasan por uno de sus momentos más difíciles, no debe interpretarse como un mayor acercamiento del gobierno estadounidense, sino como un reconocimiento a su defensa de los derechos humanos -una cuestión todavía pendiente en la mayor parte de los países asiáticos- y a su labor por la democratización del país, lo cual hasta cierto punto puede considerarse como un apoyo implícito a su proyecto soberanista por parte de ciertos sectores norteamericanos muy influyentes.

La revolución verde

Conocido activista liberal, Chen Shui-bian accedió a la presidencia del gobierno tras conseguir una apretada mayoría en los comicios del año 2000. Sus propuestas electorales, centradas en el abandono de una política exterior basada en subvenciones generosas a los pocos aliados con los que cuenta el país, el desarrollo pleno de las instituciones democráticas y, en consecuencia, la lucha contra la corrupción, calaron hondo en una parte de la sociedad taiwanesa para la que los últimos resultados de las negociaciones con China y la falta de apoyos internacionales la habían llevado a desconfiar del modelo de Estado mantenido por el Partido Nacionalista y a desear una situación más definida y estable.

Su elección fue vista entonces -y ahora- con gran preocupación tanto por el gobierno chino como el estadounidense, partidario de mantener relaciones diplomáticas sólo con una China, ya que el giro soberanista que anunciaba Chen podría tener no sólo repercusiones muy graves para el país, al que China amenaza con una intervención armada, sino también para el equilibrio geoestratégico de la zona. El continuo acantonamiento masivo de tropas en la provincia militar de Nanjing y el asesoramiento de Estados Unidos lo obligó a adoptar una estrategia menos estridente pero igualmente decidida. Así, pese a la renuncia pública a los cuatro puntos más importantes de su programa (la proclamación de la independencia, la redacción de una nueva constitución, el cambio de la denominación del país y el desarrollo de una política internacional soberana), Chen ha dispuesto una serie de medidas para garantizar un sistema democrático pleno, basadas en la reforma de las instituciones gubernamentales, la liberalización completa de la economía y la convocatoria de diversos referendos para concienciar a la sociedad taiwanesa de su protagonismo en la política nacional. De este modo, la independencia de la isla deja de ser una opción personal y partidista para convertirse en el deseo explícito de sus ciudadanos.

Una nueva Constitución

Para llevar a cabo un cambio de estas características es preciso romper con el pasado. La constitución taiwanesa vigente, promulgada en 1950 por la Asamblea Nacional y enmendada seis veces durante la década de 1990, declara al gobierno de Taiwan como único representante legal de China y deja bien claras sus aspiraciones de volver al modelo de la Primera República, proclamada por Sun Yat-sen en 1911. Este propósito, además de ser completamente inviable en la actualidad, ha sido una de las causas principales de su inestabilidad política internacional. Por ello el equipo de gobierno de Chen ha comenzado a dibujar las líneas básicas de una nueva constitución que defina el statu quo de Taiwan de una vez por todas y le permita afrontar los retos de la nueva economía globalizada.

La propuesta, aunque goza de muy buena aceptación entre la clase media taiwanesa -y en especial entre profesionales liberales, científicos y técnicos-, apenas está definida y se enfrenta con poderosos opositores, vinculados a grandes empresas de tecnología implantadas en el continente o al Partido Nacionalista, que la rechaza de plano y muestra su voluntad de restablecer las negociaciones con Pekín para una futura reconciliación nacional tan pronto como vuelva al poder.

En el caso de que el referéndum para su aprobación, previsto en 2006, fuese favorable, se promulgaría la nueva constitución y se cambiarían los símbolos nacionales y la denominación oficial del país (que a partir de ese momento sería Taiwan). De este modo, la sociedad taiwanesa decidiría por primera vez en su historia el modelo de Estado que desea y refundaría el país de manera democrática. Sin embargo, para que se dé esta situación se requieren ciertas garantías.

Un futuro incierto

Aunque las reformas acometidas por el gobierno taiwanés aseguran a medio y largo plazo la estabilidad y la prosperidad del país, son también una fuente de problemas para los políticos chinos, quienes consideran que todo está yendo demasiado lejos y que la isla debe comenzar a dar señales de su vuelta a China. Temerario o no, Chen Shui-bian asume una gran responsabilidad que pone en juego tanto su carrera política como el futuro del país y de buena parte del sureste asiático. Sus propuestas reformistas -por lo demás, completamente aceptables en cualquier otro país del mundo- pueden terminar con la paciencia del gobierno de Pekín y desencadenar una intervención armada que a buen seguro terminaría en una guerra en la que, de una manera u otra, todos los países occidentales se verían afectados sobre todo tras el último encuentro entre la Unión Europea y la República Popular China. Sin embargo, si postergase el referéndum y la promulgación de una nueva constitución, perdería en buena parte el apoyo de la mayoría de la sociedad taiwanesa y el país se sumiría en un estado de incertidumbre que, tal vez, inquietase a los inversores extranjeros. No en vano, el expresidente Lee Teng-hui, partidario de las negociaciones con China de país a país, ha afirmado con una cierta sorna que, en el caso de que el Partido Demócrata Progresista perdiese las elecciones, sería conveniente que él mismo se exiliase para evitar mayores complicaciones, ya que el Partido Nacionalista se vería legitimado para dar marcha atrás y preparar, tal vez con mayor rapidez, la anexión al continente.

«Los trabajos del presidente Chen» recibió 0 desde que se publicó el Viernes 14 de Noviembre de 2003 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por Javier Lorente.

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