LasIndias.blog

Conquistar el trabajo es reconquistar la vida

Grupo de Cooperativas de las Indias

videoblog

libros

Material de trabajo: De Cluny al Cister

Extractos de “Guerreros y campesinos” de Georges Duby

Es interesante seguir la historia del movimiento benedictino tanto por la incorporación del afán de conocimiento y su aplicación al trabajo como por la lógica de base de su economía. Como hay buenas páginas de introducción a la reforma clunyaciense en la red, en este post simplemente transcribimos el contraste que el famoso medievalista Georges Duby establece entre las sucesivas reformas de Cluny y el Cister.

Extractos

La economía sigue siendo, fundamentalmente, una economía del gasto. Todos cuantos se ocuparon de organizarla lo hicieron siempre en función de las necesidades que tenían que satisfacer. Constitutio expensae: el título dado al proyecto de planificación ordenado por el abad de Cluny hacia el año 1150 es muy esclarecedor. Se trata ante todo de proporcionar a la comunidad lo que necesita para llevar la vida que conviene a su rango. Los monjes no son ni trabajadores ni empresarios; están al servicio de Dios y cumplen tanto mejor su oficio cuanto más se desentienden de las preocupaciones temporarles. Lo que importa, por consiguiente, es asegurar el aprovisionamiento regular de la casa en vituallas y en dinero. Para que la existencia de la familia nomástica no sufra modificaciones hay que administrar la fortuna colectiva de tal modo que el cillero, encargado del victus, y el camarero, encargado del vestitus, estén suficientemente provistos.

De esta preocupación fundamental derivan los métodos aplicados a la gestión del patrimonio. Este está generalmente dividido en unidades de explotación colocadas baja la responsabilidad de un monje delegado. El señorío de Saint-Emmerarm de Ratisbona estaba dividido, hacia 1030, en treinta y tres centros; el de la abadía de Cluny, a finales del siglo XI, en una veintena. Cada uno de estos centros debía asegurar durante un cierto período de tiempo el aprovisionamiento del monasterio. Se establecía un sistema de rotación que en el lenguaje de la época se conoce con el nombre de mesaticum: para vituallar a la comunidad vinculada a la catedral de Ely el reparto del servicio se hacía por semanas entre los treinta y dos dominios; el “orden según el cual los dominios debían hacer la granja” (es decir, la provisión de alimentos) en el señorío de Rochester dividía el año en períodos de veintiocho días. Para que el sistema fuese eficaz era necesario evidentemente que las obligaciones impuestas a cada dominio correspondieran a sus recursos y esto exigía un reajuste periódico de los repartos. De ordinario, sin embargo, las cargas de cada dominio eran inferiores a su producción. El administrador disponía a su arbitrio de la diferencia. Mediante la venta de las cosechas sobrantes se esforzaba por obtener monedas, que hacía llegar al camarero. Estos principios de gestión dejaban una considerable iniciativa a los intermediarios. Su autonomía se ampliaba aún más cuando de la práctica del messaticum se pasaba insensiblemente a la del arriendo, como ocurrió en Inglaterra en el siglo XII: para librarse más completamente de las preocupaciones temporarles los manasterios confiaron sus dominios a firmarii, que no eran delegados de la comunidad, sino verdaderos contratistas, investidos con todos los poderes señoriales por un contrato vitalicio. El importe del alquiler que debían pagar cada año podía ser aumentado si la producción del dominio se acrecentaba sensiblemente.

La interpretación dada por Cluny a la regla de San Benito incitaba al gasto. Era preciso ante todo exaltar la gloria de Dios, dar pues más relieve a la liturgia, reconstruir los santuarios y decorarlos profusamente, dotar a los monjes de comodidades que les permitiesen dedicarse plenamente al oficio divino y que manifestasen claramente su preeminencia entre los diversos “Estados” del mundo. Se les daban alimentos abundantes y selectos. Se renovaba cada año su guardarropa. El trabajo manual impuesto por la regla se reducía a trabajos puramente simbólicos en la cocina. Vivían como señores. Cuando el abad se desplazaba aparecía ante el pueblo escoltado, como un soberano, por un numeroso séquito de caballeros. El éxito de Cluny hizo que aumentaran considerablemente, durante el último tercio del siglo XI sus recursos en metales preciosos. La abadía controlaba una numerosa congregación cuyas filiales enviaban a la casa madre un censo en dinero (los quince prioratos de Provenza entregaban cada año al camarero el equivalente de una cincuentena de libras). Recibía limosnas de los príncipes de la cristiandad; como su influencia se había extendido ante todo por el sur, especialmente por España, es decir, por uno de los confines belicosos del Islam, donde las operaciones militares activaban la circulación de los metales preciosos, los beneficios no consistían solamente en tierras; había una gran parte de oro y de plata. (…) Ante las disponibilidades del camarero, los administradores del manasterio comenzaron a despreocuparse del dominio: peor vigilados, los ministeriales situados en las aldeas ampliaron desmesuradamente, en los últimos años del siglo XI, sus beneficios personales, en detrimento del señor. Pero el numerario aumentaba. Para avituallar el refectorio se compró cada vez más. Era cómodo. En 1112, Cluny sólo obtenía de sus tierras la cuarta parte de sus subsistencias. Para conseguir el pan y el vino que necesitaba gastaba sumas enormes. Cada año, cerca de mil libras, es decir 240.000 monedas, eran distribuidas entre los productores de la vecindad y los intermediarios que intervenían en la venta de las cosechas. Las grandes necesidades de la abadía, la orientación que diliberadamente se había dado a su economía, alimentaban pues en forma considerable, en el umbral del siglo XII, las corrientes de la circulación monetaria. Las hacían penetrar poco a poco, a través de redes cadda vez más finas, hasta lo más profundo del medio campesino, por mediación de los salarios pagados a los transportistas, a los canteros y a los equipos de trabajadores eventuales empleados en la construcción de la iglesia, y a través de las compras de alimentos. No es extraño, pues, que en los dominios del monasterio los censos en dinero hayan sustituido a las sernas: el señor se desinteresaba de la tierra.

Pero al basar deliberadamente sobre la moneda toda su economía de consumo la abadía se metía din darse cuenta en dificultades, que comenzaron a ser considerables en el primer cuarto del siglo XII. Mientras que algunas de las fuentes de numerario disminuían, la animación de los circuitos monetarios hacía elevarse el precio de los productos. Hubo que utilizar las reservas; el tesoro disminuyó. El abad Pedro el Venerable, que soportó todo el peso de la crisis, acusó a su predecesor Ponce de Melgueil de haber dilapidado el tesoro. De hecho, el camarero no podía, con el producto de los censos, cubrir los gastos a los que se habían habituado los monjes durante el periodo eufórico de fines del siglo XI. Durante veinticinco años, el abad de Cluny intentó sanear la situación económica, esforzándose en reducir las salidas de dinero, obligando a los monjes -a pesar de las recriminaciones- a restringir la vía de la austeridad: habría equivalido a retirar al grupo monástico el aire señorial que la tradición cluniacense le había conferido. Quedaban dos recursos: volver a la explotación racional del dominio para obtener de él el avituallamiento del refectorio en pan y en vino, lo que obligaba a poner orden en la gestión, a proseguir la acción emprendida en los alrededores del año 1100 contra los administradores laicos que habían construido su dominio parásito en detrimento de los derechos de la abadía; calcular mediante encuestas minuciosas los beneficios de cada dominio; repartir más equitativamente los servicios del mesaticum, y vigilar el cobro de los censos. Era preciso ante todo desarrollar la explotación directa, aumentar en cada señorío el número de arados para recoger más grano, plantar nuevas viñas -lo que soponía invertir más dinero-, dedicar a la contratación de viñadores una parte de los ingresos en dinero. Las dificultades obligaban, pues, a los administradores a conceder mayor atención a la economía doméstica, a contar, a manejar cifras, a evaluar pérdidas y ganancias, a reflexionar sobre los medios de desarrollo; en difinitiva, a transformarse en explotadores del dominio, incluso corriendo el riesgo de traicionar su misión específica. Ignoramos si el plan de reorganización elaborado por Pedro el Venerable dio resultados. Las fuentes nos indican que, sin esperar, el abad se vio obligado a utlizar la segunda vía, el préstamo. (…) Poco a poco, en el transcurso del siglo XII, el peso de las deudas se agravó y cada vez pareció más normal basar en el crédito la economía del monasterio, que no podía prescindir del dinero.

Suger, contemporáneo de Pedro el Venerable, es el ejemplo típico de la atención completamente nueva concedida a la rentabilidad de la explotación del dominio. Se sabe que no escatimó medios para hacer de la basílica de Saint-Denis el más espléndido santuario de su tiempo; gastó para adornarla sumas enormes; pretendía así -era su primera preocupación- glorificar a Dios. Sin embargo, en el libro que compuso para redactar, no sin complacencia, su actuación como constructor y decorador incluyó un tratado “De son Administration” que, a sus ojos, era el complemento imprescindible. Toda la obra realizada tenía como base una sana gestión del patrimonio. Su exposición revela intenciones similares a las del abad de Cluny; desarrollar la explotación directa para reducir al mínimo las compras de subsistencias. En Saint-Lucien invirtió viente libras en la creación de un viñedo para no tener que comprar tanto vino, para no verse obligado a empeñar en las ferias de Lagny los ornamentos litúrgicos. En Guillerval, toda la tierra estaba en manos de campesinos dependientes; Suger consideró que este sistema basado en la percepción de una renta fija no era el más interesante para que la abadía se beneficiara del acrecentamiento de los recursos campesinos; comenzó sustituyendo el censo por un impuesto (champart) porporcional a las cosechas; además adquirió -pagándolas muy caras- tres “aranzadas” de tierra; en una instaló a un ministerial encargado de “apaciguar las murmuraciones de los campesinos y la oposición al cambio de costumbres”; con las otras dos creó un dominio; y así consiguió que los ingresos pasasen de cuatro a cincuenta modios de grano. En Vaucresson “fundó una aldea, construyó una iglesia y una casas e hizo roturar con el arado la tierra inculta”. Proto hubo allí sesenta “huéspedes” y muchos otros solicitaron instalarse en el lugar. En Rouvray, el abad rehusó el contrato de condominio que le ofrecía el señor del castillo vecino, tomó bajo su contral nuevamente el señorío, aumentó su rendimiento de veinte a cien libras, de las cuales fueron destinadas a la construcción de la basílica anualmente, hasta que estuvo terminada, las ochenta incrementadas.

Sin embargo, no se hicieron esperar las críticas contra el antiguo estilo de vida monástica que Cluny había llevado a la perfección. El rechazo se hizo, desde fines del siglo XI, en nombre del ascetismo necesario y de un retorno a las fuentes, es decir, al texto de las reglas primitivas. Se condenó el exceso de gastos, pero no la posesión de la tierra ni el uso del dinero. Estas opciones determinaron posiciones económicas muy diferentes de las adoptadas en las antiguas abadías benedictinas, según puede observarse en el caso de la orden cisterciense, la que mayor difusión conoció entre las nuevas congregaciones.

Los cistercienses rechazaron las actitudes señoriales de Cluny. Rehusaron vivir como rentistas, del trabajo ajeno. No poseerían más que la tierra -sin dependientes personales, ni masoveros, ni molinos, ni diezmos- y la explotarían personalmente. Más radicalmente que los cluniacenses o que Suger, basaron pues la economía de sus casas en la explotación directa. Esta opción llevaba a modificar totalmente la situación de los monjes con respecto a la producción; conducía a sustraerlos al menos parcialmente de la ociosidad litúrgica, a convertirlos en auténticos trabajadores. ¿Revolución en profundidad? En la práctica, el trabajo agrícola continuó siendo para los monjes de coro una ocupación marginal que sólo en la época de los grandes trabajos agrícolas adquiría importancia; y el trabajo no dejó de ser considerado, de acuerdo con el espíritu de San Benito, instrumento de mortificación. Para resolver esta contradicción las comunidades cistercienses acogieron a un segundo grupo de religiosos, los “conversos”, reclutados en el grupo de los trabajadores. Para éstos, la participación en las oraciones fue considerablemente reducida; en la creación de bienes les correspondía un papel decisivo. Sobre su esfuerzo descansó principalmente la explotación del patrimonio territorial, de tierras en su mayor parte incultas, porque las normas cistercienses obligaban a fundar los monasterios en el “desierto”, en medio de tierras sin roturar. De esta manera, a la forma en que se dividían las tareas, la división profunda que separaba en la sociedad laica a los especialistas del trabajo de los demás se introducía en el interior de la familia monástica.

Las relaciones establecidas a través de este sistema entre la tierra y las fuerzas productivas, el empleo de una mano de obra entusiasta, totalmente doméstica, cuyo mantenimiento costaba poco, puesto que la comunidad llevaba una vida ascética y sólamente ayudada de tanto en tanto por algunos asalariados, cuya contratación fue autorizada a partir del capítulo general del Císter de 1134, preparaban un éxito económico notable. Las abadías cistercienses estaban situadas en tierras nuevas y por tanto, fecundas. Pronto recogieron más trigo y vino del que necesitaban para vivir. En la zona que no fue roturada practicaron el pastoreo, la explotación de la madera y del hierro. Ahora bien: la comunidad no comía carne, no se calentaba, usaba muy poco el cuero y la lana. Disponiendo de tantos excedentes, los monjes pronto iniciaron su venta: los de Longpont iniciaron la plantación de viñas en 1145, trece años después de la fundación de la abadía; dos años más tarde comenzaban a pedir exenciones de peaje en los caminos que llevaba a las regiones importadoras de vino; construyeron un lagar en Noyon; hicieron cuanto les fue posible para facilitar la venta de su cosecha de vino. Conocemos la participación de las abadías cistercienses inglesas, desde fines del siglo XII, en el comercio de la lana. Puesto que la regla de San Benito, cuyas prescripciones seguían al pie de la letra, autorizaba el uso del dinero, los monjes del Císter no dudaron en acumularlo. ¿Qué hicieron con él?

No compraban nada para su propio consumo. Sus costumbres prohibían tesaurizar y adornar los santuarios: Suger cuenta el magnífico negocio que hizo al comprar a unos cistercienses que no sabían qué hacer con ellas un lote de piedras preciosas. La tendencia ascética favorecía, también en esta forma, el progreso económico: los monjes benedictinos de nueva observancia utilizaron el dinero fundamentalmente para acrecentar el capital. Impulsaron más que nadie los perfeccionamientos técnicos. Se puede pensar que los mejores aperos, los mejores útiles estaban en sus explotaciones. También compraron tierra y sus “granjas”, los centros señoriales satélites de sus abadías, se multiplicaron por doquier. Sin déficit, sin estrecheces, sin empeños, las comunidades vivían en una relativa prosperidad, que contrastaba brutalmente con la pobreza individual de los monjes. En ellas se dio un sentido muy acusado de los negocios -y disponibilidades monetarias tan considerables que los cistercienses terminaron por suscitar a fines del siglo XII la desconfianza de los laicos: éstos no los veían salir de su soledad sino para comprar tierras que ellos mismos ambicionaban o para discutir de dinero en los mercados.

«Material de trabajo: De Cluny al Cister» recibió 2 desde que se publicó el Miércoles 1 de Septiembre de 2010 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por las Indias.

Deja un comentario

Si no tienes todavía usuario puedes crear uno, que te servirá para comentar en todos los blogs de la red indiana en la
página de registro de Matríz.