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Mediterráneo con vista a las estepas

Ucrania busca un lugar en el mediterráneo.

JreschatekLa avenida Jreschatek sigue cortada al tráfico durante todo el domingo. Vamos dando un paseo hasta Independencia. Los vendedores ambulantes hacen compartir puesto a una camiseta popart con la efigie de Timoshenko con otras rojas, para turistas, con el viejo CCCP (=URSS) de los equipos deportivos del fenecido Imperio. Bajamos a subte-Chiba y compramos fichas de metro a 1 hrivnia por cabeza. Tenemos que ir a la estación de tren a comprar billetes con Aña.

El metro es una experiencia en si mismo. Conserva la saturación icónica de la propaganda soviética y los inmensos pasillos, las perspectivas imposibles de unas escaleras que son lo más parecido que he visto nunca a una catarata mecánica. Pero con gente. Deberían hacer obligatorio el casco.

Metro

MetroEn la escalera, los anuncios son luminosos, hacen series y sólo da tiempo a leerlos por entregas, cambiando de referencia como quien cambia de testigo en una carrera. Todo está increiblemente limpio. En los vagones el último rinconcito, el último asa, tiene un anuncio hecho a medida. Es como ver un gazpacho con lupa. Un montón de colorín en el que se sumergen, ciegos, los locales.

La estación de tren es un despliegue de ucrianidad. Algo así como debía de ser Atocha a finales de los sesenta. En cualquier momento nos sale un Tony Leblanc rubio pajizo, gallina a cuestas, a contarnos el tocomocho… si no se lo merienda en el camino una de las versiones obrero-campesinas de Timoshenko que pululan por aquí abroncando a gritos a los funcionarios, guardando interminables colas, protestando precios y retrasos. La estación está en penumbra. Sólo el hall principal, clavadito a la escena del tiroteo de Los Intocables de Elliott Ness, tiene luz natural. Al margen de las oscuridades la sensación es terríblemente familiar. Amaya dirá lo que quiera pero los ucranianos son definitiva y palmariamente mediterráneos:

  1. Gesticulan como locos. Los afortunados con móvil mientras dan paseos arriba y abajo de la calle, Yushenko y Timoshenko en la tele, la señora campesina que gruñe al funcionario de la mampara… todos juntan las yemas de los dedos elevándolas al cielo y agitando la mano arriba y abajo en ese gesto, ese preciso gesto, que en cada esquina de nuestro mar quiere decir una cosa diferente pero que nadie fuera de sus vapores usaría. Aquí, por cierto, en una especie de lectura leninista, cada movimiento del antebrazo se acompaña de una razón, como si los enfados debieran ordenarse en tesis.
  2. Se buscan la vida. Aquí no funciona ningún sistema de ofertas comerciales a la europea, porque rápidamente da pié a un retailing. Ejemplo: las tarifas planas de móviles. Aquí una tarifa plana cuesta 100 dólares mes, el salario medio de un obrero cualificado o un oficinista satisfecho. Los operadores alemanes lo pensaron como un producto para la nueva burguesía… y la han tenido que retirar. ¿Por falta de clientes? Todo lo contrario, por ese emprendedurismo a la gaditana tan propio de (Rita dixit) nuestro mar. El sistema es fácil, pides un prestamo a amigos, familiares o mafia, coges la tarifa plana (que se paga por adelantado), te compras una cadenita y engarzas el móvil. Buscas una esquina en una calle en la que la protección no sea muy cara pero pase gente. Te calcas un cartelito de “Un minuto 1 hrivnia, mínimo 1 hrivnia!“… y una vez repartidos beneficios con los que controlen la calle en cuestión a reinvertir en nuevos móviles con tarifa plana hasta convertirte en un cruce entre Cruella Deville (con 101 cadenitas colgando del cinto) y un locutorio chino de Plaza de España. Al cabo de unos meses te puedes llegar a sacar limpios unos 300$, lo mismo que gana un jefe de servicio en un hospital de primera línea.
  3. Fuman todos. Aquí no hay esa relación con la culpa y el cuerpo tan típica del torturado brasor protestante. Aunque no se pueda fumar en casi ningún recinto cerrado (quitando bares y cafés). Son mu limpitos eso si, tienen ceniceros en los exteriores de las tiendas (a veces con calefactores) para que hagas tertulia mirando el escaparate. E invitan.
  4. La higiene según la mamma. Sí señor, vaya usted a una casa ucraniana y flipe. ¿Pensaba a que unos cuantos miles de quilómetros se libraría de su madre con el trapo limpiando los cercos de los vasos? Estaba muy equivocado, la Internacional Matriarcal es más poderosa que el Bundesbank o la Fundación Soros. Esto, puertas a dentro es Cádiz, Granada, Túnez, Nápoles, Malta o Beirut: mientras haya una auténtica madre ucraniana cerca podrá comer en su propio fregadero, que no tendrá nada que envidiar a un quirófano de la Ruber en higiene y brillo.
  5. Son flexibles, si en el restaurante pasa un pollo asado y tu te habías pedido un arroz blanco y le preguntas a la chica si puede coger un poco del aceitito y echártelo por encima, en vez de ese careto cortocircuitado que te pondrían, es un ejemplo, en Alemania, sonríe como diciendo qué mono y te lo pone en el momento con toda naturalidad. La flexibilidad tiene sus lados malos, claro, como la de los profesores de las unis más prestigiosas que se sacan un sobresueldo (entre 5 y 10$ por alumno y asignatura) por “asegurar” las notas a los estresados o los que dependen de beca. Claro que la escoba naranja ya anda barriendo también en estos campos y en unos años la flexibilidad mal entendida seguramente no sea más que un recuerdo.
  6. Nadie nos toma por guiris. Y eso que aunque el gabán ciberpunk de Nat ayuda, lleva los zapatos más planos del mercado desde aquella vez en que el bueno de Suso de Toro, al verle llegar sobre unas sandalias con plataforma de madera le dijo aquello de “Pero… ¡¡si anda sobre muebles!!“. La cosa es coherente con lo que nos cuentan de la emigración uki (tienen ya dos millones de emigrantes). Los que vienen a España ganan menos que los que van a EEUU pero son los envidiados, porque a diferencia de los otros aseguran estar integrados, pasárselo bien, no sufrir rechazo, tener novios/ novias españolas… Resultado: ser español está bien visto. Somos unos lejanos, bullangueros, apasionados y simpáticos primos del otro lado del Mediterráneo que no pueden competir en dinero con alemanes o americanos pero que son “de la familia”… Y si ellos lo dicen…

Nat y AñaPor la noche volvemos a inflarnos de platos de carne en el Putzata Jata. Aña se horroriza cuando me ve coger mijo como guarnición. Demasiados recuerdos de los años de vivir al borde del precipicio. Eso sí, se coge un hígado encebollado y en pleno ataque de maternidad ucraniana acaba dándoselo a probar a una Natalia aterrorizada que sólo dice, no no, spasiba… pallalsta, pallalsta… y acto seguido se bebe de un tirón medio litro de cerveza cárpata para intentar borrar el sabor…

Luego café en uno de esos pubs sótanos tan del Este. Tan acogedores, donde el camarero pregunta confiado en ruso a Natalia cuantos vamos a ser y ella, supersegura y con el mejor acento kievense le responde: “¡Café!“. Repuesto del cortocircuito vuelve y pregunta en inglés si quiere el café con hielo, eso sí, con acento de espía del KGB de las pelis de la época Reagan. Algo así como “vis ais?“. Y Nat, bien enseñá, y con acento esta vez ligeramente bieloruso, de la parte lindando con Mieres, y con la misma seguridad le dice: “Pallalsta, ya ne gabarit ukrianski iasik, no iesli vui gabarit paruskiy ya niemnoga panimaiu…” (”lo siento, no hablo ucraniano, pero si habla en ruso le entiendo un poco“). El pobre se fue corriendo. Para mi que a hacer un curso de autoayuda en CEAC.

Ya no nos queda tiempo para pasarlo bien. Hay trabajo por delante. La marcha se presiente en los huesos al modo en que se presiente una tempestad en medio de la mar o una desgracia en un sueño. Algunas cosas tendrán que cambiar en mi vida entonces.

Aña y yoDe este país en parto me llevo muchas cosas. Entre otras el impulso, el seguimos para adelante, el disfrute, con mucho o con poco, de la calle. Ese suicida dar la cara masivo que fue la Revo Naranja. El espíritu de las mujeres. La necesidad física de libertad. El sacarse las castañas. El Mediterráneo y la revolución. El naranja del movimiento y el rojinegro (libertad o muerte) cosaco que luce hoy taconazos y vestidos en vez de espuelas y uniformes…

Todo eso me llevo y mucho mío se queda, porque, como decían los activistas negros de los 70 en Estados Unidos, Once you go black, you never come back.

«Mediterráneo con vista a las estepas» recibió 0 desde que se publicó el Lunes 25 de Abril de 2005 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por David de Ugarte.

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