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Melenchon: del teleprompter al holograma

Melenchon puede permitirse el holograma, no necesita prompter: resulta rancio y reaccionario en su patriotismo pero este es tan fuerte que protege lo suficientemente a su laborismo de contagiarse de las derivas identitaristas del radicalismo puritano anglo. Y por lo mismo resulta incluso refrescante.

Obama cabalgó la retórica «West Wing»: pedagogía demócrata, «American dream» con sabor Ivy League y ecos de Martin Luther King y la tradición discursiva anabaptista. Nos dio sin duda los mejores discursos de la década. Y todo gracias a la muleta de un teleprompter. Porque cuando el teleprompter fallaba Obama tropezaba.

Es fácil dejarse llevar e interpretar las dos pantallas -casi- invisibles al público como un símbolo de esa élite ilustrada que lejos de acompañar al presidente en su principal objetivo, un nuevo nacionalismo unificador, liberal y compasivo, se dejó llevar por la tentación de confundir el poder en el estado con las cuotas universitarias conseguidas no sobre la igualdad sino sobre el esencialismo, dejando fuera a la mayoría trabajadora y dejando el campo libre para un proteccionismo reaccionario pero redistribuidor como el de Trump.

Para completar la metáfora, Trump no usa teleprompter y cuando lo hace se lo salta a capricho. Y eso, al parecer, genera confianza en un público al que el discurso de «la esperanza» ya no consuela tras casi dos décadas de incremento sostenido de la desigualdad económica. Por eso si el «teleprompter» de Obama queda como símbolo de la inautenticidad, el holograma de Melenchon no. Puede permitírselo.

Y en esto llegó Melenchon

En España suele definirse a Melenchon como un «antieuropeista». Lo es. Se le asocia con cierta alegría a Trump y Lepen. Pero solo lo es en la medida de su nacionalismo, heredero algo templado por el tiempo de aquel del viejo Partido Comunista Francés. O como «el Podemos francés», una descripción relativamente justa del espacio político que ocupa, pero no del movimiento que encabeza.

Melenchon puede permitirse el holograma porque aunque use una retórica airada, lo que ha construido es sólido. Desde febrero de 2016 ha pateado Francia sin pretensión alguna de «participacionismo», sin caer en la farsa de estar recogiendo los puntos de su programa a base de sumar reivindicaciones particulares. Melenchon llegó con un programa, que en lo fundamental era el programa común a la izquierda del socialismo en 2012 y fue articulando a una nueva generación de militantes en torno a él a base de fundamentar y debatir en liceos, universidades y universidades populares.

El resultado, «La Francia insumisa, el pueblo soberano» es descarada y descorazonadoramente rancio. Descansa sobre el nacionalismo universalista republicano reutilizando la retórica del viejo comunismo de postguerra y usando con naturalidad el sarcasmo del maoismo sesentaiochista. Es decir, reclama para si lo más reaccionario de la tradición de la izquierda francesa del siglo XX.

Pero, como podéis leer en la edición en español del programa, tras las banderas nacionalistas más reaccionarias («Salir de los tratados europeos» y «Por la independencia de Francia») recoge, aunque supeditadas, las banderas tradicionales del movimiento obrero francés: «Frente a la gran regresión, prioridad al progreso humano» y «Frente al culto a la decadencia: Francia en las fronteras de la Humanidad». Hablando sin reparo, mitin tras mitin, de la necesidad de poner el trabajo en el centro, reducir jornadas de trabajo y redistribuir la riqueza.

Si el nacionalismo abierto puede atraer al votante obrero que fue comunista el siglo pasado y fue paulatinamente captado, sobre todo en la costa mediterránea, por el lepenismo; la dimensión laborista del discurso parece atraer a una generación que teme ver su futuro avanzado en los datos de desempleo y precariedad españoles. Todo está regado de referencias de un cambio de modelo productivo hacia las energías «verdes» y de la lucha contra las distintas formas de discriminación social. Pero desde un ángulo que se distingue con claridad de la «identity politics» americana: no hay otros sujetos políticos en el discurso que la nación y la clase, ni «el planeta» se humaniza ni el género, la raza o el origen nacional o religioso de los padres y abuelos configuran comunidad política alguna.

Melenchon resulta rancio y reaccionario en su nacionalismo. Pero paradójicamente este es tan fuerte que protege lo suficientemente a su laborismo de contagiarse de las derivas identitaristas del radicalismo puritano anglo. Y por lo mismo resulta incluso refrescante.

«Melenchon: del teleprompter al holograma» recibió 1 desde que se publicó el Martes 7 de Febrero de 2017 dentro de la serie «» . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por David de Ugarte.

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