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Minicasas

Las «minicasas» no son ninguna moda, no son ninguna alternativa. Son una tecnología barata para producir espacios de privacidad cuando hemos ganado suficiente autonomía como para poder construir en común algo menos aislado que la aldea y menos salvaje que la ciudad.

«El País» sostiene una ya larga campaña para normalizar esa fantasía maníaco-depresiva en que se ha convertido la realidad para la mayoría de las personas. En la última entrega le ha tocado a las minicasas. A nadie se le escapa que las «tiny houses» son unas hijas más de la crisis, ensalzadas por esa ideología conformista e individualista, siempre suicida, llamada «milenialismo». La idea era vender miseria, claro, pero miseria muy cool. La moralina, que menos espacio eran menos recursos y menos tensiones para una «Naturaleza sobre-explotada». Es decir, cristianismo ascético vestido de verde. Para ejemplo un documental.

Pero hay mucha más sustancia tras las minicasas: la realidad de una vida nómada y desarraigada que busca un espacio cuando el espacio se ha vuelto inaccesible. La alienación de una generación que ha llegado a la madurez ajena a las convenciones porque las convenciones, simplemente, no pagan ya.

Pero como todas las tecnologías que reducen la escala, las minicasas tienen un punto interesante, una potencialidad encubierta. Su uso comunitario. Ejemplos hay desde el comienzo, pequeñas comunidades que deciden usarlas como infraestructura básica y comunitarizar los servicios comunes.

Las «minicasas» no son ninguna moda, no son ninguna alternativa. Son una tecnología barata para producir espacios de privacidad cuando hemos ganado suficiente autonomía como para poder construir en común algo menos aislado que la aldea y menos salvaje que la ciudad.

«Minicasas» recibió 4 desde que se publicó el sábado 4 de noviembre de 2017 dentro de la serie «» . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por David de Ugarte.

Comentarios recibidos en este post y unidos a la discusión global de todos a través de la Matriz, nuestro espacio conversacional.

  1. … porque sin ciudad nos falta algo, no estamos completos.

  2. Mariana dice:

    En esas minicasitas que se ven tan lindas y ordenadas, como de cuento de hadas, hay como una “glamourización” de la pobreza, no?. Un glamour que esconde lo triste que es reducir el espacio para la vida a un mínimo que ni siquiera es digno, y lo injusto de que el suelo ya no sea para crear un lugar para vivir, sino que vale en tanto genera ganancias.

    • Efectivamente. Pero no debemos aceptar ahí el marco individualista sin más. La casita pequeña ha sido parte de un bienestar colectivo muy superior a la «McMasion» americana y puede serlo si la concebimos dentro de un urbanismo comunitario real. Es por eso que nos interesa. Lo pensamos para nosotros: un edificio comedor y cocina, y un espacio de trabajo luminoso, una sala gemela para asambleas, cine, teatro, conciertos, etc… y «casitas» para dormir, estudiar y desayunar cuando no queremos estar con otros. El número de m2 reales útiles por persona se multiplica y con ellos el bienestar sin poner en cuestión la privacidad. Se trata solo de no sobredimensionar lo individual ajustar los costes a las necesidades comunitarias (y por tanto individuales) reales.

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