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Modelos de empresa y su sentido para ti, que vives para aprender

¿Has de encajar tú en las empresas o ha de encajar el modelo de empresa en lo que crees y con los que quieres? Hoy echaremos un vistazo a los principales modelos a nuestro alcance en su relación con el conocimiento, la conversación y esas cosas que valoramos.

La idea de huir de un mercado de trabajo disfuncional la compartís muchos, pero nos pedís alternativas. La verdad es que el abanico es inmenso, pero merece la pena detenerse por un momento en los «grandes modelos» que se nos ofrecen ahí fuera.

La pequeña industria tradicional

La mayoría de las PYMEs industriales tienen todavía un modelo, una concepción común de la empresa que va más allá del estilo de relaciones entre las personas que en ella trabajan o su forma societaria. Es un modelo heredero del viejo capitalismo decimonónico pero sobre todo de la ruptura de las cadenas productivas en la automoción y la gran industria de finales delos setenta. En esa época muchas grandes marcas optaron por cerrar talleres y subcontratar lo que en ellos se hacía a sociedades y cooperativas que empleaban a los mismos trabajadores. ¿Qué había que hacer? Simplemente lo mismo que se venía haciendo. Pero si la demanda caía o querías un salario mayor ya no era cosa de Fiat o Volskwagen, era cosa del taller, de tu taller. Inspirada por la idea japonesa del keiretsu, la gran marca diversificaba los proveedores y se hacía relativamente inmune a la conflictividad salarial. La organización industrial, que hasta entonces había jugado en Europa a la concentración funcional, sentaba las bases de una nueva estructura productiva atomizada pero férreamente jerarquizada. Un tal Toni Negri se hacía famoso teorizando el mundo que saldría de la nueva Fiat.

En este modelo, un empresario es un señor que compra una máquina que produce algo, contrata gente para operarla y vende el resultado. Nada más. En el camino de fabricar, por ejemplo, un coche o un avión, habrá varios integradores parciales en una estructura en que los cambios vendrán guiados desde los pedidos de las grandes marcas. Innovar en ese marco es comprar las máquinas que hacen falta para responder a las nuevas demandas que «vienen de arriba». La clave está en planificar bien los ingresos futuros contra los pagos y costes financieros de comprarla y los salarios con que se remunere a los trabajadores. Por eso se puede hablar, en este contexto, de cosas como la «innovación planificada», un oximoron en el mundo real que conocemos. Por cierto, cuando la realidad no se ajuste a la planificación, el empresario no podrá pedir más que «flexibilidad», es decir corresponsabilidad de los asalariados y sus ingresos en el proceso. Ese es el marco de buena parte del debate sindical tradicional y de las alternativas de organización industrial.

El efecto de la reducción de las escalas óptimas de producción en este tipo de empresas no tiene el efecto liberador que promete para el resto de la sociedad. Al contrario, como son «empresas de una tecnología» de cuyo desarrollo tampoco hacen parte, si la escala óptima de esa tecnología cae, pasándose por ejemplo de muchas máquinas para hacer distintas piezas a un robot multifunción programable, a partir de ciertos costes es muy probable que sus clientes simplemente la integren en su proceso interno reduciendo riesgos de retrasos en entregas… aunque los costes se mantengan competitivos. El desarrollo tecnológico, la innovación de fondo, no aparece como algo a lo que se contribuya o se oriente, mucho menos algo sobre cuya orientación tenga sentido discutir, sino como algo muchas veces negativo, casi siempre peligroso -si no tienes pulmón financiero para comprar la última máquina que el integrador por encima de ti te viene a pedir-, otras veces mortal -si decide explotarla él directamente.

Bajo un modelo así, el conocimiento es el conocimiento del uso de una máquina o el desarrollo de un proceso que no diseñaste tú. O, cuando las cosas se ponen mal, de la agenda de proveedores alternativos de costes menores en los mercados emergentes. Pero no existe una relación entre el conocimiento que se desarrolla y la evolución de las tecnologías o las herramientas. Por eso la conversación industrial no está en el debate tecnológico o sobre la innovación. Simplemente no les aportaría nada, son consumidores, no agentes de un cambio tecnológico que les viene de fuera, desde las capas superiores de la cadena. Por eso, como dice Juan, el mundo industrial no valora el conocimiento abstracto, sino el aplicado.

Y por ello, la conversación industrial se centra en aquello en lo que el conocimiento propio sí puede incorporarse al proceso productivo porque hay autonomía en la organización para hacerlo e impactar en los resultados: la organización del trabajo y las relaciones entre las personas que hacen la empresa. Ese es el ámbito para aprender del mundo industrial. Y, creedme, hay joyas.

Las start-ups

Cuando Internet empieza a extender su uso social y los capitales empiezan a fluir hacia la web con la «burbuja puntocom», ese modelo cambia… solo superficialmente. El modelo de empresa que surge entonces es el de la «start up». Se parte de que la tecnología «es nueva» y que quien tenga «visión» puede colocarse como cabeza o integrador de primer nivel, de nuevas industrias. Ya no se trata de comprar la máquina, sino de comprar el embrión de una empresa entera. Los nuevos modelos se rankean para facilitar la inversión y surge todo un metabolismo de inversores por distintas etapas (capital semilla, riesgo, etc.).

El inversor de la start-up necesita conocimiento. Pero ojo, su negocio consiste en revalorizar su inversión, sus acciones, para poder venderlas al siguiente escalón trófico, no el producto. El conocimiento que necesita no es en realidad un conocimiento sobre la tecnología y su impacto social, sino sobre lo que va a mover a los otros inversores. Como dijo una vez Keynes de la Bolsa, es como un concurso de belleza donde tuvieramos que votar no por quien pensamos es más bello, sino por aquel que pensamos que los demás van a votar como más bello.

El inversor en start-ups quiere dos tipos de conocimiento, uno, sito en la empresa y bien guardado por la cada vez más restrictiva legislación sobre propiedad intelectual, tomará la forma de patentes. Se medirá incluso numericamente en patentes porque no es la creación de conocimiento, sino las vallas que evitan su uso por los demás la que permitirá a la empresa vender lo desarrollado a otras -como las descritas arriba- que las apliquen a través de máquinas y procesos. A nadie le importa lo que eso signifique o su impacto social. De hecho, mejor no saberlo.

Y luego está, claro, su conocimiento personal. Ahí lo que importa es intuir un poco antes de que sean abrumadores los hypes, las modas y las palabras mágicas (web 2.0, nanotecnología, biotecnología, nube, etc.) que van a guiar las compras y los capitales riesgo. De nuevo, poco importan sus significados sociales, sean cuales sean. Eso no influye lo más mínimo en su éxito.

Tanto en un caso como en otro, el conocimiento del inversor en start-ups es un conocimiento tan pasivo respecto a su propio significado como el de la empresa tradicional.

La compañía comunitaria

Pero el desarrollo de las comunicaciones distribuidas y la caída de las escalas óptimas de producción trajo otros mundos. Cuanto más caía la escala óptima, más viable se hacía, en más campos, un nuevo modelo de empresa basado en una nueva ética del trabajo en la que el conocimiento ocupaba un lugar central. Aparece un nuevo comunal, una masa de conocimiento y herramientas libres y gratuitas, mantenidas y desarrolladas por grandes comunidades distribuidas de personas que trabajan con ellas y que erosionan la centralidad del capital monetario a la hora de fundar una empresa. El centro de las empresas se traslada a la necesidad de diferenciarse, lo que equivale a mejorar el comunal. Y con esa diferenciación basada en el aporte a lo común se sale al mercado… para vender horas de trabajo, no para cosechar rentas. El comunal define pues, una nueva forma de capital (y mercado) que cambia radicalmente las reglas de juego.

Pero si observamos estas empresas, hagan lo que hagan (software, psicología, vehículos, servicios avanzados, inmobiliario, diseño, arquitectura o lo que sea), veremos que lo importante es su relación con el conocimiento. De hecho podríamos decir que su centro no está en tener un conocimiento extremadamente especializado, sino en captar nuevo conocimiento y en aprender para poder aportar algo al procomún de conocimiento ya existente (en su campo o en otros).

Son por tanto, empresas de pequeña escala, por lo general prácticamente «planas», basadas en conversaciones -procesos de aprendizaje- más que en procesos. Se trata de conocimientos que aportan un tremendo valor y que se extienden a entender, de hecho a provocar el cambio social, porque gracias a renunciar a la propiedad intelectual, su uso se socializa inmediatamente, diluyendo sus propias posiciones de ventaja en mero prestigio (útil para llegar a vender horas de dedicación, pero no para cobrar por ellas mucho más que la media de mercado durante mucho tiempo).

Pero una conversación no es algo que se produzca simplemente porque un empresario contrató a una serie de personas para desarrollar o hacer algo. Estos modelos, cooperativos aunque tomen forma de SL o incluso SA, surgen de discusiones en la red, de debates mantenidos en el tiempo entre amigos, familiares y círculos de afinidad estrechos. Surgen, de una comunidad real y le aportan soberanía desde distintas formas (desde las que se limitan a compartir algunas infraestructuras y gastos a las que funcionan como una comunidad de bienes). Por eso les llamamos compañías comunitarias.

¿Dónde crees que puedes encajar?

Realmente esa es una pregunta con trampa, perdonad. Si lees este blog es muy probable que hagas parte de una cultura donde la idea de llegar a tener una vida interesante te suene como el objetivo más alto al que querrías aspirar y que la idea del éxito como posibilidad de aprendizaje permanente no te resulte extraña.

De todas formas, es poco probable que el primer modelo pueda llegar a darte un trabajo antes de salir de la crisis. El segundo tampoco es que abrume a nadie creando puestos de trabajo. Y en cualquier caso, ¿quién quiere ser el asalariado de un grupo de inversores especulativos, cuando puede ser un igual entre pares de los que aprende todos los días?

«Modelos de empresa y su sentido para ti, que vives para aprender» recibió 0 desde que se publicó el Miércoles 22 de Mayo de 2013 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por David de Ugarte.

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