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Música y luna en la ciudad azul

No es el trapicheo, ni la omnipresencia de carteristas, ni el machismo a veces brutal, lo que me niego a ver en esta Ucrania revolucionaria. El futuro se los comerá con el paso firme, sobre agujas de charol, de millones de Timoshenkos liberadas. Es esa melancolía, ese caldo de Evos Morales y José Marías Aznar, de Wolfowitz’s y Chavezes, lo que me aterroriza.

Santa Sofía(Continuación) Tras el café subimos a la parte alta de la ciudad, a los grandes templos del catolicismo ortodoxo, buscando no sólo observar, sino escuchar y participar de una auténtica Misa bizantina. Una de las tareas pendientes que quería compartir con Nat.

Primera parada: Santa Sofía. Claro que no estábamos muy al día del horario de misas: desde 1932 la antigua catedral es un museo nacional. Indescriptible la cara de militante del PCUS que aún anda digiriendo la glasnost que le dedicó a Aña la conservadora a la que preguntó.

Las catedrales ortodoxas de los países eslavos se ierguen en el medio de recintos amurallados. El campanario hace de torreta en la muralla. Y en interior las cúpulas doradas parecen coronas de gigantescas setas crecidas repentinamente en el tan bien protegido jardín. Un jardín al margen del tiempo.

En uno de los bancos un cosaco de palo está dale que te pego con el bandur. Juraría que es el mismo que sale en la Wikipedia. Estar a la intemperie le ha dado ese aspecto rojizo-moreno que se supone a los cosacos históricos. Alrededor, ucranianos. Los ukis que escuchan el bandur en Santa Sofía no puede dejar de recordarme a España. Vienen aquí buscando ese país que sienten que les quitaron, el que hubiera podido ser de haber alcanzado la independencia setenta años antes, de haber ganado la doble guerra contra alemanes y rusos, de haberse acabado el comunismo tras la segunda guerra mundial, de haber llegado los aliados antes que los rusos, de… Todos esos “des” caben en la melancolía de la música cosaca. Identidad de víctima. Veneno puro. Una enfermedad que vive residente en esa forma tan mediterránea de entender la política como una continua, obsesiva, reivindicación de pasados alternativos. Me viene a la cabeza el infame Eduardo Galeano. ¿Cuantos de mi generación y un par de anteriores no murieron tratando de “restaurar” aquel pasado alternativo que él había inventado? ¿A cuantos convertiría en lemmings corriendo hacia una muerte segura? ¿Cuanto no le queda por sufrir, pongamos a Bolivia, a cuenta de una identidad así? Sí, algo de todo esto suena entre las notas metálicas del bandur. No es el trapicheo, ni la omnipresencia de carteristas, ni el machismo a veces brutal, lo que me niego a ver en esta Ucrania revolucionaria. El futuro se los comerá con el paso firme, sobre agujas de charol, de millones de Timoshenkos liberadas. Es esa melancolía, ese caldo de Evos Morales y José Marías Aznar, de Wolfowitz’s y Chavezes, lo que me aterroriza.

San MiguelUlises huyendo del canto de las sirenas, salimos a paso firme de Santa Sofía. Línea recta hasta San Mijail. 300 metros y ramitas de arbusto de flor blanca, algodonosa y peluda que sustituye aquí a las palmas. Por la diferencia de calendarios religiosos es ahora Domingo de ramos. San Mijail es un santuario nacional, a las puertas de sus muros la memoria de los muertos en la hambruna de la colectivización (dos millones). Centro de la Iglesia Ortodoxa Ucraniana. A Aña, ortodoxa griega ucraniana (es de Galitzia), no le importa que oigamos misa aquí. Son en ucraniano antiguo y mantienen toda la magia, verdadera magia del cristianismo bizantino.

San MijailEs desde aquí, desde el orden, los olores, las voces increibles, la Iglesia sin bancos donde todos se mueven haciendo redes de miradas cruzadas entre reverencias al Pope y sonrisas entrevistas; aquí, donde los fieles entran y salen de la Misa para poner velas a los iconos santiguandose tres veces cada vez que toca santiguarse; aquí, en el no tiempo que la música de los popes, llevados por un sacerdote tenor de los que no quedan en la ópera, resguarda del mundo; aquí, donde nosotros, latinos al fin post-vaticano-segundo, críados en el horror al pop cristiano de cura garfunkeliano y niñas de pendiente de perla con guitarrita, podemos entender por fin cómo el cristianismo pudo comerse el mundo políidentitario de los viejos dioses, ganándoles con magia, esto es, con imágenes y sabiduría, multiplicando a Jano en los santos y sus imágenes, incorporando nuevos sentidos al ritual. La experiencia es potente. Salimos de la Catedral con la música adherida a los huesos. El eco aún en la caja pectoral. Aña strictu sensu comulgada, esto es, religada a su comunidad a través del rito, Nat impresionada, yo conmovido.

Pocas palabras de vuelta a la Plaza de la Independencia. Una luna inmensa saluda a Kiev.

Cada vez que me arrastro en su camino sale mi luna;
los inviernos se transforman entonces en primaveras
y todos mis días parecen ser fiestas

(Yunus Emre)

Cuando llegamos nos encontramos de frente con Okean Elzi. Miles de melenas rubias blanquísimas siguen a botes el ritmo entrando en calor. Los chicos se pasan cervezas y a pesar del look general de malevaje que se gastan, entran con tamaña inocencia a las poderosas afroditas de tacón alto que no pueden dejar de producirme ternura.

Me siento limpio y eufórico. Salto como el que más. Memorizo los estribillos. Okean Elzi es uno de los grupos que unió su nombre a la Revolución Naranja. Dieron conciertos en las concentraciones de protesta por todo el país cuando parecía un suicidio. La gente vive en el ritmo aquel espíritu.

En el Este, desde el 89 al menos, el rock es la música de la revolución, salto y angustia en la calle. El clubing, el tecno, lo guay y encerrado es música para acompañar un repliegue a los interiores. El narcisismo como consuelo. Tiempos de rock, tiempos de cambio, tiempos de revolución y discusión abierta. Rock&Redes de jerseys viejos y abrigos con agujeros. Sonrisas cruzadas entre los botes. Saltos apoyados en hombros ajenos.

Okean Elzi

En Jraschatek compramos tomates, ahumados, panes y cerveza. Volvemos a casa para cenar y ponernos guapos. Volveremos a salir. ¿Quién abandonaría su luna por unas horas de sueño?

(Continúa leyendo el relato de este viaje)

«Música y luna en la ciudad azul» recibió 0 desde que se publicó el domingo 24 de abril de 2005 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por David de Ugarte.

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