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Necesidades humanas, no «identidades»

No es desde las «identidades» que podemos enfrentar una realidad descompuesta, sino desde la afirmación de las necesidades humanas genéricas e iguales para todos… lo que incluyen enfrentar todas y cada una de las formas de exclusión.

El futuro aquí y ahora: Keynes, Marx, Dewey, Foucault, Dreikurs, Zamenhof, etc.

En «Qué es el laborismo» abríamos con una idea fuerza: el trabajo es el centro del sistema social y por tanto el elemento central a la hora de transformarlo. Es una idea potente, sencilla y llena de consecuencias y razones.

Los revolucionarios de los siglos XIX y XX por ejemplo, y con ellos los grandes movimientos obreros afirmaban la centralidad del trabajo no solo porque la organización del trabajo y la distribución de su producto fueran el corazón del sistema económico, sino porque las reivindicaciones del trabajo expresaban necesidades humanas genéricas. Cuando se reivindica el derecho a trabajar igual para cada persona, un salario mejor o, ligado a él, el acceso a la vivienda, la salud o la educación, no se está tratando de establecer ningún privilegio, ninguna ventaja para nadie en concreto, ningún interés particular, sino que se está reivindicado la supeditación de las necesidades del capital a las del conjunto de las personas. Al hacerlo, nos decían, los movimientos del trabajo esbozaban una sociedad organizada de acuerdo a las necesidades humanas, una sociedad igualitaria y liberadora para todos sin excepción .

Reivindicar necesidades humanas genéricas plantea una economía organizada para satisfacer las necesidades humanas

Definir nuestro lugar en el cambio social a través del trabajo es hacerlo a través de un interés común que, al proyectarse, afirma el interés del conjunto del género humano. La alternativa a ese interés humano genérico, a esas necesidades de todos es eso que el radicalismo anglosajón llamó «identidad». Como escribía el otro día Daniel Bellón en un comentario:

Todo lo que no se construya desde la perspectiva de la producción (quién produce la riqueza, y como se distribuye la riqueza) divide a las personas por razón de su origen, nivel de estudios, orientación sexual, etc…

Todo lo q no sea interés genérico, afirmación del trabajo, divide las personas en identidades en conflicto entre sí

Sin embargo, según nos dice la «izquierda posmoderna», las políticas de cambio social pueden partir, liderarse o incluso limitarse a las «identidades», a esos «somos» que surgen por reconocerse víctimas de un mismo tipo de discriminación en los sufrimientos e injusticias que esta genera.

Dejemos de lado la idea cristiana de fondo según la cual quien más sufre, quien es víctima, es mejor, más puro, más cercano a algún tipo de verdad trascendente o más capaz de impulsar un cambio fundamental y debemos guiarnos por lo que diga. Todas las formas de discriminación son inaceptables y deben combatirse, pero es difícil pensar que puedan eliminarse mientras vivamos bajo sistemas económicos que dan incentivos a la exclusión.

Es difícil pensar que pueda eliminarse la discriminación bajo sistemas económicos que dan incentivos a la exclusión

Esta sociedad discrimina por cada cosa que pueda discriminar: sexo, posición social/laboral, sexualidad, lengua/dialecto/acento, ingresos, lugar de nacimiento, color de la piel, apellidos… Lo que esté más a mano y sea más fácil en cada momento para mantener una renta a alguien o a algún grupo, servirá de argumento para excluir. Se discrimina con cualquier excusa para restar oportunidades a otros y obtener así una renta. Y se discrimina también para dividir y fragmentar a aquellos que se plantean que el sistema da cada vez menos esperanzas a la satisfacción de las necesidades humanas. Echarle las culpas a cualquiera que sea «distinto» -por su lugar de nacimiento, su sexo, su lengua materna, sus deseos, sus rasgos físicos o lo que sea- es una distracción perversa que debe ser denunciada. Pero si enfrentar toda exclusión es un imperativo ético básico, no debe hacernos perder el foco.

La exclusión y la discriminación sirven para producir y justificar rentas generando desigualdades

Algunas de estas discriminaciones como el sexismo o el racismo, heredadas de sistemas económicos anteriores al capitalismo, han llegado a construir verdaderas macro-estructuras ideológicas y culturales que se han eternizado a través de la educación y la cultura. Si cambian, en parte gracias al activismo, es precisamente porque el patriarcado, la «pirámide racial» o la homofobia no son estructuras económicas sino un conjunto de patrones culturales que pueden modificarse, hasta cierto punto, dentro del sistema. De hecho, si se modifican es porque no tocan las bases del sistema económico y sin embargo permiten a una parte de la élite vestirse de «transformadora» o «progresista» si hay necesidad.

Es infame q consecuencias + brutales del sistema sirvan a sus ideólogos para presentarse como progresistas

Ese es el juego perverso: se separa la revuelta contra las consecuencias más brutales y discriminatorias del sistema del cuestionamiento de las bases económicas que lo sostienen. Porque a partir de ahí el juego de rentas se hace posible y con él la conversión de la indignación contra las consecuencias de un sistema inhumano, en reproducción de la pasividad. Nada más fácil que introducir a un movimiento que no ve más allá de la opresión y el sufrimiento en el juego de rentas estatales que consagra la desigualdad. Es la jugada mejor y más perversa para la reproducción del poder: las activistas que luchan contra ese bullying odioso y mortal del machismo se convierten en «técnicos de igualdad», quienes se enfrentan al racismo más repugnante se transforman en «mediadores culturales», etc. La estrategia de «integración mediante rentas» es sencilla: convertir en funcionarios más o menos precarizados a quienes levantan cabeza contra los productos más brutales y grotescos de una economía y una cultura inhumanas. Así, la burocratización y «funcionarización» de la militancia contra la discriminación sirve para vender la ilusión de que, con una buena gestión, el sistema económico y la cultura excluyente que genera bajo mil formas, no producirían marginación ni opresión. A cambio de un pequeño aumento presupuestario se consigue invisibilizar que la igualdad social real solo es alcanzable si las necesidades humanas dejan de estar supeditadas a una economía inhumana.

Funcionarizar los activismos contra la opresión invisibiliza la inhumanidad de la economía y el sistema

Recapitulando

Solo hay una manera coherente de luchar contra la exclusión en sus mil formas: no perder el hilo que conecta la discriminación, el abuso o la opresión con el corazón de un sistema en descomposición que excluye a cada vez más personas. Las «identidades» no valen para eso. Son autolimitantes y capturables a través de rentas. Y al erosionar la percepción social de la centralidad del trabajo, al reducir el conflicto social a sus consecuencias particulares, abren la puerta al desarrollo más reaccionario del sistema. No es desde las «identidades» que podemos enfrentar una realidad descompuesta, sino desde la afirmación de las necesidades humanas genéricas e iguales para todos… lo que incluye enfrentar todas y cada una de las formas de exclusión.

«Identidades» no sirven para enfrentar la descomposición social sino la afirmación de la necesidad humana genérica

«Necesidades humanas, no «identidades»» recibió 4 desde que se publicó el Domingo 30 de Abril de 2017 dentro de la serie «» . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por David de Ugarte.

Comentarios recibidos en este post y unidos a la discusión global de todos a través de la Matriz, nuestro espacio conversacional.

  1. Imagen de perfil de Juan Ruiz Juan Ruiz dice:

    Se dice “desde la afirmación de las necesidades humanas genéricas e iguales…”. Yo veo aquí una cierta indefinición, que quizás habría que explicar un poco más. Porque más allá de la vivienda o de la comida, existen muchas necesidades, e incluso en aquellas los tipos de necesidades pueden ser muy variadas. Entiendo que si en alguna ocasión se afirmó “a cada cual según sus necesidades” era porque no todos tenemos las mismas necesidades, que no todos necesitamos lo mismo para llevar a cabo una vida plena.
    Acabo de leer esto de T. Eagleton, de su último libro, y que creo complementa bien lo que se dice:
    “La diversidad y la marginalidad han dado frutos valiosos. Pero también han servido para desplazar la atención de cuestiones más materiales. De hecho, en algunos ámbitos la cultura se ha convertido en una forma de no hablar sobre el capitalismo. La sociedad capitalista relega a sectores enteros de su ciudadanía al vertedero, pero muestra una delicadeza exquisita para no ofender sus convicciones. En lo cultural, se nos debe tratar a todos con el mismo respeto, pero, en lo económico, la distancia entre los clientes de los bancos de alimentos y los clientes de los bancos de inversión no deja de crecer. El culto a la inclusión contribuye a ocultar esas diferencias materiales. Se reverencia el derecho a vestirse, a rezar o a hacer el amor como se quiera, mientras que se niega el derecho a un salario decente. La cultura no reconoce jerarquías pero el sistema educativo está plagado de ellas. Hablar con acento de Yorkshire no es un obstáculo para ser locutor televisivo, pero ser trotskista, sí. La ley prohíbe insultar a las minorías étnicas en público, pero no insultar a los pobres. Cualquier adulto es libre de acostarse con cualquier otro con quien no tenga lazos de sangre, pero no es tan libre de oponerse al Estado. Los experimentos sexuales son vistos con indulgencia por los liberales metropolitanos, mientras que los huelguistas son tratados con recelo. Hay que aplaudir la diferencia, pero no el conflicto abierto. Nadie debería arrogarse el derecho de decir a los demás qué deben hacer, una actitud que a los evasores de impuestos le resulta muy conveniente.”Eagleton, Terry (2017). Cultura: Una fuerza peligrosa

    • Creo que cometes un típico error de perspectiva anarquista: cuando en una huelga se afirman las necesidades de los trabajadores por encima de la lógica del beneficio de la empresa, tiene lugar un hecho colectivo y político, universal tanto en su planteamiento (en la misma están trabajadores y empresas de todo el mundo) como en sus resultados (afirman necesidades vitales que son por tanto de todos). Cuando Rudy Dutshke anima a crear comunas de estudiantes que experimenten nuevas relaciones sexuales está creando un hecho mediático, pero no político porque hagan lo que hagan ni siquiera se acerca a tocar, reorganizar o cuestionar el aparato y las relaciones productivos sobre las que se basa la sociedad actual. Sus necesidades -de experimentación, de liberación en ese ámbito- son particulares, propias y legítimas, pero desde luego no universales porque no se inscriben en un fenómeno universal e inevitable -como es el conflicto salarial- sino en una reflexión particular, son hechos ideológicos si se quiere, no políticos.

  2. Imagen de perfil de Juan Ruiz Juan Ruiz dice:

    Entonces las necesidades genéricas e iguales a las que te refieres no son universales, sino que se definen concretamente en cada acto de afirmación política. A eso es a lo que me refería con explicarlo mejor, porque ya sabes, algunos tenemos “típicos errores de perspectiva”, jaja.
    Veo que el tema cultural (o rizando el rizo, “identitario”) tiene algo que ver con esas reivindicaciones o necesidades genéricas o colectivas, desde el momento en que la necesidad material que el colectivo reivindica o exige o desea satisfacer no procede de la nada, no es algo infuso o preexistente a la propia experiencia comunitaria del colectivo, de esa cultura o identidad que en la lucha, en la vida en común ellos crean y fabrican, y que por tanto tiene una existencia a la par que genérica (como especia humana) muy concreta a la situación en la que viven y experimentan.
    Creo también que algunas necesidades de índole puramente individual pueden transformarse en necesidades colectivas en el momento en que el poder las impide o las coarta y hace de esta imposición un modo de sostener una determinada estructura productiva y económica. Pero comparto también el peligro, demasiado evidente y habitual, de que la verdadera sustancia material de la lucha pueda quedar diluida, como bien expones y afirma el texto de Eagleton, por la demanda puramente cultural y cosmética.

  3. Imagen de perfil de Diego Tejera Diego Tejera dice:

    Las personas nos encontramos cada vez más faltos de contexto, de sentido, como resultado del individualismo y la falta de valores enriquecedores. Y en este vacío y con el poder de las redes las identidades prosperan, para tratar de llenarlo, en falso.

    Es una corriente fuerte que, entiendo, utiliza la izquierda para tratar de recobrar iniciativa, o el poder establecido para perpetuarse. Pero como decís es un camino que solo lleva a más miseria.

    Una reflexión muy clara, gracias.

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