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Nieva sobre Kiev

Llegamos a Kiev en primavera

Una densa capa de nubes cubre Europa. Más allá de Colonia el suelo se vuelve inexcrutable, inimaginable bajo fantásticas orografías de vapor. Bienvenido al mundo según Friedrich.

El avión desciende rápidamente. “¿Qué ves?“, pregunta mi compañero de asiento en un ruso perfecto haciendo ademán de asomarse a la ventanilla. Niechevo, le digo, todo está blanco, tan blanco que no se pueden distinguir el suelo de las nubes. ““, me responde, meditativo como un personaje de Turgeniev que volviera tras años en busca de su primer amor, “este año la primavera se ha retrasado”.

En el aeropuerto, esperando la cola de inmigración, fascinado ante las policías de aduanas -ceñidos los uniformes a la cintura, falda corta, maquillaje excesivo, taconazo de aguja imperativo- hablo un rato con Raul. Vino hace veinte años. Es cubano. Se casó con una ucraniana y en el trapicheo constante que es la supervivencia a este lado del Imperio acabó fundando una fábrica de velas artesanas en Dnopetrovsk. “Estamos esperando que entre alguien, da igual, alemanes, americanos… pero que entre alguien“.

Recuerdos de Africa en el hall del aeropuerto. Intermediarios de los taxistas a la caza del guiri. Regateo inevitable. Empezamos por 400 hrivnias. Aquí regatean mal, tienen una pulsión centroeuropea: la prisa. No entienden que retirarse no es romper la negociación, sino parte de la danza, del ritual. La prisa es compartida por la mayoría de los viajeros. Esto es una bolsa personalizada de taxis y hrivnias. Natalia está un poco asustada del ambiente. Observo los precios de equilibrio: 300 para los alemanes, 120 para los ucranianos de provincias. Los kievenses consiguen 90. Negocio con otro, más joven. Se desconcierta. Le recuerdo que el tiempo perdido conmigo son viajeros de menos que negocia y la posibilidad de meternos en un taxi “informal”. Trato hecho: 65 hrivnias, 11 euros por 40 kilómetros en un viejo cacharro que no ha visto una ITV en su vida. Ni la verá.

Nieva sobre Shelkavichnaya BulitzaA media tarde llegamos a nuestro apartamente en Shelkavichnaya Bulitza. Sigue nevando. Tomamos un té mientras desoxido mi ruso con Olga, nuestra vecina a la que encontramos paseando el perro.

Obligatorio paseo luego por Jreschatek nevado. Cuesta acostumbrarse a las proporciones. La vida en estos días se hace subterránea en Kiev. Bajo la plaza de la Independencia se agolpan, junto a las tiendas, entre el humo y las cervezas, los jóvenes. Ambiente Blade Runner con pizza. Observo que la Kangool gana ya a la vieja gorra local tantas veces vista en las pelis de Einsestein. Vuelta a la nieve y cerveza casera en Shato, que parece estar de moda.

Timoshenko en ElleA la noche baño y tele. La geopolítica del gas ocupa las noticias. La portada de internacional la da Iushenko en la cumbre del GUAM (Georgia, Ucrania, Armenia y Moldavia), las interiores España y su ley de adopciones.

A Iushenko se le ve agotado. Como a Timoshenko, portada en el Elle que compramos en Globus. “¡Primera!” asegura el titular. Y tanto, en un país terriblemente machista y precisamente por eso mantenido por las mujeres -siempre estresadas, siempre corriendo, siempre hiperarregladas- Timoshenko representa algo más que el poder femenino, representa la vindicación de un profundo cambio social. En los años de la desindustrialización, de la miseria y el paro masivos, los hombres cayeron masivamente en el alcoholismo. Depresiones y suicidios triplicaron su tasa y con ella el ya de por si saturado y mal equipado sistema sanitario. Las mujeres trabajadoras mantuvieron el país y la cohesión social en pié a base de matarse a trabajar y, como dicen ellas, “conseguir”. Aunque fuera a base de mijo los niños de entonces -jóvenes revolucionarios hoy- comieron. Da angustia verlas corriendo con sus taconazos, la carperta en una mano, la bolsa de compra en otra y el maquillaje entre las dos. Siempre negociando, regañando, protestando… Timoshenko es ese espíritu. Ha puesto semana laboral de 7 días a ministros y diputados. Los minitros trabajan de 7 de la mañana a 2 de la mañana del día siguiente (y les obliga a patinar dos horas al día en Presidencia, para “relajarse y pensar”). La Rada, el parlamento, tiene sesiones hasta en domingo, un canal de televisión que retransmite los debates (que duran muchas veces hasta casi las once) y altavoces por las calles principales que lo retrasmiten, mientras la gente se acerca al Congreso para apoyar a unos u otros y discutir con los que pasan los temas del día. La revolución sigue indiscutiblemente viva. Nunca vi un telediario con tantas caras, con tantos portavoces ni tantos movimientos ciudadanos. Desde Odessa -donde el alcalde enfrenta una revolución naranja local- hasta Lviv, desde los estudiantes hasta los médicos o los obreros de la construcción, la revolución avanza saneándolo todo, dando voz a todos, abriendose paso entre la costra de mafias y torticeros intereses económicos.

Primer desayuno en KievPor la mañana bajo a la tienda, un antiguo despacho soviético de viejas mamparas de marmol en el que los productos alemanes o alemanizados han sustituido a las escasas marcas de los viejos tiempos. Los precios son demasiado parecidos a los españoles para un país donde un médico no alcanza los 200 euros de salario mensual. Las antiguas proveedoras, a las que la tienda debía lo poco que tenía en aquellos años para ofrecer, compraron la tienda en su día. Son del Oeste y no hablan casi ruso, me responden en un ucraniano para duros de oido. Me cuentan que en realidad cada una compró uno de los mostradores, así que en realidad son tres tiendas, una de embutidos, otra de lácteos y otra ultramarinos. A la segunda le compro el zumo y la leche. A la tercera el Nescafé, que está, por europeo, de moda, a pesar de que aquí, lo suyo es el café expresso, como en España.

A las diez aparece Aña. Ha tardado 11 horas en tren desde Lviv, que está a 450 kilómetros. Viene casi sin dormir porque en el compartimento de al lado una campesina llevaba a su gallo favorito consigo. Y se ve que al animalito le estresaba el viaje y no se aclaraba con el horario, así que no paró de cantar. Trae comida y una Bafelniy Tortye que ha hecho ella misma. Hora del desayuno.

Bafelniy TortyeTarta de Obleas (Bafelniy Tortye): Compramos una docena de obleas grandes con mucho relieve. En un cazo calentamos leche y la saturamos de azucar como si fueramos a hacer dulce de leche. Añadimos en la cocción avellanas picadas en trocitos muy pequeños y una cucharada de mantequilla. A fuego muy lento dejamos reducir y finalmente enfriar. Cuando, ya tibio, coge cuerpo un poco más compacto, vamos untado generósamente las obleas y haciendo pisos oblea tras oblea. Finalmente dejamos enfriar y servimos espolvoreando con azucar glacè.

«Nieva sobre Kiev» recibió 1 desde que se publicó el Viernes 22 de Abril de 2005 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por David de Ugarte.

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