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No me enviéis correo postal

Una anécdota de mudanza que revela cambios más profundos…

August Bebel seguramente fue el teórico más influyente de la socialdemocracia hasta la gran Guerra. Su modelo era el de una democracia parlamentaria en el que los negocios privados serían reducidos a lo anecdótico mediante la paulatina absorción por el estado del conjunto de los sectores económicos. Cuando sus contradictores le espetaban que un capitalismo de estado de ese tipo, por muy democrático que fuera su sistema representativo, no podría funcionar, Bebel respondía:

¡Mirad el sistema de correos! Eso es el socialismo

En el fondo de su respuesta había una cierta imagen de Correos, una imagen que se ha transmitido hasta hace poco: Correos era la joya de la corona del Estado, no sólo por la confianza que inspiraba a los ciudadanos, sino porque expresaba los valores de cohesión social y territorial en los que se legitimaba. Correos, una red de distribución descentralizada de arriba a abajo -no distribuida- con cobertura en todo el territorio nacional, podría ser más lenta, pero era eficiente, segura, barata y universal. Era el ideal de servicio público. Servicio sostenido en una verdadera fé: el secreto y el derecho universal a las comunicaciones.

A todos nos han perdido paquetes navideños en Correos. Todos hemos sospechado, y aunque evidentemente esto se ha confirmado cuando hemos visto carteros heridos en su propia casa por cartas bomba que habían sustraido del reparto pensando que eran regalos de empresa, todos guardábamos un cierto cariño al viejo monstruo.

Hoy cuando llego el cartero, una señora de unos cuarenta y pico años, al portal de nuestra nueva sede/casa, bajé a presentarme para decirle que aunque nuestro casero aún no haya puesto los buzones, nosotros estamos y recibimos aquí ya nuestra correspondencia.

La señora, con malas maneras me indicó que mientras no hubiera buzones devolvería la correspondencia al remitente. De nada valió identificarme y ofrecerme a bajar corriendo las escaleras cada vez que viniera. Ni siquiera el que tenía en el momento me lo dió. Subí de vuelta a casa contrariado y cuando llegué me di cuenta de que, al identificarme, ella tenía la obligación de entregarme el correo que tuviera para mi, hubiera o no buzón.

Bajé corriendo de nuevo y le encontré en el portal de al lado. Sin remedio: Otra vez las malas maneras. No pude evitar enfadarme y pedirle su identificación, nombre, número o lo que fuera para poder reclamar que me entregaran mis cartas. Como ya era previsible a esas alturas, se negó no sólo a entregarme mi correspondencia, sino a darme su nombre para que pudiera poner una queja o abrir un procedimiento por el que sus superiores le hicieran entregarme mi correo.

Al final acabamos en la central. El jefe de la sección de Correos del barrio no me dió oportunidad para hacer una queja escrita, pero encontró una solución salomónica: Nos guardarán el correo en la oficina de distrito e iremos a recogerlo allí como si tuviésemos un apartado postal. La señora cartero se sale con la suya y no me entrega el correo, pero yo al menos puedo recibirlo aunque sea fuera de mi domicilio.

Volvía a casa y pensaba que Correos, el socialismo y las redes descentralizadas en general agonizan por esa marea de pequeñas o grandes arbitrariedades que permiten a los nodos y que al final -como pasó con el servicio militar- la sociedad acaba por no perdonarles. Igual que la mili desapareció porque nadie quería ser víctima de las arbitrariedades del cabo o sargento de turno, hoy por cada carta enviada por el sistema postal público se envían casi 10 emails. Todo un síntoma: el correo electrónico funciona sobre una red distribuida. Una red que a que a diferencia de Correos es robusta por si misma: en principio no hay cartero o central que pueda ponerte un filtro… por mucho que en algunos casos sea posible cuando menos trazarte.

El caso es que a diferencia de Bebel, los contemporáneos ya no nos creemos que la garantía estatal compense la posición de poder de los nodos, las consecuencias de que tengan un día malhumorado o no hagan bien su trabajo. Y ellos lo saben.

Por cierto, no nos enviéis correo postal. Mejor que no.

«No me enviéis correo postal» recibió 0 desde que se publicó el Miércoles 22 de Febrero de 2006 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por David de Ugarte.

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