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Para qué sirven los libros

Hay una generación a la que nadie dijo que los libros no sirven para saber algo concreto sobre un tema, sino para descubrir qué deberíamos aprender y cómo podemos relacionar unas cosas con otras.

El futuro aquí y ahora: Keynes, Marx, Dewey, Foucault, Dreikurs, Zamenhof, etc.

Crecí en una familia en la que había un tiempo diario para leer. Las tardes, claro, pero sobre todo una o dos horas cada noche, en la cama, después de que se apagara el televisor. Cuando me mandaban apagar la luz, si no quería interrumpir la aventura, leía a escondidas con una linternita bajo la sábana, no fuera a llegar un resplandor perdido por el pasillo hasta el cuarto de mis padres y se levantaran enfadados a hacerme dormir de una vez.

En la pubertad, cuando quería «ser mayor» empecé a coger a escondidas, sin que nadie se diera cuenta, «libros para mayores» -García Márquez, Vargas Llosa… Y cuando llegué a la mayoría de edad empezó la fiesta de verdad: los amigos compartían libros, cuanto más sorprendentes más valorados; los primeros amores vinieron con Sábato, Cortázar y Ángel González; la politización con Marx, Rosa Luxemburgo, Serge, Bebel, la inacabable Historia de la Rusia Soviética de Carr en vena… y luego, ya en la Universidad, Smith, Keynes… de Keynes a Bloomsbury y de ahí a los clásicos griegos y la Historia del Arte y mientras Swift, Defoe y los radicales ingleses… y siempre toneladas de ciencia ficción, fascinación ciberpunk, y novela negra. El número de volúmenes que he leído me resulta tan poco calculable como el número de artículos en la web que devoré desde los noventa.

En el mundo pre-LOGSE los libros daban identidad, forma al grupo de amigos y eran prestigiosos frente a los adultos

No era yo solo. En el tiempo de mi infancia, leyera más o menos tu entorno, leer no solo era considerado divertido sino también prestigioso. Cuando era pequeño y a mis padres les preguntaban por mí sus amigos, decían orgullosos: «lee mucho». No era ni mucho menos un caso raro. Lo mismo respondían los padres de mis amigos. Y esas dos palabras eran las mejores que podía decir de ti un profesor.

Leer era tan importante que en la escuela y el instituto hacer los deberes y estudiar en la biblioteca, donde podías «encontrar y leer todo», era animado por todos los adultos. En mi adolescencia madrileña había toda una gigantesca tribu social que salía de marcha con los libros bajo el brazo porque lo que leías era lo que te identificaba y en aquellos cafetines de Malasaña, estar solo leyendo acababa muchas veces en tertulia con los de la mesa de al lado, que habían salido a pasear sus libros también. Éramos «progres» y aunque los libros acabaran la noche en columna promiscua en una esquina de la «Vía Láctea» y muchas veces se perdieran, eran también la puerta de nuestra vida social.

Pero todo eso cambió. En primer lugar el sesentayochismo pasó el eje educativo -y el prestigio social adolescente- de la lectura a la «experiencia». Viajar y tener vivencias turistificadas se consideró una alternativa para la maduración y el conocimiento. Error: mil estudios demostraron luego que al leer te enfrentabas a muchos más tipos humanos y sus motivaciones de las que ibas a conocer nunca, de modo que a la última generación lectora le era más fácil ser empática con los demás, entender sus motivaciones y dar matices a sus propios sentimientos.

Los valores pedagógicos sesentayochistas cambiaron conocimiento por «experiencia», leer por un viajar turistificado

Tampoco el valor documental de los libros duró mucho. La web, Google, incluso los mercados de apps en algunos círculos, sirven para hacer los deberes más eficientemente que perderte navegando por libros y enciclopedias. El resultado: una relación con la palabra escrita que tiene la expectativa de encontrar lo más parecido a un diccionario enciclopédico. Cualquiera que hace posicionamiento en buscadores lo sabe: lo más leído será siempre un post informativo cuyo título sea poco menos que una definición o la respuesta a una pregunta básica. Sin ir más lejos, en lasindias.blog, «para qué sirven los mitos». No en vano este post se llama «para qué sirven los libros».

La web y Google mataron a la Biblioteca como herramienta para hacer deberes y encontrar información

Y para rematar el prestigio social de la lectura, el tener mil referencias, poder invocar y compartir en la conversación personajes o situaciones como unidades de significado, desapareció en los años del primer boom, de la primera burbuja, la del felipismo, la de los años de la «cultura del pelotazo».

El nuevo perfil del empresario de éxito, del político de los noventa, del directivo de una gran empresa, era cada vez más ajeno a cualquier tipo de profundidad intelectual. En un país donde los universitarios eran cada vez más precarios, a las empresas solo les interesaba el «procedure» y el «pelotazo» lo pegaban los «bien conectados» por brutos que fueran, la riqueza de referencias intelectuales, eso que te da la lectura, no podía pasar a ser más que una pérdida de tiempo.

Para qué perder el tiempo leyendo y aprendiendo si lo que importaba era con quién habías ido a clase, quiénes eran tus amigos, qué relaciones tenían sus padres. El ascensor social que, según el mito, alguna vez había funcionado sensatamente aunque fuera pequeño, no paraba ya en la planta de los cultos sino en la de los bien relacionados, la de los que iban a masters caros, la de los que tenían agendas políticas.

El prestigio de la lectura acabó cuando el éxito social se desligó del conocimiento humanístico

LecturaTras acabar sus prácticas en las Indias, Almudena nos pidió pasar unos días en casa, compartir el día a día con nosotros. Para nosotros es una alegría cotidiana no solo porque es alegre, generosa e inteligente. Tiene hambre de aprender. Aprender de todo: desde cómo documentamos y hacemos inteligencia a cómo vendemos pasando por cómo preparamos las propuestas o nos organizamos en el día a día. Pero algo se le escapaba, algo que le excitaba y motivaba pero que no conseguía acabar de entender. «¿Cuál es el secreto?» parecía preguntarse, «¿qué es lo que les permite reinventar su trabajo para que no sea alienante, para que les haga felices?».

Y el otro día lo vio. Le habíamos animado a hacer uno de los itinerarios con los que estamos haciendo las pruebas de la Escuela de Indias. Puros libros, sazonados de algún vídeo, algún artículo académico y unos cuantos enlaces. Por la noche visitamos a un viejo amigo y las referencias literarias, históricas y filosóficas saltaron de un lado a otro de la mesa mientras, por debajo, las descodificábamos para ella: «esto es tal cosa, viene de tal sitio, hay un libro muy guapo para hacerte un cuadro de toda esa época…». Cuando íbamos a volver ya a casa, Almudena lo vio claro: tenía «el secreto de las Indias»: los libros.

El secreto de poder inventar un trabajo no alienante, que aporte, al final se esconde en la relación con los libros

Según nos contó, ella había tenido desde pequeña la pasión de aprender. Fue esa niña de ocho años que pidió a sus padres que le mandaran a clases de inglés. En su visión infantil, pero también luego, en la universitaria, aprender y conocer se conseguía de dos formas: haciendo cursos y viajando. No había libros en la ecuación. Un libro era un objeto más de entretenimiento, un medio de almacenamiento de información arcaico, una forma de aprender de algo que te obligaba a estar en silencio, concentrarte, apagar el móvil, desconectarte de tu red. Algo difícil de integrar en la cotidianidad y que no reportaba beneficios claros salvo en algún caso concreto. Algo para lo que siempre había alternativas más breves y fáciles si querías saber qué era algo.

No se le había ocurrido y nadie le había dicho, tras una carrera superior y un master, que los libros -salvo las enciclopedias y los diccionarios- rara vez sirven para saber algo concreto sobre un tema. Sirven, ante todo, para descubrir qué deberíamos aprender y cómo podemos relacionar unas cosas con otras. Nadie les dijo algo que para el sesentayochismo pedagógico es pura herejía: que el entender las cosas a la primera no es un derecho… a no ser que queramos quedarnos en la superficie de las cosas y ser fácilmente conducidos por quienes tienen acceso a la comunicación de masas y crean modas y agenda pública.

Los libros no sirven para saber algo concreto sobre un tema, sino para descubrir qué queremos y debemos aprender

Para mi fue un descubrimiento. La cuestión es: cómo se lo explicamos a todos aquellos que como ella, aun tienen que descubrir que si les interesa de verdad algo, no basta con leer la misma vulgata copipasteada una y otra vez de web en web, de enciclopedia en Wikipedia, sino que merece la pena pararse y leer de verdad. Aunque haya que desconectar el móvil por unas horas cada día. Porque al final, una sociedad sin lectores de libros, sin una masa crítica de personas preocupadas diariamente por saber de dónde vienen las cosas, es una sociedad fácilmente manipulable, un patio colegial en manos de aquellos pocos que controlan y destruyen las definiciones y la memoria.

Una sociedad sin lectores de libros es una sociedad manipulable, en manos de los que controlan las definiciones

«Para qué sirven los libros» recibió 8 desde que se publicó el Viernes 7 de Abril de 2017 dentro de la serie «» . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por David de Ugarte.

Comentarios recibidos en este post y unidos a la discusión global de todos a través de la Matriz, nuestro espacio conversacional.

  1. Imagen de perfil de Juan Ruiz Juan Ruiz dice:

    Yo me identifico contigo totalmente, siempre me llamaron “ratón de biblioteca” y mi cultura procede fundamentalmente de los libros. No puedo vivir sin ellos. En las discusiones sobre cualquier tema siempre ofrezco y pido bibliografía. Pero quizás sea porque tengo hijos que crecen tal y como tan acertadamente lo has diagnosticado en este artículo que ya he difundido entre amigos e hijos, intento hacer un esfuerzo enorme por intentar ver algo positivo en esas nuevas maneras de obtener conocimiento, de ser capaz de apreciar elementos, técnicas, recursos, etc. que usados en otros contextos, o de otra forma o en coalición con otras herramientas nos permitan conocer mejor y responder mejor al mundo en el que vivimos y en el que van a tener que vivir ellos.
    Por esto quizás no puedo dejar de preguntarme insistentemente si no estaremos en un momento de cambio y si nuestra postura al respecto no será un poco defensiva y poco proactiva.
    En algún artículo escribí que mi objetivo al correr o al leer no consistía sólo en batir marcas o almacenar conocimientos, sino que era como “correr para correr mejor, leer para aprender a leer mejor”.
    Pero yo recuerdo que incluso cuando era joven siempre estaba con gente mayor, y que ya entonces la lectura en mi generación apenas se realizaba, a menos que fuera con una utilidad concreta para aprobar, saber de una materia, etc., pero no por el puro placer de leer o de conocer mejor lo que nos rodea, por una pura inquietud vital, intelectual o ética o política. Y digo esto porque la socialización en la lectura, como dices, es lo más importante, esos signos de identidad y de afectos de grupo que se concita entre las personas que comparten lecturas. Por ello en los itinerarios es tan importante no sólo los libros, sino el efecto de socialización o comunidad que hemos de intentar impulsar en torno a las lecturas.

    • Efectivamente, cuando se masificó la lectura seguramente se hizo sobre los argumentos equivocados (los fines concretos) y cuando esa socialización del libro que conocimos desapareció generacionalmente, la edad de la gente que ves leyendo en el metro (que sigue siendo muchísima) subió. Recuperar esa identidad social de la lectura, tan lejana de la modestia cristiana, tan snob a veces, podría ser una buena cosa. Lo que no sé es si valen para eso nuestras tertulias… sería más bien el post-tertulia. Va a ser interesante ver como surgen formas de socialización a partir de ahí…

  2. Precioso post! Sólo me gustaría apuntar que el disfrute que describes en los primeros años de lectura puede continuar hasta el fin de los días. Vamos, que no hace falta estar utilitariamente buscando aprender nada cuando se lee, que de eso va en gran parte la cultura.

  3. Comparto este post con mis hijos adolescentes con mucho interés por debatirlo con ellos.

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