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Para qué sirven los mitos

Los mitos sirven para crear cohesión social de un modo abierto y sin imponer una homogeneidad forzada. El mito descubre su potencia cuando es creado colectiva y conscientemente, cuando es expresión de una comunidad madura y soberana de sí misma.

Para entender para qué sirven los mitos hemos de comenzar por descartar algunas confusiones, entender qué son los mitos y comprender el contexto en el que aparecieron desde la Antigüedad hasta hoy.

Qué no es un mito

  1. Un mito no es una creencia falsa. Cuando por ejemplo pinchamos en un enlace que se titula «Cinco mitos sobre la Sharing Economy» lo normal es que encontremos un post que debería llamarse «Cinco mentiras de la Sharing Economy». Esta acepción del mito como error o mentira, muy acendrada en inglés y que se refuerza ahora en nuestro idioma por las malas traducciones, es un resto de la enconada lucha de la Iglesia medieval contra la permanencia de los sistemas de creencias y valores del mundo Antiguo que trataba de desacreditar. Propaganda. Ya es hora de dejarla atrás.
  2. La acepción de mito como creencia falsa es un resto de la lucha cristiana contra los valores de la Roma antigua
  3. Un mito no es alguien muy admirado. Llamar «mitos» a personas muy reconocidas es otra acepción que confunde más que aporta. De nuevo nos viene reforzada por las traducciones del inglés y también tiene un elemento común con la anterior: la asociación del mito con la adoración supersticiosa y la irracionalidad.

¿Qué es un mito?

  1. Ante todo un mito es un cuento. No aspira a contarnos una realidad histórica ni científica. Su criterio de verdad es el de la literatura: pretende ser «verdadero» no porque cuente cosas que «realmente» pasaron sino problemas a los que nos enfrentamos y descubrir en ellos modelos de comportamiento moral.
  2. Por esa razón el mito es siempre alegórico, nos está tratando de transmitir actitudes y valores a través del relato de unos personajes más o menos verosímiles o fabulosos.
  3. Por lo mismo es intencionado. Nos cuenta algo por alguna causa. Nos quiere situar ante un problema determinado que refleja problemas cotidianos de fondo a los que se enfrenta una sociedad o una comunidad determinada.
  4. Lo que el mito refleja de esa experiencia comunitaria no es tanto una solución como un problema. El mito es dilemático, el protagonista se enfrenta a alternativas.
  5. Que nos presente alternativas no quiere decir que nos diga qué hacer en cada momento o que solo reconozca una única manera correcta de hacer las cosas. Una de las características más importantes del mito es que es interpretable de diferentes maneras dentro de un determinado conjunto de valores. Los mitos no tienen «moraleja» fácil o evidente.
  6. Por eso, a diferencia de la fábula o la literatura moralizante, el mito es complejo. Si tomamos por ejemplo el ciclo de Mitra y lo descomponemos en pequeños relatos con sentido propio, los «mitemas», el resultado es una superposición de actitudes, situaciones y resultados en los que algunos mitemas se repiten y otros resultan contradictorios entre sí. Ese carácter complejo y abierto no es un error, es lo fundamental del mito.
  7. Es precisamente a través de los dilemas y la complejidad como nos transmite un conjunto de valores. Por lo mismo, si no los conocemos previamente, nos resultará difícil entenderlo. Y es que lo que da sentido al mito es la experiencia de una comunidad determinada. El mito «vive en la conciencia comunitaria» y fuera de la experiencia de esa comunidad dejará fácilmente de tener un sentido evidente.
El mito es un cuento que plantea dilemas a las actitudes y valores de una comunidad, es interpretable no moralizante

Religio vs Religión

A partir del siglo IV nuestro mundo, el mundo Mediterráneo, sufrió un choque y un cambio brutal: la implantación de una religión de estado monoteísta. El culto elegido por los gobernantes imperiales, el cristianismo, hasta entonces solo había sido practicado por una pequeña parte de la población, posiblemente entre el 2 y el 4% de la población total del Imperio Romano. Lo que es más importante y chocante aun, el cristianismo no se fundamentaba en un sistema de creencias con raíces comunes a las que hasta entonces habían fundamentado la convivencia y la organización social, sino en las tradiciones y valores de un pueblo de pastores del extremo oriental del Mediterráneo. El cambio fue tan brutal y rápido que son muchos los que hablan de un «cambio de civilización» aunque otros ponen el énfasis en los innegables elementos de continuidad. A fin de cuentas, si estos no hubieran existido, por brutal y sangrienta que hubiera sido la imposición política de la nueva religión -y ciertamente lo fue- no hubiera podido consolidarse.

sierpes y cristianosConstruir esa continuidad fue una estrategia consciente de los gobernantes políticos y los dirigentes cristianos. Se «tradujeron» fiestas y símbolos. Saturnalia se convirtió en Navidad; el Shabbat se «corrió» al Domingo, día del Sol Invicto; las Isis lactantes pasaron a ser «vírgenes de la leche»; los jefes cristianos empezaron a usar los sombreros de los «pater» mitraícos, la famosa «mitra»; el anagrama de Cronos -que simbolizaba el ciclo del tiempo con sus dos primeras letras, una jota (X) y una erre (P) griegas- se convirtió en el primer gran «logo» de la nueva religión, el Crismón, por la coincidencia con las letras iniciales de «Jristos», Cristo. Y lo que no es menos importante, los oscuros conceptos de la teología judía comenzaron a reinterpretarse en lógica greco-romana. El empeño tuvo a veces resultados chocantes. Por ejemplo, María, para poder ser aceptada como madre de un dios, tuvo que convertirse en virgen en el momento de la concepción pues en ningún mito clásico un dios había tenido relaciones sexuales con una mujer que no lo fuera.

Es de sobra sabido que el ascenso cristiano supuso el asesinato de decenas de miles de personas, tal vez centenares de miles, en una época en la que la población total del imperio rondaba los 18 millones y que destruyó templos, bibliotecas y conocimientos con mayor efectividad que ninguna invasión o plaga, pero se ha valorado poco hasta qué punto destruyó también el lenguaje en su intento de adaptarse y al mismo tiempo malear el pensamiento civilizado de aquellos siglos. La «fides» romana -el valor de la palabra dada- pasó a convertirse en «fe» opuesta a la razón. La «virtus» -coraje y superación personal- en «virtud» asociada a la devoción y el comportamiento sexual canónico. La «pietas», respeto y dedicación a la familia y la tribu, en «piedad» cristiana es decir en exacerbación supersticiosa del culto. «Sacer», generador de significado, se convirtió en «sagrado», es decir en sobrehumano e incuestionable bajo la nueva ideología de estado. Y, como no podía ser de otra manera, la «religio» se convirtió en «religión» con todas las connotaciones que la palabra tiene para nosotros.

La imposición del cristianismo no solo destruyó personas, templos y conocimiento sino sobre todo significados

La «religio» en la Roma clásica, implicaba una obligación jurídica ligada a la pertenencia a la comunidad consistente en honrar simbólicamente aquellos valores que constituían la base de la convivencia. El concepto mismo de divinidad estaba muy alejado del cristiano. Mientras los cristianos creían en un dios que «existía realmente» y que intervenía de forma directa y personal en el curso cotidiano de los acontecimientos. Para los romanos los dioses, si tenían existencia real más allá de la que tiene un personaje de ficción literaria, era como alegorías que podían inspirar los actos de las personas. Por eso se podían «divinizar» de la nada ideas o personas. Como escribe Cicerón:

Es conveniente también divinizar las virtudes humanas como la Inteligencia, la Pietas, la Virtus y la Fides. En Roma todas estas virtudes tienen templos consagrados oficialmente, de modo que aquellos que las poseen (y ciertamente las poseen los hombres de buena fe) creen que de esta manera los dioses se instalan en sus espíritus.

La mitología, la colección de las muy diversas y contradictorias historias de los dioses, formaba parte de este mundo alegórico, literario y al mismo tiempo poderosamente activo en la vida de las personas a través de los relatos, los símbolos y las ceremonias.

El mito forma parte del mundo de la «religio» que es muy diferente, si no opuesto, a lo que entendemos por religión

Para qué sirven los mitos

Hasta aquí hemos descubierto el mito como un relato abierto e interpretable que refleja y reproduce los valores de una comunidad alertando de sus dilemas. Como base de la cohesión de una comunidad, como respuesta a la pregunta «qué es lo que nos une» hay que reconocer que es un dispositivo muy sofisticado: da una respuesta igual para todos sin imponer homogeneidad, sin decirnos que solo hay una forma correcta de ser y hacer.

Los mitos sirven para crear cohesión social sin imponer homogeneidad ni negar la diferencia

Por supuesto, eso no es todo. Lo más importante es lo que está implícito: un conjunto de valores y una jerarquía de los mismos que no se pone en cuestión sino que se refuerza con el mito. Enki teme no encontrar un lugar para los diferentes, Mitra duda si sacrificar al toro, Mowglie teme dejar atrás la infancia y sus afectos… pero quien recibe el relato de Enki no duda en ningún momento de que la alternativa al orden social sea el caos, quien descubre los misterios de Mitra que el significado de la vida sea crear abundancia y los lectores del «Libro de la Selva» no se cuestionan si deberían rechazar la vida social para volver a la Naturaleza/infancia.

Las alternativas al mito

Las alternativas al mito hacen más débiles a cualquier sociedad o comunidad. La sustitución del mito por el dogma o la creencia política o religiosa limita la «normalidad» a una franja demasiado estrecha, demasiado homogénea. Se genera un conflicto irresoluble entre lo que los individuos hacen, sienten y piensan espontáneamente y lo que se les exige para reconocer su pertenencia a la comunidad. El dogma como articulador social solo se mantendrá mediante élites cínicas y brutales al mando de estructuras necesariamente disciplinarias y represivas en una cultura que se hará hipócrita para sobrevivir entre un deber ser increible y un ser miserable. Es la historia de todos los estados que se han pretendido «trascendentes» por hacerse instrumentos del cristianismo, pero también de las grandes maquinarias totalitarias del siglo XX, desde Franco a PolPot pasando por la dinastía «suche» norcoreana.

Por contra, la sustitución de un espacio de valores compartidos por un relato meramente racionalista de lo común al aplicarse a lo social se tornará una y otra vez utilitarista, llevando al descreimiento de lo colectivo y a la disolución de los lazos cohesivos entre los miembros de una sociedad. Como podemos entender ahora, esa fue la gran -e interesada- apuesta del neoliberalismo. Pero no es un caso único en la Historia. Los primeros grandes historiadores de la caída de Roma estaban convencidos de que esa había sido la «enfermedad» que había socavado el Imperio. Y más recientemente autores que van desde Nietsche a García Gual pasando por Strauss nos dicen que fue la puesta en cuestión de los mitos por los sofistas la que llevó al fin de la polis griega como comunidad libre y autosuficiente.

Las alternativas al mito como cohesionador -el dogma y el utilitarismo- son frágiles y problemáticas

Mitos y evolución social

Por eso no es de extrañar que los mitos formen parte de las dinámicas comunitarias «espontáneas». Todas las comunidades, en todas las sociedades y épocas, los han creado. Es una forma de compromiso entre los valores compartidos en un momento histórico por una comunidad y la diversidad irreductible de actitudes de las personas que la componen. Si las comunidades crean mitos es porque los necesitan para mantenerse cohesionadas sin volverse demasiado rígidas y represivas ni demasiado individualistas y descreídas en lo común. El mito la forma de responder al «qué nos une» que permite, dentro de un campo de valores compartido, una mayor diversidad de actitudes e ideas. Y es esa posibilidad de la interpretación alternativa la que explica la otra gran ventaja del mito como cohesionador social: reinterpretarlo es fácil y eso es clave para poder evolucionar.

Los mitos facilitan la evolución social al estar abiertos a la reinterpretación

Mitos y soberanía

El ámbito de convivencia y valores comunes que describe un mito no es ningún secreto. Cada sociedad y comunidad tiene relativamente claros los suyos. Por eso aparecen continuamente nuevos relatos que aspiran a convertirse en mitos. Algunos nacen en la literatura -¿quién duda que «El viaje a Icaria», «Estrella Roja», «Animal Farm» o «1984» sean propuestas de mitos socialistas?- otros nacen de la evolución de verdaderas «leyendas urbanas» o interpretaciones populares más o menos auténticas de hechos de actualidad -como fue el relato sobre Isaac Peral en la España del cambio de siglo. Pero la verdad es que la mayor parte de los nuevos mitos se crean a partir del reciclaje de relatos anteriores.

Durante el siglo XIX por ejemplo, los padres de la mayor parte de los nacionalismos europeos reutilizaron y reinterpretaron cuentos y prácticas moribundas de la ruralidad para crear arquetipos e historias, inventar tradiciones y secularizar ceremonias y ritos de paso hasta entonces monopolio de las estructuras religiosas y dinásticas que dominaban el Antiguo Régimen. El problema es que solo los próceres patrios, si acaso, sabían hasta qué punto era invención lo que estaban construyendo. La legitimación del mito dependía de su verosimilitud histórica precisamente porque contradecía la memoria de los contemporáneos, así que los mitos nacionalistas aparecerán como argumentaciones históricas que una vez apoyadas por recreaciones literarias (obras de teatro y novelas), imágenes (pintura «histórica» que idealiza el relato) ganarán -aunque no siempre- en lugar común y celebraciones más o menos rituales. Solo entonces, cuando ganaron base social, pudieron convertirse en operativas social y políticamente.

Pero la «mitopoiesis» -la creación de mitos- no se limita ni al autor individual literario, ni a la falsificación histórica con objetivo político, ni a la leyenda urbana incontrolable. También es posible dar forma a historias y relatos sobre lo común en común, de forma abierta y consciente. Sirve entonces para delimitar en el seno de una comunidad los valores compartidos, sus límites y su alcance de una manera mucho menos rígida y con un espíritu muy diferente al de la elaboración de normas. En ese caso es cuando el mito alcanza su mayor potencia, porque cuando una comunidad es capaz de dar forma abierta y conscientemente a sus propios mitos, está demostrando no solo madurez, sino soberanía sobre sí misma, capacidad y dominio sobre las condiciones de su propia existencia.

Una comunidad es soberana y madura cuando sabe dar forma abierta y conscientemente a sus propios mitos

«Para qué sirven los mitos» recibió 6 desde que se publicó el sábado 18 de marzo de 2017 dentro de la serie «» . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por David de Ugarte.

Comentarios recibidos en este post y unidos a la discusión global de todos a través de la Matriz, nuestro espacio conversacional.

  1. Fantástico post, con muchas ideas importantísimas que no son fáciles de encontrar. Sobre todo, esta idea de que lo que posibilita la pluralidad de valores es la pluralidad de mitos, es decir, el politeismo. También esa idea que Durand decía que era lo más importante en la época actual, en el que el mito está completamente desprestigiado, mientras campa a sus anchas en la era conectada y audiovisual. Dijo que si las personas racionalistas/ateas no redescubren el mito, van a dejarlo en manos de (dijo literalmente) “remitologizadores de opereta” como Hitler, lo que ya hemos comprobado que tiene unas consecuencias terribles.

    Copio algunas frases de Durand que complementan esta función de la imaginación, y por extensión, de los mitos:

    “La realidad que emerge a su nivel (el de la imaginación) es la creación la transformación del mundo de la muerte y de las cosas por su asimilación a la verdad y la vida”

    “La razón y la ciencia sólo vinculan a los hombres con las cosas, pero lo que une a los hombre entre sí, en el humilde nivel de de las dichas y las penas cotidianas de la especie humana, es esa representación efectiva por ser vivida, y que constituye el reino de las imágenes”

    Sobre el tema de la mitopoiesis, algunos apuntes rápidos.
    La potencia del mito/símbolo es la apertura a ser (re)interpretado una y otra vez, para dar nuevas ideas, Dice Durand:

    “Lejos de anteceder a la imagen, la idea no sería más que el comrpomiso pragmático del arquetipo imaginario en un contexto histórico y epistenmológico dado”

    Recordad también lo que hablamos de que los mitos se van sucediendo en las sociedades justo porque se van racionalizando, y por tanto perdiendo perdiendo su apertura radical. Los mitemas se tornan sintemas, los símbolos ambivalentes en signos unívocos. Por eso dejan el espacio a nuevos mitos y nuevos remitologizadores, de opereta o no. Pero nos confundamos en este punto: los que impulsan un nuevo mito ante el desgaste del previo son vehículos del mito emergente, no son su causa. Durand los bautizó como “operadores sociales”. Qué sea un mito u otro, de un régimen simbólico y otro, dependerá de esa dialéctica entre las intimaciones provocadas por las condiciones materiales y tecnológicas del entorno, y las pulsiones reflejas de las personas. Cuando uno mira la secuencia de mitos que han conquistado nuestras sociedades, no hay patrón; la teoría que mejor permitía interpretar esa secuencia que encontró Durand fue justamente la Teoría de las Catástrofes del matemático René Thom (una de las tres C que mencionó Juan Urrutia), que no tenía capacidad ni pretensión predictiva, solo interpretativa. La sucesión de mitos son el magma de la imaginación radical de la que hablaba Castoriadis. Por decirlo de otra forma, los hackers son operadores sociales de Hermes, no los que lo han traído.

    Por otro lado, los mitos están también (¡sobre todo!) operando allí donde nuestra conciencia clara no alcanza. Por eso hay que hacer una intrepretación de nuestras narrativas, imágenes incluso sueños, con eso en mente. La mitopoiesis consciente tiene un límite; por eso es tan importante, por usar una expresión preciosa de Nietzsche, “chapotear en las imágenes”, y entrar en relación consciente, pero no de razón instrumental sino afectiva, con ellos y sus ambivalencias. Sería un gran paso para vosotros avanzar en ese campo, aunque lo que hacéis ahora para mi ya os convierte en una comunidad muy muy sofisticada. Yo veo por ahí bastantes mitemas de Poseidón y de Moisés… que junto con el de Mitra nos empezarían a dar una idea del politeísmo indiano, de su politeísmo efectivo…

    • Guau!!! Gracias por las referencias y las ideas!!! Vamos a explorarlas!

      • Me alegro que os resulten ideas estimulantes para seguir explorando. No es fácil porque obliga a enfrentarse a los mitemas que reprimimos, es todo un trabajo de “individuación” comunitaria. Sobre el mix que sugiero tomadlo con precaución porque hablo de olfato, que aunque no lo tengo malo, no es lo mismo que un análisis comme il faut. Pero ahora me daba cuenta de que es un mix muy parecido al veneciano del renacimiento, una época que tanto os atrae. Sería interesante que el Mitrairco fuera efectivamente el central en vuestra comunidad porque al ser el sintético es el que daría estabilidad en el tiempo. No lo conozco mucho, pero es del mismo régimen simbólico y como nos ha llegado parece más “hermético” que el propio Hermes. Divertido que, anecdóticamente, compartan algún mitema aislado (¡como el robo de ganado!), pero esa capacidad de conciliar contrarios, es decir, esa reconversión de un dios que era claramente heroico y del que conserva tantos símbolos diurnos, es fascinante y supongo que tiene que ver mucho con el momento en el que apareció. Sacaré un rato para revisar la tabla que hicisteis, que me quedó como tarea pendiente, y leer el post me lo ha recordado.

        • De los mitos del ciclo mitraico creo que la tauroctonía es lógicamente el más celebrado, pero el más potente, el que se nos ha metido en los tuétanos (a nuestra cultura, no solo a los indianos) es el de «sacar agua de las piedras»… y no de cualquier forma (magia o similar) que es lo interesante sino con una idea que atraviesa el pensamiento tecnológico europeo: la precisión, la agudeza que no pretende ser ingenio. La metáfora es preciosa y si te fijas está presente cotidianamente.

          Respecto al mito mosaico de la huida al desierto… es cierto que se parece en algunas cosas al mito del barco (que en la Edad Media toma la forma de San Borondon pero tiene sus versiones árabes, venecianas, etc.) pero no es el mismo en absoluto. Al final está relacionado con Neptuno como bien apuntas (Neptuno es ahí metáfora del mercado, de un mundo inestable o en descomposición, etc.): una comunidad en el frágil cascarón de un barco común aprendiendo a jugar con los vientos para sobrevivir a los caprichos de un medio peligroso. Aparece de nuevo la precisión, el valor del conocimiento… y también la abundancia (la pesca) y los peligros de la atracción desmedida por el conocimiento (las sirenas) que sin duda es en nosotros un mitema reprimido pero presente (seguro que viste mil barcos en nuestros logos, del Correo a Garum, pero ¿viste alguna sirena?) 🙂

Pingbacks recibidos desde otros blogs

  1. […] Pero necesitamos más, necesitamos una «ciencia ficción de la abundancia» que nos provea de los mitos que nos permitan construir juntos un mundo […]

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