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Economía del conocimiento o «patriotismo económico»: Un dilema ¿francés?

En Burdeos, asistimos a la escenificación del debate sobre la estrategia de marca país en Francia. El sector productivo se enfrenta a la disyuntiva de avanzar hacia un posicionamiento de marca que refuerce los elementos de mayor valor añadido.

vinsUna de las áreas de debate durante las jornadas de la industria en las que participamos en Burdeos fue la estrategia de marca país. Francia es uno de los ejemplos más claros en la construcción de una imagen de reconocimiento global. Desde el turismo, donde Europa es igual a París, a la gastronomía, cosmética, moda o industria. El esfuerzo de las instituciones durante el último medio siglo se ha centrado en la asociación directa entre un producto y el país consiguiendo una connotación positiva y justificando en muchos casos, precios más altos en honor a la supuesta calidad inherente al hecho de ser francés.

De ahí que bajo todo el debate estuviera la pregunta, ¿qué significa que un producto sea francés? y ¿puede ser considerado como tal algo que no está físicamente hecho en el país?. El punto de reflexión de la mesa estaba en si había llegado el momento de dejar atrás el «made in France», para comenzar a plantearse un concepto de marca que respondiera a la actual lógica de producción que pone en valor los elementos de mayor valor añadido. Participaban, Philippe Lentschener, presidente de la marca Francia, Agnès Paillard, vice-presidenta de innovación de EADS, Alain Cadix, responsable del proyecto presidencial «Mission Design» para el reposicionamiento productivo, representantes de la industria audiovisual y cámaras de comercio, entre entre otros.

La propuesta de ir hacia un «made by», respaldada por la industria competitiva, responde a la estrategia de situarse en los segmentos de mayor valor añadido en el proceso de producción: software, diseño, marketing, publicidad… poniendo el foco en industrias creativas y en la economía del conocimiento. Entendiendo que la fabricación «material» se irá trasladando por distintos puntos geográficos en función de las condiciones económicas que permitan una mayor competitividad en el precio final.

En la defensa del «made in», se colocaban los productores industriales clásicos no competitivos. Sectores que en el caso de bienes no dirigidos al consumidor final se enfrentan a un problema añadido: el no poder apelar al patriotismo económico. Los artículos de alimentación se pueden vender a un precio más alto en el mercado interno porque simbolizan origen e identidad y porque las regulaciones medioambientales y sociales garantizan algo relacionado con el conjunto de significados que el consumidor compra con el producto, es decir, pueden asociarse a la calidad. Sin embargo, no pasa lo mismo en productos orientados a la industria como la máquina herramienta, donde el precio es el factor esencial en la decisión de compra y la calidad se estima en datos objetivos de aporte a la producción.

Paradójicamente, sectores industriales como el farmacéutico (Burdeos es la base de la mayor industria farma-veterinaria de Europa, manteniendo la producción material de los medicamentos), se definen en términos del primer modelo considerando el I+D como su máximo valor. Caso en el que también se sitúan grandes empresas como L’Oreal, de la que pese a haber externalizado gran parte de su producción en Argentina, nadie duda de su carácter francés. Y no sólo, sino que se está demostrando que el mantener y captar los centros de decisión de las empresas compensa la pérdida de empleo de la deslocalización, a través de la creación de un tejido de centros de i+d y servicios inmateriales capaces de generar riqueza y bienestar (pagando además elevados impuestos como los franceses). Todos se mostraban de acuerdo en el éxito que para Francia había supuesto esta estrategia.

Sin embargo, productos industriales situados en tecnologías medias, poco competitivos con la creciente llegada al mercado de fabricantes chinos o coreanos, son percibidos en realidad como un peso para el Estado, obligado a mantener un esfuerzo en habilitar recursos al margen del mercado que hagan viable la producción local.

Alcanzado el consenso de mantener el bienestar social por encima de todo, el reto, la salida hacia el futuro, se centró en la orientación de la industria hacia el I+D, el diseño y tecnología. Un diagnóstico que bien puede ser trasladado al tejido productivo de Euskadi o España. Ello requiere un impulso en el terreno digital -ámbito en el que curiosamente se sienten atrasados en Francia.

Economía del conocimiento y nueva economía industrial tienen un largo camino por recorrer. Una buena noticia es, que al menos comienzan a conversar. La creación de espacios donde se de una interacción permanente entre empresas de servicios de alto valor añadido a la industria y agentes industriales, puede suponer en este marco, el elemento clave para la configuración del sector productivo a medio plazo. Y esto, es algo que sucede ahora, que ya está en proceso en Francia, y que tiene la capacidad de modificar el gris futuro que todos parecen dar por sentado a este lado del Pirineo.

«Economía del conocimiento o «patriotismo económico»: Un dilema ¿francés?» recibió 0 desde que se publicó el Domingo 22 de Septiembre de 2013 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por Natalia Fernández.

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