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Pesadilla antes de Navidad

Yo me posiciono del lado de las almejas a la marinera.

Coincido plenamente con mi columnista favorito. Cuando llega la Navidad, el mundo se divide entre los que la aman y los que la odian, sin dejar espacio para aquellos que ni fu ni fa, que ni la maldicen ni esperan ardientemente su llegada, que simplemente la aceptan sin aspavientos disfrutando de la comida y los regalos e intentando estresarse lo menos posible por sus exigencias.

Por ejemplo, tener una excusa para gastar 60 euros en un puñado de percebes puede parecer absurdo, pero yo creo que es algo fantástico. Si no existiera la Navidad, muchos no encontrarían nunca el momento de hacer semejante gasto solo para sentir durante unos instantes como sabe el mar solidificado. Siempre que no haya que pedir un crédito al banco hay que hacer ese tipo de cosas de vez en cuando. Hasta los médicos lo recomiendan.

Dentro de la división de amantes y enemigos de estas fiestas, hay a su vez subdivisiones. Los que odian la Navidad, en algunos casos lo hacen por rechazo al consumismo o a la religión. La Navidad es una celebración cristiana que además la Iglesia robó a los paganos, llenándola de vírgenes, niños Jesús y lavanderas esclavas. Estos claman por el reconocimiento de que Jesús no nació el 24 y por la colectivización de los pastores de Belén. A mi también me fastidia la invisibilidad del dios Sol y el hermoso significado de su muerte y resurrección, usurpado de mala manera por un bebé con dorados horteras, pero las grandes celebraciones que hunden sus raíces en el inicio de la agricultura (y por tanto de la civilización) por un lado serán deseadas y reivindicadas por todos y por otro nunca se podrán robar completamente. Lo de la fecha me parece perder el tiempo, no vamos a cambiar nada por demostrar que la historia se adapta por conveniencias.

Luego están los enemigos del consumismo navideño y la pérfida influencia de Papa Noel, símbolo del imperialismo anglo, que tiene hasta una fábrica de juguetes en el Polo Norte (en vez de robarlos como hacen los Reyes Magos). Yo de nuevo no tengo preferencias en cuanto cual debe ser la figura escogida para traer los regalos pero sí creo firmemente en las bondades de la diversidad y la libertad de elección. Los regalos, sean para niños o adultos, han de ser bienvenidos vengan de donde vengan.

Los anglos hacen muchas cosas bien y una de ellas sin duda es haber convertido la Navidad en una fiesta de luces, abundancia y belleza. Porque gracias a ese género tan polémico de las películas de Navidad, hemos disfrutado los últimos años de historias más o menos ñoñas pero que nos demuestran que la Navidad puede tener estilo y glamour, desde las decoraciones de tiendas y hogares, hasta el papel de regalo pasando por las canciones navideñas que pueden ser (oh sorpresa) algo melodioso y armónico, con cantantes adultos y letras soportables. Por eso triunfa el modelo anglo de la Navidad. La gente necesita glamour, alegría y belleza aunque solo sea para pasear entre ella, necesita tiendas abarrotadas de objetos bien diseñados y expuestos, paquetes perfumados decorados con pétalos de rosa y confeti plateado. Eso nos hace felices y si llenar a nuestro entorno con regalos y explotar a base de centollos, jamón ibérico y cordero asado es consumismo, bienvenido sea, porque el alma lo necesita aunque sea una vez al año.

También están los que odian la Navidad por que obliga a la celebración de reuniones familiares terriblemente cercanas a una sesión de tortura colectiva que para superarse necesitan mucho alcohol, sesión doble de terapia y en los peores casos un abogado criminalista. Suele ser el caso de familias disfuncionales, de la inconveniencia de juntar en una mesa con cuchillos afilados diferencias políticas irreconciliables y en general de la descomposición social.

La solución es difícil porque aparentemente lo único que se puede hacer es renunciar y no acudir a la dichosa cena, y siempre hay alguien en el grupo familiar que sabemos que no renunciará nunca y al que no queremos dejar a su suerte. Quizá sea un nuevo caso de análisis del umbral de rebeldía pero creo que es mucho más complejo y que operan compromisos y sentimientos cruzados, dinámicas de dominación y control social, que tienen mucho que ver con el enfrentamiento entre la familia nuclear y la familia extendida, con los síndromes del nido vacío y con los nuevos modelos familiares, que hacen necesaria una sufrida elección entre dos cenas de Nochebuena o entre cenar «en familia» y celebrar las fiestas en una playa del Caribe.

Lo que sí tiene solución y aún así afecta negativamente al estado de ánimo son los niveles de estres que generan las reuniones navideñas. Por favor, luchemos contra ello. No se acaba el mundo porque una gamba esté mal puesta, no pasa nada por empezar a cenar media hora más tarde y si a la prima Marga no le gusta el regalo que lo cambie. Ante todo mucha calma. Si estamos de acuerdo en que lo importante es juntarse, que sea para pasarlo bien y no para impresionar a las cuñadas o hacer heroicidades como cocinar cincuenta platos en una tarde, con diez o doce está perfecto, el trabajo se puede dividir y el menú se puede cambiar para mayor comodidad de los cocineros.

Otra cosa importante: Que la Navidad sea una celebración supuestamente familiar y anual supone que hacemos un esfuerzo económico y logístico especial esos días, no que guardemos todos los reproches del año para los postres. Estropea las exquisiteces de la mesa, hace subir el alcohol a la cabeza, produce aún más indigestión y sobre todo un rencor innecesario.

Creamos en el Niño Dios, en Marx o en los dioses antiguos, no somos inmunes al calendario. La Navidad es un cambio de ciclo, un ajuste y un momento de parada y reflexión. Debemos sacar lo mejor de ello y de nosotros mismos y no descargar frustraciones en el pastel de pescado o el espumillón y mucho menos aprovechar para ajustar cuentas, poner a prueba a nuestros familiares y ensayar tragedias griegas.

Parece que defiendo la Navidad y me pongo por tanto de lado de sus amantes, pero no es el caso. Yo solo me posiciono del lado de las almejas a la marinera.

Reconciliémonos con la Navidad. Comamos hasta reventar, innovemos con la cocktelería, veamos Love Actually, la mejor comedia romántica de todos los tiempos y recordemos sus mejores escenas para el momento en el que esa cuñada de lengua bífida se meta de nuevo donde no le llaman. Otra opción es echar valium en la sopa de pescado, pero le va mejor el coñac.

No olviden leer el editorial de Navidad de Las Indias. Zorionak a todos!

«Pesadilla antes de Navidad» recibió 2 desde que se publicó el Lunes 17 de Diciembre de 2012 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por María Rodríguez.

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