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Politeismo hoy

La gran pregunta religiosa es si hay un único principio de verdad social o si por el contrario hay varios. En este debate la creencia de cada cual no es relevante. La asunción de ceremoniales, antropomorfizaciones, relaciones personales etc. hace a la superstitio -las creencias no racionales y revelaciones de cada cual- que no debe ser confundida con el debate fundamental y universal sobre la religio.

Puede dejarse por implícito, pero la posición en este debate siempre está presente en cada discurso. En este debate podemos definirnos como agnósticos -saber que nuestros principios generan verdad social, pero no saber si los de los otros lo hace. Lo que nunca podremos es definirnos como ateos, pues sería simplemente un sinsentido. Por ejemplo, los neocons son tan monoteistas, creen sinceramente y de manera tan exclusiva que sólo existe un principio de verdad social válido, que desprecian toda representación particular y todo ritual cohesivo. Hay que decir que tampoco pretenden ni mucho menos prohibir los distintos cultos, de hecho los ven útiles para la cohesión social, pero sienten ajeno cualquier credo particular o liturgia. Se llaman ateos, pero en realidad son iconoclastas.

Para el politeista existen distintos principios de ordenación social, todos igualmente generadores de significado, es decir sagrados (sacer), generadores de verdad social. Esos principios pueden materializarse o incluso antropomorfizarse en distintas formas o símbolos. Las comunidades que los toman como rectores relatan sus conflictos y equilibrios mediante mitos o mediante eso que el nacionalismo llamó Historia de los pueblos.

El objetivo es que la cesta de valores comunitarios se reafirme en cada miembro. Algo realidad no muy diferente del politeismo clásico, pues como nos aconseja Cicerón:

Es conveniente también divinizar las virtudes humanas como la Inteligencia, la Piedad, el Coraje, el compromiso con la palabra dada (“Fides”). En Roma todas estas virtudes tienen templos consagrados oficialmente, de modo que aquellos que las poseen (y ciertamente las poseen los hombres de buena fe) creen que de esta manera los dioses se instalan en sus espíritus.

Los ceremoniales de la cohesión son en realidad celebraciones de la identidad que buscan vivificar la fraternidad desde la exaltación de los valores y equilibrios de esa cesta de generadores de significado que diferencia a una comunidad de las demás.

En la religión civil todas las grandes ceremonias de la democracia representan algo parecido. Sin embargo la naturaleza del nacionalismo, la definición de la nación como constituyente de los nacionales, identifica mucho más los modernos ceremoniales del estado con un monoteismo difuso donde una única verdad omnisciente genera, como una manifestación particular y derivada, cada faceta de la vida social. Por eso los Scouts llevan detrás genitivos como de Catalunya, la radio es nacional de España y el examen sobre cultura general y particularidades del Liceo se llama de Civilización Francesa.

Pero en una realidad en la que las identidades emergen sin respetar fronteras, la centralización de valores en la nación se rompe en una explosión de diversidad protagonizada por una miriada de comunidades que erigen sus discursos y sus propias cestas de valores, esto es sus mitologías y panteones. Entramos en la postmodernidad.

El ethos politeista

El politeista concibe la realidad social como un mar de flores. Cada flor, cada comunidad, ordena y selecciona su panteón de una manera propia con la que intenta alcanzar un equilibrio de valores, una Pax Deorum particular que no es otra cosa que el fundamento inestable de su cohesión interna: la definición de esa identidad que surge de la interacción social a condición de que la segregación, la formación de comunidades diferenciadas, sea posible.

También entiende que nunca es posible armonizar completa y automaticamente los valores. Seguramente ni siquiera sea deseable. El conflicto entre los distintos princios de verdad está siempre latente y en realidad es inevitable, es el motor perpetuo de lo social. Los dioses inevitablemente andan siempre de trifulca precisamente porque no hay, no ha habido hasta ahora, un único principio de verdad aceptado siempre y por cada uno.

Pero en cualquier caso el conflicto no es un precio a pagar por la diversidad, es una precondición para que se afirme. La diversidad existe precisamente porque todas esas verdades y jerarquías son legítimas, son verdades generadoras de significado.

El conflicto social y político no tiene nada que ver con la verdad, con llevar razón, aunque muchas comunidades y grupos humanos tomen como estrategia repetirlo y hasta salmodiarlo para ganar en cohesión antes y durante cualquier enfrentamiento. Fanatizar es instrumental y no hace menos verdad a los principios del contrario. El politeismo clásico era lúcido en eso: nunca pensó que los dioses del enemigo extranjero, incluso de las sectas antisociales, fueran falsos. Precisamente porque los principios de el otro eran generadores de realidad social, precisamente porque eran verdaderos, había que enfrentarlos primero e integrarlos después.

Muy spinozianamente, el equilibrio entre conflctos, la Pax tiene que ver nada más que con la capacidad de los sujetos para contenerse o imponerse unos a otros. El triunfo o la derrota no hacen más verdad al dios de cada uno. En la mirada politeista, sólo pervertidos oscurantistas pueden tener una “estética de la derrota” y sólo unos totalitarios bárbaros pueden tener una epistemología del triunfo político o militar.

No hay diversidad en uno

Seguramente la parte más difícil de entender del politeismo es que la diversidad no se produce desde una unidad ajena o superior. En términos de topología de redes: es incompatible con la centralización, porque no es fruto de la participación sino de la interacción.

Dicho más claramente: no se trata de crear un espacio diverso, se trata de construir sujetos sociales claros y autónomos, demos diferenciados y relativamente estables que no nacen de una gracia superior sino de la libre interacción de las personas. Construir muchos, cada uno el/los suyos. Nadie todos.

Juntarse a los propios, a los que tienen un criterio de verdad similar, no es reducir la diversidad sino todo lo contrario, es hacer la parte de cada cual en la construcción de los sujetos colectivos (comunidades) que la harán operativa y fertil. No todos los dioses caben en un único templo.

Luego puedes cambiar y moverte de una comunidad a otra, puedes poner una velita a un dios y una ramita a una diosa, pero para poder hacerlo los templos, los nodos, tienen que estar establecidos… cuando los dioses se confunden, los tiranos campan y la libertad personal es la libertad de aceptar la marginación y la soledad de una vida sin fraternidad.

Por eso, aunque uno no participe del sueño de un mundo de estatuas helenísticas y columnas corintias no debería temer decirse politeista si participa de una moral de la diversidad. El politeismo hoy no pertenece ni añora un mundo de templos y libaciones sino que es parte de un mundo de postmodernidad y conflicto distribuido en el que recordarnos siempre la legitimidad del otro es tan importante como saber enfrentarlo si alguna vez pretende imponernos sus valores. Por eso, como Juliano, debemos celebrar la diferencia ajena e incluso animar a quienes encontraron la fraternidad en ella aún cuando no participemos de sus valores:

Que nadie deje de creer en los Dioses, por haber visto y oído cómo algunos insultan sus imágenes y templos

«Politeismo hoy» recibió 0 desde que se publicó el Domingo 23 de Agosto de 2009 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por David de Ugarte.

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