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Por amor al Arte

Si realmente quiere trascenderse el Arte para crear una comunidad de emprendedores artesanos, o esta comunidad no es tal sino en realidad un mercado, un bazar, o si quiere ser verdadera comunidad tiene que pasar a funcionar como un Arte extendido -con la consiguiente disolución y pérdida de autonomía de las partes- para que su democracia tenga sentido y el amor al Arte sea tal y no impuestos.

Bajo la desconfianza ante el término mercado yace la idea de la existencia de una oposición entre mercado y comunidad, o al menos entre mercado y fraternidad. Esto es tanto como pensar que la libertad del mercado se opone a la fraternidad de la comunidad y la igualdad de su demos.

Por el contrario, la fraternidad surge, incluso historicamente en un dentro que sólo puede nacer en la libertad del mercado. Pirenne cuenta muy gráficamente hasta qué punto el concepto de fraternidad resultaba novedoso, incluso subversivo en el orden patriarcal feudal:

Entre todos estos hombres de igual profesión, igual fortuna e iguales anhelos, se crearon estrechos lazos de camaradería o, para emplear la expresión que aparece en los documentos de la época, de fraternidad. Se organizó en cada oficio una asociación benéfica: cofradía, charité, etc. Los cofrades se ayudaban los unos a los otros, se encargaban del sustento de las viudas y de los huerfanos de sus camaradas, asistían de forma conjunta a los funerales por los miembros de su grupo, participaban, codo con codo, en las mismas ceremonias religiosas y en las mismas celebraciones. La unidad en los sentimientos correspondía con una igualdad económica.

La organización del medio rural era patriarcal. La idea de poder parternal dejó paso al concepto de fraternidad. Los miembros de los gremios y de las carités ya se llamaban hermanos los unos a los otros y la palabra pasó de estas asociaciones, al conjunto de la población: Unus sveniat alteri tamquam fratri suo, afirma la keure de Aire, “que el uno ayude al otro como un hermano”

A pesar del tópico cristiano-medieval contra los mercaderes, que los representa como avariciosos, movidos exclusivamente por el afán de obtener lucrum, la fraternidad artesana, que estará en el centro de la democracia urbana, exigía muchas horas dedicadas al trabajo por el procomún, fuera para pagar gastos sociales o para participar en las distintas ceremonias y celebraciones. Es el trabajo que se hace por amor al Arte, pero no en el sentido renacentista de gusto por ejercer la técnica (Arte es un calco latino del griego τέχνη tecné), sino en el más profundo de amor y gusto por el trabajo no mercantilizado a la propia comunidad…

La importancia y el sentido de esta relación social dentro del Arte se entiende muy bien contemporáneamente en el famoso interrogatorio de Islas en la red:

-¿… una especie de directora de hotel?
-En Rizome no tenemos puestos de trabajo, doctor Razak. Sólo cosas que hacer y personas que las hacen.
-Mis estimados colegas del Partido de Innovación Popular podría llamar a esto ineficiente.
-Bueno, nuestra idea de la eficiencia tiene más que ver con la realización personal que con, hum, las posesiones materiales
-Tengo entendido que un amplio número de empleados de Rizome no trabajan en absoluto.
-Bueno, nos oocupamos de los nuestros. Por supuesto mucha parte de esta actividad se haya fuera de la economía del dinero. Una economía invisible que no es cuantificable en dólares.
-En ecus, querrá decir
-Sí, lo siento. Como el trabajo del hogar: ustedes no pagan ningún dinero por hacerlo, pero así es como sobrevive la familia, ¿no? Sólo porque no sea un banco no quiere decir que no exista. Un inciso, no somos empleados de, sino asociados.
-En otras palabras, su línea de fondo es alegría lúdica antes que beneficio. Han reemplazado ustedes el trabajo, el humillante espectro de la producción forzada, por una serie de variados pasatiempos como juegos. Y reemplazado la motivación de la codicia con una red de lazos sociales, reforzados por una estructura electiva de poder.
-Sí, creo que sí…, si comprendo sus definiciones.
-¿Cuánto tiempo transcurrirá hasta que eliminen enteramente el trabajo?

Pero es importante señalar que este trabajo no mercantil sólo es posible en la medida en que la comunidad esté previamente bien asentada en el mercado y por consiguiente tenga recursos como para poder valorar ese tiempo por encima de lo que el mercado ofrece. O dicho en términos económicos: ese trabajo sólo posible si el coste de oportunidad de dedicar esas horas al amor al Arte, no es superior al valor social que genera. Si no hemos cubierto las necesidades de consumo de los nuestros, nuestro tiempo de trabajo irá preferentemente a producir cosas que podamos vender para conseguirlo. Sólo cuando la venta en el mercado nos ha permitido cubrir el nivel cultural de bienestar que nuestra comunidad demanda podemos dedicarnos a pensar el trabajo como algo diferente a una mercancia. Una idea por cierto, siempre presente en Marx, quien pensaba el comunismo como una sociedad regida en su totalidad por la lógica de la abundancia, es decir, como un mundo donde la productividad era tal que permitía una vida pluriespecialista no mercantilizada en ningún aspecto.

Es sólo a partir de este bienestar alcanzado en el mercado que puede construirse una comunidad más amplia que la surgida de la fraternidad en la comunidad de trabajo.

Cuando entre el siglo XI y XIII en toda Europa los Artes obtienen la autonomía política para las ciudades, se inaugura una forma completamente novedosa de legitimación del poder: Los magistrados de los burgos ejercen su poder en nombre de la ”communitas” (comunidad) o la ”universitas civium” (conjunto de ciudadanos) y no en el del Príncipe civil o de la Iglesia.

Y precisamente por eso no estaba definida de un modo banal ni mucho menos afirmaba la autonomía de las partes. Por el contrario para integrarse esta comunidad era preciso renunciar incluso a la propiedad individual del mismo modo que se hacía al entrar en un Arte concreto:

Tanto en las ciudades donde había jurados como en las que carecían de ellos, los ciudadanos constituían un cuerpo, una comunidad, cuyos miembros eran todos solidarios los unos respecto de los otros. Nadie era burgués si no prestaba el juramento municipal, que lo vinculaba estrechamente con el resto de burgueses. Su persona y sus bienes pertenecían a la ciudad, y tanto éstos como aquélla podían, en todo momento, requisarse si era preciso. No se podía concebir al burgués de forma aislada, como tampoco era posible, en épocas primitivas, concebir al hombre de manera individual. Se era persona, en tiempos de los bárbaros, gracias a la comunidad familiar a la que se pertenecía, se era burgués, en la Edad Media, gracias a la comunidad urbana de la que se formaba parte.

Conclusiones

Pensar en que la comunidad es algo que sirve para ponernos a resguardo del mercado es un error básico. La fraternidad materializada en el trabajo por amor al Arte nace de una relación fructífera previa con el mercado y se mantiene gracias a ella.

Sin vivir como propia la libertad del mercado y su pedagogía (que nos obliga a aprender e innovar, aumentando nuestra productividad continuamente) la fraternidad comunitaria no puede tener materialidad más allá de las buenas intenciones.

Y lo que es más, si realmente quiere trascenderse el Arte para crear una comunidad de emprendedores artesanos, o esta comunidad no es tal sino en realidad un mercado, un bazar, o si quiere ser verdadera comunidad tiene que pasar a funcionar como un Arte extendido -con la consiguiente disolución y pérdida de autonomía de las partes- para que su democracia tenga sentido y el amor al Arte sea amor y no impuestos.

«Por amor al Arte» recibió 0 desde que se publicó el miércoles 23 de junio de 2010 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por David de Ugarte.

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