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Por qué cae mal el kibutz

El kibutz sigue siendo un ejemplo subversivo en el sentido más radical del término: cuestiona a cada uno porque su existencia demuestra la posibilidad de alternativas para la propia vida.

batya gurBatya Gur es la gran maravilla de la novela negra. Los seis libros protagonizados por el detective sefardí Michel Ohayon forman seguramente uno de los mosaicos más auténticos y críticos que puede leerse sobre las instituciones de referencia de la sociedad israelí y el kibutz no podía esperar salir indemne. En 1996 publicó en hebreo «Asesinato en el Kibbutz» que apareció en el 2000 en español en la que seguramente es la peor traducción publicada nunca por Siruela.

La novela no es solo apasionante como todas las de la serie. Es reveladora. Gur documentaba sus obras hasta la exageración y tenía a su disposición los mil y un estudios académicos disponibles en hebreo. Nos enteramos así de que en las comunidades aparecen los mismos transtornos que en las ciudades menos uno: no hay casos de esquizofrenia. «La causa podría ser», apunta con desgana uno de los personajes, «que los miembros de un kibutz interiorizan el conjunto de la comunidad como imagen de su familia». Porque, eso sí, desde el principio prácticamente todos sus personajes no ocultan desdén y animosidad por la cultura kibutziana. Y de esa manera, el dato insoslayable en una novela negra de que en los kibutzim no existieron nunca crímenes violentos, se achaca en principio a que los comuneros tendrían una «clara tendencia a volver la agresividad en contra de sí mismos».

¿Por qué Batya Gur, como buena parte de la sociedad israelí, sentía ese desdén por todo lo kibutziano? ¿Por qué le caían mal? ¿Por qué los consideraba anticuados cuando ella misma se destacó por criticar la evolución de su país hacia valores conservadores e individualistas?

En parte porque es de una generación que ya no comparte «aquella cultura que se decía espartana, que enseñaba a no encorvarse bajo el temporal, a aguantar sus estragos con la cabeza bien erguida para salir fortalecidos de la experiencia», valores que asocia con la generación de sus padres.

Las relaciones interpersonales

Young KibbutzniksPero en parte también porque la socialización comunitaria del kibutz o de cualquier comunidad igualitaria es muy diferente de la que se genera en la vida urbana «normal». Son las relaciones entre los kibutznik las que le dan «grima». El que exista esa familiaridad generalizada entre todos y especialmente en los grupos de afinidad, pero no esos amigos especiales, íntimos que espera encontrar, escapa a su comprensión. Constata que incluso cuando hay personas que no se llevan bien entre sí (de nuevo por problemas generacionales) se preocupan unos por otros y que en los grupos de afinidad se comparte más, pero sin esa sensación de intimidad exclusiva que su protagonista espera encontrar porque proyecta su propia vida:

voluntarios en el kibbutz Massada en 1981– ¿Alguna amiga íntima?- insistió Michael
– Aquí no existen esas cosas -respondió Moish al fin, todavía con expresión de desconcierto.
– ¿Cómo es que no existen esas cosas? ¿En general o por lo que se refería a Osnat?
– Aquí no existen esas cosas -repitió Moish tras echar una mirada en derredor- Trabajamos juntos, vivimos juntos y nos enteramos de todo lo que concierne a los demás, pero no nos dedicamos a hacernos confidencias. Hay personas con las que te sientas a la misma mesa en el comedor, o en las reuniones, pero no hay… -hizo una pausa para reflexionar como si estuviera repasando conceptos básicos- no hay ese tipo de amistades de las que habla usted.
– Bien, entonces ¿quién iba a visitarla, a tomar un café, ese tipo de cosas?
Moish parecía perplejo, como si lo estuvieran obligando a pensar en algo que nunca se había detenido a considerar.
– En fin, hay algunas, ¿cómo lo podría expresar?… pandillas, personas con las que trabajas codo con codo, o con las que has coincidido aquí o allá, en un grupo de estudio por ejemplo, pero la gente no dedica mucho tiempo a visitarse.(…)
– Pero si alguien quiere comentar algún problema personal, el que sea, una crisis matrimonial, digamos, algo que presumiblemente también ocurrirá aquí -dijo Michael y Moish asintió- ¿a quién se dirige esa persona? ¿Con quién habla?
– Ahora que lo dice -repuso Moish con turbación- no sé que responderle. (…) Pero nadie tiene secretos para nadie.

Es esa transparencia, que en realidad es una forma sana de un impulso natural de nuestra especie, la que asombra a los policías que en un momento describen el kibutz como un lugar donde «todo el mundo te cuenta: vengo de tal o cual sitio, voy a no sé dónde»

momento de descanso en el kibbutz 1948Esto se refuerza en otra escena en la que una policía que infiltran en el kibutz como enfermera es recogida por un kibutznik que va a buscarla en jeep. En el trayecto le cuenta todo tipo de cosas que normalmente se considerarían intimidades, desde sus gustos a los problemas de los tratamientos de fertilidad de su esposa. Pero al asesinato que la policía va a investigar se refiere solo como «la tragedia», sin dar más detalles. La policía anota comentar con sus compañeros sobre «aquel parlanchín (…) aquel chismoso que sabía mantener la boca cerrada». Pero pronto descubren que son todos así: reacios a compartir con extraños lo que es delicado para la comunidad, pero desacomplejados, «inocentes», para todo lo demás.

Las instituciones de otra socialización

campo kibutzEn una sociedad así, donde básicamente todos confían mucho más de lo común en los demás y los tienen en cuenta hasta para decirles en cada momento a dónde van, las instituciones fundamentales de cohesión no son la confidencia y el secreto, sino el trabajo y el disfrute en los espacios de aprendizaje compartido.

El kibutz donde investigan vive de producir cosméticos naturales de alta gama a partir de unos cactus que cultiva. El creador de la fórmula millonaria vive feliz en el propio kibutz en una casita como la de todos los demás, sin disponer siquiera de una cuenta corriente propia. El premio de vivir como comunero es poder dedicarse a lo que le gusta, cuidar e inventar cosas con los cactus disponiendo de medios para hacerlo, sin tener que sufrir la angustia diaria de pagos, letras y opciones de financiación. El trabajo es el premio en sí mismo. Un personaje comenta:

No sabe cómo se santifica el trabajo. El trabajo es el valor supremo. Puedes ser una nulidad, pero si trabajas bien, todo se te perdonará.

kibbutz plantaciónTal vez es porque yo tengo un sesgo evidente, pero no entiendo como uno puede ser una nulidad y al mismo tiempo trabajar bien. Pero ahí le sale la vena sesentayochista a Gur: la puesta en valor del trabajo es un valor «burgués», que para ella, de algún modo, es contradictoria con que los kibutz acepten y protejan regularmente a personas que por su calidad de refugiados, por problemas de socialización o simplemente por sufrir enfermedades mentales, lo tendrían muy difícil en las grandes ciudades.

Si se piensa en la sacralización del trabajo y en el conformismo burgués subyacente, es estupendo que en la práctica acepten al individuo pasando por encima de los principios. El ser humano prevalece sobre la ideología, tal vez sin que se den cuenta.

Aprender y escribir

KibutzGur, a través de la callada enfermera-policía, se muestra irónica sobre el afán de aprendizaje de los kibutznik. No entiende que al aprender cosas juntos hay muchas veces más comunión que en la reclusión de los amigos dentro de un espacio de exclusividad.

Ayer fui a un seminario literario y anteayer a otro sobre música. Sólo llevo aquí tres noches y ya he asistido a reuniones de tres grupos de estudio, y además me he pasado por una clase de cerámica para adultos. Los seminarios tienen mucha importancia en el kibbutz. Todo el mundo asiste a alguno.

Y por lo mismo, es la revista del kibutz lo que siente como más ajeno, más marciano, el normalmente comprensivo e intelectual Ohayon:

La revista del kibbutz, «Corrientes de nuestra época» la llaman… Aquí tienen nombres para todo -comentó haciendo una mueca-; y, de hecho, me he llevado todos los números del último año, con la esperanza de descubrir algo nuevo en ellos, pero es una tarea como para echarse a temblar… Sacan una revista a la semana!!

Una moraleja sobre la «mirada externa»

kibutzGur, que nos recuerda que el kibutz «es una sociedad absolutamente matriarcal», es capaz de ver en la lógica comunitaria el respeto y el cuidado permanente de todos por todos. Pero como lo ve irreal, increíble, necesita asociarlo también a la dimensión disciplinaria y la función represiva de la imagen materna. Se pasa toda la novela buscándolo entre el comedor, la fábrica, los cultivos y los bungalows… pero no lo encuentra ni siquiera en la asamblea, las más aburridas de las cuales, las financieras, la mayoría de los kibutznik siguen solo por el canal de TV interna. Pero necesita encontrarlo y para eso tiene que crear un par de personajes femeninos, dos ancianas, superviviente del Genocidio una, antigua fundadora del kibutz y guardiana de las esencias del grupo pionero Hashomer Hatzair, la otra.

El resultado es un tanto inquietante: muchos de los personajes ajenos al kibutz que aparecen en la novela confiesan querer «ajustar cuentas» con el modelo y su mito; la mayoría de ellos no tienen reparos en transmitir, cuando menos, su desdén, cuando más, su desprecio por lo que un tanto sobradamente llaman «idealismo» de los comuneros. Y finalmente el quid de tanta distancia no llega a aparecer. El origen del mal son unas viejitas que fueron heroicas y que se resisten a los cambios porque temen la privatización.

marchando al trabajo en el kibbutzAunque si lo pensamos, seguramente sea una buena explicación de la actitud desdeñosa hacia el kibutz de la sociedad israelí que se configura a partir de la primera subida al poder del Likud en 1977, un Israel sitiado donde la derecha será cada vez más straussiana y el socialismo hablará para las clases medias. El kibutz es cosa del «viejo Israel» del «socialismo constructivo» y el ideal igualitario, parte de un mundo que les cansa y que sienten de alguna manera y paradójicamente «exclusivo», «elitista». Es un arreglo de cuentas generacional, aunque también, al menos en parte, étnico e ideológico.

Pero como toda buena novela, también tiene una lectura más allá de la realidad local que comenta. Todavía lo comunitario es «demasiado diferente» de un modelo de vida y de éxito que aunque hace aguas y no parece hacer feliz a tanta gente como pretende, sigue siendo hegemónico. El kibutz sigue siendo un ejemplo subversivo en el sentido más radical del término: cuestiona a cada uno porque su existencia demuestra la posibilidad de alternativas para la propia vida. Algo que da miedo. Y el miedo a tomar las riendas de la propia vida, como el desdén de los policías de Batya Gur, buscará irremediablemente justificaciones exculpatorias. Seguramente porque nadie las pidió.

«Por qué cae mal el kibutz» recibió 9 desde que se publicó el Viernes 22 de Enero de 2016 dentro de la serie «» . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por David de Ugarte.

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