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Por qué dejamos de creer en los orígenes y las esencias

El fin del platonismo, su crítica y separación del núcleo, eso que consideramos las bases de la cultura en «Europa» o «el pensamiento occidental», necesitó de la experiencia del siglo más sangriento de la historia humana y constituyó una auténtica aventura épica intelectual

mapa copernicanoComo hemos visto en artículos anteriores de esta serie, la historia de eso que llaman el «pensamiento Occidental» no es solo Platón y su visión ontológica e idealista del mundo:

El núcleo central del platonismo es la teoría de las ideas. Según ella, el mundo que percibimos es solo una representación de un mundo abstracto de ideas inmutables. Todo lo que para nosotros es «real» solo es una forma degradada respecto a su origen. Esta importancia de la naturaleza ideal y originaria de las cosas ha dado forma a muchas ideologías que hoy nos rodean. Para el pensamiento ontológico cristiano, heredero del platonismo, las cosas son puras en su origen, pues las ideas son creaciones divinas, y su «paso» por el mundo no es más que una degradación, que solo cobra sentido si su historia se entiende como el camino hacia una restauración, a una vuelta al origen. Este origen sería Dios en la visión del tiempo de los cristianos, pero el formato aparece bajo multitud de avatares: la clase que se emancipa emancipando a toda la Humanidad en el marxismo, la patria que recupera su esencia originaria a través de la afirmación de un estado propio en una identidad culturalmente «purificada», etc.

Fue un accidente, el ascenso e imposición del cristianismo, el que configuró la mirada esencialista como hegemónica. El idealismo esencialista de Platón y Aristóteles será el «pensamiento único» europeo durante siglos. Nunca faltaron voces y pensadores a la contra, construyendo desde perspectivas herederas de estoicos y epicúreos, pero la verdad es que el platonismo configuró un núcleo de ideas y prejuicios tan sólidos que hizo falta algo mucho más dramático que el desarrollo de la ciencia o las grandes revoluciones políticas para ponerlos en cuestión.

El núcleo platónico del pensamiento occidental

Eso es lo que cuesta entender hoy del fracaso de Copérnico. Hoy sus resultados empíricos nos parecen obvios y la resistencia de su entorno a aceptarlos fanática. Sin embargo, lo que pedía Copérnico a sus contemporáneos era abandonar todo el armazón intelectual solidificado durante siglos y que hacía de marco de comprensión y de generador de sentido, por unos pocos resultados basados en la observación de los cuerpos celestes. Su propuesta significaba quedar huérfanos intelectualmente a cambio de muy poco. Simplemente, Copérnico no podía esperar una aclamación.

marxA medio plazo el pensamiento ontológico se supo recomponer e integrar lo que el nuevo empirismo y las nuevas ciencias naturales fueron enunciando. A fin de cuentas, la ciencia iba a caballo de una serie de cambios económicos y sociales a los que las estructuras de poder tampoco querían renunciar… pero que tardaron en digerir. Esa misma idea de dinámica, de cambio casi permanente que se vive primero en el Barroco y luego en la Ilustración, pasará con las revoluciones americanas y francesa a la concepción misma de la sociedad. Con la invención y ascenso del nacionalismo a principios del siglo XIX, los planteamientos platónicos incorporarán la dialéctica, la idea de un dinamismo interno esencial a su naturaleza y verdadero motor de la Historia. Partiendo de ideas de Thiers y los historiadores de la revolución francesa, Hegel primero y Marx después construirán la fantasía platónica última: la idea de la existencia de una serie de «leyes de la Historia» que regirían, por encima de las voluntades y la práctica de las personas, el curso de los grandes acontecimientos sociales, y podrían iluminar un nuevo tipo de estado perfecto basado en una ideología «científica».

enfant sauvagePero el pensamiento ontológico aportaba algo más: un relato de la experiencia humana, de qué es ser humano en la Naturaleza y la sociedad. Los ilustrados habían conservado la idea de que lo que definía al ser humano era gozar no solo de una «razón práctica», sino de una «razón moral», y la ciencia decimonónica, empirista, no había tardado en encontrar casos prácticos (¿recordáis el «Enfant sauvage»?) que «demostraban» que, efectivamente, los humanos tendríamos un sentido innato de la justicia y por tanto del bien y del mal.

La idea ilustrada del desarrollo personal y social a través de la educación y el ejercicio de la razón se traduce en el XIX en una concepción «dinámica» de la experiencia humana. En un devenir, a partir del origen inmaculado, esencial de la razón moral, que nos vendría «de fábrica».

chagallPero esa razón «natural» se entiende cada vez más como razón histórico-moral. Hegel y Marx culminarán la pirueta platónica con el horizonte de un «hombre nuevo», mejor, más cercano al ideal que viviría esperando a desarrollarse en nuestro núcleo moral. El camino no podía ser otro que el sometimiento/conocimiento de esas «leyes de la Historia» que apuntaban según ellos hacia un estado perfecto, ya fuera nacional (expresando y materializando perfectamente el espíritu del pueblo a lo largo de la Historia) o universal (producto y agente del fin de la sociedad de clases). Los paralelismos con el mundo religioso son obvios y cualquiera puede reconocer ahí la «chejinah» -curso histórico del pueblo de Israel hacia Dios- de la kabbalística judía, la idea de libertad como sometimiento a la voluntad divina presente en la misma palabra «Islam» o la redención universal gracias a «segunda venida» del cristianismo.

Si la ideología decimonónica comienza la crítica de la religión es porque de alguna manera ha interiorizado completamente la idea ontológica presente en las tres religiones monoteístas de la Europa medieval. Al propio Marx se le puede atribuir lo que él dice de Lutero: «eliminó a los sacerdotes porque puso un sacerdote en el corazón de cada hombre».

Las Guerras Mundiales y el estado genocida

soldados británicos 1916Y llegó la Primera Guerra Mundial, esa «gran trituradora de carne», la primera aplicación sistemática de la racionalidad científica e industrial a la guerra, con sus relojes de pulsera para sincronizar asaltos y bombardeos como si fueran ciclos de producción.

Los resultados hacen honor al culto de las escalas: solo en la primera batalla del Marne, dos millones y medio de combatientes en el fango, medio millón de muertos en cuatro días. Los años treinta traen las atrocidades de la construcción del «socialismo en un solo país» (un millón de muertos solo en la colectivización), la conquista de Abisinia por Italia y la guerra civil española. Y finalmente, los cuarenta traerán el plato fuerte: una nueva guerra mundial y el mayor genocidio de la Historia, el primero realizado industrialmente con todo el poder de la mejor maquinaria estatal de la época.

El mundo está anonadado. El ideal platónico del progreso basado en el despliegue de la Razón se desploma. Pero hace falta algo más allá del asombro y el pavor. Hay que dinamitar el platonismo hasta sus raíces: refutar las «leyes de la Historia» y extirpar el pensamiento esencialista del relato de la experiencia humana. Acabar con las esencias.

Popper y Arendt

karl-popperEl primer asalto había llegado en 1936, el año del fin de la Guerra de Abisinia y del comienzo de la Guerra española. Parafraseando la crítica de Marx contra Proudhon, se llamó «Miseria del historicismo» y su dedicatoria contaba directamente el ánimo del autor:

En memoria de los incontables hombres, mujeres y niños, de todos los credos, naciones y razas, víctimas de la creencia fascista y comunista en leyes inexorables del destino histórico

El año siguiente emigra a Nueva Zelanda. Dedicará los años de la guerra a escribir su asalto definitivo. A su manera, Popper trabaja en su propia «arma final filosófica». Al principio piensa llamarle «Tres falsos profetas: Platón, Hegel, Marx», pero un amigo le da el título final: «La sociedad abierta y sus enemigos». Como un semidios clásico, está acompañado de los grandes héroes intelectuales del momento, los últimos teóricos de la sociedad liberal en un momento donde todo el mundo piensa que el futuro pertenece a comunistas y fascistas: Laski y Robbins que hicieron de correctores, y sobre todo sus dos grandes amigos Gombrich -dedicado a encontrar un editor para la obra en mitad de la guerra- y Hayek, que allanó el camino para su difusión.

El libro no merece ser resumido, sino leído con pausa y deleite. Es uno de esos que cambian la vida del que los lee. Comienza volviendo al momento original, la muerte de Sócrates, para narrarnos por qué y cómo Platón traiciona el naciente espíritu abierto de la democracia griega que había impregnado a su maestro. Nos narra después cómo sus ideas, que llevan la semilla del totalitarismo, pasan a su discípulo Aristóteles y de este a Hegel y Marx, padres intelectuales de las fuerzas que están masacrando a la Humanidad en ese momento en nombre de «sociedades científicamente administradas» que estarían llegando a lomos de inevitables leyes históricas. De los presupuestos platónicos, de esos orígenes ideales a los que el curso histórico nos «devolvería» a través de la «construcción nacional» o la «dictadura del proletariado», solo podrían surgir sociedades totalitarias dedicadas a rendir culto a las estructuras que pretendidamente las encarnan. La represión, el totalitarismo, la guerra, no son el producto de excesos: están en el programa original.

Hannah ArendtPero hacía falta todavía algo más. El platonismo, el pensamiento ontológico idealista, había ido más allá de colocar figuras ideales en los orígenes de los grandes sujetos históricos (la nación, la clase, etc.). También los había colocado en el corazón mismo de lo que significa la vida humana, en ese sentido supuestamente innato de la justicia, del bien y del mal que sería nuestra razón moral.

En 1957, el Mossad recibe un chivatazo: Adolf Eichmann, el organizador de la logística de los campos de exterminio nazi, se esconde en Buenos Aires. Los jóvenes servicios secretos israelíes lo secuestrarán y llevarán a Jerusalem para ser juzgado.

Hanna Arendt se da cuenta de la importancia histórica del momento y asiste a las sesiones del juicio. La explicación común de la moral del Holocausto no le convence. Había vivido la Alemania del ascenso nazi y cómo su propio maestro y expareja, una de las grandes referencias intelectuales europeas de la preguerra, Martin Heidegger, había acabado en connivencia con el régimen mientras ella misma debía exiliarse para evitar el exterminio. Simplemente no podía creer en la idea de un millón de nazis intrínsecamente malvados, sádicos, disfrutando de una opción moral consciente, nublando el juicio moral de los demás millones de alemanes mediante el carisma y la propaganda (una tesis de la que nacería el discurso anticonsumista y la paranoia antipublicitaria de la contracultura). Había estado ahí y todo había «venido de suyo» a través de muchas pequeñas e infinitas cesiones al poder, a la comodidad, a la seguridad, a ideas comunes sobre la necesidad de un estado que restaurase la economía y el orden sosegado del progreso… Millones de alemanes habían sido cómplices del eugenismo, de la represión, del genocidio judío y gitano, pero lo habían sido como zombis, no como seres morales que optan abierta y conscientemente.

EichmannEl juicio y la defensa por la que en él opta Eichmann le dan la clave de una interpretación mucho más sencilla, mucho más obvia, pero que supone demoler las bases de lo que el pensamiento occidental hegemónico había definido como ser humano: la banalidad del mal.

Me limito a señalar un fenómeno que, en el curso del juicio, resultó evidente. Eichmann carecía de motivos, salvo aquellos demostrados por su extraordinaria diligencia en orden a su progreso personal.Y en sí misma, tal diligencia no era criminal.

Eichmann hubiera sido absolutamente incapaz de asesinar a su superior para heredar su cargo. Para expresarlo en palabras llanas, podemos decir que Eichmann, sencillamente, no supo jamás lo que hacía. Eichmann no era estúpido. Unicamente la pura y simple irreflexión —que en modo alguno podemos equiparar a la estupidez— fue lo que le predispuso a convertirse en el mayor criminal de su tiempo. Y si bien esto merece ser clasificado como «banalidad», e incluso puede parecer cómico, y ni siquiera con la mejor voluntad cabe atribuir a Eichmann diabólica profundidad, también es cierto que tampoco podemos decir que sea algo normal o común

Arendt, para explicarlo, necesitará distinguir entre «pensamiento» y «juicio» para señalar que el desarrollo social del siglo ha llevado a un punto en el que «el marco mismo dentro del cual la comprensión y el jucio de [la sociedad en la que vivimos] podía emerger ha desaparecido». En otras palabras: la capacidad de juzgar y discernir entre el bien y el mal es un constructo cultural, no una cualidad intrínseca. No existe esa función que tendríamos de origen por el hecho de ser humanos y que la educación y la experiencia desarrollarían o abotargarían. Las cosas que el platonismo nos había mostrado como parte de nuestra ROM, de nuestra esencia inalienable, desde la razón moral al amor, están condicionadas por el entorno y dependen de nuestra voluntad incorporarlas a nuestra vida. Son tan opcionales como la impresora en un ordenador o el GPS en un coche de alquiler. Su negación, eso que llamamos «el mal», no tiene por qué ser consciente ni especialmente sádica o malintencionada. Puede ser simplemente… banal. De una forma elegante, Arendt retoma el hilo estoico para el que el mal no existe por sí mismo, es simplemente una dramática y triste estupidez.

Conclusiones

En lo que llevamos de esta serie hemos discutido la idea según la cual eso que llamamos «Europa» y el «pensamiento occidental» tendrían sus raíces en el cristianismo medieval y lo que significó: la imposición de las ideas platónico-aristotélicas como estructura de comprensión básica del mundo. Una estructura que habría servido de base por igual a los grandes sistemas ideológicos de la gran expansión europea y la Modernidad.

Pero si como hemos visto gracias a Popper, esas ideas solo pueden conducir al totalitarismo y como apuntó Arendt, realmente no estamos «configurados de origen» como pretenden, ¿qué queda de la experiencia europea? ¿Qué queda del pensamiento occidental que asociamos con las ideas de libertad y diversidad propias de una sociedad abierta? Cínicos, estoicos y epicúreos representaron caminos alternativos para el necesario sorpasso de la Modernidad, para esa postmodernidad a la que no podemos renunciar sin aceptar el revival de los años treinta que se perfila bajo la descomposición social que vivimos.

Pero ¿cómo pueden pensarse la vida y la Historia sin un sistema único? ¿Cómo puede vivirse moralmente en un mundo no basado en dioses todopoderosos ni leyes históricas inexorables, sin esencias ni orígenes determinantes? ¿Dónde está el Norte en la postmodernidad?

«Por qué dejamos de creer en los orígenes y las esencias» recibió 1 desde que se publicó el martes 20 de mayo de 2014 dentro de la serie «» . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por David de Ugarte.

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