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Por qué desconfiamos del adjetivo «social»

¿Cómo pasó «social» de significar inclusión en el mercado a través de la propiedad cooperativa a oponerse a autonomía y generación de excedentes?

Cuando en 2004 C.K. Prahalad habló por primera vez de «la fortuna en la base de la pirámide» muchos pensaron que daba un bofetón definitivo a la densa y profesionalizada red de «charities» acomodada en la victimización desesperanzada de las masas que viven en la pobreza. El órdago de Prahalad parecía irrebatible: en un momento en el que la globalización avanzaba sacando de la miseria a millones de personas -especialmente en Asia- el profesor de la universidad de Michigan se dirigía a las multinacionales para decirles «¡Ahí tenéis el nuevo gran mercado!! ¡¡Ahí tenéis la clase media de mañana!».

Pero el cambio brusco de perspectiva era, sobre todo, un cambio de la sintaxis del discurso. Los pobres ya no eran el objeto, el cuerpo inerte víctima de una pobreza abrumadora cuya responsabilidad se insinuaba en los beneficios de las grandes compañías y los desequilibrios del poder político internacional. Ahora los pobres eran -al menos potencialmente- innovadores, emprendedores, sujetos activos a los que aliarse, con los que tomar posiciones y apostar juntos. Pero los sujetos son sujetos porque gozan de autonomía para la acción y el lugar de la acción autónoma en la economía no es otro que el mercado. La mirada de Prahalad apuntaba por tanto a un futuro diferente protagonizado por nuevas autonomías que se construirían en y desde el mercado.

Había mucho de ética hacker en esto. A fin de cuentas bajo el discurso de Prahalad latía la promesa del fin de la miseria a partir de la autonomía creciente que los pobres ganarían por si mismos entrando de una vez en el mercado para bendición de todos. Lo político, lo asistencial, pasaba a segundo plano. Puestos a reivindicar había que reivindicar en todo caso el fin de las trabas que el sistema institucional imponía a esa globalización de los pobres que les iba a permitir dejar de serlo. Los sectores de bajos recursos serían globalistas ahora. En palabras de Bruce Sterling se insinuaba «una nueva coalición de fuerzas genuinamente globalizadoras».

Un mensaje inquietante para los discursos consolidados heredados de la antiglobalización, el nacionalismo económico y… la «economía social».

El término «economía social» había surgido originalmente en el mundo francófono para referirse al potente tejido mutual y cooperativo que desde el siglo XIX había extendido la propiedad y la gestión de importantes empresas industriales, entidades financieras y servicios de salud a una amplia base de socios. Alentado por importantes teóricos, desdel el libertario Proudhon al católico Charles Gide, el mutualismo francófono llevaba más de siglo y medio construyendo autonomía en el mercado. Kevin Carson los caracterizó incluso como los defensores del «libre mercado anticapitalista» en la medida que «social» no implicaba ahí oposición con «mercado», sino el fin de la asociación unívoca entre el factor productivo que llamamos capital y una clase social determinada.

Pero cuando en los años 90 el nombre comience a institucionalizarse, apareciendo los primeros «consejos de la economía social y solidaria», lo hará desde los grandes sindicatos, en crisis de afiliaciones e inquietos por las primeras deslocalizaciones, los movimientos campesinos temerosos del recorte de subvenciones en la política agraria común europea y las ONGs y fundaciones de ayuda al desarrollo. Instituciones todas ellas que percibían la apertura de los mercados europeos como una amenaza para su base social y el fin de la polarización de la guerra fría -que, no olvidemos, vino acompañada del vacío triunfalismo del discurso del «fin de la historia»- como una amenaza equivalente para sus implícitos teóricos. En el contexto del colapso teórico, moral y político de las últimas «dictaduras del proletariado», hablarán de una nueva y amenazante «dictadura del mercado» a la que opondrán el proyecto de una «economía social» subsidiaria del estado.

El discurso -en parte por sus propias ambiguedades- se globaliza rapidamente. El lenguaje se renueva y parece absorver cualquier cosa. Incluso el impacto del reto de Prahalad. Cuando Bill Drayton, que había creado «Ashoka» en los ochenta, lanza su concepto de «emprendedor social» en el 2000, «social» se opone ya a «objetivos empresariales»:

Más que dejar las necesidades sociales al estado o el sector empresarial, los emprendedores sociales encuentran lo que no funcionan y resuelven los problemas cambiando el sistema, difundiendo la solución y persuadiendo a sociedades enteras de dar nuevos saltos.

Se conserva la ética hacker: pasión, autonomía personal, no esperar ni pedir a otros sino hacer uno mismo… Pero divorciada del mercado como campo de juego y sobre todo limitada al «emprendedor social», un individuo que inicia proyectos sin ánimo de lucro así sea mediante la constitución de cooperativas o incluso empresas. Como se diría en francés: se estaba tirando el agua sucia con el niño dentro.

Cuando el año pasado se publica el primer estudio sobre emprendimientos orientados a la base de la pirámide, la lógica de mercado -y la autonomía de las personas- han desaparecido ya. En los modelos estudiados, los «sectores de bajos recursos» se integran sólo como productores o consumidores, no como concurrentes. Vuelven a ser objeto. Vuelven a depender del «emprendedor social» de una ONG que «complementa la financiación de los costes» con dinero público o de una gran empresa que organiza la provisión de un servicio del que serán por fin «consumidores legítimos».

Nosotros, los indianos, venimos de una tradición cooperativa -bien presente hoy en grupos cooperativos como Mondragón o Irizar– en el que la formación y el cooperativismo son herramientas para el desarrollo y la autonomía de la comunidad y sus miembros. Autonomía que sólo se consigue mediante la innovación permanente y la orientación al mercado. Sin estos dos ejes -y a nuestro juicio un tercero, la transnacionalidad- toda «economía social» no puede ser más que subsidiaria, acabar generando nuevas redes clientelares y dependencias y cercenando por ello el potencial de las personas. Si «social» se opone o simplemente trata de evitar, al «mercado»… no cuenten con nosotros.

«Por qué desconfiamos del adjetivo «social»» recibió 0 desde que se publicó el Viernes 14 de Octubre de 2011 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por David de Ugarte.

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