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¿Por qué necesitamos a los fondakanos?

Los relatos son el mapa de las comunidades en que vivimos y si no escuchamos los martilleos del cambio y transformamos el mapa para adelantarnos a sus consecuencias, estamos condenados a perdernos en el desierto.

dreamingHace muchos, muchos años, descubrí uno de esos libros cuya metáfora articuladora te abre el campo de visión y cambia tu forma de entender el mundo: «Los trazos de la canción». En él, Bruce Chatwin contaba el ritual de iniciación de los jóvenes aborígenes australianos. Armados tan solo con una canción, un relato que era al mismo tiempo un mapa, cruzaban el desierto reviviendo en si el nacimiento de los mitos y los grandes avatares históricos de sus tribus. El relato que cantaban se desplegaba sobre el territorio y el tiempo creando una experiencia, un sentido que incorporaba la historia de la comunidad a la memoria vital de cada uno.

Anoche, Pablo, de Fondaki, publicó un post extraordinario sobre el sentido de «Resiliencia!». Chatwin volvió a mi cabeza. Pablo nos habla de mapas que se rehacen con el martilleo continuo de pequeños cambios tecnológicos cuya acumulación estalla rápidamente. No se queda en la mirada general que comentábamos en «Salir de la crisis», da ejemplos de estas semanas, como la «soprendente» evolución de las reservas de petróleo y de los volúmenes de producción:

economist_peak-oil

Y queda atónito ante la respuesta de algunos: intentar negar la realidad e increpar a los fondakanos como partidistas simplemente por aportar un dato: las reservas han crecido significativamente, el peak oil, como perspectiva, ha muerto. Todo mientras suena ya un nuevo martilleo alrededor de las renovables que presagia un nuevo salto. Un sonido familiar sin duda para los que hace casi diez años estábamos viendo como se ponían las bases tecnológicas para modificar la curva de reservas.

La cuestión de fondo es que los relatos son el mapa de las comunidades en que vivimos y si no escuchamos los martilleos del cambio y transformamos el mapa para adelantarnos a sus consecuencias, estamos condenados a perdernos en el desierto.

Hace tan solo siete años, el «peak oil» se presentaba como inmediato y su consecuencia, un desastre socio-energético repentino que sería también un final cataclísmico para el capitalismo, como incuestionable. El discurso más cientifista, más pretenciosamente técnico presentaba un mapa que era en realidad deseo decrecionista. Los indianos no podíamos creer lo que estábamos viendo aunque entendíamos que iba a convertirse en un movimiento tan masivo como errado:

Personalmente creo patológico el deseo apenas matizado de la inminencia insalvable de una catástrofe energética que asole el mundo. Deseo que no es sino expresión de una “voluntad de castigo” que se hace explícita cuando el ponente insiste una y otra vez en el “todos somos culpables”. Culpables de qué, preguntábamos. De “consumismo”, respondían público y ponentes. Y “consumismo” quería decir apenas nada: pecado de transformar el mundo, de usar la Naturaleza para conseguir bienestar. Vuelta al pecado original, porque ser humano es jústamente eso, transformar la Naturaleza. Vuelta a la penitencia y el castigo divino ahora descrito como un mundo sin aviones, sin fertilizantes, con un consumo exógeno de energía inferior a 400 watios. Vuelta a las herejías medievales. Discutir el cenit del petróleo no es esto, señores de AEREN. Por ese camino no construirán un think-tank útil a la sociedad, sino una Iglesia neoEvangélica. Serán, eso sí, los subvencionados Santos de los últimos días del petróleo y como todos los profetas del fin del mundo tendrán que cambiar cada año sus proyecciones, rearmar gráficas e interpretaciones hasta que pierdan todo sentido y credibilidad.

Y eso es lo que estamos viendo. Porque cuando los relatos son justificaciones de la inevitabilidad del futuro deseado cualquier cambio en la línea de la costa pone en cuestión al cartógrafo y sus herramientas. Se pueden hacer entonces dos cosas: corregir el mapa o negar la realidad. Y por desgracia la segunda opción es más común de lo deseable.

No es solo cantar, tampoco es conservar la canción que nos dieron nuestros mayores, es aprender a componerla de nuevo a partir de los trazos de la cotidianidad. El nuestro es un mundo de cartógrafos, por eso la esfera armillar es el logo de la Sociedad de las Indias. Y en diez años algo hemos aprendido: no podemos chocar contra las rocas porque en los viejos mapas no aparezcan costas, ni decir que un inmediato cataclismo cósmico barrerá los continentes que nos estorban para llegar a no se sabe qué tierra prometida en línea recta. Se trata de encontrar los pasos magallánicos que lleven a los nuestros más allá. No a un nuevo paraíso, sino a otro mundo por explorar, a un «siga jugando» que alimente la canción interminable

que somos

«¿Por qué necesitamos a los fondakanos?» recibió 1 desde que se publicó el Miércoles 17 de Abril de 2013 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por David de Ugarte.

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