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Por qué no nos gustan los organigramas

Cómo resuelven la tensión entre los elementos mecánicos -estructuras- y orgánicos -relaciones interpersonales- es la diferencia entre una comunidad que potencia a sus miembros y otra que los vacía.

organigrama faircoop
Las kvutzot inspiradas por Gordon entendieron a través de la práctica que toda comunidad es el resultado del desarrollo de lazos interpersonales entre sus miembros. Lo estructural, lo jerárquico, no es otra cosa -defendieron- que una sobreimpresión «mecánica», con una lógica propia, aparentemente racional pero, en realidad, ajena.

Es verdad que ambas tienen que convivir. Pero también es cierto que las formas mecánicas (empresa, asociación, partido, cooperativa, etc.) tienden a imponerse sobre las orgánicas, de menor escala, en aras de la predecibilidad que permite poner objetivos en el tiempo y en nombre de la razón que emerge de las mayorías y los planes deseables.

colaborando kibutzEvidentemente no se trataba de eliminar el componente mecánico, sino de desarrollar una caja de herramientas conceptual para su gestión supeditándola al desarrollo orgánico de la comunidad. Cuando escuchamos cosas como el conflicto individuo-comunidad en realidad, en la perspectiva gordoniana estamos asistiendo a un conflicto entre la concepción orgánica y la mecánica de lo que es una comunidad, o mejor aun, entre los dos componentes inevitables de su desarrollo.

El comunitarismo no consiste en negar una dimensión en favor de la otra, sino en entender que lo orgánico (parejas, familia, grupos de amistad) fortalece la comunidad y erosiona -al tornarlas en mayor o menor medida innecesarias- las estructuras mecánicas de organización y que por tanto las relaciones orgánicas han de primar siempre que sea posible sobre las mecánicas. Lo «organigramable» es un antibiótico que hay que reservar, con cuidado, para momentos de necesidad porque igual que permite enfrentar limitaciones extraordinarias, su uso prolongado debilita irremediablemente el cuerpo que pretendemos cuidar.

Si las comunidades conversacionales maravillan y seducen no es solo por la riqueza de su deliberación y lo que esta tiende a generar (experiencias sencillas de fraternidad), sino porque, especialmente las virtuales, carecen casi completamente de elementos organizativos mecánicos. Por eso también el salto a una economía propia suele ser conflictivo. No es fácil entender la diferencia entre una comunidad con empresas y una comunidad de empresas. Y en general tampoco lo es entender hasta qué punto la decisión colectiva por mayorías y la democracia son herramientas mecánicas que solo deben utilizarse en momentos dramáticos.

primera comunidad kibutzTodavía hoy en la página de Degania el primer punto por el que se identifica el modo de vida comunitario es por «no haber tenido nunca dormitorios separados para los niños». Diferenciarse en este asunto sigue siendo, casi un siglo después, parte de la identidad de las kvutzot comunitaristas frente a los de origen marxista.

La separación entre padres e hijos para dormir apareció relativamente pronto en los kibbutz de inspiración marxista -especialmente en los de Hashomer Hatzair- y se consolidó a principios de los años veinte, obedecía a un argumento racional y a una coherencia interna: los miembros de los movimientos juveniles pretendían extender a sus hijos el sistema educativo autogestionado y comunal que había marcado su adolescencia. Como buenos marxistas, lo orgánico, incontrolable, salía del análisis y se sustituía permanente y definitivamente por lo mecánico. El modelo centrado en la pareja y la familia de Degania y las kvutzot se criticaba como «burgués» y en la mayoría de los grandes kibutz las parejas ni siquiera se sentaron juntas a comer hasta los años cuarenta. La familia se sustituía por la estructura democrática de la comunidad: los padres apenas pasaban unas horas al día con sus hijos, en algunos casos hasta el nombre de los niños se votaba en asamblea. El resultado fue lo que el director del famoso documental «Hijos del Sol» llamó una generación de «huérfanos por idealismo».

Pero la verdad es que lo orgánico acaba rompiendo siempre las constricciones mecánicas. Lo malo es que es muy posible que en el proceso se aprendan las lecciones equivocadas.

La escritora israelí Batia Gur imaginó ya que esas tensiones acabarían rompiendo el kibutz y sus más celebrados logros cuando a finales de los ochenta inició la escritura de un libro iconoclasta: «Asesinato en el Kibbutz». Todavía no ha existido un caso de asesinato en un kibutz ni dentro ni fuera de Israel, pero es verdad que el «sueño comunal» y las barbaridades mecánicas de la tradición comunitaria marxista fueron el motor de muchas privatizaciones a partir de los años noventa y lo fueron en mayor medida que las razones económicas y culturales que daba menos pudor esgrimir. Algo que aparece con claridad en otro documental famoso, «Inventing our lives».

asamblea kibutzEl problema de la concepción mecánica de la comunidad no es solo que destruya las comunidades reales que deciden adoptarlo, sino que destruyen por asociación todo el campo de significados alrededor de los valores comunitarios.

Es verdad que los kibutz no comunitaristas «no fueron lo mismo» que las granjas soviéticas. El sistema soviético creaba la escasez de arriba a abajo, mediante el autoritarismo estatal de partido único, mientras los kibutz de la tendencia marxista la creaban con procedimientos democráticos. Y sin duda parece a la primera más aceptable la escasez producida por un sistema de mayorías preocupado sinceramente por la comunidad, que por un sistema estatal autoritario. Pero a las finales lo insoportable es la lógica de la escasez como gobernadora de la vida en común porque inevitablemente va a generar una ideología íntima que verá toda decisión como un «juego de suma cero». De cara al resto del mundo lo que queda de todo comunitarismo mecánico es lo mismo que queda del monacato: la idea de que una comunidad es un juego de suma cero donde lo que gana «la comunidad» lo pierde el individuo. Por eso cuando las tensiones generadas se hacen insostenibles la crisis estalla siempre en como un individualismo más o menos rapaz y más o menos suicida, pero individualismo aislante, miope y derrotista al fin.

¿Por qué nos ponen nerviosos los organigramas?

indianos y el loboNada representa mejor la concepción mecánica de la organización humana que un organigrama. A veces hacen falta, es cierto, pero si lo necesitamos para contar a otros lo que somos normalmente es porque tenemos un problema de sobre-escala. Si nos contamos lo que somos usándolo, es que no ponemos en valor la comunidad real que supuestamente hay debajo, los individuos y las relaciones orgánicas que la hacen.

Pero cuando el organigrama expresa una planificación, un deseo, cuando el organigrama es en realidad programa organizativo y por tanto político, se podría decir que es, de hecho, una idealización extrema del componente mecánico de la organización. Todas esas estructuras, grupos, comités, todos esos nombres, claman desde el papel la ausencia de nombres reales, nombres de personas que toman y aceptan responsabilidades personales, que se piensan a si mismas en un entramado de afectos familiares, de pareja y de amistad. Su labor tiene que acotarse al compromiso explícito que podrían realizar con un desconocido indistinguible de cualquier otro. Las personas se limitan así a capacidades predecibles y se vuelven intercambiables.

La comunidad entonces pasa a ser mera forma, estructura vacía, anónima. Lo contrario de aquello que hace que la palabra comunidad siempre tenga un eco afectivo.

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