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Primavera en Kiev

Viernes, 22 de abril de 2005, vuelo Madrid-Kiev. Un chico sentado a mi lado, me pregunta qué se ve desde la ventanilla. Parece que nada, pero en ese momento, una corriente de aire deja al descubierto campos nevados, y columnas de copos de nieve arrastradas por una violenta ventisca. Son mis primeras imágenes de Ucrania.

Viernes, 22 de abril de 2005, vuelo Madrid-Kiev, con escala en Amsterdam, salida a las 6 de la mañana, con ropa de invierno. Las previsiones anunciaban temperaturas bajas y posibilidades de lluvia durante el fin de semana. En el aeropuerto de Schiphol, empieza a sobrar el abrigo y el cisne de lana. En la sala de espera, un hombre con una camiseta del Che y un niño de unos 5 años, nos pregunta si somos cubanos. Vivimos en Madrid, contestamos y comienza a contarnos su historia. Cubano de nacimiento, lleva instalado más de 20 años en Ucrania. Una beca en la Universidad de Kiev y una preciosa ucraniana lo retuvieron desde entonces en el país. Esta es su primera visita a Cuba desde sus tiempos de estudiante, para que su hijo conozca al resto de la familia. Con pesar, nos dice que el pequeño no ha conseguido aprender español. Pero nuestro interés en ese momento está centrado en lo que nos espera en Kiev, y él comunista hasta los huesos, nos relata los primeros momentos post-revolución naranja, con recelo.

“Supone finalmente el triunfo del capitalismo, que puede ir acompañado del desarrollo del país, aunque de momento, lo único que se nota es un aumento de la delicuencia… ” Termina con: “Veremos qué pasa cuando entre alguien. Sea quien sea, pero alquien tiene que entrar aquí, alemanes, americanos, españoles, en el fondo da lo mismo, pero es necesario”.

Tres horas después, y de nuevo dentro del avión, el chico que está a mi lado, me pregunta qué se ve desde la ventanilla. En ese momento, una corriente de aire deja al descubierto campos nevados, y columnas de copos de nieve arrastradas por una violenta ventisca. Primeras imágenes de Ucrania que no tienen mucho que ver con las fotos que aparecían en los folletos turísticos de la Embajada.

La sala de espera para el control de pasaportes de Borispol, nos transporta a una película soviética: militares con enormes gorras de plato y mujeres militares que más parecen la visión Playboy del ejército. Chaquetas entalladas, minifalda una cuarta por encima de las rodillas y botines de cuero negro con tacones de aguja. Supongo que su autoritaria y gélida mirada suprime cualquier posible instinto de huída, así como la posibilidad de verlas correr en algún momento. Por fin atravesamos las puertas de salida. Un montón de hombres altos y con cara de enfado, comienzan a gritar y a cogerte del brazo para llevarte a un taxi. Por no ser esperado, resulta un poco violento. Cuando uno de ellos se ofrece llevarnos a una oficina de cambio y nos aleja del hall, no puedo evitar verme descuartizada en el cuarto de baño. Un poco dramático, sí, pero no cuando estás en el contexto. En ese momento, empieza el proceso de negociación de precio, que no es exactamente al que podemos estar acostumbrados, donde el movimiento forma parte del juego, dar la espalda para escenificar la ofensa por el precio marcado, el giro inmediato, al oir una bajada que se aproxima a lo que uno espera pagar… Pero no aquí, todo es más corto, y termina muy rápido, sólo tienes 3 jugadas, pero permiten darte cuenta de lo presente que está la actualidad energética entre la población, subida de precios, monopolios… nada que envidar a Novosti. Si el precio se aproxima a lo que ellos esperan, te lleva un taxi oficial, sino, en el aparcamiento es un particular el encargado de la ruta.

Nieva en KievY por fin llegamos a Kiev. Torres de ladrillo rojo y pvc, publicidad de Samsung, LG, Eurovisión, Marlboro, sólo una pequeña iglesia al lado de la autopista, una ermita verde con las cúpulas doradas, distingue la entrada a la ciudad de cualquiera a la que estamos acostumbrados. La nieve sigue cayendo con furia y el taxista nos deja en la finca indicada. Realmente hace frío y nadie nos espera. En la calle, sólo una señora, a la que intentamos preguntar el número de nuestro apartamento. El lenguaje de señas es universal, pero no tenemos llave y seguimos en la calle, hasta que nos vuelve a ver y nos lleva con ella a una agencia inmobiliaria clandestina. Es suya, nos sienta al lado de la calefacción, nos trae una taza de té; en ese momento respiro, me siento como en casa. En unas cuantas llamadas se entera de nuestro problema con las llaves y lo soluciona, el negocio de los alquileres en Kiev, no debe ser muy grande y todos parecen conocerse entre si.

Resulta curioso que las casas, en Ucrania, son bastante feas por fuera, edificios descuidados, un poco sucios, portales con olor a gasolina y ascensores sin células fotosensibles que te juegan una mala pasada como no estés atento, pero el interior es cálido, acogedor, cuidado hasta el último detalle, ordenado e impoluto. Resultado de la dedicación de las mujeres, en una sociedad en la que ellas cargan con las responsabilidades con una mezcla de orgullo y resentimiento hacia hombres que se ahogan en alcohol mientras buscan el sentido de su vida. Con una de ellas, Yalissa, salimos a dar nuestro primer paseo bajo la nieve. Yalissa, con sus tacones de aguja de 10 centímetros camina a saltitos entre los charcos, con peligrosas pérdidas del equilibrio. Como está en horas de trabajo nos lleva corriendo de un lado a otro, y cada 5 minutos parece querer coger el Metro, y a pesar de nuestra oposición, al final la seguimos escaleras abajo. Acabamos de entrar en el Kiev subterráneo. Montones de chicos en grupos, tomando cervezas, tocando música o simplemente pasando la tarde entre pizzerías y bares de todo tipo. Es una buena manera de salir sin gastar mucho dinero, pero rodeado de gente como si estuvieras en un bar. El ambiente es oscuro, y la única luz que hay en la mayoría de los pasillos proviene de los neones. Blade Runner aparece ante nuestros ojos. Chicos de negro con las solapas levantadas, pandillas casi exclusivamente masculinas, las miradas se esquivan, nadie parece fijarse en nosotros aunque te sientes observado en todo momento. Como primera toma de contacto es suficiente, volvemos a la superficie.

LeninLa nieve deja paso a una ligera lluvia, y ya se puede levantar la vista y ver la Plaza de la Independencia y paseamos por Jrschatek, la gran avenida en la que se encuentra el Parlamento, la central de correos y un montón de tiendas. Los malls están llegando a Kiev y son un auténtico furor, los viejos almacenes rusos, parecen tener los días contados. Delante del Parlamento 4 tiendas de campaña sobreviven al temporal, protestan por la construcción en terrenos naturales cerca de Kiev. Desde la Revolución Naranja, no ha dejado de haber acampadas a las puertas del Parlamento, y también es motivo de orgullo. La información política está presente las 24 horas del día en los canales de televisión y radio del Parlamento y del Ayuntamiento de Kiev. Es una política además muy “poli”, donde Yushenko y Timoshenko, tienen un gran protagonismo, pero dejando al mismo tiempo paso a muchísimas caras de su recién estrenado equipo. Y en la calle, las señales tanto de apoyo, como de rechazo a las decisiones tomadas, siguen siendo inmediatas. Sienten que se está construyendo el país que serán y que sin lugar a duda, Europa es su sitio.

En la cervecería Shato, paramos a tomar una cerveza, como me ocurriría el resto de los días mi “Spasiba” provoca risas entre los locales, que nos preguntan de dónde venimos. Les gusta España, formamos parte de su mundo, cosa que yo no alcanzaba a creer cuando me lo decían aquí en Madrid. De vuelta a casa, encontramos la estatua de Lenin, es el aniversario de su muerte y está rodeado de rosas rojas. Colocado justo al inicio de un bulevar, acordonado por cipreses, todavía en ramas por el retraso de la primera, parece conducir al cielo. Últimos símbolos de un pasado comunista que la inmensa mayoría prefiere ya olvidar.

«Primavera en Kiev» recibió 0 desde que se publicó el Viernes 22 de Abril de 2005 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por Natalia Fernández.

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