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Pseudomodernidad y ausencia de relato

Forma parte de la propia naturaleza de la Postmodernidad que cada cierto tiempo aparezcan planteamientos que la den por muerta. En la mayoría de los casos solo representan la afirmación de algún nuevo desarrollo artístico-identitario o una nueva muestra del reaccionarismo senil de los Vargas-Llosa o Eco de turno. Pero la línea de crítica en la que anda Alan Kirby es diferente y en la medida en que confluye en la idea de un mundo sin heurística, resulta muy iluminadora sobre ciertas cuestiones que nos preocupan en estos meses.

La idea de fondo bajo los textos de Juan y los de Kirby es que el mundo sigue siendo postmoderno, pero su relato, en vez de estallar en la multiplicidad narrativa e identitaria que se vislumbraba a principios de siglo, ha convergido en los medios de masas (TV, libros de caras, etc.) hacia una suerte de no-relato banal y nebuloso que exige la actividad del espectador-participante, prima epistemológicamente la herramienta sobre el contenido o su creador y olvida en vez de criticar, el bagaje político y cultural previo. En lo que tiene de homogeneización y recentralización este no-relato tiene mucho de «vuelta» a la Modernidad (no en vano Kirby da el ejemplo de la Wikipedia), pero en la medida en que su sistema de jerarquización y valores es en lo general disolvente del viejo orden Moderno, es otra cosa. Kirby lo llama pseudomoderno, un ámbito cultural en el que la neomoderna Wikipedia sería una excepción, un mero antecesor de los libros de caras y los SMSs obsesivos en los programas televisivos.

Algunos diréis que Kirby llega un poco tarde a algo que ya enunciamos hace tiempo: el efecto cultural del modelo impulsado por los libros de caras iba a producir una erosión de la capacidad social para generar nuevos relatos autónomos reduciendo la capacidad de respuesta a la descomposición, tanto en los movimientos sociales, como en los movimientos industriales P2P e incluso en la Academia. De alguna manera, la recentralización -esa cara mediática y teki de la descomposicion- dejaba un poco más lejos, hacía un poco más desapercibidos a esos «futuros alternativos y simultáneos» propios de un mundo postmoderno.

La pseudomodernidad se definiría como la traducción en términos de relato social de la descomposición: sería el vacío, el no-relato, banal y disolvente de toda fraternidad real, que se hace hegemónico cuando el monorelato pluralista del mundo descentralizado previo a Inet ya no se sostiene más, pero la eclosión de relatos, comunidades e identidades propio de un mundo distribuido se ve puesto en jaque por la recentralización del poder que nace de la captura de rentas generalizada (por los media, por los capitales de gran escala en Internet, por las industrias de la propiedad intelectual, por los grupos privilegiados del estado, etc.).

Ganar una miriada de futuros por venir

La trampa neomoderna sería pensar que hace falta un nuevo relato alternativo, un cuento unificador, un futuro en el que creer, una teleología a la que rendirse. Es lo que hacen los decrecionistas por ejemplo a través de la idea de la «gran catástrofe» (sea medioambiental, energética o socioeconómica). Pero como el catastrofismo -y el quincemismo- muestran bien, todo apunte hacia la «inevitabilidad» de las propuestas no hace sino alimentar la banalización y la pasividad.

Resulta tentador también hacer de un relato de futuro unificador desde lo menos descompuesto de cuanto estamos viendo, sea la transición al modo de producción P2P o la democracia de base… pero lo que surge entonces es esa suerte de reformismo espectacular y asistencial, autojustificativo y siempre reactivo en el que ha quedado el discurso «Occupy».

La trampa es el universalismo escondido tras todo relato generalizador. La unicidad no volverá, el mundo sigue siendo estructural y potencialmente postmoderno y todo lo que mire atrás sólo podrá convertirse en soldado de sal del ejército de la descomposición, cuando no en bandolero en busca de una dulce rentita particular.

Sabemos que sólo la fraternidad y su hablar franco pueden ser punto de arranque porque su ámbito es por definición el de la comunidad real, ese nodo que se descubre en un futuro particular y a medida. Empoderarlas, desarrollarlas es el único vector que multiplica diversidad y relatos, que fabrica futuros personalizados y por tanto libertad y cohesión real.

Por supuesto que toca hablar de la transición al modo de producción P2P… pero no como relato unificador, sino desde y para la traducción local -distinta en cada lugar, en cada red- de la nueva revolución industrial… sólo para luego dejar que estallen los relatos desde cada comunidad en su entorno, porque sin comunidades haciendo sus propios cuentos, construyendo su propia autonomía, no habrá sujetos capaces de revertir la descomposición en todos los ámbitos. Por eso, lo que toca frente a lo establecido no es tampoco seducir, sino hablar parco, enunciar valores sin pretenderlos universales, sin remitir a su inevitabilidad o un futuro común… y centrarse en poner en marcha las consecuencias asumibles desde contextos distintos, incluso opuestos.

Se trata de ignorar cualquier sujeto colectivo imaginado, torcer el gesto ante su nombre y señalar a la realización concreta animándola a dar sus primeros balbuceos, porque el vacío de relato ha de ser llenado con un mosaico, no con un cuadro.

«Pseudomodernidad y ausencia de relato» recibió 1 desde que se publicó el Domingo 6 de Mayo de 2012 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por David de Ugarte.

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