LasIndias.blog

Conquistar el trabajo es reconquistar la vida

Grupo de Cooperativas de las Indias

videoblog

libros

Qué eran la liberación nacional y la autodeterminación

Hace un siglo, la «liberación nacional» y la «autodeterminación» compartían protagonismo con la revolución social. Pero ¿Qué significaban? ¿Cómo se argumentaban desde las distintas corrientes socialistas?

Hace un siglo, la «liberación nacional» y la «autodeterminación» compartían protagonismo con la revolución social. Desde la «primavera de los pueblos» en 1848, la literatura política europea estaba llena de «casos canónicos», pueblos «necesitados de estado nacional», como los rutenos a los que hoy pocos podrían poner sobre el mapa y muchos confundir con la Sildavia y la Borduria tintinescas. A otros, pensados entonces «artificiales» como los eslovacos o «inviables» como los eslovenos, nos hemos acostumbrado al punto de parecernos que siempre estuvieron ahí. Pero en 1917 el tema era candente y complicado. Y a diferencia de lo que pueda parecernos hoy, los teóricos socialistas de la época no discutían sobre él porque consideraran progresista cualquier lucha contra la opresión cultural. Más bien todo lo contrario.

Los socialistas no consideraban «progresista» cualquier lucha contra la opresión cultural

El marxismo y la cuestión nacional

No olvidemos que el marxismo era entonces la columna vertebral de la lógica de pensamiento político en toda la socialdemocracia, no solo entre los sectores revolucionarios. Para Marx, la «liberación nacional», la conformación de nuevos estados nacionales, no tenía nada que ver con «sentimientos», historias ancestrales ni culturas en peligro. Muy al contrario, estaba convencido de que la formación de estados nacionales borraría a medio plazo todas esas «culturas patriarcales» en una cultura global surgida de la mercantilización de cada aspecto de la existencia. La independencia nacional no era para él sino la prueba de la llegada de una burguesía nacional a la mayoría de edad, al punto de desarrollo en el que podía aspirar y aspiraba a regir los destinos de un territorio que, por mucho que se adornara con culturalismos y tradiciones más o menos inventadas, no era para ella otra cosa que el proyecto de un mercado nacional.

Esto es lo que Marx considera progresista en algunos, no todos, los nacionalismos: su capacidad para construir un mercado nacional viable allá donde existían todavía sistemas feudales. Esta política enfrentaría a la socialdemocracia con los viejos estados dinásticos como el Imperio Ruso, no por ser una «cárcel de pueblos» en el sentido que podría darle un nacionalista cultural o étnico, sino con un sentido propio y definido: ser una «cárcel» para unas burguesías locales que bajo el régimen imperial, guardián celoso de las viejas relaciones feudales, no podían desarrollar con libertad mercados nacionales viables ni con ellos, una clase trabajadora moderna.

Para la tradición marxista la «liberación nacional» solo tenía sentido si ampliaba el mercado mundial capitalista

Imperialismo y viabilidad nacional

Al acercarse el nuevo siglo la Conferencia de Berlín, que repartió Africa, hizo obvio que al capitalismo europeo su mundo se le estaba quedando pequeño. En las Américas el discurso del «destino manifiesto» (1845) y la anexión de buena parte de México en 1846 habían dejado claro, en especial en América Latina, que el capitalismo americano tampoco se contenía ya en la frontera del Mississippi y miraba al Sur y al Pacífico como parte de un proyecto imperial propio.

Las tres décadas anteriores a la primera guerra mundial verán la aparición de un nuevo tipo de imperio muy diferente de las anticuallas de Oriente, imperios de base industrial y financiera nacidos de las necesidades expansivas de los capitalismos más avanzados. Era claro que se estaba produciendo un verdadero cambio de época. Y no es de extrañar que los principales teóricos socialistas de la época le llamaran «imperialismo».

Que usaran el mismo término no quiere decir que le dieran el mismo significado. Surgirán dos grupos de teorías. Hilferding desde la derecha de la socialdemocracia y Lenin su izquierda verán el imperialismo como el producto de la concentración del capital. Concentración dirigida por una banca que se ha convertido en rectora y muchas veces propietaria de la gran industria y cuyo objetivo ya no es tanto la exportación de mercancías como la exportación de capital. Estas teorías merecen un relato y una crítica más profunda, pero lo importante aquí es destacar que el imperialismo para ellas es una fase en el desarrollo del capitalismo nacional. Habría por tanto países imperialistas y países no imperialistas.

Para Lenin y Hilferding el capitalismo era un sistema nacional con un resultado global, no un metabolismo único

En cambio Rosa Luxemburg primero y Bujarin después, entenderán el imperialismo a partir de una idea presente en «El Capital»: estructuralmente la demanda efectiva que el capitalismo produce es menor que el valor total producido. Dicho en términos marxistas: al sistema le resulta imposible realizar en su propio mercado toda la plusvalía que produce. En la obra de Marx esta imposibilidad explicaba la tendencia permanente a la «huida hacia el crédito» y la naturaleza expansiva del capitalismo desde sus albores. En el análisis de Marx está implícito que una parte pequeña pero crucial del valor producido ha de realizarse en el sector no capitalista… que de ese modo se integra primero «formalmente» y luego «realmente» en el mercado global. Las fuerzas y procesos que destruyen el modo de vida del artesano inglés son las mismas que destruyen el del campesino bengalí: un capitalismo que necesita encontrar mercados fuera de sí mismo y que igual que destruye las barreras sociales y legales que defendían a las viejas clases sociales de la sociedad estamental europea, destruye las barreras y fronteras de los viejos estados de Asia y el Mediterráneo.

Continuando esta lógica, para Luxemburg y Bujarin el imperialismo no es más que el síntoma del agotamiento de los mercados extra-capitalistas. Al no poder encontrar dónde realizar esa parte pequeña pero crucial del valor, la necesidad de mercados exteriores se volverá perentoria, avanzan. El carácter global de la guerra, que por algo fue la «primera guerra mundial» demostraba que el capitalismo como un todo ya no tenía un espacio exterior suficiente para absorber toda la plusvalía que generaba. Es decir, y esto era clave a la hora de revisar la «cuestión nacional», el imperialismo era una fase de la historia del capitalismo y del mercado mundial en su conjunto. Desde esta perspectiva en la etapa imperialista todos los estados, todos los capitalismos nacionales, nuevos o viejos, son imperialistas. No existirían ni podrían existir naciones ni estados nacionales «anti-imperialistas». Al revés, todas se veían propelidas a buscar tarde o temprano, la demanda efectiva que sus mercados no podían producir capturando los mercados de otros mediante la guerra o la presión y tarde o temprano a ponerse bajo el ala de alguna de las potencias centrales.

Para Luxemburg todo nuevo estado sería tb imperialista, aunque se pusiera bajo el ala de otro imperialismo mayor

Resumiendo, según estas tesis, en la fase que entonces se avecinaba todos los países serían imperialistas. Lo que en la práctica significaba que no habría ya independencias nacionales «verdaderas», pues sin la fuerza industrial y financiera necesaria, toda pequeña nación recién independizada, no tendría otra opción para jugar el juego del imperialismo que someterse a otra u otras naciones imperialistas más fuertes que ella. Según dejaban ver, venía un mundo de bloques en el que la búsqueda desesperada de zonas de influencia por los estados más jóvenes se solaparía con la supeditación servil a potencias mayores e incluso intervenciones imperialistas por cuenta de otros. Aunque no sea el post para discutirlo en profundidad, cuando uno repasa la teoría luxemburguista del imperialismo no puede dejar de recordar los expansionismos turco o marroquí, por no hablar de la modesta Albania de Hoxa, empeñada durante décadas en una guerra absurda en Eritrea en la que se enfrentaron no solo al estado etíope sino a los ejércitos cubanos de Africa, otro pequeño y lejano país cuyos soldados se habían curtido guerreando en Angola por cuenta de los intereses globales de la Rusia de entonces.

Así, hace un siglo tendremos dos posiciones básicas sobre la «liberación nacional» entre los socialistas de todas las tendencias.

  1. En primer lugar estarán los que, siguiendo la tradición y manteniéndose fieles a la letra de las posiciones marxistas de los tiempos de la II Internacional defiendan apoyar a los movimientos de aquellas burguesías emergentes que, en países atrasados, necesitaban liberarse de los viejos imperios estamentales como condición para construir una sociedad capitalista industrial moderna.
  2. En segundo lugar los que piensan que se había acabado el tiempo en el que la formación de estados nacionales era progresista o incluso posible en términos estrictos. En ese marco apoyar movimientos independentistas solo podía ser contraproducente.

¿Autodeterminación sí, independencia no?

Pero la cosa se complica cuando los teóricos de izquierda de ambos grupos, Lenin y Rosa Luxemburg, discuten sobre estrategia en vísperas de la guerra, introduciendo un nuevo elemento: la autodeterminación.

Estamos en 1914. Rosa Luxemburg, batalla contra las tendencias nacionalistas en la socialdemocracia polaca. En ese momento Polonia es parte del imperio ruso y Luxemburg quiere eliminar la reivindicación del «derecho de autodeterminación» del programa del partido. Polonia tiene ya un proletariado masivo y su futuro -asegura- no está en distraerse apoyando una independencia que solo puede serle adversa, sino en unirse al proletariado ruso en la revolución social que se avecina. Lenin sin embargo defiende una y otra vez que el «derecho a la autodeterminación» de las distintas partes del imperio es un componente central del programa socialdemócrata ruso.

Para Luxemburg apoyar autodeterminación en país desarrollado era desperdiciar fuerzas en una trifulca de sus élites

Ante las protestas de la primera, que recuerda que solo tiene sentido apoyar una independencia si es «progresista», lo que es lo mismo que decir en países atrasados, Lenin le responde que los socialdemócratas polacos tienen todo el derecho de rechazar la independencia polaca dentro del guión marxista, pero que no pueden negar que ese mismo derecho forme parte del programa socialdemócrata ruso.

Aporta dos razones: En primer lugar da una razón táctica. El ejemplo lo se lo da la independencia noruega de Suecia en 1905. Para Luxemburg una mera expresión del particularismo de las élites latifundistas noruegas que lleva a una división artificial de los trabajadores en dos estados. Lenin en cambio argumenta que aunque los socialistas suecos hubieran pedido el voto contra la independencia, el apoyo a la autodeterminación iba a mantener un lazo de fraternidad entre los trabajadores a ambos lados de la nueva frontera, pues mostraba a los trabajadores noruegos que los suecos sabían ponerles por delante de su propia burguesía, renuente a la autodeterminación. Ambos están pensando en el marco de una revolución mundial que creen llegará más pronto que tarde y en la que aspiran a una fusión temprana entre los movimientos obreros al menos en Alemania, Polonia y Rusia. En principio la autodeterminación era para Lenin un subterfugio que permitiría a la socialdemocracia no divorciarse de la gran masa de trabajadores en un momento crítico si esta caía bajo el embrujo nacionalista. Para Luxemburg y sus compañeros polacos era entrar en un juego peligroso que alimentaría la guerra y la división de los movimientos en un momento clave. En los meses previos a la revolución las posiciones se separarán aun más. En 1916 Lenin argumenta que el estado de transición no será un único estado mundial como piensan los luxemburguistas, sino que tendrá divisiones nacionales que se formarán sobre las «simpatías» nacionales y lingüísticas de los trabajadores aplicando el derecho de autodeterminación.

La Rusia europea

El segundo argumento que apuntaba Lenin era de naturaleza estratégica: el imperio ruso, la «cárcel de naciones» por excelencia, contaba en el Este con muchas otras naciones y proto-naciones mucho menos desarrolladas que Polonia o Finlandia en las que, según Lenin y buena parte de los socialdemócratas rusos, el nacionalismo de la burguesía local todavía guardaba o podía guardar un contenido progresista en el sentido que explicábamos arriba. Aquí la diferencia, como hemos visto era de fondo. Y así la percibían no solo los luxemburguistas sino buena parte, por no decir la mayoría, de aquellos primeros comunistas de países periféricos.

En realidad Rusia unía dos mundos muy distintos: Europa por un lado y el Caúcaso y Asia Central por otro. En Europa el imperio estaba formado por una serie de naciones con un desarrollo industrial sólido, como Finlandia y Polonia -que incluía a las «repúblicas bálticas» actuales pero no a la mitad de la actual Polonia. Las clases dirigentes de estos países veían en las debilidades del zarismo, más que en el zarismo en sí, un obstáculo para su desarrollo. Como ya se había visto en 1905, cualquier movimiento revolucionario en Rusia serviría de disparador para que levantaran banderas independentistas. El nacionalismo entonces les servía para intentar conjurar las veleidades socialistas de sus propios trabajadores -llamando a la unidad nacional- y prometía la oportunidad de alcanzar por cuenta propia los atractivos mercados europeos. Es decir, estaban muy lejos de ser movimientos de «liberación nacional», más bien, como hoy los independentismos flamenco, escocés o catalán, expresaban como las rupturas dentro de una misma élite dominante tienden a territorializarse cuando el poder político entra en crisis profunda.

Lenin pensaba que aun en el caso en que estos movimientos ganaran la hegemonía a corto, el resultado merecería la pena porque debilitaría al régimen zarista decisivamente. Rosa Luxemburg y otros dudaban de que si se dividía la zona más industrializada del imperio en tres o cuatro estados, dividiendo consigo las luchas de los trabajadores, fuera viable la expansión de la revolución que anhelaban. De hecho, es dudoso que la revolución de Octubre hubiera podido triunfar sin el concurso de los trabajadores de Viborg, una ciudad finesa, ahora parte de Rusia, cercana a Petrogrado y si miramos a los cuadros socialistas, la misma Luxemburg es un ejemplo del tránsito constante en la época de dirigentes socialdemócratas. Igual que las clases dirigentes se movían en el espacio común del imperio, los dirigentes socialistas polacos y fineses formaban parte de un único espacio de discusión que incluía Alemania y Rusia.

Los «pueblos de Oriente»

Si nos vamos al Este el panorama es aun más sorprendente. Pensemos por ejemplo en el Bakú de la época: es uno de los principales centros industriales de Asia. Durante la revolución será con Petrogrado y Moscú la tercera ciudad de Rusia en la que un consejo de obreros se hará con el poder. Pero aquellos obreros eran en su mayoría «inmigrantes» rusos de primera y segunda generación, rodeados de pastores y campesinos azeríes shiíes que, efectivamente, habían protagonizado distintos levantamientos contra el zarismo. Ver en las periódicas «yihads» de líderes religiosos locales algo parecido a una revolución burguesa, pensar incluso que un discurso nacionalista pudiera nacer y fructificar más allá de un reducidísimo círculo urbano, exigía una imaginación digna de un Bogdanov.

En 1920 Bakú acogerá el «Congreso de los Pueblos de Oriente», punto de encuentro de una parte de los delegados del primer congreso de la Internacional Comunista con los «movimientos de liberación nacional». El invitado estrella es Kemal Pachá -el caudillo turco que dará forma a la Turquía laica. Entre los casi dos mil congresistas hay representantes de los pequeños movimientos obreros de India, Persia y China, pero los incipientes nacionalismos de los movimientos musulmanes serán los protagonistas. Es la prueba de la verdad de las tesis de Lenin. El objetivo es impulsar los movimientos nacionalistas para crear un cinturón anti-imperialista alrededor del poder soviético. La realidad está a una distancia abismal: pronto surgen conatos violentos entre turcos y armenios, los proto-nacionalistas musulmanes ven a los rusos como blasfemos «kefires»… Los socialistas indios, persas y la mayoría de los que representan concentraciones obreras aseguran que no hay nada que hacer en común con burguesías «nacionales» y que aunque hagan un discurso independentista piensan seguir ligadas, incluso si obtienen un estado, al capital internacional porque temen y odian una huelga más que a ningún administrador extranjero. Y sin embargo, con retoques, se aprueban a grandes líneas las tesis propuestas, la autodeterminación, la política campesina… En los años venideros Kemal -que mientras ha culminado el primer genocidio del siglo y se ha proclamado «Atatürk»-, el Shah persa, los nacionalistas chinos… darán la razón a los críticos con su buena dosis de matanzas.

Conclusiones

¿Qué significan «liberación nacional» y «autodeterminación» en la Europa que está a punto de conocer la revolución social? De nuevo, como la misma palabra socialismo, es un tema en debate abierto, aunque en unos términos muy diferentes a los de hoy. La diferencia de actitud va a depender de si el capitalismo se considera un sistema global y por tanto un metabolismo único en lo fundamental o un sistema fundamentalmente nacional.

La diferencia clave era si el capitalismo era un metabolismo único o un conjunto de economías nacionales

Los «globalistas» simplemente consideran imposible que, en un mundo cosido por un mercado mundial saturado, la creación de nuevos estados nacionales pueda ser progresista. Y de nuevo una palabra importante: progreso. Progresista no significaba «moderno» o «guay», significaba aparición de un mercado nacional y de una clase trabajadora masiva a nivel local. Por contra, los que consideraban que el capitalismo podía estar en distintos estadios de desarrollo según los países, los que lo consideraban un sistema en lo fundamental nacional encontrarán casos de liberación nacional «progresista».

La diferencia sobre la naturaleza del capitalismo -global vs nacional- se va a trasladar también a la idea de revolución. En el fondo la idea de Rosa Luxemburg era la de que las insurrecciones locales darían paso a una verdadera revolución mundial que pondría en marcha una transición global hacia un nuevo sistema, mientras que la de Lenin era la de una revolución internacional que daría pié a nuevos estados más o menos «nacionales» en transición, cada uno a su manera, hacia un nuevo sistema.

Luxemburg espera una revolución q se globalice, Lenin una rev q se internacionalice

Esa diferencia de perspectiva condicionará también la actitud ante el «derecho de autodeterminación» en los países desarrollados. Para los luxemburguistas estará siemplemente fuera de lugar, solo serviría para distraer a los trabajadores de la defensa de sus propios intereses, perdiendo fuerzas en querellas internas de las clases dirigentes. Para los leninistas existe el «deber» de apoyarlos -aunque se pida el voto en contra en un eventual referendum- porque están pensando que el estado post-revolucionario mantendrá un cierto carácter nacional. De ese modo la autodeterminación cumpliría para ellos una doble función: debilitar al estado del país supuestamente «opresor» y trazar las líneas administrativas del estado por venir.

Tiene poco sentido hacer juicios históricos a posteriori pero resulta inevitable. En este caso el debate de la época puede juzgarse no tanto en función de sus resultados tácticos -tan dependientes siempre del azar y lo concreto- sino en función del análisis de base. ¿Qué hemos aprendido del capitalismo en este siglo? ¿Cuál es su naturaleza, la de un todo que determina las partes como pensaba Luxemburg o el resultado de la suma de una serie de economías nacionales como pensaba Lenin?

¿Capitalismo es un todo q determina las partes (Luxemburg) o la suma de una serie de economías nacionales (Lenin)?

«Qué eran la liberación nacional y la autodeterminación» recibió 6 desde que se publicó el Jueves 20 de Julio de 2017 dentro de la serie «» . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por David de Ugarte.

Comentarios recibidos en este post y unidos a la discusión global de todos a través de la Matriz, nuestro espacio conversacional.

    • Uffff qué poco interesante -por inconducente- ese debate!! Quita! Quita! Hablemos de cosas relevantes y no perdamos el foco del post. Es el tercero de la serie con la que conmemoramos la revolución rusa y lo que le siguió (huelgas generales en España y Gran Bretaña, revolución en Alemania y Hungria, etc.). El objetivo de toda la serie es entender el debate de hace un siglo y su contexto: un cambio mucho más radical en el capitalismo que ninguno de los que hemos vivido las generaciones hoy presentes. El cambio que de hecho dio forma al capitalismo que conocemos y que, ese es el centro de este post, convirtió la idea de independencia nacional en algo muy diferente a lo que había sido hasta entonces. No pretendíamos más ni menos. No se trata dar una opinión sobre fenómenos presentes si es que hay alguno relevante (Scotland, I suppose) disfrazada de cita o hermenéutica marxista sino, por el contrario, de clarificar no ya qué dijo quién sino por qué y con qué consecuencias. No servirá para que unos y otros dejen de aporrear textos, descontextualizarlos y convertirlos en leyes divinas o desmerecerlos; pero seguro que a alguien le aportan las perspectivas de entonces, especialmente las pronto acalladas tanto por los partidos socialdemócratas como por los comunistas, como la de Luxemburg, que seguramente refleja mejor que ninguna otra la profundidad del debate y lo seriamente que se lo tomaban.

  1. Juan Ruiz dice:

    Hay un proceso también muy interesante en 1918, sobre todo tras Versalles y es el hecho de que el presidente norteamericano WIlson se erige en abanderado del derecho de autodeterminación para romper los imperios austro-húngaro y turco. De hecho, parece que el derecho de autodeterminación parece más una herramienta estratégica de la política internacional, qu eun derecho de los pueblos. No olvidemos que Hitler la esgrimió para anexionarse todos los estados y regiones satélites del cordón sanitario que Versalles le impuso a Alemania.

    • Efectivamente. Me tentaba mucho contarlo… pero preferí circunscribir el relato a las vísperas de la revolución. Tal vez cuando acabemos el ciclo de la revolución propiamente dicha (febrero a octubre) habría que darle continuidad con las revoluciones alemana y húngara y las huelgas generales europeas y luego entrar en el mundo de posguerra (Versalles) y el curso del estado soviético hasta el ascenso stalinista definitivo en 1928…

Pingbacks recibidos desde otros blogs

  1. […] raíces mismas de lo que será la III Internacional y se dan, como vimos cuando nos acercamos a los debates sobre la autodeterminación, entre Rosa Luxemburg -a la que se unirá después Bujarin- y Lenin. La causa era el diagnóstico […]

  2. […] porque ponía por delante la revolución mundial a la identidad territorial nacionalista. Apoyar la autodeterminación en las periferias del imperio era democrático, no porque implicara hacer algún tipo de […]

Deja un comentario

Si no tienes todavía usuario puedes crear uno, que te servirá para comentar en todos los blogs de la red indiana en la
página de registro de Matríz.