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Qué es Democracia Económica

Hay dos definiciones alternativas de Democracia Económica, asentadas sobre una divisoria cultural y analítica más profunda: la «consumista» para la que el centro del sistema está en el consumo y la «laborista» que señala la centralidad del trabajo tanto en la realidad social como en las vías para transformarla.

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Hace diez años la búsqueda «Democracia Económica» en Google no producía resultados relevantes. Hoy se cuentan a centenares en cada idioma. Sin embargo el significado del término está cada vez más, disputado entre dos definiciones alternativas:

  1. Definición Consumista. Encabezando la lista de resultados la Wikipedia, nos ofrece una definición que es traducción de su edición original en inglés, en la que se nos dice que una empresa democrática es aquella que abre su gestión a los «stakeholders», las llamadas las partes interesadas (consumidores, gobierno, grupos ecologistas, etc.).
  2. Definición Laborista. Por el contrario, el segundo resultado, la definición de democracia económica de la Indianopedia, define democracia económica como una identidad entre propiedad y trabajo (microempresa, cooperativas, sociedades laborales, etc.)
#DemocraciaEconómica tiene 2 definiciones alternativas: gestión con stakeholders o acceso del trabajo a la propiedad

A partir de ahí los resultados se reparten y contrastan dramáticamente según el idioma en el que hagamos la búsqueda. Es una expresión más de una divisoria que aparece una y otra vez en el contraste entre el anglomundo y la tradición europea: consumismo frente a laborismo, es decir, centralidad del consumo frente centralidad del trabajo. Una diferencia que aparece una y otra vez bajo formas nuevas: cooperativismo de consumo vs cooperativismo de trabajo, sharing economy frente a producción p2p, renta básica frente a trabajo garantizado

Stakeholders vs trabajadores, gestión vs propiedad, son expresiones de la dicotomía entre consumismo y laborismo

Democracia Económica según la mirada laborista

La concepción laborista de Democracia Económica parte de que el trabajo se autogestiona y disfruta de la propiedad común del capital, bien sea bajo la forma de sociedades limitadas donde trabajadores y socios son fundamentalmente los mismos, empresas familiares, sociedades laborales o cooperativas de trabajo. Además, en su desarrollo social y productivo, esas organizaciones crearán estructuras compartidas y controladas por ellas mismas como cooperativas de producción o de servicios, con el objetivo de llegar al mercado o de satisfacer de manera directa las necesidades de sus miembros y entorno.

Dicho de otro modo, en la concepción laborista, típicamente continental y mediterránea, una Democracia Económica es una red de comunidades articulada a través de empresas que son propiedad de quienes trabajan en cada una de ellas y que se desarrolla a través de instrumentos, sociedades e infraestructuras poseídas cooperativamente por ellas mismas. El trabajo está en el centro y asume la propiedad; cada empresa se autogestiona y las herramientas comunes que organizan consumos y servicios suplementarios son el resultado de la cooperación entre las organizaciones que estructuran el trabajo en común.

Modelo laborista de #DemocraciaEconómica se basa en la autogestión y cooperación en red del trabajo autoorganizado

El modelo consumista de los «stakeholders»

En el mundo anglosajón, con la perspectiva consumista del «stakeholder» se trata de incorporar a los criterios de gestión de las empresas los intereses genéricos de un consumidor cuya definición se ha extendido para incluir colectivos o abstracciones que padecen o se benefician de externalidades derivadas de la actividad de la empresa: el medioambiente, la Universidad, el vecindario, etc.

El «stakeholder» anglo es en realidad un consumidor extendido a los que sufren o disfrutan de externalidades

En la práctica, la participación de los «stakeholders» significa una ampliación del número de consejeros «independientes» o que, junto al consejo de administración tradicional que refleja los distintos grupos de propietarios del capital de la empresa, se establezca un nuevo órgano encargado de velar por el interés de ese «consumidor ampliado» al que se identifica con el interés social.

Pero… ¿Quién representaría al medioambiente en esa institución? ¿Quién representa a los consumidores? ¿Quién al desarrollo local? Está claro que no existe una voz del medioambiente, ni los consumidores conforman un sujeto político a quien se pueda preguntar opinión y esperar una sola voz. En el mundo real, los nuevos consejeros son directivos de ONGs lo suficientemente grandes y, sobre todo, no polémicas, como para ser aceptadas consensualmente por el conjunto de los propietarios. A las «charities» y grupos medioambientales se uniría quizás algún académico y generalmente, representantes electos de los territorios ligados a la actividad de la empresa, es decir, políticos. Los «representantes» de los stakeholders incluyen con un perfil socio-profesional muy determinado: el de la élite liberal «ciudadanista» y pretendidamente «filantrópica» para quienes participar en la gestión de las empresas «representando» intereses «generales» es una extensión natural del papel que juegan en conferencias internacionales y órganos multilaterales como supuesto «contrapeso» de la «sociedad civil» a los estados.

Los «representantes» de los stakeholders tienden al perfil socio-profesional de la élite global «filantrópica»

El relato resultante es un trasunto de la separación entre cuerpo y alma propia del idealismo cristiano. El cuerpo, la producción, tiene tendencias pecaminosas y ha de ser controlado por el alma bondadosa del consumidor que de forma natural tiende al bien común. Suena familiar, pero concordemos en que es difícil aceptar que pueda ser llamado democracia algo cuando el representante no es elegido por los representados. Lo que es peor, en este tipo de consejos la continuidad del representante y su gratificación depende de aquellos a quienes, en teoría, debería controlar: el equipo directivo y los propietarios. Incluso si aceptáramos esa identificación ideológica entre intereses sociales e intereses del consumidor, se nos exigiría una verdadera profesión de fe en unos representantes no electos presentes ahora en los órganos de la empresa.

Este relato de la centralidad del «stakeholder» como un consumidor extendido a aquellos que sufren o disfrutan de externalidades, ni siquiera puede entenderse como complementario del modelo laborista. No tienen ninguna voluntad de avanzar hacia formas de propiedad más inclusivas. Al revés, el modelo consumista se postula en primer lugar como una alternativa al modo cooperativo de propiedad basada en el trabajo. De hecho, organizaciones del ámbito anglosajón como la P2P Foundation, defienden su aplicación, ante todo, en las cooperativas. Es lo que se llama «Open Cooperativism» («cooperativismo abierto»).

Democracia económica o… ¿todo lo contrario?

Cuando nos invitan a «abrir» una organización tenemos que preguntarnos a quién y a partir de ahí entenderemos qué significaría seguir ese camino. Una cooperativa de trabajo es una expresión de trabajo auto-organizado y autonomía comunitaria. «Abrir» una cooperativa a un consejo de «stakeholders» significa incorporar a la dirección democrática, elegida por los miembros a un grupo de académicos, directivos de ONGs, políticos y/o grupos activistas locales. Por ser claros, pagar una renta y recibir doctrina de personas que han hecho de «representar» su modo de vida e ingreso. Podrán ser más o menos afines, más o menos radicales o conservadores, pero lo que es cierto es que supone ceder autonomía, dar por bueno que la visión del mundo que el trabajo provee no puede ir más allá de sí mismo, que necesita de un nuevo tipo de sacerdote que intermedie a la «Madre Naturaleza», a los consumidores, a la Academia o a cualquier comunidad imaginada que se nos pueda ocurrir. Significa ceder autonomía y colocarnos en una posición subordinada respecto a una pretendida «élite filantrópica».

Ni hablemos cuando la propuesta, al estilo del «capitalismo bávaro» que define al modelo participativo alemán, se centra en incorporar a la planificación estratégica a los «stakeholders internos»: proveedores, gerentes y sindicatos. Porque ahí estamos directamente en el corporativismo que fue la innovación característica del fascismo original. En ese caso no es que la autonomía se erosione, es que se convierte abiertamente en un objetivo a destruir, una traba para la concepción totalitaria del tejido productivo. Aquí, como tantas veces, el «interés general» y el «bien común» serán una guía llegada desde «arriba» a la que la comunidad tendrá que adaptarse so pena de que sus intereses y miradas sean reducidas a «aspiraciones egoistas del trabajo».

Definición consumista de #DemocraciaEconómica = perder autonomía y aceptar gratuitamente una posición subalterna

Democracia Económica aquí y ahora

Ahora que incluso en EEUU una parte creciente del movimiento cooperativo se ha dado cuenta de que tiene que revisar los fundamentos de su cultura y abrazar la centralidad del trabajo y lo que significa, dejarse llevar por los cantos de sirena del consumismo no solo sería anacrónico sino desastroso.

La Democracia Económica es inseparable del proceso de reducción de escalas y desarrollo comunitario que nos lleva a una sociedad nueva. Desplazar su significado de la producción al consumo, del trabajo entre iguales al mundo de las representaciones, del mundo de las relaciones y la cooperación mano a mano a los intérpretes de voces ancestrales y portavoces autodesignados del bien común, sería sencillamente vaciar y esterilizar un concepto que necesitamos más que ningún otro para avanzar.

Tenemos que volver a los orígenes y darle realidad desde abajo. Porque la Democracia Económica no es algo que vayamos a ganar por un cambio legal o por incorporar «representantes» del consumo o las externalidades en la empresa. La Democracia Económica ha de construirse desde abajo, creando cooperativas, microempresas y autonomía. Para avanzar no hay que esperar a ningún partido ni a ninguna normativa europea, te estamos esperando a ti.

#DemocraciaEconómica no llegará por un cambio legal sino desde abajo, creando un tejido productivo cooperativo

«Qué es Democracia Económica» recibió 1 desde que se publicó el Domingo 12 de Marzo de 2017 dentro de la serie «» . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por David de Ugarte.

Comentarios recibidos en este post y unidos a la discusión global de todos a través de la Matriz, nuestro espacio conversacional.

  1. Imagen de perfil de Juan Ruiz Juan Ruiz dice:

    También cuando oiga hablar de democracia económica a veces se refiere a la libertad del consumidor para elegir con su voto/dinero y que esas elecciones deberían ir sustituyendo a las políticas, etc.
    Dejando aparte ese matiz, yo he vivido directamente esta controversia desde el lado de lo administración pública, es decir, de las decisiones que desde la administración hay que adoptar sobre el agua, el medio ambiente, la contaminación, la energía, etc. Aquí los “propietarios” son los funcionarios, cuyas decisiones se han ido haciendo cada vez más “democráticas” a medida que se han ido creado consejos de participación de expertos, sociedad civil, ONGs, etc., que no poseen ningún poder de decisión, pero con los que se juega a ceder, discutir, etc, con objeto de legitimar decisiones, y también, para romper la capacidad beligerante de ciertos colectivos que así transforman su actividad de calle o comunitaria por la más hermosa de sentarse en la misma mesa a debatir con los que toman las decisiones.

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