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Qué es el trumpismo y cómo puede cambiar tu futuro

El trumpismo va a necesitar nuevos enemigos externos. Enemigos no solo de la seguridad -como el terrorismo- sino del bienestar y la soberanía, es decir, competidores comerciales como China… o la UE.

Nuestro viejo amigo John Robb está publicando una serie de análisis sobre las primeras medidas y posicionamientos del gobierno de Donald Trump con mucho más vuelo que lo que estamos encontrando en el debate mediático. Es cierto que algunos medios como el Washington Post se han hecho eco de algunos de sus enfoques, pero merece la pena que nos detengamos y los ordenemos en un primer cuadro sintético para poder aportar una crítica también.

El modelo de John Robb

  1. El objetivo del trumpismo es establecer una nueva forma de gobernanza para EEUU alternativa a la del neoliberalismo, un «autoritarismo reactivo» al modelo de Rusia. ¿Por qué? pues porque se ha roto la base material de la cohesión social.
    • Las décadas neoliberales se caracterizaron en EEUU por la pérdida de millones de puestos de trabajo industriales «a cambio de unas cuantas decenas de miles de puestos de trabajo asombrosos en Silicon Valley», la riqueza fluyó hacia las grandes empresas sobre-escaladas, pero la clase media implosionó, y las élites -cada vez más poderosas- se desentendieron del bienestar general y llegaron a liberarse incluso de pagar impuestos.
    • Pero no solo se ha roto la base económica de la cohesión social, también el universo simbólico y cultural en el que era posible. La ideología del neoliberalismo no era solo aquella que justificaba directamente la reestructuración social, sino también la que ensalzaba un nuevo modo de vida en el que el proyecto nacional pasaba a un segundo plano y los símbolos comunes se disolvían en eso que los anglosajones llamaron «diversidad»:
      • Libertad de movimientos de las personas: Para John parece que el neoliberalismo abrió las fronteras y que conseguir vivir en EEUU o en cualquier otro país desarrollado se convirtió en una barra libre de visados y «green cards».
      • Identidad expandida: asumiéndose la existencia separada de identidades colectivas «esenciales» como sujetos políticos constituyentes de la nación pero en conflicto con ella, según el modelo de la raza de la izquierda universitaria y el nacionalismo negro de los sesenta. Un espectro que se abriría después a la consideración como sujeto político de distintas identidades sexuales siguiendo la estela de la evolución del feminismo anglosajón.
      • Multiculturalismo: Y por tanto ruptura frente a la tradición «asimilacionista» de los emigrantes en EEUU. Se acabó el «melting pot» para pasar a ponerse en valor los «orígenes» nacionales o raciales de cada cual y sus relatos de la tradición, hasta el punto de vivir en «mundos distintos» (la «América blanca» y la «América hispana», por ejemplo).
  2. El objetivo del trumpismo no es volver al nacionalismo estatalista clásico sino desmantelar el mercado y el estado neoliberal apoyándose en la movilización permanente de sus bases mediante tres vías:
    • Mercantilismo y proteccionismo, midiendo el éxito en «buenos empleos» más que en beneficios o riqueza acumulada. Trump diciendo a los trabajadores: «lucho por vosotros».

      Desde esta visión, la política exterior del trumpismo prioriza la balanza comercial sobre la «seguridad nacional». Es decir, lo que hasta ahora eran aliados bien pueden convertirse en rivales: México, China… Alemania y la UE. Y lo que se consideraban rivales geoestratégicos como Rusia, cuyo impacto en la balanza comercial americana es pequeño, pasar a ser aliados.
    • Exaltando la «exclusividad nacional» (fronteras, freno a la inmigración, enarbolando la cultura tradicional y sus valores). Trump juega a provocar los reflejos más esencialistas, menos sensatos de la «identity politics» para poder decir a los trabajadores: «¿veis como sois los verdaderamente americanos y estos no tienen nada que ver con vosotros?».
    • Exacerbando el caracter autoritario y reactivo de las políticas de gobierno para minar la institucionalización del neoliberalismo y reforzar la idea de que es él más que el sistema político el representante de los anhelos de mejora social y prosperidad de los trabajadores.

Una crítica del análisis del neoliberalismo de John

No es cierto que el neoliberalismo haya abierto las fronteras para las personas, las abrió de par en par a los capitales y con reticencias a las mercancías, pero para las personas no hay «fronteras abiertas», ni siquiera «fronteras blandas». Pero desde luego es cierto que muchos estadounidenses se sienten «invadidos» por la migración centroamericana y mexicana, por los refugiados sirios y por los haitianos.

Es una reacción parecida -hasta cierto punto- a la de los muchos barceloneses y londinenses que piensan que «el turismo ha salido de control»: no tiene una base tanto económica como identitaria. Porque la verdad es que no soporta un análisis económico: los inmigrantes aportan más de lo que reciben del estado, generan riqueza, tienen tasas de criminalidad menor y no «destruyen» trabajos sino que, en realidad, los crean, como por cierto, ocurre con los turistas en las grandes ciudades europeas. Pero es innegable la sensación profunda y extendida de que ciertos espacios, lugares y servicios han salido de la comunidad imaginada con la que buena parte de ciudadanos se identifican y que se supone debería envolver toda la realidad circundante: la nación.

Cuando el nacionalismo se hace xenófobo

Frontera con MéxicoEsto es grave cuando hay de fondo una crisis de status y reconocimiento social del trabajo. Porque en ese marco la identidad nacional, el «paliativo» natural ofrecido por el estado, la última esperanza de cohesión social, vira con facilidad a la xenofobia. A fin de cuentas la identidad nacional fue diseñada así. Pero además, el nuevo discurso identitario -la «diversidad» entendida por la izquierda posmoderna- elimina o debilita el horizonte de la integración, la perspectiva de que, como en su día irlandeses, italianos, judíos de distintos países del Este europeo, cubanos o portoriqueños, esos nuevos ciudadanos lleguen a ser «americanos como nosotros». Es decir, el discurso posmoderno y esencialista de la identidad étnica alimentó la identificación xenófoba entre inmigración y fractura social.

Esto fue precisamente de lo que se dio cuenta Obama y la razón de su insistencia en afirmar un nuevo nacionalismo americano capaz de albergar las diferencias sin dejarse fracturar por ellas.

Pero no lo consiguió. El problema es que los efectos sociales del neoliberalismo y el identitarismo posmoderno se complementan y forman un círculo vicioso, una espiral que lleva a unos a ser carne de demagogia xenófoba y a otros a la condena del «trabajador masculino blanco» como epítome y beneficiario de la opresión universal.

Trumpismo: ¿una contrarreloj?

Las políticas proteccionistas y el enfoque mercantilista de la política exterior van a producir a corto crecimiento del empleo, sobre todo si los dogmas sobre el déficit público del neoliberalismo son dejados de lado como parece.

Pero no parece evidente que pueda curar las fracturas sociales automáticamente, al revés, en principio al menos, va a exacerbar las divisorias étnicas y, seguramente, la evolución hacia sujeto político de algunas identidades sexuales. Si esto fuera así, Trump estaría luchando por «las cabezas y los corazones» de los americanos en una contrarreloj. Solo si su «New Deal» genera suficientes empleos lo suficientemente pronto y con la suficiente capacidad redistributiva, puede llegar a estabilizar su administración.

El principal peligro para los que vivimos en otros países es que si el tiempo no llega, el elemento cohesionador del bienestar prometido se sustituya o al menos adelante, con nuevos enemigos externos. Enemigos no solo de la seguridad -como el terrorismo- sino del bienestar y la soberanía, es decir, competidores comerciales como China… o la UE.

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