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Qué es feminismo

Feminismo no es la lucha por la igualdad entre hombres y mujeres. Muchas ideologías y grupos no feministas lucharon desde antes de que naciera el feminismo organizado por la igualdad legal, el sufragio universal y el fin de todas las discriminaciones. Feminismo es una ideología que cree que las mujeres, colectivamente, son «sujeto político». Y eso produce otro tipo de debates… y contradicciones.

El feminismo se posiciona públicamente como la lucha por la igualdad de las mujeres… pero a poco que escuchemos u observemos resulta ser una ideología política elaborada. Lejos de ser tan solo una causa común -la igualdad entre las personas por encima de su sexo- hay una serie de ideas de fondo que podrían compartirse o no sin poner en cuestión el compromiso de cada uno con la igualdad entre hombres y mujeres.

Si se ponen en cuestión estas ideas, es común que se vuelva a la definición original y por tanto se descalifique a los críticos como contrarios a la igualdad, como «machistas». Es una falacia argumental que trata de proteger de la discusión a los fundamentos de la ideología feminista. Otra trampa común es negar que existan incluso fundamentos comunes, invocar la «diversidad» de escuelas y enfoques feministas como si no tuvieran nada en común entre sí. Es verdad que hay muchos grupos y tendencias feministas, pero si no existiera esa ideología común no solo no compartirían posicionamientos, enfoques y acciones, tampoco tendría sentido que compartieran nombre entre sí.

El objetivo de este post es recurrir a la Historia para distinguir ideas y conceptos básicos sobre qué es y qué no es el feminismo.

¿Qué es el feminismo?

  1. El feminismo no es la lucha por la igualdad entre hombres y mujeres. El feminismo es una ideología de las varias que defienden la igualdad entre hombres y mujeres. El socialismo, por ejemplo, luchaba ya por esa igualdad, movilizando millones de personas de ambos sexos cuando el feminismo ni siquiera tenía su primera forma política.
  2. Lo que define al feminismo, lo que lo diferencia de las otras ideologías que persiguen la igualdad entre hombres y mujeres, es pensar que «las mujeres», por encima de su clase y situación social, forman un sujeto político colectivo. Por tanto que deben pensar desde los intereses de ese sujeto colectivo antes que sobre otros posibles intereses y pertenencias como la clase social.
  3. Machismo y feminismo no son alternativos. Son dos planos distintos. El machismo es un hecho cultural, una enfermedad social. El feminismo es una ideología política. Son dos planos distintos. No hay elección o alternativa entre ambos. Se puede batallar contra el machismo sin ser feminista… y de hecho los grandes movimientos sociales que lo hicieron en el pasado rechazaron los supuestos feministas.
Feminismo no es la lucha por la igualdad entre hombres y mujeres. Otras ideologías lo defienden y defendieron antes

Socialismo vs feminismo

La lucha social por la igualdad entre hombres y mujeres no es una creación del feminismo. Desde el primer socialismo, el icariano, la afirmación de la igualdad entre hombres y mujeres es clave tanto en la organización interna como en la forma en que se configura la idea del socialismo. El texto más importante y reverenciado de la II Internacional fue «La mujer en el pasado, en el presente y en el porvenir» de Bebel, por algo.

Pero, como nos contó Nat el 8 de marzo, el socialismo no solo llevó el liderazgo y creó grandes movilizaciones y organizaciones sociales desde principios del XIX afirmando esa igualdad básica, sino que las mujeres socialistas rechazaron y se burlaron de quien les llamó feministas porque entendían que el feminismo tenía un contenido social, de clase, contrario a los intereses de los trabajadores… de ambos sexos.

¿Por qué esta oposición entre, por ejemplo, Rosa Luxemburg y las feministas? Porque lo esencial del feminismo, lo que todos los «feminismos» tienen en común es la idea de que las mujeres, como conjunto, forman un sujeto político, es decir, que tienen intereses propios en tanto que mujeres, intereses separados y anteriores a los de los trabajadores en conjunto. Ser o no ser feminista marcaría la diferencia entre hablar de «la clase trabajadora» y hablar de «los trabajadores y las trabajadoras». Luxemburg y sus compañeros entendían que dividir artificialmente la clase trabajadora en dos y poner el foco de las mujeres obreras en reivindicaciones que excluían al resto de trabajadores, las sometían a la mirada de mujeres de la élite social «progresista» de la época. Es decir, llevaba a desarticular su movimiento para supeditarlo a las consignas de las sufragistas, las feministas de entonces.

R. Luxemburg rechazó feminismo pq supeditaba interés de las trabajadoras a reivindicaciones d las mujeres d la élite

Mientras las organizaciones de mujeres socialistas crearon el 8 de marzo para hacer grandes movilizaciones por el voto universal, masculino y femenino, las feministas defendían e intentaban pactar con los gobiernos el sufragio censitario para mujeres (el voto solo para las mujeres ricas) como si fuera un paso adelante. En coherencia con eso, al estallar la guerra, mientras los «luxemburguistas» y la izquierda de la Internacional socialista intentaba parar la guerra organizando huelgas y movilizaciones en la retaguardia donde buena parte de los obreros eran mujeres, las feministas llamaron a las mujeres trabajadoras a unirse a la matanza de trabajadores de otros países europeos haciéndose parte del esfuerzo bélico «en igualdad».

El 1er feminismo ofreció al gobierno apoyo a la guerra a cambio del dcho al voto solo para mujeres ricas

Es difícil ver un ejemplo más claro de la diferencia entre el feminismo y la lucha por la igualdad entre hombres y mujeres. Para Rosa Luxemburg y el socialismo, lo importante era conseguir que todo el mundo -de todas las clases sociales y de ambos sexos- y no solo unos pocos ricos, pudieran votar porque eso convertiría el sistema democrático en una herramienta para la emancipación de los trabajadores. Que el grupo de privilegiados con derecho a voto incluyera a mujeres no les sumaba nada para enfrentar la desigualdad social en su conjunto. Después, lo importante para los socialistas fue parar la matanza de millones de personas que fue la primera guerra mundial y en la que murió buena parte de la juventud trabajadora de toda Europa; «conseguir» protagonismo para unas cuantas mujeres en la organización de aquel horror les parecía una indecencia.

Feminismo contra igualdad

Esto no se podía ver desde el feminismo porque su origen histórico como movimiento organizado estaba en el radicalismo democrático anglosajón, el ala izquierda del liberalismo, completamente ajena a las ideas de clase e igualdad económica.

Es cierto que en los años sesenta algunas teóricas como Evelyn Reed incorporarán elementos marxistas… para construir el «sujeto político mujer» al modo de una clase social. Lo interesante es que al hacerlo redifinieron el patriarcado. En adelante, cuando alguien use el término ya no se referirá a una «forma de dominación». Es decir cuando hoy se usa «patriarcado» no se está por lo general hablando de una forma cultural, obsoleta para el propio capitalismo, un residuo precapitalista a barrer con el propio desarrollo económico -que incorpora masivamente mujeres al trabajo asalariado- y la democracia. Eso era lo que los socialistas pensaban que era. Patriarcado tras Reed y otras teóricas será un complejo sistema económico y social anterior al capitalismo, tan intrincado con él que incluso sería su sustento básico. De ese modo, medio siglo después, una parte del feminismo elaborará una respuesta a Bebel, Rosa Luxemburg y demás: el feminismo habría de tener prioridad sobre el laborismo de los socialistas porque lo realmente anticapitalista sería atacar el patriarcado.

Pero esta es solo una tendencia de las muchas que se suceden y superponen hasta los noventa. Las tendencias hegemónicas irán entonces hacia la «identity politics» y la posmodernidad. Es decir hacia la multiplicación de los sujetos políticos y su atomización en función de cortes en múltiples identidades. Será la época en la que las «feministas de la igualdad» serán desalojadas de las universidades americanas por las teóricas de toda una pléyade de categorías sociales que al principio trataban de unir sexo y etnia o raza, reivindicando la naturaleza de sujeto político para cada grupo. Luego, con la extensión de las teorías de género, unieron las identidades sexuales, de género y étnicas en una matriz aun mayor. Sí, un lío. Pero un lío muy útil para toda esa izquierda neoliberal de Blair y Clinton que estaba azuzando la desigualdad con una mano y con la otra montando conferencias multilaterales para mostrar su compromiso con la igualdad entre hombres y mujeres, con los derechos de las «minorías», etc…. es de suponer que se referían a igualdad siempre dentro de la misma clase social.

La trampa iba más allá de reducir la lucha por la igualdad a una serie de derechos democráticos básicos -acceso igual de todos a todo y libertad sexual- y vincularlos a «identidades» de modo que se justificara la conversión de una generación de activistas en «técnicos» de programas sociales y «representantes comunitarios». El modelo era más perverso porque como asegura Nancy Fraser

Al identificar «progreso» con meritocracia en vez de con igualdad, estos terminos [«diversidad», «empoderamiento», «no discriminación»] hicieron equivaler «emancipación» con el ascenso de una pequeña élite de mujeres «talentosas», minorías y gays al juego de las jerarquías corporativas («todo para el ganador») en vez de a su abolición

Feminismo neoliberal calló frente a desigualdad estructural a cambio de más meritocracia dentro de la estructura

Conclusiones

Como Fraser, puede defenderse que el feminismo tiene que «volver atrás» y retomar un discurso igualitario que incorpore e intente dar respuesta a las cuestiones de clase. Por contra, puede argumentarse que ese tipo de contradicciones estaban ya implícitas en el feminismo desde el primer momento, que este tipo de derivas ha sido solo la consecuencia de lo que ya denunciaban Rosa Luxemburg, Clara Zetkin, Karl Liebknecht o el viejo Bebel. La idea de fondo de la crítica socialista es que el sujeto político «las mujeres» incluye a beneficiarias de la desigualdad social y excluye a la mitad de los que han de luchar por ella.

Sujeto político «las mujeres» incluye beneficiarias d la desigualdad y excluye a ½ d los que han de luchar por ella

En cualquier caso, dos ideas deberían ser consensuales:

  1. El feminismo no es la única manera de luchar contra la desigualdad entre hombres y mujeres.
  2. El feminismo no es la única manera de luchar contra la desigualdad entre hombres y mujeres
  3. El feminismo ha tenido históricamente dificultades para que su forma de defender la igualdad entre hombres y mujeres no entrara en conflicto con la lucha por la igualdad social: lo hemos visto en la lucha por el sufragio femenino en el siglo XIX y XX, en la actitud ante la guerra mundial hace un siglo y en el posicionamiento frente al neoliberalismo hasta hace poco.
  4. Feminismo ha tenido dificultades para q su forma d entender lucha x igualdad no chocara con lucha x igualdad social

«Qué es feminismo» recibió 8 desde que se publicó el domingo 16 de julio de 2017 dentro de la serie «» . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por David de Ugarte.

Comentarios recibidos en este post y unidos a la discusión global de todos a través de la Matriz, nuestro espacio conversacional.

  1. Mariana dice:

    Hola querido David!

    Leí atentamente tu artículo y acá te dejo algunos comentarios como para intercambiar.

    Me parece súper necesario recordar que en el socialismo hubo siempre un proyecto tendiente a la igualdad entre hombres y mujeres, así como poner de relieve las contribuciones de las socialistas, que en su tiempo exigían algo más radical que el mero derecho al sufragio. Porque el feminismo liberal que solamente se queda en los derechos formales, en la meritocracia y en la “igualdad de oportunidades” no cambia en los hechos nada. Si el resultado es que a las élites políticas se sumen mujeres como Merkel o Clinton, que promueven ajustes económicos, guerras y capitalismo salvaje, sumiendo en la infelicidad a millones, con especial sufrimiento para las mujeres y los niños, eso no representa un avance que el feminismo debiera celebrar.

    Yo prefiero decir, con Silvia Federici que la igualdad para las mujeres no puede ser integrarse al mismo sistema de explotación que los hombres, es decir, la explotación en el trabajo asalariado o la participación en el ejército (ninguna mujer en el ejército, dice Silvia, ni hombres, y por lo tanto ni ejércitos, ni guerras). Hay que aspirar a una transformación mayor; la lucha feminista debería contribuir a la emancipación de la clase trabajadora, y el socialismo debería ser feminista, del mismo modo en que es pacifista e internacionalista.

    No estoy de acuerdo en que el feminsimo divide a la clase trabajadora. Más bien pienso que es al revés. El patriarcado es una gran herramienta para dividir a la clase trabajadora, dividiendo a hombres y mujeres (y a las mujeres entre sí), y promoviendo activamente subculturas machistas en distintos ámbitos, entre ellos en el trabajo y a la interna de la lucha de los propios trabajadores. Simone de Beauvoir ponía un ejemplo de un paro de trabajadoras en una fábrica francesa, que para pelear por sus derechos laborales tuvieron que hacer entender a los maridos la necesidad de no estar en sus casas, atendiendo a la familia como lo hacían después de la jornada laboral, sino dedicar aquellas horas a la lucha, al activismo, a ocupar la fábrica, a organizarse, etc.

    Quizás lo que hay que seguir debatiendo es la idea de “sujeto político”. Creo que como sujetos políticos no nos escindimos entre la lucha de las mujeres y la lucha de clase. Como feministas, muchas comprendemos nuestra situación como ligada a ambas dimensiones. Esto da como resultado no al sujeto político “las mujeres”, que sería caer en un esencialismo, sino a la construcción de sujetos más complejos, que no renuncian ni privilegian distintas dimensiones de la lucha, sino que las articulan.

    Hay un artículo de Chantal Mouffe del que comparto esta frase: “para las feministas comprometidas con una política democrática radical, la desconstrucción de las identidades esenciales tendría que verse como la condición necesaria para una comprensión adecuada de la variedad de relaciones sociales donde se habrían de aplicar los principios de libertad e igualdad.” (el texto es “Feminismo, ciudadanía y política democrática radical”, de 1992 y fue publicado en un libro de debates de teoría feminista de Judith Butler; yo lo encontré suelto acá: http://mujeresdelsur.org/sitio/images/descargas/chantal_mouffe%5B1%5D.pdf%20ciudadania%20y%20feminismo.pdf).

    Un abrazo!

    Mariana

    • Gracias por el aporte Mariana!

      Tal vez apuntar que la idea de sujeto político no se refiere a la subjetividad individual (¿qué me siento? ¿a qué atiendo?) sino desde qué conjunto de intereses, desde qué comunidad imaginaria se construye un programa y a quién convoca.

      Lo que estamos viendo en estos años por acá es cómo, precísamente los discípulos de Mouffe, están utilizando el sujeto «la mujer» para dividir movilizaciones y empujar hacia algo que en algún momento parece que va a llevar a convenios laborales separados, como en la peor época del fascismo… que tan coloridamente están reinventando. Cosas como convocar el 8 de marzo solo a mujeres, que ya comentó Nat o el descafeinamiento de convenios y conflictos a favor de «planes de igualdad», señalan hasta qué punto el feminismo se está convirtiendo en ideología de poder y la igualdad de género en un sustitutivo útil al poder de la igualdad social en general (si no te convence, mira las portadas de El País, porque ahí es obvio).

      Son, por supuesto, falsas dicotomías, que reciclan perversamente lo que los mismos siempre alimentaron: esa carga pesada, tantas veces abiertamente machista y reaccionaria de las estructuras sindicales y los grupos izquierdistas, ajenos a la vieja tradición socialista cuyo igualitarismo social ni siquiera tenía que discutir la igualdad de hombres y mujeres porque era un punto de partida, no un lejano objetivo.

  2. Juan Ruiz dice:

    Este tema, ligado a la políticas de identidad, parece de gran importancia. Como Jordi me aconsejó unas lecturas para hacerme más llevadera la convalecencia, pues extraigo de “Enlazando caos”. No está muy bien traducido pero se entiende el sentido.
    “La afiliación de grupo nunca es necesaria para denunciar la discriminación. En lugar de considerar el feminismo, el mundo necesita denunciar el masculinismo. Es el masculinismo el que mantiene a los hombre en posiciones de privilegio, y es el rechazo de masculinismo lo que traerá el cambio. Promover feminismo crea una lucha de poder con masculinismo y deja a minoridades como las personas transexuales luchando todavía por sus derechos. El rechazo de todos los ‘-­‐ismos’ nos traerá igualdad. ”
    “El privilegio colectivo y el castigo colectivo son sólo posibles a través de las afiliaciones a grupos. Grupos sin privilegios pueden convertirse en víctimas profesionales al hacer que se constituyan ONGs para representarles. ONGs constituidas para combatir violaciones contra las mujeres se distancian e ignoran las víctimas masculinas ya que buscan grupos de
    víctimas definidas en lugar de acciones de lucha. Grupos identificados como víctimas se convierten en productos para grupos de presión y recaudadores de fondos. Tan pronto un grupo se convierte en un producto el interés reside en diferenciarlos más para acentuar la necesidad de ser
    representados.”

  3. Mariana dice:

    Hola David!

    Cuando hablaba de sujeto político yo tampoco me refería a sujetos individuales, sino colectivos. Estoy completamente de acuerdo en que no se puede construir un sujeto político, y por tanto colectivo, en base a categorías esencialistas y a la reificación de ciertos rasgos de identidad.

    Creo que precisamente Mouffe, por lo menos desde mi lectura, procura mostrar un camino de construcción totalmente distinto, opuesto te diría, a la idea de un sujeto “la mujer”. En ese texto que te mencionaba en el comentario anterior, se dedica a hacer una minuciosa crítica a un conjunto de teóricas feministas que pretendían que había ciertos rasgos de la femineidad (vínculo con la naturaleza, maternidad, etc.) que harían que las mujeres tuvieran que ser consideradas en su diferencia. Mouffe hace una demoledora crítica al feminismo de la diferencia. Al punto de llegar a decir que lo que hay que hacer es “construir una nueva concepción de ciudadanía en la que la diferencia sexual se convierta en algo efectivamente no pertinente.”

    Creo que ese “no pertinente” es el resultado de un proceso, de luchas, de disputas, de laborioso debate y síntesis colectiva, que no creo que venga “ya dado” en ningún colectivo o movimiento social. Realmente me cuesta creer que aquellos socialistas de la tradición igualitaria tuvieran saldadas estas discusiones como algo intrínseco al movimiento. Se me hace más plausible pensar en que debieran de haber tenido sus muy intensos debates para incorporar “la cuestión de la mujer” en sus ideas y sus programas.

    Así como los sigue teniendo el feminismo, en su vibrante, intenso y fecundo debate, que no es algo hermético y cerrado, sino que es una vertiente más para alimentar las ricas tradiciones de la lucha por la emancipación.

    • En partidos socialistas, especialmente en países de clase obrera débil y aun más si a la debilidad unían una burocracia, obvio que la lógica rentista -el deseo de excluir que alimenta el capitalismo todo- funcionaba y hacía correosa la materialización -contracorriente de la cultura de la época- de cualquier concepción igualitaria cotidiana al estilo de la defendida por los teóricos del movimiento y las resoluciones de los congresos.

      Pero la verdad es que cuando se daba el salto a la organización de la producción la cosa cambiaba. Cambió ya en Icaria, pero sobre todo cambió en el kibutz donde, como es conocido, el rol de las mujeres fue lo que dio forma al movimiento

      https://lasindias.blog/el-nacimiento-del-kibbutz

      Sobre Mouffe, ¿cómo no voy a estar de acuerdo con las ideas que comentas? Pero igual oigo su nombre y se me ponen los pelos como escarpias, no solo porque sus discípulas estén practicando un feminismo que hace lo contrario como te comentaba, sino sobre todo porque al hacerlo son coherentes con la táctica populista teorizada también por ella (por eso la tienen por referente junto a Laclau) y que va a conseguir que el lamentable capitalismo español pase la crisis de rositas sin poner siquiera en cuestión (al revés, estos días están presumiendo del superavit en el ayto de Madrid) la barbaridad que significa la austeridad y la obsesión por el déficit, ni hablemos de la estructura de poder, la concentración de las grandes empresas y su captura del estado

      https://lasindias.blog/por-que-en-espana-el-sistema-economico-no-se-ve-cuestionado-por-la-crisis

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