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Qué fue la izquierda de la revolución

La Izquierda Comunista fue quizás el producto más lúcido de la revolución abierta en Rusia en 1917 y ciertamente sus aportes fueron los más claros sobre la contrarevolución que le siguió a finales de los años 20.

Como hemos visto en posts anteriores, la revolución de 1917 no es estrictamente rusa, de hecho sus protagonistas la veían más bien como la manifestación en Rusia de una revolución global que no conocía fronteras ni nacionalidades. En nuestro relato de contextos han aparecido también teóricos y dirigentes cuyo campo de actuación trascendía las fronteras de los partidos que formaban la II Internacional y luego la III. Y a lo largo de lo que hemos narrado hemos podido intuir como, lo que caracterizaba al movimiento socialista de la época, especialmente a su ala revolucionaria, era tener vivos debates sobre casi todo sin en principio, formar grupos o tendencias estables.

Sin embargo, uno de los fenómenos más interesantes de la revolución rusa y de los más difíciles de comprender para quien se acerca por primera vez, es la aparición primero y cristalización después, conforme el estado de los soviets se va estancando, de una serie de corrientes «comunistas de izquierda» que irán en paralelo a la consolidación del bolchevismo como una ideología característica y separada dentro de la III Internacional. Algunas de estas tendencias cuestionarán ciertas posiciones tácticas -liberación nacional, sindicatos, parlamentarismo, etc.- recordando cómo «la táctica» puede acabar transformando la naturaleza de un programa. Otras negarán el «leninismo» desde los primeros momentos. Si el estudio de la revolución de octubre y los primeros años del estado soviético tienden siempre a confundir la revolución con las posiciones de Lenin y el grupo dirigente de los comunistas rusos, estudiar a los críticos y sus razones nos sirve para entender algo importante: una revolución de la escala de la de 1917 abre un haz de posibilidades tan novedoso como amplio en el que lo que sucedió materialmente, lo que la mayoría de los que tomaron partes entendieron y lo que quedó a los libros de Historia, fueron tres cosas distintas y muchas veces enfrentadas.

Luxemburg y Lenin

Las primeras diferencias claras se manifiestan antes de la revolución, en las raíces mismas de lo que será la III Internacional y se dan, como vimos cuando nos acercamos a los debates sobre la autodeterminación, entre Rosa Luxemburg -a la que se unirá después Bujarin- y Lenin. La causa era el diagnóstico de la nueva fase en la que el capitalismo había entrado con el nuevo siglo, eso que comenzaba a llamarse el «imperialismo». Mientras para Lenin -y otros teóricos socialistas del momento como el socialdemócrata Hilferding- el imperialismo era una nueva fase en el desarrollo de los capitalismos nacionales más avanzados, para Luxemburg se trataba de una fase en la historia del capitalismo como un todo. Luxemburg estaba sentando las bases de lo que luego se llamarían «teorías de la decadencia». La diferencia era importante porque si el capitalismo estaba en decadencia, si ya no era «progresivo» -en el sentido de que ya no puede «desarrollar las fuerzas productivas» espontáneamente- dejaba de tener sentido toda una serie de estrategias y tácticas que habían caracterizado a la II Internacional: desde el apoyo a la formación de estados nacionales donde no existían formas políticas modernas ni estado nacional, hasta la participación en elecciones, sindicatos y «frentes únicos» con organizaciones «progresistas».

Análisis d R.Luxemburg pondrá en cuestión participar en sindicatos, elecciones y movimientos x la autodeterminación

La Izquierda Comunista Rusa

Estas diferencias de fondo se manifestarán en la práctica también en Rusia. Un obrero metalúrgico de los Urales, Gavril Miasnikov formará un grupo crítico dentro del partido bolchevique ya en 1918 alrededor de la revista Kommunism. Algunas de sus críticas serán recogidas por el ala izquierda del grupo dirigente -Radek, Bujarin, Ossinsky, Kolontai- pero finalmente será expulsado en 1922 e intentará formar una fracción en el exterior del partido. En su manifiesto fundacional enfrentará sobre todo la política pro «liberación nacional» y alertará sobre el peligro de que el partido bolchevique se integre en la gestión del capitalismo de estado de la NEP. Detenido y liberado por su labor opositora, fue enviado a Alemania a una misión comercial como forma de separarle de su entorno. Sin embargo allí establecerá contacto con el KAPD, un nutrido partido «luxemburguista» expulsado del partido comunista alemán en 1920 y que era entonces el núcleo de la izquierda comunista en Alemania.

La Izquierda Comunista Germano-Holandesa

La izquierda comunista alemana y holandesa, son a menudo descritas erróneamente como «anarco-marxismo» o «marxismo libertario» y más certeramente como «comunistas no leninistas». En realidad, representan el desarrollo «natural» de las tesis luxemburguistas sobre la revolución. Como el resto de las tendencias, veían que las instituciones políticas del socialismo estaban naciendo de la nueva forma que las huelgas habían tomado desde 1905: extensión en el espacio de una empresa a otra -en vez de resistencia en el tiempo- asambleas abiertas y fusión de asambleas y comités en un nuevo tipo de órgano, el «soviet», el «consejo obrero». Todo esto sucedía «espontáneamente», no era el resultado de ningún tipo de «golpismo» ni de «preparación previa». Es más, el proceso que llevaba a la revolución ocurría al margen, cuando no en contra, de los sindicatos. De hecho, cada vez eran más los que pensaban que los sindicatos en tanto que institución, no como resultado de una dirigencia concreta, habían cambiado de naturaleza y eran ya, de alguna manera, parte del estado. Por eso el partido, los socialistas, no tenían que seguir luchando por encuadrar a los obreros en ellos. Ni siquiera tenían que prepararse para «dirigir el estado socialista». Es más, como se comenzaba a ver en Rusia, todo intento de dirección del partido como institución sobre el estado, acabaría en que el partido y su independencia política serían devorados por el estado y sus cuadros convertidos en una burocracia defensora de los intereses del capitalismo estatal sobre los de los trabajadores. La fusión estado-partido no podía sino producir una dictadura de partido y un capitalismo de estado. Si los partidos socialistas tenían sentido no era como órganos de gobierno, herramientas electorales o proyecciones políticas de unos sindicatos que significaban algo muy distinto de lo que habían significado en el siglo anterior. El partido, si tenía sentido como organización separada, era en tanto que lugar de reflexión, debate, propaganda y agitación.

El movimiento se deshará prácticamente en los años inmediatamente anteriores a la segunda guerra mundial, dejando sin embargo uno de los libros más influyentes y claros de la izquierda comunista: «Los Consejos Obreros» de Anton Pannekoek (1942). Un elemento importante a destacar es que tanto la izquierda rusa como la germano-holandesa tienen y recuerdan como objetivo principal la desmercanteilización y el paso, lo antes posible, a una sociedad de la abundancia. Algo que será común en todas las izquierdas comunistas y que irá unido en todas ellas a una concepción globalista tanto de la revolución como de su principal herramienta política: el gobierno de los consejos.

La Izquierda Comunista Italiana

Mientras tanto en 1921 la izquierda del socialismo italiano, rompe con el Partido Socialista. A su cabeza Amadeo Bordiga, quien será el primer secretario general del Partido Comunista de Italia. El grupo de Bordiga dirigirá el partido hasta 1923 en medio de una tensión creciente con la dirección de la Internacional Comunista, cada vez más enquistada y supeditada a las dinámicas internas del partido ruso. Los italianos son «abstencionistas», esto es, no ven sentido a la participación electoral en la nueva fase histórica. Tampoco entienden que la nueva Internacional tenga una estructura como la de la segunda, basada en secciones nacionales y mucho menos que se supedite a las revueltas dinámicas del partido ruso. Mientras luchan por endurecer las condiciones de entrada en la Internacional, proponen entender esta como un único partido mundial organizado bajo una única estructura, con un catálogo táctico prefijado que evite la dependencia de las inclinaciones o caprichos de las dirigencias locales o internacionales, lo que luego se conocerá como «centralismo orgánico».

Las tesis de la «fracción abstencionista italiana» de 1922, conocidas como «Tesis de Roma» están lejos de la izquierda germano-holandesa, su fundamento no es luxemburguista sino estrictamente leninista, parecen escritas por un Lenin dispuesto a no hacer una sola concesión a la incoherencia entre discurso y táctica. Por eso, los italianos son un rival especialmente odioso para la tendencia que acabará cristalizando en soporte ideológico del estalinismo y que comienza ya entonces a utilizar el culto a la personalidad de Lenin. Pero aprovechando que la represión fascista ha detenido a Bordiga, la dirección de la Internacional nombra una dirección centrista con Gramsci a la cabeza. En el 26, mientras está confinado en Ustica (Sicilia) con Gramsci, Bordiga saldrá del ejecutivo ampliado de la Internacional. En el 30 será expulsado del partido en la primera purga propiamente estalinista. Bordiga entiende, seguramente sea de los primeros en hacerlo, que ha empezado una época de contrarrevolución, no a los lomos de la caballería blanca o los freikorps alemanes sino del aparato burocrático del capitalismo de estado soviético. Aislado, vigilado por sus guardianes fascistas, deja la escasa actividad política que le era posible y se dedica a la ingeniería durante los siguientes años.

Pero no acaba ahí, ni mucho menos, la historia de la Izquierda Comunista Italiana, más bien al revés. Poco a poco, algunos de los fundadores del PCI y poco más de un centenar de militantes de primera hora se han ido reagrupando en la clandestinidad, la emigración y el exilio. En 1928, año clave pues marca la obtención del poder total por Stalin, la izquierda italiana tiene ya grupos activos en Bélgica, Francia y EEUU. Ese año se reunirán en Pantin (Francia) para sentar las bases de la «fracción» y comenzar su trabajo de balance de lo que entienden ha sido la primera oleada revolucionaria (1917-26). El mismo nombre hace evidente la diferencia con la Oposición de Izquierdas de Trotski, quien mientras, ha tenido que marchar al exilio y vaga por el mundo bajo la amenaza permanente de asesinato o deportación a Rusia. Los italianos no creen que haya lugar para la nueva Internacional, hacia cuya proclamación se apresura Trotski, sin una crítica previa y a fondo de los errores de la anterior. ¿Qué errores? El «frente único» que el propio Trotski había presentando en el IV Congreso, la aceptación de una dicotomía entre fascismo y democracia que llevaba de cabeza al «antifascismo», el «centralismo democrático» leninista, la supeditación al partido ruso de la Internacional, etc…

Izq Italiana verá el peligro del «antifascismo»: la oposición democracia-fascismo elimina toda alternativa real

El núcleo más potente de los italianos estará Bélgica, donde alrededor de Ottorino Perrone comenzarán a publicar en 1931 «Bilan» («Balance»), órgano de la «Fracción italiana de la Izquierda Comunista». Es difícil destacar lo suficiente el valor e importancia de esta publicación que sin embargo fue apenas marginal en aquel momento tanto en su distribución. Descubrir hoy, por ejemplo, sus diferencias internas sobre la Guerra Civil Española y sus debates al respecto con los trotskistas hace ver desde un ángulo nuevo todas las discusiones de la época.

Munis: del trotskismo a la Izquierda Comunista Española

Por cierto, que a diferencia de lo que normalmente se piensa, el trotskismo apenas formaba en España un pequeñísimo grupo, al que ni siquiera se le permitía una existencia organizada propia, dentro del POUM. A su cabeza estaba un entonces jovencísimo Grandizo Munis -autor de uno de los libros clásicos sobre la Guerra Civil– y albacea de Trotski. Hecho este último que no dejará de tener importancia. A lo largo de los 30 Trotski irá viendo erosionada su confianza en la posibilidad de «reforma» del sistema soviético y acercándose a las posiciones de la Izquierda Comunista según las cuales la URSS ya no era un «estado obrero degenerado» sino un capitalismo de estado en el que la burocracia estalinista representaba una forma de burguesía, ni siquiera esencialmente nueva, ligada al aparato estatal. Pero para poder confirmar ese salto esperaba un Rubicón equivalente al que la primera guerra mundial había representado para la socialdemocracia. Esperaba el momento en el que la URSS de Stalin llamara a los obreros del mundo a matarse entre sí defendiendo intereses imperialistas. A finales de 1939 el pacto Ribbentrop-Molotov, que unirá a Stalin y Hitler hasta 1942, permitía pensar que ese llamamiento era inminente. Y es temiendo el impacto de la respuesta de Trotski que Stalin ordena acelerar el complot que lleva a su asesinato en 1940. Si realmente era lo que pretendía, hay que decir que se salió con la suya. La «denuncia definitiva» del estalinismo no llegará ni siquiera de la IV Internacional que el viejo líder deja tras de sí. Munis, Natalia Sedova -esposa de Trotski- y Benamin Peret presionarán al Secretariado Internacional sin conseguirlo. Acabarán rompiendo con el Secretariado Internacional sobre la base de la consideración del estado soviético y los partidos comunistas oficiales. A partir de ahí, en la trayectoria de Munis y el grupo que le acompañará ya no puede hablarse de trotskismo, sino de Izquierda Comunista: Munis evolucionará hacia el rechazo a los sindicatos, la liberación nacional, el parlamentarismo, los «frentes únicos»… Su grupo, el FOR y su boletín «Alarma», serán recordados como la «Izquierda Comunista Española».

La Izquierda Comunista tras la 2ª Guerra Mundial

Mientras Munis comienza sus batallas con el trotskismo, la Izquierda Comunista Italiana se reconstituirá como partido en Italia. Estamos en 1943, en plena guerra. El nuevo «Partido Comunista Internacionalista» sufrirá en 1952 la escisión de la tendencia más cercana a un Amadeo Bordiga que había vuelto a la militancia activa. Este, separado del desarrollo de las posiciones de la fracción en el exterior seguía en la literalidad del programa y las «Tesis de Roma». De aquella escisión queda activo hoy un pequeño partido, el Partido Comunista Internacional. El grupo mayoritario, liderado por Onorato Damen, Perrone y otros antiguos miembros de la fracción, el PCInt, creció, se fundió con otros grupos y continúa hoy como «Tendencia Comunista Internacionalista».

El cuadro de la Izquierda Comunista que hemos pintado no estaría completo sin la belga y la francesa, especialmente interesante. Ambas, como la española, se enriquecerán del debate y las posiciones de la izquierda germano-holandesa, redescubriendo de diferentes maneras la teoría luxemburguista sobre la decadencia del capitalismo. También la Izquierda Comunista Francesa, a través del trabajo de Marc Chirik, se proyectará tras el 68 en un grupo que sigue hoy activo en numerosos países, la CCI.

Conclusiones

Este post no puede hacer justicia a la riqueza de ideas, debates y argumentos de casi un siglo de izquierdas comunistas. Ni siquiera lo pretendía, con animar a la lectura y la búsqueda nos conformamos. Nos gustaría sin embargo, haber mostrado tres cosas que, a un siglo de la Revolución Rusa, nos parecen cruciales para entender en qué consistió. En primer lugar que la Revolución Rusa no fue el resultado de un conjunto de ideas. Aunque los conceptos de los militantes y dirigentes de la época jugaron su papel dando forma dentro de un límite a los acontecimientos, las ideas fueron, como siempre, a la zaga de la transformación de la realidad, tanto en el momento revolucionario como en la contrarrevolución que le siguió. En segundo lugar, que el debate sobre el significado de cuanto pasó a partir de 1917 en Rusia y Europa es mucho más rico, diverso y comprometido de lo que se nos muestra en los manuales académicos de Historia Contemporánea. Y finalmente que esos debates están lejos de estar cerrados. Cualquier conmemoración de la Revolución Rusa que quiera ir más allá del folklore derrotista y la anécdota friki, debe recuperar los contextos, el significado de las palabras y los términos originales del debate. Eso es lo que hemos intentado con esta serie hasta ahora.

En 1917 muchos militantes socialistas comprometieron su vida ante la posibilidad de que se abrieran las puertas del cambio más importante de la Historia de nuestra especie: el principio del fin de la división en clases y el comienzo de la construcción consciente de las herramientas sociales que harían posible una sociedad de la abundancia. Sirvan de homenaje estos posts. Y sirvan sobre todo, para recordar que la abundancia no es un sueño utópico ni ridículo como nos quieren hacer creer, sino una ambición necesaria… y posible.

«Qué fue la izquierda de la revolución» recibió 1 desde que se publicó el Lunes 31 de Julio de 2017 dentro de la serie «» . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por David de Ugarte.

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