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¿Qué justifica a las macroempresas?

¿De verdad la concentración empresarial de los últimos 30 años se justifica sobre rendimientos crecientes de escala? ¿La degradación de los servicios y la definición cada vez más insatisfactoria para la mayoría de los puestos de trabajo es un mal necesario de la conquista de la productividad y por tanto de mayores niveles de vida o sólo existe como una necesidad de la captura de rentas?

La ley de los rendimientos decrecientes es uno de los descubrimientos más importantes de la Teoría económica del siglo XVIII. Debemos su modelo original a Turgot (1727-1781). La idea es sencilla: el aumento de un factor de producción eleva en un principio la producción, pero cada vez lo hará en menor medida y a partir de un punto nos encontraremos incluso con rendimientos negativos. Turgot da como ejemplo un campo: si no se labra obviamente la producción será cercana a cero. Conforme aumentemos el equipo de trabajadores la producción aumentará, pero el aporte de cada trabajador extra a la producción total irá decreciendo. Y llegará un punto en el que añadir más trabajadores simplemente hará que se produzca menos.

Rendimientos decrecientesRicardo vio más tarde que la tierra es sólo una forma de capital y que el modelo de rendimientos decrecientes operaría también para la producción industrial y de servicios. En principio, si hacemos depender la función de producción de dos factores (capital y trabajo), la productividad media del trabajo (producto dividido entre número de trabajadores o dicho de otro modo, cuanto produce una unidad de trabajo dado el capital existente) crece hasta un punto y luego comienza a caer. Este punto se alcanzará antes que el máximo de la productividad marginal (la pendiente de la productividad media, osea cuanto aumenta la producción la última unidad empleada).

En realidad lo que importa al empresario es la productividad marginal, porque lo que comparará será lo que aporta un trabajador más con lo que le cuesta ese trabajador extra y, en teoría, seguirá contratando hasta que una cosa y otra se igualen.

Pero ¿qué pasa si modificamos todos los factores al mismo tiempo? En general tendremos rendimientos decrecientes en todos ellos, al menos a partir de cierto punto. Pero en teoría podríamos tener tres resultados distintos. Si al incrementar, por ejemplo, todos los factores un 50% la producción crece en un 50% tendremos rendimientos de escala constantes. Si la producción aumenta menos de un 50% tendremos rendimientos de escala decrecientes (lo más común). Y si aumenta más de un 50% estaremos en rendimientos crecientes de escala.

¿De verdad se generalizaron en los ochenta y noventa los rendimientos crecientes de escala?

Cuando yo estudiaba en la facultad este era un caso de los considerados curiosos, una posibilidad para la que había que buscar ejemplos porque si no no era facilmente imaginable. Sin embargo se convirtió poco a poco por esa época en un lugar común del discurso empresarial. ¿Qué había de fondo? La posibilidad de acceder a nuevas tecnologías. El cambio en la forma de producir se enmascaraba como un aumento de capital. Por ejemplo: era la época en que las imprentas empezaban a pasar de la linotipia a lo digital. Utilizar software para editar, escáneres para incorporar imágenes, etc. significaban una notable inversión que sólo se rentabilizaría a costa de una producción mucho mayor. Los empresarios, subjetivamente, veían el problema no como un cambio en la función de producción motivado por una nueva tecnología que aportaba -para cualquier escala- mayor productividad (que es lo que era), sino como un cambio de escala del negocio que requería más capital.

Calificar el retraso en la adopción de nuevas tecnologías como «ineficiencias de escala» se dio por bueno y el discurso de la escala caló hasta convertirse en el leif motiv de la prensa económica. Era una confusión interesada, equiparar el cambio tecnológico a un aumento de escala (osea a alcanzar un tamaño medio de empresa mucho mayor) permitía vestir fusiones empresariales que limitaban la competencia como una «conquista» de productividad cuando en realidad lo que se había producido era la generación de una renta monopólica.

Ni hablemos de las privatizaciones de la época: el que pasaran a valer mucho más cuando el estado las colocaba en manos de unos pocos grupos inversores no se decía que era el resultado de una valoración a la baja del capital que hasta entonces había pertenecido al sector público. Al revés, se veía como el saludo de los mercados a un nuevo horizonte donde nuevas inversiones permitirían llegar a rendimientos de escala. En realidad, si tomamos esas grandes empresas públicas de servicios, como las telefónicas, podemos ver que la inversión en infraestructuras no creció sino que cayó. Lo que pasó fue no sólo que estuvieran infravaloradas en su capital, haciendo de su privatización una pura captura de capitales del estado, sino que los nuevos propietarios se apresuraron a convertir ese capital barato en rentas y disfrutar de la posición dominante -osea monopólica o cuasimonopólica- que heredaban del estado.

La burbuja

Es la época en la que se sientan las bases de la constitución del capitalismo de amigotes como verdadero «modo de producción» (Urrutia). Pero también la época en que la globalización y las tecnologías de comunicación distribuida señalan un horizonte que es justamente el contrario al del discurso de la concentración de capitales.

El resultado del encuentro entre este capitalismo que justifica el gigantismo cuasimonopolista sobre la presunta necesidad de más capital para desarrollar nuevas tecnologías, con la realidad de las nuevas tecnologías en las que el capital es cada vez menos importante, es la burbuja puntocom. ¿Se acuerdan de Patagon? ¿De Teknoland? ¿De Terra?

«Líderes» frente a «procedures»

Ahora pónganse en el lugar de los gestores de todo aquello. No los grandes inversores que sabían muy bien lo que hacían (apropiarse de rentas de posición y de capitales públicos infravalorados), los gestores. Se encuentran a la cabeza de macroorganizaciones cuyo tamaño sobrepasa, de muy muy lejos, cualquier múltiplo comprensible de una dimensión manejable. Aunque las rentas de posición alcanzadas por el tamaño y la influencia en el estado (ya son «campeones nacionales» «too big to fall») encubran las ineficiencias, se dan cuenta de que, de hecho, tienen serias dificultades para absorver las nuevas tecnologías, la innovación o ganar nada parecido a rendimientos crecientes de escala.

En la Teoría Económica que habíamos estudiado en la facultad (Coase), la empresa nacía de la necesidad de reducir costes de transacción. Estos costes son fundamentalmente costes de información, disponibilidad y confianza entre los agentes. En la medida en que obtenerlos en el mercado supone hacer una serie de contratos y asumir una serie de riesgos, aparece como racional la idea de crear relaciones estables dentro de una institución, de un grumo. El resultado de ese «fallo de mercado» es la institución llamada empresa. Las empresas en realidad serían «haces de contratos» cuyo objetivo sería reducir los costes de transacción del mercado.

Pero los nuevos gigantes corporativos del postmuro son tan grandes que tienen costes crecientes para contener en su interior el coste más estudiado de la organización empresarial: la relación principal-agente. Tradicionalmente este problema se había estudiado como la divergencia de objetivos entre propietarios y gestores de una empresa. Pero cuando las empresas superan cierto tamaño el problema aparece entre los escalones de la pirámide con tanta más frecuencia como se hace difícil para la gestión mantener los controles sobre el resultado del trabajo. La literatura y los discursos del management comienzan a hablar del «liderazgo» obsesivamente. Los presidentes de las megacorporaciones empiezan a presentarse con auras de gurú. Y, en callada disputa, mientras, los gestores, las consultoras y escuelas de negocio, abundan una y otra vez sobre la necesidad de mejorar y controlar los «procedures», los protocolos de trabajo, la sistematización de procesos…

Pero la realidad es tozuda: en todo lo que implica relación con el cliente, la evolución es hacia todavía un peor trato que la que era característica de la época de los monopolios estatales (como en las telefónicas), en los bancos la rotación de los directores de sucursal y la elaboración de sistemas de competencia interna entre los que trabajan en la red comercial, se torna general; en las energéticas y otros sectores las «prejubilaciones» rutinarias se presentarán como una manera de mantener la «juventud» y el compromiso de los cuadros medios. ¿Qué está pasando? Simplemente que a partir de ciertas escalas, controlar la ejecución de los protocolos de trabajo, los «procedures», se hace más difícil y más caro por cada persona contratada extra. Estamos en rendimientos decrecientes de escala. La calidad de los servicios prestados baja. El público lo siente y se hace lugar común la degradación general de la calidad: «Sanitas ya no es lo que era», «¿Te acuerdas de cómo era la atención en el Corte Inglés?». Se hará discurso común la idea de externalizar servicios… y no tanto porque reduzca costes directos, sino porque, se piensa, facilitará el control ganándose eficiencia.

Pronto empezará a hablarse del «punto de criticidad», un tamaño a partir del cual las ineficiencias suben a los cielos y la organización -entendida como un conjunto de procedimientos desarrollado por un grupo de personas- colapsa.

Moraleja

Desde el punto de vista de los accionistas y gestores de una organización, si aquello en lo que se fijan es en la capacidad para generar ingresos, el tamaño óptimo será el de monopolio mundial, es decir el lugar donde más rentas se capturan. Pero por una cuestión de escalas este es el lugar también de máxima ineficiencia y, por lo que sabemos, por muy buenos que sean los protocolos de trabajo, no hay sistema de incentivos y control de las relaciones principal-agente que no colapse mucho antes.

El nivel de «dimensión empresarial óptima» donde nos hemos movido estos últimos treinta años estaba claramente en una zona de ineficiencias organizativas que llevaba a la necesidad de limitar la autonomía de las personas en la empresa y aumentar los mecanismos de control interno de unos procedimientos cada vez más rígidos y estilizados. Como todo sistema cerca de su punto de colapso, hizo culto de la inseguridad como forma de azuzar una cohesión que se le escapaba de las manos. En realidad todas estas políticas, estas características de las macroempresas de nuestros tiempos, trataban de solventar las ineficiencias de un tamaño que sólo era necesario si había rentas cuasimonopólicas de posición. Los problemas que se nos han presentado como de gestión empresarial son en realidad los problemas organizativos de este modo de producción que llamamos «capitalismo de amigotes» que a las finales destruye tanto a la competencia como al estado.

Pero eso no tiene nada que ver con el tamaño óptimo de una organización ni con las preocupaciones procedimentales legítimas de una organización en un mercado de verdad, un mercado en el que las rentas se disipan. Ahí el tamaño óptimo tendría que ver más bien con unas dimensiones en las que se minimiza el problema principal-agente. El tipo de problemas que a esa escala se plantea incluye de forma natural el debate sobre las formas y principios de organización societaria y la capacidad de resiliencia ante cambios en el medio aparece como una medida tan crucial como ajena a las empresas sobredimensionadas, hoy consideradas canónicas.

La concentración empresarial de los últimos 30 años no se justifica sobre la consecución de rendimientos crecientes de escala. La degradación de los servicios y la definición cada vez más insatisfactoria para la mayoría de los puestos de trabajo -reducidos a rígidos protocolos tan rutinarios como cuestionables y alienantes- no es un mal necesario de la conquista de la productividad. No puede serlo en una época en la que la producción individualizada y la extensión de la lógica de la abundancia a nuevos ámbitos de la vida social se atisba a la vuelta de la esquina. Y no es que otras formas sean sólamente «posibles», es que éstas que padecemos amenazan ya el desarrollo del bienestar y la abundancia.

«¿Qué justifica a las macroempresas?» recibió 0 desde que se publicó el Sábado 3 de Marzo de 2012 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por David de Ugarte.

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