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Qué significaron la guerra y el internacionalismo

La guerra puso en marcha la revolución y solo la revolución pudo parar la guerra. La guerra resumía y concentraba las contradicciones de una época que sigue siendo la nuestra.

Para cualquier contemporáneo la guerra era ya en 1917 la mayor matanza de la historia humana. Y aunque la guerra se desarrollara en los frentes y apenas tocara a las grandes ciudades europeas, no era algo que contaran los periódicos. En países como Francia en 1917, dos de cada tres personas llamadas a filas ese año morirían en combate o sufrirían heridas graves. Era imposible invisibilizar las consecuencias de la guerra para la masa de la población. Por eso fue el detonante de la revolución y su primer motor. Y en 1918, quedó claro para todos que fue la revolución la que paró la guerra y que solo ella podía hacerlo. Para la socialdemocracia organizada en la II Internacional significó una fractura imposible de recomponer. Para los luxemburguistas la prueba material de sus teorías y para los socialistas rusos una ventana para trascender la revolución democrática. La guerra y la revolución son las dos caras de un mismo momento crítico, el nacimiento de un mundo que sigue siendo el nuestro.

La guerra

En un mundo de industrias de escala y mercados saturados, los objetivos de la guerra serán distintos a los de las guerras que habían expandido el capitalismo. No es que no se pretenda dominar territorios, a fin de cuentas el territorio es la base material del mercado, el botín principal. La cuestión es que cada cual medirá a su enemigo por sus «capacidades productivas» y buscará destruirlas. Pero si el enemigo es ante todo una capacidad productiva, la principal fuerza productiva son las masas de trabajadores, y en guerra las masas están movilizadas en el ejército nacional. El objetivo de la guerra es pues, la aniquilación. No de la población civil todavía1 sino, como vería antes que nadie Rosa Luxemburg, de la clase obrera uniformada.

La 1ªGM es una guerra de aniquilación: objvo es destruir capacidad productiva y la principal es el trabajo

La guerra concentra, incluso adelanta, en forma destructiva las potencialidades productivas de la época. Las grandes batallas se piensan con la mentalidad de la producción industrial a gran escala: sucesiones de movimientos de distintas unidades en frentes interminables perfectamente planificados y sincronizados, involucrando centenares de miles de personas. Los oficiales, versión uniformada de las nuevas clases medias que organizan el «procedure» fabril, tienen por función asegurarse de que las órdenes se cumplen a la hora y el minuto indicados en los planes de batalla. La guerra se ha convertido en una gigantesca cadena de montaje en la que el reloj es una herramienta fundamental2.

La ruptura de la socialdemocracia

Pero nada de esto está en la cabeza de la gran masa de la población cuando, en agosto, se producen las movilizaciones masivas de levas y reservistas. El patriotismo desatado por los medios de comunicación, la exaltación de los uniformes, los desfiles patrióticos, las despedidas de soldados, escenifican un nacionalismo impúdico en un clima de triunfalismo. La intelectualidad juega su papel con descaro, Thomas Mann asegura que la guerra «hará más libre y mejor a la cultura alemana». El «espíritu de agosto» será resguardado por una censura militar efectiva y total. Aunque hay que decir que será prácticamente incuestionada para sorpresa y horror del socialismo europeo.

Cuando en diciembre el parlamento alemán vota los créditos de guerra, todos los diputados socialdemócratas votan como un solo hombre su aprobación. Solo uno de ellos, Karl Liebknecht, hijo del fundador del partido, Wilhelm, vota en contra. Su alegato será censurado y no se permitirá siquiera su inclusión en las actas parlamentarias. Karl inicia la campaña derrotista contra la guerra. El folleto «¡El enemigo está en casa!» (1915) le valdrá el ingreso inmediato en prisión, las leyes de guerra pasan por encima de la inmunidad parlamentaria.

La absurda consigna «aguantemos» ha tocado fondo. Sólo nos lleva más y más hondo dentro del vórtice del genocidio. La lucha de clases del proletariado internacional contra el genocidio imperialista internacional es el mandato socialista de la hora.

¡El enemigo principal de cada uno de los pueblos está en su propio país!

El enemigo principal del pueblo alemán está en Alemania. El imperialismo alemán, el partido alemán de la guerra, la diplomacia secreta alemana. Este enemigo que está en casa debe ser combatido por el pueblo alemán en una lucha política, cooperando con el proletariado de los demás países cuya lucha es contra sus propios imperialistas.

Solo la izquierda del Partido Socialdemócrata se mantiene firme: Rosa Luxemburg, Leo Jogiches, Clara Zetkin… pero son pocos, aparentemente impotentes durante los primeros meses de guerra. Todo el «humanitarismo» que rezumaba el ala no marxista del socialismo queda en nada. Solo Vollmar, secretario del partido en Baviera, tiene el valor de enfrentarse a la histeria generalizada. Más allá de Alemania no cabe esperar nada mucho mejor tampoco: Jean Jaurés, que encabeza un movimiento contra la movilización, ha sido asesinado la víspera de la declaración de guerra por un patriota francés.

Pero la clave estaba y así lo entendía todo el mundo, en Alemania. Cuando Lenin lee que los socialistas han votado a favor de los créditos de guerra en el «Vorwarts» -el periódico oficial del partido alemán- cree que es un ejemplar falso fabricado por la inteligencia militar alemana. Desde la época en la que los dos «padres» del socialismo alemán Wilhelm Liebknecht y August Bebel habían sufrido prisión por enfrentarse a la guerra franco-prusiana a la que denunciaban como guerra imperialista, el partido alemán se consideraba el puntal del movimiento obrero contra la guerra. Cuenta Rosa Luxemburg en su famoso «Panfleto Junius»:

Como dijo el Wiener Arbeiterzeitung del 5 de agosto de 1914, la socialdemocracia alemana era la joya de las organizaciones del proletariado consciente. Las socialdemocracias de Francia, Italia y Bélgica, los movimientos obreros de Holanda, Escandinavia, Suiza y Estados Unidos, seguían ilusionados sus pasos. Las naciones eslavas, los rusos y los socialdemócratas de los Balcanes contemplaban al movimiento alemán con admiración infinita, casi ciega. En la Segunda Internacional la socialdemocracia alemana era sin duda el factor decisivo. En cada congreso, en cada plenario del Buró Socialista Internacional, todo dependía de la posición del grupo alemán. Especialmente en la lucha contra la guerra y el militarismo, la posición de la socialdemocracia alemana ha sido siempre decisiva. Bastaba un «los alemanes no lo podemos aceptar» para determinar la orientación de la internacional. Con ciega confianza se sometía a la dirección de la muy admirada y poderosa socialdemocracia alemana. Era el orgullo de todos los socialistas, el terror de las clases dominantes de todos los países.

¿Y qué ocurrió en Alemania cuando sobrevino la gran crisis histórica? La peor caída, el peor cataclismo. En ningún lugar la organización proletaria se sometió tan dócilmente al imperialismo. En ningún lugar se soportó el estado de sitio con tanta sumisión. En ningún lugar se amordazó así a la prensa, se ahogó tanto a la opinión pública; en ningún lugar se abandonó tan totalmente la lucha política y sindical de la clase obrera como en Alemania.

Internacionalismo

El marxismo sostenía una posición radical contra el nacionalismo desde sus mismos orígenes. En el mismo Manifiesto Comunista de 1848 Marx y Engels habían respondido a los que les acusaban de querer privar a los obreros de su nacionalidad que «no se les puede arrebatar lo que no poseen» porque como ya habían publicado un par de años antes:

karl marxLa nacionalidad de los trabajadores no es ni francesa, ni inglesa, ni alemana, es el trabajo, la libre esclavitud, la venta de sí mismo. Su Gobierno no es ni francés, ni alemán ni inglés, son los humos de la fábrica. La tierra que les pertenece no es ni francesa, ni inglesa ni alemana, son unos palmos bajo tierra.

Ese es el corazón de lo que significaba «internacionalismo»: una afirmación sin ambages de la unidad de la clase trabajadora por encima de unas fronteras que marcaban mercados nacionales, ámbitos de dominio de una burguesía determinada. Pero el mundo de Marx es un mundo de capitalismo en expansión o lo que es lo mismo: no es un mundo plenamente capitalista. La aparición de una clase obrera mundial que pudiera hacer una revolución mundial dependía que el mercado pudiera llegar a ser realmente mundial, que la burguesía barriera los últimos estados e imperios feudales, fueran el ruso o el chino. Y la forma que eso tomaba entonces no era otra que la «liberación nacional». Nadie se engañaba: liberación nacional significaba un nuevo estado capitalista, nada más… y nada menos. Los partidos de la II Internacional apoyarán movimientos nacionalistas como el polaco durante décadas en la esperanza de que darle un buen bocado al feudalismo ruso llevando hacia el Este el capitalismo. Pero cuando aparece un movimiento obrero potente desde Varsovia a Bakú pasando por San Petesburgo y Finlandia, que se expresa en la revolución de 1905, la posición de los mismos socialistas polacos, con Rosa Luxemburg a la cabeza, será la de declarar obsoleta la posición y apostar por la centralización del movimiento obrero de todo el imperio.

Con todo, el fantasma de la Rusia zarista como bastión último de la reacción feudal en Europa y por tanto enemigo común de «las fuerzas progresivas», esto es de trabajadores y capital, quedaba en la memoria del movimiento obrero de toda Europa. Esa será la consigna de la derecha socialdemócrata alemana para apoyar la guerra: acabar con el zarismo y liberar Rusia. Hipócrita si no cínica, como demostraría la revolución en 1917… pero útil para sus intereses. La idea de que en una guerra del capitalismo contra la feudalidad los obreros podían apoyar a su propia burguesía para extender el capitalismo y con él el movimiento obrero, estaba bien inserta en la memoria política socialista.

En 1914 Internacionalismo era negar todo interés nacional y negarse a participar en la matanza

Frente a eso, la izquierda marxista responderá que ante la matanza «la derrota de la propia burguesía imperialista es el mal menor para la clase obrera y las masas laboriosas» (Lenin) y partiendo de las posiciones de Liebknecht y Luxemburg reafirmará el internacionalismo como «derrotismo revolucionario», un llamamiento a los obreros a volver las armas contra los mandos, a las fábricas a parar y en general, a convertir la guerra mundial en revolución. Son pocos nombres y destacan ya algunos que después se colocarán entre las izquierdas de la revolución como Pannekoek. Los alemanes más allá del viejo Mehring, el encarcelado Liebknecht y Zetkin son en su mayoría considerados «extranjeros» en Alemania (Luxemburg, Radek, Jogiches). Los rusos (Trotski, Lenin, Zinoviev) son exiliados con poca capacidad de influencia en los acontecimientos. El primer intento de arrastrar en la inevitable ruptura de la Internacional a elementos más allá de la izquierda, la Conferencia de Zimmerwald (1915), tan solo atrae a la dirección de dos partidos (el italiano y el búlgaro) y apenas consigue ganar a un puñado de entre los viejos marxistas que no creen que la hora de la revolución haya llegado (como Martov, líder de los «mencheviques internacionalistas») pero que la socialdemocracia no puede mandar a los trabajadores al matadero. Y sin embargo, toda esa oposición a la guerra que parece clamar en el desierto será clave para detenerla.

En 1915 es claro q la única forma de parar la matanza es convertir la guerra entre estados en revolución en cada uno

Confraternización y rebelión

A finales de 1916 los motines se multiplican en el ejército francés. En Rusia el descontento es cada vez mayor y con él aparecen los primeros episodios de confraternización entre soldados alemanes y rusos. El movimiento culminará en febrero -nuestro marzo- con la formación de soviets de soldados que se unen a los de los obreros sublevados en las capitales. Ha comenzado la revolución. El Zar cae y se proclama la república, que en manos del socialismo belicista intenta proseguir la guerra. El fracaso de la ofensiva organizada por Kerenski -el eserita «ministro del pueblo»- desencadenará los acontecimientos que llevarán a que los soviets tomen todo el poder en octubre (nuestro noviembre) y busquen una «paz por separado» de las potencias aliadas.

No es un movimiento únicamente ruso ni anecdótico. Mientras en Rusia los soviets toman el poder, en Italia, tras la batalla de Caporetto más de un cuarto de millón de soldados deserta. En los meses siguientes a la matanza de Verdún la mitad del ejército francés se amotina. Miles de ellos abandonan las trincheras cantando la chanson de Craonne y la Internacional entre banderas rojas. El intento de llegar a París en tren es detenido cortando las vías. Siguen combates dispersos entre las tropas amotinadas y las soldados fieles al mando. Los amotinados que restan en el frente defienden sus trincheras a tiros contra su propia retaguardia. El 15 de mayo Pétain toma el mando. Se juzga a 23.000 soldados. Se condena a muerte a 629. Su memoria queda hoy deformada gracias a la pacifista «Paths of Glory» que Kubrick filmará cuarenta años después. El hecho es que el frente francés queda desde entonces prácticamente inerte, con un mando que no sabe si temer más al ejército alemán o a su propia tropa.

Entre las tropas alemanas y austriacas la situación no es mejor. Los pequeños motines se suceden y la tensión va en aumento. El 4 de noviembre de 1918 los marinos de Kiel se levantan coreando el nombre de Liebknecht. Cinco días después el Kaiser abdica y se proclama la república bajo un gobierno que aúna a la socialdemocracia belicista -el aparato sindical y parlamentario del SPD- y al nacionalismo ultra. Su objetivo principal será parar la revolución a toda costa. De momento, la revolución está en marcha. Y la guerra, gracias a ello, ha concluido por fin.

Conclusiones para unos y otros

Las clases dominantes europeas y especialmente las alemanas, sentirán que la guerra ha quedado a medias. Durante años el militarismo alemán hablará de la «cuchillada por la espalda» que el movimiento obrero había dado a Alemania a la que culpará además de los desastres económicos que seguirán a Versalles. La lección para ellos y con ellos para todas las clases dirigentes europeas está clara: no había bastado con el apoyo del SPD para llevar con fiabilidad a la masa de la población a una guerra total. Había que derrotar más profundamente al movimiento obrero, debía hacer la guerra suya y marchar bajo una bandera nacional contra otra. Por eso los años 20 y 30, el ascenso del fascismo y el antifascismo deben ser vistos como los preparativos de la continuación de una guerra «inconclusa» desde el punto de vista de los intereses que la crearon y los objetivos que la movieron. Y por lo mismo la evolución política como el ensayo de las formas contemporáneas de encuadramiento social que hacen posible una guerra total.

Las clases dirigentes europeas aprendieron q llevar hasta el final la guerra exigía una derrota completa del trabajo

Desde el punto de vista de los socialistas, la guerra demostró a los luxemburguistas su análisis del imperialismo: una guerra mundial solo podía ser resultado de la incapacidad de encontrar nuevos mercados que sufrían todos y cada uno de las economías capitalistas porque ya no quedaban mercados extracapitalistas suficientes. Solo eso podía explicar que todos lucharan contra todos en una guerra que supeditaba todo el aparato productivo a la destrucción del capital y el trabajo del contrario. Por eso la revolución que comenzaba abría las puertas del socialismo en todos lados, no solo en los países desarrollados. Una mirada que comparten Lenin y Trotski sin compartir su fundamentación económica de fondo: en Rusia la guerra había armado a la masa de campesinos que se había unido a la revolución obrera de los centros industriales, pero sin embargo no había que conformarse y esperar, como pensaban Martov y los mencheviques internacionalistas, con una República que abriera un periodo de desarrollo capitalista de Rusia al estilo de las naciones avanzadas. No hacía falta. La guerra mundial estaba provocando una revolución mundial. Y Rusia, si los soviets obreros conseguían liderar al campesinado podría unirse a ella.

La guerra mundial significó para la izquierda que se abría un periodo histórico de revolución socialista mundial

Notas

1. No quiere decir esto que la posterior Segunda Guerra Mundial tuviera otra naturaleza. Al revés. La lógica sigue intacta y la práctica se radicaliza siguiendo -a veces adelantando- las tendencias organizativas del capitalismo. La Segunda Guerra Mundial será una orgía de bombardeos sobre la población civil y si no conoce las largas líneas de trincheras es porque, como está ocurriendo en el ámbito de la producción, los planes de batalla ya no planifican hasta el último segundo y kilómetro cuadrado del frente. El nuevo capitalismo de los cuarenta cree en la descentralización y el liderazgo: los oficiales sobre el terreno, la nueva clase media gestora, tiene autonomía para conseguir en una franja de tiempo los objetivos parciales que se le encomiendan desde arriba. La movilidad, la rapidez y la capacidad de coordinación son los valores de los planes de empresa/batalla. Esa relación de «calco» entre la guerra y la empresa en sus objetivos y su organización, será permanente desde entonces. No es tan difícil ver en la Guerra del Golfo y la doctrina militar americana de estos años el avance de las teorías de gestión de la era de la recentralización, Google y la Inteligencia Artificial. [Volver]

2. Así que el reloj de bolsillo, aquel pequeño orbe que enseñoreaba el burgués industrial decimonónico, pero que resultaba incómodo a caballo o con un arma en la mano, dejó paso al reloj de pulsera, originalmente creado por Cartier para el creador de la aviación a motor, Santos Dumont, en 1901. Al final de la guerra sería el símbolo universal de aquellas clases medias cuya juventud había nutrido la oficialidad de los ejércitos desangrados en los campos europeos. [Volver]

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  1. […] anterior, a punto estuvo de salir el tiro por la culata al proceso entero. En el primer intento la guerra fue interrumpida por la revolución y costó veinte años, una crisis arrasadora y una notable dosis de creatividad política suscitar […]

  2. […] las fracciones marxistas para producir decantaciones y separaciones ideológicas. Solo en 1917, el enfrentamiento entre los que defendían entrar en la guerra y alistarse en los ejércitos nacionales…, evidenció diferencias de fondo suficientes como para justificar una división a los ojos de una […]

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