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«Religión para ateos» un resumen literal

Una selección de citas del libro de Alain de Botton para inspiración de indianos y amigos interesados en el «Ateísmo 2.0» con mis comentarios personales en subrayado amarillo

1. Restaurantes Agape

alain_de_botton ateismo 2Los historiadores han sugerido que dejamos de preocuparnos por nuestros vecinos más o menos al mismo tiempo que dejamos de honrar comunitariamente a nuestros dioses.

Una misa católica no es ciertamente, el habitat ideal para un ateo. Buena parte del guión es ofensivo a la razón o simplemente incomprensible. Dura demasiado y es raro no caer en la tentación de echar una cabezada. Pero en cualquier caso, la ceremonia está repleta de elementos que sutilmente fortalecen los lazos afectivos entre los participantes y que los ateos harían bien en estudiar y en ocasiones aprender para apropiarse de ellos y reutilizarlos en el mundo secular.

Una lección para extraer de la misa está íntimamente ligada a su historia. Antes de que fuera un servicio, antes de que los congregantes se sentaran en asientos frente a un altar tras el cual un sacerdote levanta una hostia y una copa de vino, la misa era una comida. Lo que conocemos como Eucaristía comenzó como una celebración en la que las primeras comunidades cristianas dejaban de un lado el trabajo y las obligaciones domésticas y se juntaban alrededor de una mesa (generalmente repleta de vino, cordero y tortas de pan ácimo) para conmemorar la última cena. . Allí hablarían, rezarían y renovarían sus votos con Cristo y entre ellos. Como los judíos con su comida del Shabbat, los cristianos entendieron que es cuando se sacia el hambre corporal cuando más frecuentemente estamos preparados para dedicar nuestras mentes a las necesidades de otros.

De Botton parece desconocer que ese tipo de celebración era en realidad la comida ritual de los mitraistas todos los domingos y que los cristianos lo tomaron de ahí más que del seder de Pesaj judío

En honor de la más importante de las virtudes cristianas, agape significa amor en griego, estos encuentros se llamaron «ágapes» y se mantuvieron regularmente en las comunidades cristianas en el periodo entre la muerte de Jesús y el Concilio de Laodicea en el 364.

Agape en realidad significa amor por la comunidad real, equivale a la Pietas romana y es diferente de Eros -amor sexual- y Philos -amor fraternal

Agapes eran en realidad el nombre que recibían las comidas fraternales de las comunidades epicúreas mucho antes de los cristianos, es muy probable que los cristianos también lo tomaran del mitraismo, harto influido por estoicos y epicúreos

Muchas religiones se han dado cuenta de que los momentos alrededor de la ingestión de comida son propicios para la educación moral.

En realidad es al revés, la religio nació de la necesidad de celebración tribal

Es como si la perspectiva inminente de comer sedujera a nuestros normalmente refractarios egos para mostrar hacia los otros algo de la misma generosidad que la mesa nos ofreció. Estas religiones también saben lo suficiente de nuestra sensibilidad, nuestra dimensión no intelectual, como para preveer que no podemos ser contenidos en una senda virtuosa solo mediante palabras.. Saben que en una comida tendrán una audiencia cautiva que aceptará de buen grado el intercambio de ideas y alimento, y por eso convierten las comidas en lecciones éticas disfrazadas. Nos dan el alto justo antes de que tomemos el primer sorbo de vino y nos ofrecen un pensamiento que puede ser deglutido con el líquido como si fuera una pastilla. Nos hacen escuchar una homilía en el gratificante intervalo entre dos platos. Y usan tipos específicos de comida y bebida para representar conceptos abstractos, diciéndole a los cristianos por ejemplo que el pan representa el cuerpo de Cristo, informando a los judíos de que el plato de la cena Pesaj con manzanas y nueces es el mortero usado por sus antepasados esclavizados para construir almacenes en Egipto y enseñando a los budistas Zen que sus pocillos de te lentamente servidos son símbolos de la naturaleza temporal de la felicidad en un mundo flotante.

El cristianismo, el judaísmo y el budismo han hecho significativas contribuciones a los sistemas políticos, pero se podría argumentar que su relevancia para los problemas comunitarios nunca es mayor que cuando salen del guión de la política moderna y nos recuerdan que hay algo valioso en ponerse en pie en una sala con un centenar de conocidos y cantar un himno juntos, o en lavar ceremonialmente los pies de un extraño, o sentarse en una mesa con vecinos y compartir una costilla de cordero y conversación; el tipo de rituales que, tanto como las deliberaciones en los parlamentos o en las salas de justicia ayudan a mantener unidas a nuestras frágiles sociedades.

En esencia las religiones entienden que pertenecer a una comunidad es al mismo tiempo muy deseable y no demasiado fácil. A este respecto son mucho más sofisticadas que todos esos teóricos políticos seculares que escriben líricamente sobre la perdida del sentido comunitario mientras rechazan reconocer los aspectos inherentemente oscuros de la vida social. Las religiones nos enseñan a ser educados, honrarnos nos unos a los otros, ser fiables y sobrios, pero también saben que si no nos permiten ser y hacer otra cosa de cuando en cuando, quebrarían nuestro espíritu. En sus más sofisticados momentos, las religiones aceptaron la deuda que la bondad, la fe y la dulzura tienen con sus opuestos.

Si queremos comunidades funcionales no debemos ser inocentes respecto a nuestra propia naturaleza. Debemos aceptar plenamente la profundidad de nuestros sentimientos destructivos y antisociales. No deberíamos desterrar los festines y el desenfreno hacia los márgenes para que sean barridos por la policía mientras hacemos comentarios con el ceño fruncido. Deberíamos dar al caos un lugar de honor una vez al año, designando ocasiones en las que estemos brevemente exentos de las dos grandes presiones de la vida secular adulta: ser racionales y fiables. Debería permitírsenos hablar en jerigonza, decir tonterías, decorarnos con falos y pasar una noche de fiesta copulando al azar y disfrutando de los extraños. Y después volver a la mañana siguiente con nuestros pares que habrán hecho algo similar, sabiendo todos que no fue nada personal, que es la «Fiesta de los locos» que nos hizo hacerlo.

Una vez más de Botton insiste en la tradición cristiana centroeuropea cuando seguramente fuera más interesante su origen: la Saturnalia romana, de la que salieron la Navidad cristiana (que heredó el arbolito, los regalos y la fecha) y el Carnaval (que heredó de Saturnalia la idea de la inversión de roles sociales, mucho más interesante que la de la orgía); en la Saturnalia los esclavos pasaban a ser señores de sus amos y vestirse con sus ropas mientras los amos pasaban a trabajar en sus propias casas con ropas de esclavos, además, dentro de estos las matronas pasaban a dirigir las familias vistiendo ropas masculinas y los hombres a depender de su consentimiento y travestirse para ellas).

Aprendemos de la religion no solo sobre los encantos de la comunidad. Aprendemos también que una buena comunidad acepta cuánto hay en nosotros que realmente no quiere comunidad -o que al menos no puede ser tolerado en sus formas ordenadas todo el tiempo. Si hacemos celebraciones del amor, debemos tener también nuestros banquetes de locos.

2. Carteles en las calles y figuritas alegóricas en las casas

Los ateos tienden a sentir pena de los habitantes de sociedades dominadas por la religión por el alcance de la propaganda que tienen que soportar, pero basta mirar a las sociedades seculares para descubrir llamados a la oración igualmente potentes y continuos. Un estado libertario que hiciera honor a su nombre trataría de reequilibrar los mensajes que impactan en sus ciudadanos en contra de lo meramente comercial hacia una concepción holística de la prosperidad. De acuerdo a las ambiciones que tenían los frescos de Giotto [sobre las virtudes y los pecados], estos nuevos mensajes deberían mostrarnos vívidamente las muchas maneras nobles de vivir que admiramos tan generalmente como ignoramos despreocupadamente.

De Botton imagina que una parte de las vallas publicitarias, por ejemplo, se reservarían para carteles dedicados a representar las virtudes morales más importantes. Aunque construye el relato sobre un fresco de Giotto sobre las virtudes y los pecados capitales en una iglesia italiana, en realidad sería más adecuado para lo que quiere hacer la referencia a las estatuas, templos y ceremonias dedicados a las virtudes en la Roma clásica.

Una sociedad secular funcional pensaría con aprecio similar sobre sus «role models». No nos proveería solo con estrellas del cine y cantantes. La ausencia de creencia religiosa de ninguna manera invalida la necesidad de «santos patronos» de cualidades como el coraje, la amistad, la fidelidad, la paciencia, la confianza o el escepticismo. Podemos todavía sacar partido de momentos donde damos espacio interior a voces de personas que son más equilibradas, valientes y generosas de espíritu que nosotros -Lincoln o Whitman, Churchill o Stendhal, Warren Buffet o Paul Smith- y a través de los cuales reconectar con nuestras más dignas y serias posibilidades.

De Botton propone hacer figuritas de grandes figuras y virtudes, al modo de los romanos. Recuerda no solo a los dioses sino a la idea de «genius» romana. En Roma no se honraba a Augusto (el ser humano que creó el Imperio) sino a su «genius», es decir, al espíritu del buen gobierno que nos sugiere su nombre y su trayectoria. Sin ese concepto, incluso una «action figure» de Augusto produce pudor, nadie adhiere a su propia vida al 100%, menos aun a la vida de otro que no conoce al detalle.

3. Recuperar las grandes obras culturales como mitos morales

Cuando el sentimiento religioso comenzó a romperse en Europa en los comienzos del siglo diecinueve, empezaron a surgir preguntas angustiadas sobre como, ausente el marco del cristianismo, la gente podría gestionar el encontrar significado, entenderse a si mismos, comportarse de acuerdo a reglas morales, perdonar a los otros humanos y confrontar su propia mortalidad. Y como respuesta, una influyente facción propus que las obras culturales podrían en adelante ser consultadas en lugar de los textos bíblicos. La cultura podría reemplazar a las escrituras.

La esperanza residía en que la cultura pudiera ser no menos efectiva que la religión -que se entendía equivalente al cristianismo- en su capacidad para guiar, humanizar y consolar. Historias, pinturas, ideas filosóficas y relatos de ficción podrían ser penetrados para extraer lecciones que nada tendrían que envidiar en su nivel ético y en su impacto emocional a aquellas enseñadas por la Biblia. Las máximas de Marco Aurelio, la poesía de Bocaccio, las óperas de Wagner y las pinturas de Turner podrían ser los nuevos sacramentos de una sociedad secular.

El prestigio recién adquirido por las novelas y poemas se basaba en el descubrimiento de que esas formas, al modo de los Evangelios, podrían portar mensajes morales complejos incrustados dentro de relatos emocionalmente potentes y dar pie a la identificación afectiva y el autoexamen.

Una vez más parece olvidar que el Evangelio cristiano, escrito un siglo después de la muerte de Jesús, no era más que una (mala) novela romana, de hecho un collage de novelas que incluía trozos enteros de algunos best sellers de la época como la autobiografía de Flavio Josefo (la historia de los 40 días en el desierto es un plagio digno de la prensa española). Si el Evangelio sirvió como texto ético y para la guía personal -a diferencia del Antiguo Testamento- es porque copiaba las biografías moralizantes de moda en la época. Una vez más no se trata de tomar un modelo cristiano, sino de limpiar de cristianismo lo que era un modelo laico romano.

¿Por qué entonces, la noción de reemplazar la religión con la cultura, de vivir de acuerdo a las lecciones de la literatura y el arte como los creyentes viven de acuerdo a las lecciones de la fe, continúa resultándonos tan peculiar?

Porque debe vivir en la Luna. En Europa, América Latina, Filipinas y medio mundo, el discurso de la Cultura como para-religión secular es el día a día… del nacionalismo y sirve para que la mayoría se pueda identificar como creyente en la patria irredenta, en el estado nacional o en ambos a la vez, como en Rusia

¿Por qué los ateos no pueden sentirse atraídos por la cultura con la misma espontaneidad y rigor con el que los religiosos se aplican a sus textos sagrados?

Porque cuando un ser racional se encuentra con un tipo que empieza a hablar citando el diccionario de la RAE o incluso el Gonbricht, sale corriendo a una velocidad similar a la que lo hace cuando encuentra a un mormón con la Biblia en la mano.

4. Enseñar sabiduría no conocimiento

La educación secular da lecciones (lecturas), la cristiandad da sermones. Expresado en términos de pretensiones podríamos decir que una está preocupada por transmitir información y la otra por cambiar nuestras vidas.

Solo los títulos de los sermones de uno de los más famosos predicadores del siglo dieciocho, John Wesley, muestran como la cristiandad busca dispensar consejo práctico sobre todo un abanico de retos espirituales cotidianos: «Sobre ser amable», «sobre ser obediente a los padres», «sobre la cautela ante el dogmatismo», «sobre visitar a los enfermos»… Aunque es improbable que los sermones de Wesley pudieran seducir alguna vez a un ateo por su contenido, en cualquier caso tuvieron éxito, como tantos textos cristianos categorizando el conocimiento en titulares útiles.

La búsqueda de parábolas es precisamente donde yace el corazón de la aproximación cristiana a los textos.

Esto es interesante y de Botton se acerca pero no parece verlo: el cristianismo tuvo que convertir en mitos las historias bíblicas conforme la evolución histórica hacían indiscutibles su vacuidad e irracionalidad. Pasó pues de la literalidad a la exégesis, de la vindicación de la «palabra de Dios» a su lenta conversión en metáfora y alegoría dentro de un conjunto que la Teología misma tuvo que tratar como una mitología más. El siglo XIX y el XX liberaron a los pensadores de ese corsé donde para decir algo y no contradecir a los textos cristianos había que convertir previamente una cosa infumable escrita para caciques antiguos en una bella metáfora moral. Por eso el ateísmo huyó tanto tiempo de la expresión alegórica o mítica. Por eso social y políticamente el racionalismo se sintió cómodo con el cientifismo (extrapolar a la sociedad lógicas y resultados científicos como si estuvieran en el mismo rango epistemológico y como si en sociedad y ética pudiera haber una «moral científica») y se expresó como «programas» de cambio social y personal. Visto el resultado, parece que mejor volvemos al relato mítico, más flexible, cohesivo y con espacio para la diversidad.

5. Cultura dual

Las universidades rediseñadas del futuro se basarán en el mismo rico catálogo que sus equivalentes tradicionales, promoviendo el estudio de novelas, historias, ensayos y pinturas, pero enseñarán este material con una mirada orientada a iluminar la vida de los estudiantes más que a conseguir objetivos académicos. Anna Karenina y Madam Bovary serían asignadas a un curso sobre como entender las tensiones del matrimonio en vez de a uno centrado en las tendencias de la narrativa decimonónica. Igual que las recomendaciones de Epicuro y Séneca aparecerían en el temario de un curso sobre buen morir más que en una introducción a la Filosofía helenística.

[Las religiones] Se dieron cuenta de que los mayores peligros que enfrentaban no era la sobre-simplificación de conceptos sino la erosión del interés y el apoyo por la incomprensión y la apatía. Reconocieron que la claridad preserva más que socava las ideas, para eso crearon una base sobre la que la labor intelectual de una élite pudiera descansar.

Y hasta aquí puede leer. Obviamente no considera al lector dentro de la élite más que a medias. Pero su mensaje es claro: hay que dualizar la cultura y los mensajes. Para los propios toda la finura intelectual, para los externos cositas claras, mensajes reiterativos y que respondan a las cosas que realmente se preguntan y les importan de modo que se obtenga adhesión de su parte para el ateísmo. Nada más.

Además de ser enunciadas elocuentemente, las ideas tienen que sernos repetidas constantemente. Tres o cinco o diez veces al día, necesitamos que se nos recuerden las verdades que amamos pero que de otra manera no seríamos capaces de sostener (…) De alguna manera sentimos sin embargo que sería una violación de nuestra espontaneidad que se nos presentara una lista de tareas que incluyera releer a Walt Whitman o Marco Aurelio. Negamos que pueda haber ninguna necesidad, si queremos que «Hojas de Hierva» o «Meditaciones» tengan una influencia real en nuestras vidas, de volver a ellos diariamente. Nos alarma más los efectos potencialmente asfixiantes de ser compelido a tener encuentros estructurados con ideas que por la noción de que podríamos en caso contrario estar en peligro de perder lo que significan.

Horroroso para la élite efectivamente, seguramente útil para evitar la destrucción de significados entre tantos amigos nuestros

6. Retiros

[La ceremonia del te o los «paseos meditativos» budistas] nos presentan un conjunto de ejercicios espirituales diseñados para fortalecer nuestra inclinación hacia pensamientos y patrones de comportamiento virtuosos.

Esta doble percepción -que deberíamos entrenar nuestras mentes tanto como entrenamos nuestros cuerpos y que deberíamos hacerlo en parte a través de esos mismos cuerpos- ha llevado a la creación por todas las grandes religiones de retiros religiosos donde los adherentes pueden, durante un tiempo limitado, abstraerse de sus vidas normales y encontrar restauración íntima a través del ejercicio espiritual.

De Botton plantea el ejemplo de los monasterios benedictinos y la combinación de alojamientos cómodos para los visitantes, acceso a bibliotecas y tiempo de «examen» individual y en soledad con una velita y un Cristo. Habla también de los baños rituales judíos y de las «vueltas a la naturaleza» budistas. Pero no plantea un sistema ateo equivalente y seguramente todos los ejemplos anteriores nos den escalofríos, pero hay que pensar que la idea de un fin de semana dedicado a la lectura, el paseo por la playa y el Go que tanto nos gusta, respondería perfectamente a este modelo.

7. Valores e instituciones

[Ternura y comprensión]. Lo importante no es si la virgen María existe, sino que nos dice sobre la naturaleza humana el hecho de que tantos cristianos durante dos milenios hayan sentido la necesidad de inventársela. Nuestro foco debería estar en aquello que la Virgen María revela sobre nuestras necesidades emocionales y en particular en que ocurre con esas necesidades cuando perdemos nuestra fe.

[Pesimismo]. A pesar de su pragmatismo las religiones reconocen nuestro deseo apasionado de adorar. Saben de nuestra necesidad de creer en otros, de dar culto y servirles y encontrar en ellos una perfección que nos elude a nosotros mismos. Simplemente insisten en que esos objetos de adoración deberían ser divinos en vez de humanos. Por eso nos orientan hacia deidades eternamente jóvenes, atractivas y virtuosas para pastorearnos a lo largo de la vida, mientras nos recuerdan diariamente que los seres humanos somos comparativamente creaciones rutinarias y defectuosas merecedoras de perdón y paciencia, un detalle que no es óbice para eludir el núcleo de toda disputa de pareja. «¿Por qué no puedes ser más perfecto?» es la pregunta enfurecida que acecha tras una mayoría de argumentos seculares. En su esfuerzo por evitar que entremos en una espiral lanzándonos unos a otros nuestros sueños, las fes han tenido el buen juicio de proveernos de ángeles para adorar y amantes a los que tolerar.

Aceptar que la existencia es inherentemente frustrante, que siempre estaremos asediados por realidades atroces, puede darnos el ímpetu para decir «Gracias» un poco más a menudo. Se dice que el mundo secular no está versado en el arte de la gratitud: ya no damos gracias por nuestras cosechas, comidas, abejas o por que el clima sea clemente. A un nivel superficial podríamos suponer que es así porque no hay nadie a quien dar las gracias. Pero en en fondo parece una cuestión más relacionada con la ambición que con las expectativas. Muchas de esas bendiciones con las que nuestros píos y pesimistas ancestros daban gracias, ahora nos enorgullecen a nosotros mismos por haber trabajado lo suficientemente duro como dar los resultados por hechos. ¿Hay realmente necesidad -nos preguntamos- de guardar un momento de gratitud en honor de un atardecer o un albaricoque?

Entre los anuncios de vaqueros y ordenadores, arriba del todo de las calles de nuestras ciudades, deberíamos poner versiones electrónicas del Muro de las Lamentaciones que transmitieran anónimamente nuestras aflicciones íntimas y de ese modo nos dieran un sentido más claro sobre lo que implica estar vivo. Esos muros serían particularmente consoladores si nos dieran un destello de aquello que en el original de Jerusalem está reservado solo a los ojos de Dios: las formas particulares de las desgracias de los demás. (…) Esos muros nos darían pruebas de que los demás también se angustian sobre sus propios absurdos, contando que les quedan pocos veranos, llorando porque alguien les abandonó una década atrás y dinamitando sus oportunidades de éxito mediante estupidez e impaciencia. No habría final para esos escenarios, no habría fin para el sufrimiento, solo un sencillo, básico -e infinitamente reconfortante- reconocimiento público de que ni uno solo de nosotros está fuera del alcance de problemas y lamentos.

[Perspectiva]. Sea cual sea el valor de las estrellas para la ciencia, no son menos valiosas para la Humanidad como soluciones a nuestra megalomanía, autocompasión y ansiedad. Para responder a nuestra necesidad de conectar una y otra vez con ideas de trascendencia, deberíamos exigir que un porcentaje de las pantallas de televisión de la via pública mostrara en vivo las imágenes que nos mandan los transponedores de los telescopios orbitales.

Va por gustos, Alain de Botton debió de ser fan de Asimov y Carl Sagan. A mi me da mucho más sentido de perspectiva y distancia, de vértigo incluso, pensar en sumerios, tebanos o republicanos romanos y contar la distancia que nos separa de ellos en generaciones… El tiempo de la cultura humana no es el de las estrellas, pero es igualmente impresionante. En él los agobios de una generación se disuelven y solo quedan sus logros. Seguro que el arquitecto del primer zigurat tuvo haters y problemas familiares pero nadie los recuerda, solo queda lo que supo llegar a construir para su comunidad y de seguro celebró con los suyos.

[Arte]. Si los museos de verdad fueran nuestras nuevas iglesias, el arte expuesto no debería cambiar, solo el modo en el que es agrupado y presentado. Cada galería debería centrarse en aportarnos un conjunto de emociones valiosas y reequilibradoras para vivir.

No me extiendo en esta parte. La idea es basicamente equivalente a la recuperación de los templos de las virtudes romanas dándoles un giro intimista y una interfaz de «autoayuda» como puede verse en Art as therapy

[Arquitectura]. Los fundamentos del respeto católico por la belleza pueden ser trazados hasta el trabajo del filósofo neoplatónico Plotino, quien en el siglo III conectó explicitamente belleza y bondad. Para Plotino, la calidad del entorno importa porque la belleza lejos de ser ociosa, inmoral o autoindulgentemente atractiva [como defendió el protestantismo centroeuropeo], hace alusión a virtudes como el amor, la confianza, la inteligencia, la amabilidad o la justicia; es la versión material de la bondad. Si estudiamos flores hermosas, columnas bellas o sillas bonitas detectaremos en ellas, dice Plotino, propiedades que nos conduzcan directamente a analogías con virtudes morales y nuestro corazón se fortalecerá a través de nuestros ojos.

El argumento de Plotino sirvió para enfatizar hasta que punto debemos tomarnos en serio la fealdad. Lejos de ser meramente desafortunada, la fealdad fue recategorizada como una expresión de la maldad. De los edificios feos no se podía esperar que contuvieran otra cosa que los defectos que nos revuelven éticamente. [Un entorno feo] da licencia a nuestros lados más oscuros, nos anima a ser malos.

No es casualidad si fueron ciudades de los países protestantes europeos los primeros en llegar a mostrar los extremos de fealdad que se harían típicos en el mundo moderno (…) como si estuvieran intentando comprobar hasta los límites la idea de Calvino según la cual la arquitectura y el arte no tienen ningún papel que jugar en el estado de nuestras almas y que una vida divina puede ser tenida satisfactoriamente en una barriada de bloques con vistas a una mina de carbón, si tienes una Biblia a mano.

De ninguna manera se concluye logicamente que el fin de nuestra creencia en seres sagrados deba significar el fin de nuestra ligazón con valores y con nuestro deseo de darles un lugar a través de la arquitectura. En ausencia de dioses todavía mantenemos creencias éticas que necesitan ser materializadas y celebradas. Cualquiera de esas cosas que reverenciamos pero que también tendemos a pasar por encima, merecerían la fundación de su propio «templo». Debería haber templos a la primavera y templos a la amabilidad, templos a la serenidad y templos a la reflexión, templos al perdón y templos al autoconocimiento.

De Botton propone después varios modelos de edificios alegóricos al modo en que los pensaría Cicerón, por ejemplo, desde un rascacielos (templo de la perspectiva), hasta templitos dedicados los «genius» locales (los valores de un lugar o pequeña ciudad) pasando por templos de la reflexión para retirarse a pensar en mitad del campo como si de un monasterio ateo se tratara. Fantástico.

[Instituciones para ateos] El legado de Comte [y su atea «religión de la Humanidad»] fue el reconocimiento de que una sociedad secular requiere instituciones propias que puedan tomar el lugar de las religiones enfocándose en las necesidades humanas que quedan más allá de los límites de la política existente, la familia, la cultura y el trabajo. Su reto para nosotros reside en la sugerencia de que las buenas ideas no son capaces de florecer si quedan dentro de los libros. Para prosperar necesitan ser apoyadas por instituciones de un tipo que solo las religiones han sabido cómo montar.

De Botton dedica buena parte del capítulo a comparar a la Iglesia católica con las multinacionales. No sale mal parada en alcance, escala y capacidad de generación de fondos, desde luego. Y acaba con Comte para acabar sugiriendo la idea de la necesidad de una institución transnacional del ateísmo 2.0… sin decidirse a enunciarla.

Creo que aquí, su admiración por la capacidad organizativa de los católicos está escorada una vez más por haber crecido en una familia judía de un país sin casi católicos donde la Iglesia local tiene una gran autonomía y un lugar público donde apela a la tolerancia. Los que crecimos en países con una fuerte estructura católica sabemos que su forma de organización descentralizada y piramidal (Papa, cardenales, obispos, curas) está en crisis y que no saben muy bien que hacer ante las organizaciones paralelas, centralizadas y transnacionales que son las únicas que crecen (Opus, Quicos, Focolare o Comunión y Liberación, son los Google y twitter del catolicismo).

Si hubiera de imaginar una estructura para los ateos que sostuviera templos y actividades imagino más bien una confederación transnacional de «asambleas de ateos», tanto temáticas (por valores, pasiones y profesiones) como locales (cultivando los «locus genii»).

Lo que es interesante destacar es que su estrategia no se ha desplegado creando este tipo de grupos a partir de los seguidores del libro, sino The School of life, una cadena de pequeñas tiendas que ofrece libros, objetos, cuadernos, cursos, consultoría, etc. Es decir, el camino del ateísmo 2.0 ha arrancado como una suerte de aplicación de las posibilidades Economía Directa.

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